Mis vecinos poseen todas las virtudes posibles. Un perro que ladra cada dos latidos, una diminuta perra terrible que ladra desesperadamente como si fuera dueña de un secreto decisivo que quisiese comunicar a los humanos. Ladra como si supiera quién es el asesino, con un afán de protagonismo televisivo. Cuando me acerco a mi propia casa o a un determinado extremo del salón -de mi propio salón- ladra y ladra tanto que a veces me pregunto si no llevaré perico en los bolsillos. Pero mis vecinos no son sólamente un perro. Son dos niños frenéticos que parecen daniel el travieso y desconocen distracciones modernas y sedantes como las consolas, los videojuegos o la televisión; en lugar de eso juegan al pillar, al escondite, a pelearse, a las canicas, a juegos ruidosos y antiguos a los que ni siquiera yo jugué. Se crían sanamente asilvestrados en su propio piso. Cualquier día estamparán una peonza contra el suelo. Y sin embargo, no me los imagino tirando una cometa, ni abstraidos ante un cuento, pues tienen una nerviosa falta de docilidad. Alguna vez he coincidido con ellos en el ascensor y, además de no resistirles la mirada, he sentido la inminencia de un puntapié en la espinilla. Completo el retrato de las criaturas si digo que uno de ellos es concertista de flauta o, al menos, ensaya como si lo fuese; un flautista disonante y punk.
Son una núcleo familiar clásico. Yo veo tantas series americanas que esto me parece anacrónico, pobre y definitivamente triste. NO hay abuelo, ni mayordomo, ni un tropel de niños de antiguos matrimonios, ni una mascotaalienígena, ni un cuñado que se coma los berberechos. El viejo núcleo: perro, vástagos (no uno y medio, sino dos), mamá y papá, con sus roles seculares. Daddy tiene la pasión del bricolaje y ha colgado tantos cuadros en su casa que me pregunto si no serán coleccionistas de arte. Mammy, adorable, me imagino ha de ser la responsable de los nauseabundos olores que salen de su hogar y convierten el rellano y la finca entera en un rehén olfativo, víctima del perfume familiar. El olor de un hogar tiene algo de vieja deidad, de lares y penates de la casa. El olor de esta gente es un concentrado casi indiscernible de reclusión animal, empecinamiento orgánico, recuerdos de guisos de coliflor y una humedad sudorosa, fecal.
Por si fuera poco, mis encantadores vecinos tienen , por decirlo de alguna manera, un relajado sentido del derecho de propiedad y de la vida en comunidad, un punto okupa la mar de raro que les permite utilizar zonas comunes del pasillo con absoluta desenvoltura. De ese modo, al abrir la puerta de mi casa todas las mañanas tropiezo con bombonas de butano, bicicletas o viejos trastos y cuando aparco mi coche en el garaje debo echar mano de una precisión de cirujano para no colisionar con la aberrante harley que descansa junto a su utilitario, ávidamente atravesada para aprovechar al máximo el espacio.
jueves, 9 de diciembre de 2010
domingo, 5 de diciembre de 2010
martes, 30 de noviembre de 2010

La muerte de Jacinto, de Jean Broc. Miroteo este cuadro y alucino, porque ya kitsch y pompier a inicios del siglo XIX, resulta muy actual. ¿No parece digno de una campaña de Gaultier o Versace? Lo kitsch tiene una rara longevidad. No sé, otro ejemplo es Bouguereau, que aparece en los poemas de Carnero y que a mí me encanta -como un mórbido erotismo femenino, una especie de sueño romántico que uno se permite, con ninfas abundantes en habitaciones de marmol, con el confortable clima moral del clasicismo protegiendo una cierta posición masculina-. Lo kitsch manipula lo culto y el canon artístico y esa espúrea utilización del clasicismo en el XIX anticipa el pop, la midcult, la manipulación comercial del canon sagrado. Lo kitsch, no tanto lo camp, debería figurar en una historia de la belleza. La belleza decaida, la que cae de un pedestal platónico, ideal, por efecto de la vulgarización o la trivialización. Remota ya, o insoportable.
martes, 30 de noviembre
El Pornócrates de Rops es lo que se me ocurre colgar aquí ahora que he terminado la Historia de la fealdad, de Umberto Eco. Al ver este pintura, de finales del siglo XIX, me asombró ver la actualidad de su fetichismo. Un erotismo que podría hacer mío, iniciado el siglo XXI, en el postdestape y en la abundancia ya verdaderamente hiriente de la pornografía. No recuerdo a santo de qué se coloca esta hermosura femenina en la historia de la fealdad y no puedo parar a mirarlo porque me cierra el consum, pero lo he recordado como una anécdota de mi despiste lector -o, quizás, de mi olfato de erotómano en horas bajas-.Mientras leía este hermoso libro de Eco, inolvidable, apuntaba alguna cosa en los márgenes los días menos aciagos -y vaya si los ha habido en este pasaje por la fealdad artística, tan estimulante-. Por ejemplo, los cinocéfalos, monstruos antiguos, eran calcados a los dibujos animados de Biern en mi infancia. Las alusiones a la androginia ya se han incorporado en el tercer género, el transgénero de lo travestis. La sospecha de que lo monstruoso era en un principio materia de extramundi moral, religioso; de que pasó luego a lo exótico, a lo lejano y oriental para después incorporarse a nuestra vida. A nuestra sociedad primero, a nosotors depués. Lo monstruoso de nosotros en la enfermedad, en la vejez. Así, lo feo hoy es la necrosis celular, la muerte presentida, las pavorosas imágenes de tumoraciones He querido percibir, ingenuo descubridor del mediterráneo, una evolución en el trazado de la fealdad artística que hacía Eco. Lo feo y monstruoso era primeramente algo religioso. En el mundo clásico y en el primer cristianismo íban asociados a algo metafísico. Después, geográfico: lo exótico, lo ignoto, lo ignorado. En la Edad Media, la máscara del carnaval aparece y surge la liberación de lo grotesco con lo que reirse del orden monárquico y estamentario. La risa contra la autoridad y el temido rigor que controla el orden social. Es decir, lo feo, lo deforme como social. En el renacimiento, lo feo y monstruoso se hace cultural, rabelaisiano, personal. Se exalta el goce, lo corpóreo, el humor, la chanza, no como privilegio festivo del rural o el primer habitante urbano, sino como materia de cultura. Además, y esto creo que es el gran rasgo de la "modernidad de lo feo", se elogia la locura, incorporándose lo feo de nosotros mismos. La modernidad ha ido acercando lo feo al individuo, desde un plano religoso, después social, hasta hacerlo convivir con la propia belleza, en un desorden muy democrático y muy de San Agustín: todos somos hijos de Dios, lo bello y lo feo están animados por el mismo soplo
Me han divertido e interesado enormemente los ejemplos de la fealdad femenina que incorpora el barroco, con su continuidad estilizada en el decadentismo. Burton recoge el amor a la fealdad femenina como un rasgo de melancolía, la melancolia amorosa, dentro de su impresionante catálogo de alicaimientos.
Y si la fealdad es la pervivencia, siquiera inadvertida, oscura, presentida, de algún mal propio o indeterminado, la enorme tristeza del feo-a-su-pesar, de todas las bellas almas, parecen hablar de un mal moral que las acosa. Eso es interesante... de qué modo lo feo lleva consigo una tacha moral, un mal, una amenza. Lo feo, lo deforme, lo monstruoso puede ser digno de amor, de pasión, según nivel de heterodoxias, pero siempre, y eso creo que enseña este largo paseo, merecedor de una mirada piadosa.
Hoy en día parece haberse neutralizado moralmente lo feo, que ya no tiene una carga opuesta a lo bello. Incluso diría que lo hermoso es canónico, establecido, conservador, comercial, y lo feo inquieto, individual, rebelde, autoafirmativo, un poco a lo satanás de milton, el empuje dionisiaco, lo pujante. Lo bello cae en lo kitsch, en lo publicitario y, sin embargo, sigue habiendo algo feo, viejo, moribundo, que no se enseña y un grado de locura recluida, vergonzante. LO feo, también, puebla los panteones y los trasfondos de la psique en el contrapuntístico mundo de la sexualidad. La sexualidad opone constantemente lo bello a lo feo. El porno, creo yo, congela ese diálogo y cae en una forma de adoración de lo deforme que se olvida de lo bello. Supongo que eso son las parafilias. He de irme al consum, donde son hermosos hasta los cadavéricos pescados que miran fijamente a esas señoras que doblan celosamente el número de turno de papel. El tedio descubriendo el horror submarino.
lunes, 22 de noviembre de 2010
¡Gracias, señor, por Elliott Carter! En la penumbrosa soledad de mi piso, sobreponiéndose al ladrido del perro del vecino y al apagado murmullo del tráfico, suena la Holiday Overture y por primera vez en tiempo soy inmensamente feliz. Releo los versos de Blake, que tanto me hacen pensar en Aleixandre: ¡Tigre! ¡Tigre! LLameante fulgor/ en las selvas de la noche,/¿qué inmortal ojo o mano/formó tu espantosa simetría? y ya no pienso, como hace un rato, que el horrible avance científico haya secado la fuente de lo sublime. ¡Si está en todos lados! En la fiel luz del aparato, en la misteriosa constancia electrónica, y ante todo en el silencio, en la sombra, en lo que no se dice, y en la docilidad ante la música. El momento en que la música entra en nosotros. He ahí lo sublime, lo inefable, lo mejor y más secreto de nosotros mismos. Nuestro revés y nuestro tesoro.
El perro del vecino... ¿puede ser que le esté cogiendo cariño, mascota involuntaria, tan sola como yo, buscando compañía con sus ladridos?
La Holiday Overture, como el Billy The Kid de Aaron Copland. ¡Vivan los Estados Unidos de América! Viva su vitalidad, ¡la última vitalidad occidental!
Ah, pero cuidado P., no te me embales, recuerda lo que decía Zappa: Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Refrena tu entusiasmo de chiquillo. Aplácalo, cánsate, apaga tu energía: ¡ve al gimnasio!
****
De cualquier modo... Es fundamental profundizar en lo sublime y debemos por fuerza buscarlo en la vida intracelular, en los fenómenos electrónicos, en el azar y el embrollo reticular, en la humanización de las máquinas, en una forma de ingenuo futurismo, en la ciencia ficción y en la poesía azulada a lo blade runner. De hecho, la algarabía postmoderna en torno a cosas como Pilgrimm me parece lo normal. Aunque no haya visto la película. PEro... ¿no recuerdo enfebrecido el maravilloso magnetismo y la vida narrativa de los viejos videojuegos? ¿No había en ellos una forma de vida concentrada y un esfuerzo de personajes, una tensiónen sus formas magnetizadas? La música de los videojuegos, el delirio sudoroso pasadas las horas. La fiebre de esos éxtasis de joysticks... ¡y sigue ladrando el perro encantador la música de Carter! Ese perro ya más amigo mío que de sus amos, ¡como el perro de Gala pero más culto!
El perro del vecino... ¿puede ser que le esté cogiendo cariño, mascota involuntaria, tan sola como yo, buscando compañía con sus ladridos?
La Holiday Overture, como el Billy The Kid de Aaron Copland. ¡Vivan los Estados Unidos de América! Viva su vitalidad, ¡la última vitalidad occidental!
Ah, pero cuidado P., no te me embales, recuerda lo que decía Zappa: Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Refrena tu entusiasmo de chiquillo. Aplácalo, cánsate, apaga tu energía: ¡ve al gimnasio!
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De cualquier modo... Es fundamental profundizar en lo sublime y debemos por fuerza buscarlo en la vida intracelular, en los fenómenos electrónicos, en el azar y el embrollo reticular, en la humanización de las máquinas, en una forma de ingenuo futurismo, en la ciencia ficción y en la poesía azulada a lo blade runner. De hecho, la algarabía postmoderna en torno a cosas como Pilgrimm me parece lo normal. Aunque no haya visto la película. PEro... ¿no recuerdo enfebrecido el maravilloso magnetismo y la vida narrativa de los viejos videojuegos? ¿No había en ellos una forma de vida concentrada y un esfuerzo de personajes, una tensiónen sus formas magnetizadas? La música de los videojuegos, el delirio sudoroso pasadas las horas. La fiebre de esos éxtasis de joysticks... ¡y sigue ladrando el perro encantador la música de Carter! Ese perro ya más amigo mío que de sus amos, ¡como el perro de Gala pero más culto!
domingo, 7 de noviembre de 2010
"Francia es un pueblo acabado por causa de la sífilis, la absenta y la prensa libre". Esta perla es de Mussolini y era lo mejor del periódico de hoy. Otros argumentos eran una entrevista reclinatorio al ex-presidente gonzález -precursor del acento mestizo estilo alejandro sanz- y las irritaciones que entre el vulgo progresado despierta la visita del Papa. La cuestión que asombra es que toda esa gente deteste tanto lo clerical y lo cristiano y no se rebele contra lo que para mí es su peor herencia: el domingo. Si somos aconfesionales y multiculti deberíamos empezar por flexibilizar el descanso y permitir que también fueran los sábados o los viernes, según credos y costumbres No están dejando una sola tradición en pie los progresistas furiosos, pero el domingo no lo toca nadie. Quizás nuestros hijos puedan el día de mañana vivir en una sociedad moderna en la que el descanso pueda ser optativo y los domingos no sean este desierto de carritos infantiles, domingueros arrastrándose en chandal o resacas góticas. Un mundo en el que quien quiera pueda irse a trabajar un domingo, porque el descanso universal, forzado, de los domingos anonada al mundo, lo deja tieso de tedio y por poder no se puede ni gastar dinero. Es horrible. No hay telebasura, ni corte inglés, ni trabajo, ni atascos. Hay fútbol y es un consuelo y hasta es posible ver a ozil y di maria, heterodoxos, menesterosos, zurdos absolutos, con el aire aciago de los garrincha. Para compensar lo del fútbol, que ya empieza a cansar, me he visto una peli de Barbra Streisand, bonita y algo cursi como su música. El amor tiene dos caras, o las Dos caras del amor, no recuerdo, con un gran y tartamudo, muy allen, Jeff Bridges. Antes, me he tragado un western del ford crepuscular, Otoño Cheyenne, aquí traducido como El gran combate. Un éxodo algo lento de cheyenes errantes, pero, sobre todo, un film político sobre el nacimiento de la moderna nación estadounidense y el tratamiento de las minorias. Polacos, prusianos, cuáqueras nórdicas tratan de ser americanos, de cumpir y dar órdenes, pero, sobre todo, tratan de ser humanos y el estatuto de los indios, dentro y fuera de la ley, sugiere sutiles planteamientos sobre las minorias.
Además, James Stewart regala un cuarto de hora maravilloso como Wyatt Earp -alargando las secuencias con una portentosa flema- y la película tiene esa poesía de horizontes del universo ford, de su región, con un hermoso plano final en el que dos indios a caballo, sobre lo alto de una loma, aparecen recortados contra el sol poniente. Más acabados que el puma. El fin de los indios terribles, desde entonces abocados a las tristes reservas de indios con cómicos sombreros y a los más tristes casinos.
Si hay algo en el cine que prefiero son esas panorámicas fordianas llenas de emoción, incertidumbre, aventura, belleza y rigor moral. Paisajes en los que un hombre puede buscar su destino.
Además, James Stewart regala un cuarto de hora maravilloso como Wyatt Earp -alargando las secuencias con una portentosa flema- y la película tiene esa poesía de horizontes del universo ford, de su región, con un hermoso plano final en el que dos indios a caballo, sobre lo alto de una loma, aparecen recortados contra el sol poniente. Más acabados que el puma. El fin de los indios terribles, desde entonces abocados a las tristes reservas de indios con cómicos sombreros y a los más tristes casinos.
Si hay algo en el cine que prefiero son esas panorámicas fordianas llenas de emoción, incertidumbre, aventura, belleza y rigor moral. Paisajes en los que un hombre puede buscar su destino.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Por casualidad encuentro estas palabras de Jünger en Los cuadros de Rembrandt de José Jiménez Lozano; hoy, precisamente hoy, día de difuntos: "El mundo de las sepulturas abre, en todas direcciones, perspectivas inmensas, y no es en vano que Vico, poniendo en relación humanitas con humare, hace derivar toda civilización de los ritos funerarios. El culto de los muertos cimienta las familias y los pueblos de una manera singular; orienta el espíritu no solamente hacia las profundidades de la tumba, sino también hacia las estrellas".
jueves, 28 de octubre de 2010
Thaks God for jazz. Escuchando el último disco de Snidero me doy cuenta de varias cosas: su versión de Time after time es exacta: no cae ni una vez en la sensiblería en la que se han hundido muchos de sus intérpretes, Miles incluído. Su time after time es tal y como yo la cantaría si supiese cantar. Además, es un compositor estupendo y prolífico y suena muy Paul Desmond, un Paul Desmond neobop, neoyorquino. Me lo recuerda, sobre todo, en una composición suya extraordinaria de título Tranquility. Tan desmondizado llego al curro, tan saxo alto es el timbre de lo que pienso (ay), que allí, llegado un determinado momento, busco el mítico concierto en Edmonton de Mr. Desmond. Me abismo, silbo, tarareo en el Wave, medio trajinando un expediente infecto, tecleo al ritmo de la batería, y vuelvo al Emily, ese bálsamo que es todo lirismo lúcido. Porque hubo un tiempo en que el Emily sonaba siempre. El Larkin del saxo alto. Mitad Bogart, mitad Allen. "Intentando sonar como un dry martini", ligeramente hiriente, seco, certero y prolongado. Meditativo pero expositivo; elegíaco sin tristeza; añorante pero no necesariamente nostálgico. Quisiera recordarlo todo con el generoso brillo de esas notas. La ternura justa para no caer en ningún pecado, en ningún exceso.
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Dice Esperanza Aguirre, con su incorregible liberalismo un poco repipi, que no sabe cómo el gobierno no regula lo que se hace en el dormitorio. Bueno, puede ser cuestión de tiempo. Lo muy masculino, poco consensuado y peludo puede estar en peligro. También el salto del tigre en calcetines, que es muy antiguo régimen.
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Dice Esperanza Aguirre, con su incorregible liberalismo un poco repipi, que no sabe cómo el gobierno no regula lo que se hace en el dormitorio. Bueno, puede ser cuestión de tiempo. Lo muy masculino, poco consensuado y peludo puede estar en peligro. También el salto del tigre en calcetines, que es muy antiguo régimen.
miércoles, 27 de octubre de 2010
sábado, 23 de octubre de 2010
Hechizado por un disco de Joe Pass, del signore Passalaqua, titulado como el tema de Clifford Brown, "Joy Spring" Es un disco como solista del año 1964, en el que se hace acompañar de un trio clásico de piano, bajo y batería. El piano es Mike Wofford, al que no conocía. De entre todos los temas, me he enganchado terminalmente a su versión de SomeTime Ago. No puedo decir nada. Suena y suena y suena y no hay modo de quitarla. El fraseo de Pass es sencillamente excepcional, una mezcla insoportable de blues, melancolía y lúcida alegría. De morirse.
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Pienso en catalán las cosas que te digo, pues tantas veces te las he dicho en mi lengua. El dulce octubre, con sus intermitencias, desbarata todos los propósitos. La voluntad yerra en los cafés, absorta ante el oro sucio de una tila que hace pensar en un frenesí líquido de abejas. Pienso en los tormentos de un refinado enfermo de Mann o en los inocentes tuberculosos que urgentemente se enamoran mirando la sierra en las novelas; bellezas débiles, flores de sanatorio. El sol parece fijarnos en el instante previo a una determinación. Soñar o recordar serían, ahora mismo, actos innobles.
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Pienso en catalán las cosas que te digo, pues tantas veces te las he dicho en mi lengua. El dulce octubre, con sus intermitencias, desbarata todos los propósitos. La voluntad yerra en los cafés, absorta ante el oro sucio de una tila que hace pensar en un frenesí líquido de abejas. Pienso en los tormentos de un refinado enfermo de Mann o en los inocentes tuberculosos que urgentemente se enamoran mirando la sierra en las novelas; bellezas débiles, flores de sanatorio. El sol parece fijarnos en el instante previo a una determinación. Soñar o recordar serían, ahora mismo, actos innobles.
viernes, 22 de octubre de 2010
Efigies, de Ramón Gómez de la Serna. Conjunto de biografías ramonianas de literatos, mártires artísticos del XIX: Baudelaire, Villiers, Barbey D'Aurevilly, Ruskin y Nerval. Pese a la contención gregueriana, en este libro el ramonismo se come un poco a los biografiados. Ramón vivía y moría en estos retratos y, más allá del pormenor o la congruencia episódica, les arranca el gesto, la mueca o la impronta. Aspira a "conseguir un minuto de su vida, con su desplante y su algo de cosa improvisada" y ese minuto, ese instante, suele ser el de la agonía, el del enloquecimiento y el del final de demencia, extravío, suicidio o enfermedad y en todos ellos, recurso ramoniano, el niño naciendo del anciano, como rasgo patético, pero tambien como rescate y pervivencia de la pureza y el ideal. "Conocer la verdad dorsal" de estos personajes y trastocarlos un poco, como retratos cubistas, pero con un respeto candoroso, devoto, de estampa de santo. Y el género, esa cosa intermedia de Ramón, que no es ni una cosa ni otra, ni retrato, ni biografía, con su mucho de necrológica emocionada, fúnebre, macabra, demasiado preocupada por la postrimería. Y uno observa, mientras lee, el marcapáginas sobre la mesa, ilustrado con un autorretrato del autor y sonríe porque igualmente es patilluda y jocunda y redondamente barroca su visión de la muerte, tan quevediana, tan merodeante, tan de buscar su rastro en la vida.
El libro lo he leído en un momento agitado y las primeras páginas, las dedicadas a Baudelaire, me quedan algo lejanas. Sin embargo, quería recoger aquí cuánto de él quise ver en Ramón; su índole paradójica, antecedente de ese humor ingenuamente corrosivo de los años veinte, o el desconcertante espectáculo del conferenciante en Bélgica, en el que es imposible no reconocer el, digamos, artista performativo que fue Ramón. "Los belgas, el pueblo más bestia de la tierra", dijo Baudelaire, y en esa maravillosa boutade vemos también el humor oscuro e imprecatorio de Bernhard.
***
El gris cerebral del cielo de París.
***
A los artistas se les pide experiencia. Tras la intoxicación, no queremos volver a la experiencia. ¿EN qué limbos vivimos?
***
Un verso de Muñoz Rojas que me gusta: "Pedazo de mi tiempo, de mi herida/ me llevas y te llevo, mar y nave". Esto ya no se estila. Tiempo, herida, muerte... por Dios. Ahora cambiar de pareja es como una operación de cirugía: unas semanas de postoperatorio y rehabilitación, quizás una cicatriz, y arreando, que es gerundio. Gilipolleces integrales de la lírica.
A todo esto, es viernes y L. lleva horas pinchando. EL viernes le hace aullar desde la hora del almuerzo. ¿Cambiamos la frágil tranquilidad de este momento por un tobogán de éxtasis e infiernos? Mejor no pinchar nada que tenga beats ni riffs ni pueda bailarse, no sea que el martes parezca yo mismo la efigie ojerosa y urgente de Barbey D'Aurevilly.
***
En la televisión, imágenes en directo de la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Habla Touraine, en un perfecto español, algo momificado. Leticia le mira con su perfil afiladísimo. Las canas le dan un aire regio al príncipe. Iker Casillas, compungido como los niños en la iglesia, mira al techo del teatro. Al terminar su discurso, Touraine regresa a su lugar y en el mismo plano televisivo coincide con Marchena, que está sentado justo detrás, al lado de otros futbolistas. La coincidencia es poco usual, es casi increible, y la cercana presencia de ese terrorífico leñero que es Marchena hace que de un modo casi inconsciente uno tema por la integridad física de Bauman y Touraine.
El libro lo he leído en un momento agitado y las primeras páginas, las dedicadas a Baudelaire, me quedan algo lejanas. Sin embargo, quería recoger aquí cuánto de él quise ver en Ramón; su índole paradójica, antecedente de ese humor ingenuamente corrosivo de los años veinte, o el desconcertante espectáculo del conferenciante en Bélgica, en el que es imposible no reconocer el, digamos, artista performativo que fue Ramón. "Los belgas, el pueblo más bestia de la tierra", dijo Baudelaire, y en esa maravillosa boutade vemos también el humor oscuro e imprecatorio de Bernhard.
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El gris cerebral del cielo de París.
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A los artistas se les pide experiencia. Tras la intoxicación, no queremos volver a la experiencia. ¿EN qué limbos vivimos?
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Un verso de Muñoz Rojas que me gusta: "Pedazo de mi tiempo, de mi herida/ me llevas y te llevo, mar y nave". Esto ya no se estila. Tiempo, herida, muerte... por Dios. Ahora cambiar de pareja es como una operación de cirugía: unas semanas de postoperatorio y rehabilitación, quizás una cicatriz, y arreando, que es gerundio. Gilipolleces integrales de la lírica.
A todo esto, es viernes y L. lleva horas pinchando. EL viernes le hace aullar desde la hora del almuerzo. ¿Cambiamos la frágil tranquilidad de este momento por un tobogán de éxtasis e infiernos? Mejor no pinchar nada que tenga beats ni riffs ni pueda bailarse, no sea que el martes parezca yo mismo la efigie ojerosa y urgente de Barbey D'Aurevilly.
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En la televisión, imágenes en directo de la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Habla Touraine, en un perfecto español, algo momificado. Leticia le mira con su perfil afiladísimo. Las canas le dan un aire regio al príncipe. Iker Casillas, compungido como los niños en la iglesia, mira al techo del teatro. Al terminar su discurso, Touraine regresa a su lugar y en el mismo plano televisivo coincide con Marchena, que está sentado justo detrás, al lado de otros futbolistas. La coincidencia es poco usual, es casi increible, y la cercana presencia de ese terrorífico leñero que es Marchena hace que de un modo casi inconsciente uno tema por la integridad física de Bauman y Touraine.
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Suena Britten, uno de sus quartettinos. Qué elegancia del tiempo en esta música, qué brillo del aire y qué alegre melancolía, casi juguetona en su allegro. Un crescendo y luego las cuerdas severas zanjando una cuestión. Un apremiante pizzicato y luego las ondas, las mareantes ondulaciones como un recuerdo o un ensueño. Una pasión de fondo, un objeto llegando a cierto paroxismo, a punto de desfallecer y un terminante punto final, ajeno, externo, como el que impone un narrador.
The Cage de Ives. La más alta iluminación de la vida en su misterio de música y texto.
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Lo dice Veneno: "Se muere muchas veces/yo siempre muero por ti".
jueves, 21 de octubre de 2010
miércoles, 20 de octubre de 2010
He leído una cosa curiosa acerca de un mal suicida propio de marineros. Es de esas cosas tan antiguas que no están en google, y no sé yo si no estando allí existió alguna vez, pero se lo he leído a Ramón y de Ramón no se duda. En Inglaterra llamaron The Honos a un furor que les entra a los marineros en invierno. A la vuelta de una travesía larga y difícil regresan a tierra y se entregan al desenfreno. De vuelta al barco, inmediatamente sienten ganas de suicidarse. Pasa de noche; no pueden conciliar el sueño, aterrados se despiertan, y gritan o se lanzan al agua, según temperamentos y desesperaciones.
¿Cómo es esa palabra irlandesa que describe la alegría de las copas, la música y la conversación? Recordarla. *craic o crac en dialecto angloirlandés.
Esas palabras de otras lenguas y otro tiempo son necesarias para describir algunas cosas. En España hay innumerables para la ebriedad alcohólica: curda, melopea, borrachera, cogorza, merluza, pedo, ciego, etc... pero esas palabras, tan parecidas, al igual que esa otra palabra, "resaca", son tan pobres para describir algunos estados...
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En este sitio sólo veo guardias civiles y gente con mullets de redneck.
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Cerca de mí, en el locutorio, un individuo sudamericano habla con su padre, que se encuentra allá en Sudamérica. De repente, su español se hace dialectal, incomprensible y su pronunciación tropezada, oscura, perezosa y mordida. Sólo se disitngue la palabra papá, apenas articulada, y un sonido como de letanía que hiela el alma. Esta gente tiene una tristeza y una dureza animal, de cobre, admirables. Son personas melancólicas sin afectación, y a la vez impertérritos, duros y aparentemente ajenos a su propia emoción.
A todo esto, ya podría hablar, dada mi experiencia en estos sitios, de una "luz de locutorio". Esa luz tras la rejilla metálica, azulada, barata, apagada, mortecina y cruda, revelando toda la roña del lugar y la soledad que, quien más quien menos, carga aquí. Hasta ese niño a mi lado del que la madre parece haberse olvidado y que ya lleva horas matando marcianos minuciosamente.
-"¡Se acabó el euro!", grita uno de ellos en su cabina y sale pitando hacia la luz amarilla de la calle.
¿Cómo es esa palabra irlandesa que describe la alegría de las copas, la música y la conversación? Recordarla. *craic o crac en dialecto angloirlandés.
Esas palabras de otras lenguas y otro tiempo son necesarias para describir algunas cosas. En España hay innumerables para la ebriedad alcohólica: curda, melopea, borrachera, cogorza, merluza, pedo, ciego, etc... pero esas palabras, tan parecidas, al igual que esa otra palabra, "resaca", son tan pobres para describir algunos estados...
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En este sitio sólo veo guardias civiles y gente con mullets de redneck.
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Cerca de mí, en el locutorio, un individuo sudamericano habla con su padre, que se encuentra allá en Sudamérica. De repente, su español se hace dialectal, incomprensible y su pronunciación tropezada, oscura, perezosa y mordida. Sólo se disitngue la palabra papá, apenas articulada, y un sonido como de letanía que hiela el alma. Esta gente tiene una tristeza y una dureza animal, de cobre, admirables. Son personas melancólicas sin afectación, y a la vez impertérritos, duros y aparentemente ajenos a su propia emoción.
A todo esto, ya podría hablar, dada mi experiencia en estos sitios, de una "luz de locutorio". Esa luz tras la rejilla metálica, azulada, barata, apagada, mortecina y cruda, revelando toda la roña del lugar y la soledad que, quien más quien menos, carga aquí. Hasta ese niño a mi lado del que la madre parece haberse olvidado y que ya lleva horas matando marcianos minuciosamente.
-"¡Se acabó el euro!", grita uno de ellos en su cabina y sale pitando hacia la luz amarilla de la calle.
domingo, 17 de octubre de 2010
Está bien el artículo de Adela Cortina. Se habla del Frankenstein de Mary Shelley como inicio de la neuroética, pero la autora, antes que advertir sobre los peligros de la tecnología y la búsqueda incesante de la perfectibilidad humana, de lo que habla es de soledad. Es curioso, pero... ¿no es propio de la soledad la conciencia monstruosa de uno mismo?
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Ayer, sentado en un lugar tranquilo, veía pasar de noche a la gente camino de los pubs. Reparé en un grupo de cuatro jóvenes, no muy lejos de mi edad: reían con una impúdica rotundidad, achispados, parecían glotones o lujuriosos. Había algo desagradable y degradado en sus miradas de entendimiento y me recordaron a las representaciones artísticas de las criaturas infernales y de los pecadores que se arreciman en los infiernos. Esa es la cara que nos deja la ebriedad. La pérdida de algo humano, un rostro sin virtud.
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Hay dos cosas en la representación de lo deomoníaco e infernal que conviene no olvidar. En primer lugar, las tentaciones del demonio son urgentes, perentorias. El mal no tiene paciencia. Los eremitas tentados, los san antonios, resisten si aguantan. Otro aspecto curioso es que muchos de los rostros del mal nos resultan ahora cómicos, casi divertidos. El demonio que se lleva a una monja en un detalle de la catedral de Chartres tiene un aire de máscara y payaso -además de ser clavado al periodista deportivo Corrochano-. El Baldus de Folengo es parodia dantesca y anticipo del Gargantúa de Rabelais. Parece que en algún momento lo caricaturesco, lo carnavalesco, lo inconsciente adoptara las antiguas formas del demonio. Hay en el libro de Eco una serie de representaciones del demonio, extraidas de un Diccionario Infernal del s. XIX que tienen algo divertido, caricaturesco, casi como tipos humanos moralmente deformados. Esto coincide con la evolución protestante que ve lo demoniaco en los vicios personales, que nos va trasfundiendo lo demoniaco. Sería interesante ver esto en las representaciones oníricas, en la trastienda surrealista del yo y en el carnaval, cuyas máscaras están entre lo cómico y lo terrible.
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En EP de hoy, en la separata valenciana, entrevista a Dacosta, cocinero creador. Una página entera. En España, la cuestión estética más debatida es Mourinho -al que hoy le dedicaban lindezas y esfuerzos Marías y Boyero- y los cocineros hablan de si mismos con la seriedad circunspecta de los arquitectos. Sin duda, la alta cocina es un signo de refinamiento, pero alguien, alguna vez, debería dejar claro que lo que se cocina y se come no eleva el espíritu, ni trasforma el alma, ni, por decirlo de un modo menos vago y anticuado, precisa operación intelectual alguna. La cocina acaba en una melancólica transición intestinal. No es lo mismo deconstruir un potaje y quintaesenciarlo que escribir un soneto. Pero ya da igual. Esto es, casi, casi, el acabose.
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Frase de Sartre para imprimir en una camiseta: "El dandismo es un suicidio lento".
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Ayer, sentado en un lugar tranquilo, veía pasar de noche a la gente camino de los pubs. Reparé en un grupo de cuatro jóvenes, no muy lejos de mi edad: reían con una impúdica rotundidad, achispados, parecían glotones o lujuriosos. Había algo desagradable y degradado en sus miradas de entendimiento y me recordaron a las representaciones artísticas de las criaturas infernales y de los pecadores que se arreciman en los infiernos. Esa es la cara que nos deja la ebriedad. La pérdida de algo humano, un rostro sin virtud.
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Hay dos cosas en la representación de lo deomoníaco e infernal que conviene no olvidar. En primer lugar, las tentaciones del demonio son urgentes, perentorias. El mal no tiene paciencia. Los eremitas tentados, los san antonios, resisten si aguantan. Otro aspecto curioso es que muchos de los rostros del mal nos resultan ahora cómicos, casi divertidos. El demonio que se lleva a una monja en un detalle de la catedral de Chartres tiene un aire de máscara y payaso -además de ser clavado al periodista deportivo Corrochano-. El Baldus de Folengo es parodia dantesca y anticipo del Gargantúa de Rabelais. Parece que en algún momento lo caricaturesco, lo carnavalesco, lo inconsciente adoptara las antiguas formas del demonio. Hay en el libro de Eco una serie de representaciones del demonio, extraidas de un Diccionario Infernal del s. XIX que tienen algo divertido, caricaturesco, casi como tipos humanos moralmente deformados. Esto coincide con la evolución protestante que ve lo demoniaco en los vicios personales, que nos va trasfundiendo lo demoniaco. Sería interesante ver esto en las representaciones oníricas, en la trastienda surrealista del yo y en el carnaval, cuyas máscaras están entre lo cómico y lo terrible.
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En EP de hoy, en la separata valenciana, entrevista a Dacosta, cocinero creador. Una página entera. En España, la cuestión estética más debatida es Mourinho -al que hoy le dedicaban lindezas y esfuerzos Marías y Boyero- y los cocineros hablan de si mismos con la seriedad circunspecta de los arquitectos. Sin duda, la alta cocina es un signo de refinamiento, pero alguien, alguna vez, debería dejar claro que lo que se cocina y se come no eleva el espíritu, ni trasforma el alma, ni, por decirlo de un modo menos vago y anticuado, precisa operación intelectual alguna. La cocina acaba en una melancólica transición intestinal. No es lo mismo deconstruir un potaje y quintaesenciarlo que escribir un soneto. Pero ya da igual. Esto es, casi, casi, el acabose.
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Frase de Sartre para imprimir en una camiseta: "El dandismo es un suicidio lento".
sábado, 16 de octubre de 2010
Últimamente, todo lo que no sea Fred Astaire me parece rudo, incivilizado y demasiado moderno. Acabo siempre en esas canciones swingueantes, delicadas, con el vago ensueño de los arreglos orquestales y la tranquilidad casi irónica de su dicción perfecta.
Creo que había un artículo de Azúa sobre la oposición Kelly-Astaire. Astaire sería lo clásico. A mí, la verdad, es que esas cosas me dan un poco lo mismo, pero no sé por qué no puedo dejar de escuchar esas canciones, embeleso recurrente del que no me quiero separar.
Creo que había un artículo de Azúa sobre la oposición Kelly-Astaire. Astaire sería lo clásico. A mí, la verdad, es que esas cosas me dan un poco lo mismo, pero no sé por qué no puedo dejar de escuchar esas canciones, embeleso recurrente del que no me quiero separar.
Reencuentro con A.. Lleno de tatuajes, menos gordo y canoso. Se ha refugiado en el lambreterismo y en el aprovechamiento comercial de los mods más jóvenes de la ciudad. Peter pan absoluto, rodeado de adolescentes con flequillo parece el jefe de una secta. Tras su marichalarazo no bebe ya, ni se droga, dice, pero empalma los porros como empujado por un horror al vacío.
R. nos explicó su proyecto: un fb con gps. Nos lo dice tomando unas cervezas de fabricación casera. Empiezo a mirar el color especialmente tostado de la birra, tratando de averiguar si el lúpulo lleva alucinógenos.
X., el taxista. Lo encontré por casualidad hace unos meses. Salía de casa de A., tras una noche de vino y vinilos (perdón) y al llamar el taxi me tocó en suerte. Un tipo de cincuenta y tantos, con el bigote de Vizcaino Casas y un fuerte acento valenciano. En el coche sonaba jazz, del bueno y tuve que preguntarle. No coincidiamos en el autor del solo que sonaba. Acabó parando el coche y sacando carpetas llenas de discos. Me contó que V, el articulista, al que una vez subió, le dedicó un artículo entrañable -que no leyó, pues le importa todo un pimiento- y le prometió llamarle cada vez que quisiera coger un taxi. "Una licencia poética", dijo, porque no llamó nunca. "Yo sí, ya verás". Y en esas estamos. Cuando necesito un taxi nocturno le llamo, me regala discos charlamos y poco a poco se vislumbra algo parecido a una amistad. Amistad rara. Es taurino, está interesado en la historia de las religiones y sabe mucho de vinos. Un bon vivant, un disfrutón, temporalmente encadenado al coche. A veces, la puta coctelera del azar nos da alegrías.
R. nos explicó su proyecto: un fb con gps. Nos lo dice tomando unas cervezas de fabricación casera. Empiezo a mirar el color especialmente tostado de la birra, tratando de averiguar si el lúpulo lleva alucinógenos.
X., el taxista. Lo encontré por casualidad hace unos meses. Salía de casa de A., tras una noche de vino y vinilos (perdón) y al llamar el taxi me tocó en suerte. Un tipo de cincuenta y tantos, con el bigote de Vizcaino Casas y un fuerte acento valenciano. En el coche sonaba jazz, del bueno y tuve que preguntarle. No coincidiamos en el autor del solo que sonaba. Acabó parando el coche y sacando carpetas llenas de discos. Me contó que V, el articulista, al que una vez subió, le dedicó un artículo entrañable -que no leyó, pues le importa todo un pimiento- y le prometió llamarle cada vez que quisiera coger un taxi. "Una licencia poética", dijo, porque no llamó nunca. "Yo sí, ya verás". Y en esas estamos. Cuando necesito un taxi nocturno le llamo, me regala discos charlamos y poco a poco se vislumbra algo parecido a una amistad. Amistad rara. Es taurino, está interesado en la historia de las religiones y sabe mucho de vinos. Un bon vivant, un disfrutón, temporalmente encadenado al coche. A veces, la puta coctelera del azar nos da alegrías.
viernes, 15 de octubre de 2010
Estoy abandonando la costumbre de ver el sálvame. Ahora me pongo el concurso de Jordi Hurtado, y aunque no atiendo a las preguntas, que me dan igual, me resulta muy agradable tenerlo de fondo. Ese hombre es un caso extraordinario de continuidad. Está siempre, como la liga y quizás sea lo último que nos quede cuando ya no haya nada más. Siempre nos quedará Jordi Hurtado, podriamos decir...
Después, dejo puestos los documentales sobre muflones, lemures o hipopótamos y paso bastante del rollo de telecinco. Peor aunque estoy abandonando el seguimiento de la prensa rosa, aún me queda algo de interés. Anoche,por ejemplo, viendo las noticias, me sacaron del letargo las imágenes de la Pantoja entrando en los Juzgados. En una instantánea fija, la tonadillera parecía una virgen extática en medio de una procesión. La verdad es que ella borda esas poses de arrobamiento místico. Después de ese trance, tras sufrir que le rasgasen el vestido (el erotismo de la turbamulta) y recoger reglamentariamente su notificación, la estrella se marchó en un potente coche con su música atronando, con esa orgullosa altivez tan suya que ha pasado a la posteridad en la frase "dientes, dientes...". En la calle, las mujeres discutían y una detractora le decía a una pantojista: "Usted la defiende porque es marbellí, ¡pero yo soy marbellera! La verdad es que el gentilicio marbellí es muy gunillesco y muy pijo y se parece demasiado a la palabra rubí. Marbellera suena como caletera o pescatera, es de un popularismo un poco atroz. El caso es que en el acoso a la pantoja hay mucha barbarie y como en casi todo lo que sucede en España, es posible trazar la línea entre los unos y los otros: los favorables a la pantoja y el ejército de los indiferentes serían el bando ilustrado, civilizado; sus detractores son unos bárbaros, agentes sin tacto de la España terrible.
Vaya por delante que yo he sufrido a la Pantoja. De niño, viajaba en el coche de mis padres y el marinero de luces sonaba sin cesar. Yo creo que sólo amaral me ha hecho más daño que esa vieja cassette. Mi hermano y yo nos retorciamos afligidos en el asiento de atrás, gimiendo como perrillos enfermos. Esa música lastimosa, truculenta, solemnemente trágica, vulgar y dulzona me parecía la viva representación del terror hispano y desde entonces la vida fue huir de eso. Nuestro romanticismo era spandau ballet, no eso. La pantoja y su esposo torero representaban por entonces el matrimonio popular, la folclórica y el diestro, nada era comparable con la fuerza de ese enlace. Eran iconos de la España previa al fútbol. Con el tiempo, ella se fue blindando, llenando de secretos su vida y su personaje se fue haciendo antipático. Se sustrajo al gran público, para quedarse con sus devotos, los maricones y el andalucismo nostálgico de las grandes ciudades. Después, llegaría Belén Esteban, como culminación de la banalidad y el asedio pornográfico a la intimidad. Se trata de un personaje post-reality, un paso más. Si la Pantoja trató de reservar algo de su intimidad, anacrónica pero celosamente defensora de una esfera privada inviolable, la Esteban se inmoló en lo catódico y se dio, se ofreció entera. Se abrió en "canal". Supongo que por eso, una se convirtió en ángel y la otra en demonio y desde entonces, la Pantoja me resulta simpática. Simpática en la desventura genética de su estirpe, pues su hijo es un disparate de fealdad mientras sus hermanos, hijos del mismo padre, parecen apolos de ronda; simpática por el insobornable misterio sobre su sexualidad. Ni negó ni afirmó su erotismo, como si de una morrissey ibérica se tratase. Hubiese sido muy fácil desmentir o lo contrario, abanderar el lesbianismo como la navratilova española, y, sin embargo, ella resistió las bajezas, las chanzas, el mal gusto de un país machista, cerril y miserable manteniendo su sexualidad como un estricto asunto de dormitorio. Las imágenes de ayer, en las que una imputada -inocente aún-, era humillada ante la pasividad policial, terminan de evidenciar que, en contra de ella misma y de lo que pudiéramos intuir allá por los ochenta, cuando sus canciones nos estremecían y nos parecían la b.s.o. de la España más negra que el betún, esta señora se ha convertido en víctima del cerrilismo más nuestro. Esas señoras tremebundas que ayer la insultaban con el puño cerrado no las quisiera uno tener delante. Ellas votan, consumen y zapean. Por ellas pasa casi todo lo que nos pasa. De modo que, sí, a mis años y por llevar la contrario, me tengo que reconocer "pantojista". Un pantojismo cívico, digamos, que no el tradicional pantojismo gay que se sublimaba en la idolatría de la señora con bata de cola. Que uno es delicado, pero no tanto...
Después, dejo puestos los documentales sobre muflones, lemures o hipopótamos y paso bastante del rollo de telecinco. Peor aunque estoy abandonando el seguimiento de la prensa rosa, aún me queda algo de interés. Anoche,por ejemplo, viendo las noticias, me sacaron del letargo las imágenes de la Pantoja entrando en los Juzgados. En una instantánea fija, la tonadillera parecía una virgen extática en medio de una procesión. La verdad es que ella borda esas poses de arrobamiento místico. Después de ese trance, tras sufrir que le rasgasen el vestido (el erotismo de la turbamulta) y recoger reglamentariamente su notificación, la estrella se marchó en un potente coche con su música atronando, con esa orgullosa altivez tan suya que ha pasado a la posteridad en la frase "dientes, dientes...". En la calle, las mujeres discutían y una detractora le decía a una pantojista: "Usted la defiende porque es marbellí, ¡pero yo soy marbellera! La verdad es que el gentilicio marbellí es muy gunillesco y muy pijo y se parece demasiado a la palabra rubí. Marbellera suena como caletera o pescatera, es de un popularismo un poco atroz. El caso es que en el acoso a la pantoja hay mucha barbarie y como en casi todo lo que sucede en España, es posible trazar la línea entre los unos y los otros: los favorables a la pantoja y el ejército de los indiferentes serían el bando ilustrado, civilizado; sus detractores son unos bárbaros, agentes sin tacto de la España terrible.
Vaya por delante que yo he sufrido a la Pantoja. De niño, viajaba en el coche de mis padres y el marinero de luces sonaba sin cesar. Yo creo que sólo amaral me ha hecho más daño que esa vieja cassette. Mi hermano y yo nos retorciamos afligidos en el asiento de atrás, gimiendo como perrillos enfermos. Esa música lastimosa, truculenta, solemnemente trágica, vulgar y dulzona me parecía la viva representación del terror hispano y desde entonces la vida fue huir de eso. Nuestro romanticismo era spandau ballet, no eso. La pantoja y su esposo torero representaban por entonces el matrimonio popular, la folclórica y el diestro, nada era comparable con la fuerza de ese enlace. Eran iconos de la España previa al fútbol. Con el tiempo, ella se fue blindando, llenando de secretos su vida y su personaje se fue haciendo antipático. Se sustrajo al gran público, para quedarse con sus devotos, los maricones y el andalucismo nostálgico de las grandes ciudades. Después, llegaría Belén Esteban, como culminación de la banalidad y el asedio pornográfico a la intimidad. Se trata de un personaje post-reality, un paso más. Si la Pantoja trató de reservar algo de su intimidad, anacrónica pero celosamente defensora de una esfera privada inviolable, la Esteban se inmoló en lo catódico y se dio, se ofreció entera. Se abrió en "canal". Supongo que por eso, una se convirtió en ángel y la otra en demonio y desde entonces, la Pantoja me resulta simpática. Simpática en la desventura genética de su estirpe, pues su hijo es un disparate de fealdad mientras sus hermanos, hijos del mismo padre, parecen apolos de ronda; simpática por el insobornable misterio sobre su sexualidad. Ni negó ni afirmó su erotismo, como si de una morrissey ibérica se tratase. Hubiese sido muy fácil desmentir o lo contrario, abanderar el lesbianismo como la navratilova española, y, sin embargo, ella resistió las bajezas, las chanzas, el mal gusto de un país machista, cerril y miserable manteniendo su sexualidad como un estricto asunto de dormitorio. Las imágenes de ayer, en las que una imputada -inocente aún-, era humillada ante la pasividad policial, terminan de evidenciar que, en contra de ella misma y de lo que pudiéramos intuir allá por los ochenta, cuando sus canciones nos estremecían y nos parecían la b.s.o. de la España más negra que el betún, esta señora se ha convertido en víctima del cerrilismo más nuestro. Esas señoras tremebundas que ayer la insultaban con el puño cerrado no las quisiera uno tener delante. Ellas votan, consumen y zapean. Por ellas pasa casi todo lo que nos pasa. De modo que, sí, a mis años y por llevar la contrario, me tengo que reconocer "pantojista". Un pantojismo cívico, digamos, que no el tradicional pantojismo gay que se sublimaba en la idolatría de la señora con bata de cola. Que uno es delicado, pero no tanto...
"La despedida". Luis Alberto de Cuenca.
Mientras haya ciudades, iglesias y mercados,
y traidores, y leyes injustas, y banderas;
mientras los ríos sigan vertiendo su basura
en el mar y los vientos soplen en las montañas;
mientras caiga la nieve y los pájaros vuelen,
y el sol salga y se ponga, y los hombres se maten;
mientras alguien regrese, derrotado, a su cuarto
y dibuje en el aire la V de la victoria;
mientras vivan el odio, la amistad y el asombro,
y se rompa la tierra para que crezca el trigo;
mientras tú y yo busquemos el medio de encontrarnos
y nuestro encuentro sea poco más que silencio,
yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra,
mientras mi pecho aliente, mientras mi voz alcance
la estela de tu fuga, mientras la despedida
de este amor se prolongue por las calles del tiempo.
y traidores, y leyes injustas, y banderas;
mientras los ríos sigan vertiendo su basura
en el mar y los vientos soplen en las montañas;
mientras caiga la nieve y los pájaros vuelen,
y el sol salga y se ponga, y los hombres se maten;
mientras alguien regrese, derrotado, a su cuarto
y dibuje en el aire la V de la victoria;
mientras vivan el odio, la amistad y el asombro,
y se rompa la tierra para que crezca el trigo;
mientras tú y yo busquemos el medio de encontrarnos
y nuestro encuentro sea poco más que silencio,
yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra,
mientras mi pecho aliente, mientras mi voz alcance
la estela de tu fuga, mientras la despedida
de este amor se prolongue por las calles del tiempo.
Nuestros actos tiene consecuencias. Quizás ésta sea la ley moral fundamental, equiparable en su universalidad a una ley física, la causalidad. De la misma manera que en física uno imagina que este principio se refina y hasta debilita, en lo moral se tiende a relajarlo al introducir determinismos en la explicación de nuestros actos, a hablar de oscuras fuerzas que nos manejaron al actuar, pero los actos -hechos con autoría- son nuestra "moneda moral", nuestra divisa. A ninguna otra cosa se debe responder, pues hablan por nosotros. Las palabras, en este punto, son de una irrelevancia absoluta. Y no sólo flaqueamos al disculpar nuestros actos, envolviéndolos en vagas explicaciones exculpatorias, sino que fundamentalmente nos rebelamos contra esta ley en el momento de contemplar las consecuencias. Las dolorosas y sorprendentes consecuencias de nuestros actos nos parecen inasumibles y organizamos auténticos motines con tal de no hacerlas nuestras. Creo que esta negación, esta irresponsabilización, es una forma de locura. Supone dar la espalda a la realidad y a nuestra libertad. Negar el mundo, sus relaciones y negarnos a nosotros mismos. A menudo, esta negación supone un trastocamiento general del tiempo tal cual lo vivimos. Estas cosas nos enfrentan al pasado y al presente y, obviamente, determinan nuestro futuro. Negar las consecuencias es no vivir el presente y des-vivir el pasado, instalarse en alguna forma de involución temporal. Es una locura.
Uno, que creció pensando que con un acto de contricción podría desandar lo andado, empieza a acostumbrarse a la belleza de esta ley moral. En el fondo, tiene la terrible hermosura del tiempo y de la libertad.
Uno, que creció pensando que con un acto de contricción podría desandar lo andado, empieza a acostumbrarse a la belleza de esta ley moral. En el fondo, tiene la terrible hermosura del tiempo y de la libertad.
jueves, 14 de octubre de 2010
lunes, 11 de octubre de 2010
Cosas maravillosas del día:
la pinta que tiene la novela de eggers
los increibles cinco segundos en que ha sonado erik satie en el gym
joaquin leguina, el único político que soporto
julio london cantando cole porter y don byas tocando el but not for me
por estas y otras cosas y como reza churchillianamente el frigorífico de H: never, never, never give up.
la pinta que tiene la novela de eggers
los increibles cinco segundos en que ha sonado erik satie en el gym
joaquin leguina, el único político que soporto
julio london cantando cole porter y don byas tocando el but not for me
por estas y otras cosas y como reza churchillianamente el frigorífico de H: never, never, never give up.
lunes, 11 de octubre
Cuántas veces los ha visto así, guerreando subversivamente por detalles. Una convivencia plagada de erosiones, pero inconmovible, absolutamente invariable y determinada ya hasta la muerte. Parece el tipo de existencia que se merecen algunas casas, algunos balcones. La rutina ennegrecida que llevaba a los españoles al humor negro -variante culta y civilizada del escopetazo rural-. Hace unos días veía por televisión a una señora que defendía el veto femenino en determinados grupos o comisiones festivas de un pueblo valenciano. La buena señora, con alguna dificultad, pero con un enorme sentido común, afirmaba que el matrimonio está necesitado de estímulos, de áreas particulares, de desarrollos de cada cual que se aportan o no en la convivencia.
Piensa en el enorme fracaso sentimental del franquismo. El la experiencia de la guerra de un niño, apenas un niño, que estuvo delante de un pelotón en época de andar jugando a la peonza. Ese niño sólo recibió después la insoportable victoria y los dogmas de la fe, y seguro que su mirada se lleno de piedad y hasta miedo. Aparentando la vieja tranquilidad cívica de los españoles. El señor recto que jamás se salió de lo debido. Sin freud, sin surrealismo. Apenas un rigor.
Y piensa cuánto de esa carencia acarrea él sin saberlo. Cuánto de sus miedos, de sus estallidos en grito, de sus indecisiones y de su pánico a la tristeza inevitable no vendrán de entonces. De esa incomprensión e incapacidad heredadas.
La luz mortecina del hogar dejó de tranquilizar hace demasiado tiempo. Es imperdonable que antes del viaje ya todo parezca cansado, muerto, angosto. Recuerda las inmortales palabras sobre el fin de raza y anota en su memoria que, en su experiencia, ha sido el desastre o la elección irremediable.
Recuerda a X., con el alma vencida, pero capaz del gesto atrevido y de la mueca. Advirtiéndoles a todos en esas mañanas de sol implacable. Y no puede por menos que echarle de menos, aun sin haberlo llegado a querer.
Piensa en el enorme fracaso sentimental del franquismo. El la experiencia de la guerra de un niño, apenas un niño, que estuvo delante de un pelotón en época de andar jugando a la peonza. Ese niño sólo recibió después la insoportable victoria y los dogmas de la fe, y seguro que su mirada se lleno de piedad y hasta miedo. Aparentando la vieja tranquilidad cívica de los españoles. El señor recto que jamás se salió de lo debido. Sin freud, sin surrealismo. Apenas un rigor.
Y piensa cuánto de esa carencia acarrea él sin saberlo. Cuánto de sus miedos, de sus estallidos en grito, de sus indecisiones y de su pánico a la tristeza inevitable no vendrán de entonces. De esa incomprensión e incapacidad heredadas.
La luz mortecina del hogar dejó de tranquilizar hace demasiado tiempo. Es imperdonable que antes del viaje ya todo parezca cansado, muerto, angosto. Recuerda las inmortales palabras sobre el fin de raza y anota en su memoria que, en su experiencia, ha sido el desastre o la elección irremediable.
Recuerda a X., con el alma vencida, pero capaz del gesto atrevido y de la mueca. Advirtiéndoles a todos en esas mañanas de sol implacable. Y no puede por menos que echarle de menos, aun sin haberlo llegado a querer.
domingo, 10 de octubre
A partir de los treinta, esto es un vietnam. Está claro. Y habrá que tomárselo a la berlanguiana manera. Sobre todo a la manera del berlanga menor. Yo, por de pronto, me he tirado todo el día con Safari Emocional en la cabeza, una canción asombrosa.
Por la mañana cinta teletransportadora, huyendo de la persecución musical de ana torroja y su último y letal single. Después me fui al fnac, donde me encontré con E., que compraba comics con cierto secretismo y con J y su panda. Me presento a J., P. y a su amiga S. Intercambié teléfonos con P, que me llevará a su peña, aunque no me disgustaba el ambiente del bar que he encontrado cerca de mi casa. Es un bar pequeño, limpio, cutre y el matrimonio que lo lleva tiene miga. Ella es una mujer muy atractiva y viva; él no, ni remotamente y parece soportar todo el cansancio del mundo. Estás allí y lanzas todo tipo de hipótesis sobre su vida conyugal. Los parroquianos son más o menos como todos los parroquianos de estos bares, hay una tapa de champiñones con perejil de, por lo menos, 1995 y, a fin de cuentas, el televisor no está demasiado alto, de modo que uno puede ver el partido sin agarrotarse el cuello, que de eso se trata.
El caso es que fui al fnac a por un artilugio informático y acabé llevándome cuatro libros. Uno de ellos es Vercoquin de Boris Vian, del que espero recibir alguna idea para aportar en el próximo corto de mis inclasificables amigos cineastas. Trataría de reflejar la absurdez kafkiana de la administración y bueno, de eso ya sabemos algo. De Vian espera uno la libertad para soltarse, una libertad casi daliniana, aunque eso sean ya palabras mayores.
A mí, de hecho, cuando era jovencito me gustaba mucho Boris Vian. Recuerdo sus novelas negras, su locura de happenings y sus críticas de jazz. Un mundo feliz, de trompetas, copas, diálogos paradójicos, derivaciones surrealistas y mujeres encantadoras. La vida misma, vamos.
Al ir a pagar me llamó la atención el cambio de iluminación, intensamente blanca, muy cruda y el estrepitoso sonar de las cajas registradoras. Si yo fuese accionista de la empresa, pediría un hilo ambiental directo en mi despacho, con el incesante rumor de la recaudación. Había algo impúdico y demasiado desnudo en eso, algo deliberado, como con un motivo oculto. E. me ha contado que en Ny estuvo en un sitio similar en el que los dependientes llevaban chapitas de morrissey; las cajas registradoras, sin embargo, eran atendidas por judíos ortodoxos entrados en años.
Por la tarde, preparativos informáticos para formatear este trasto, que parece reumático y visita a H, sabia como una Sibila y amable, muy amable, diciéndome las palabras exactas que quería escuchar. En ese punto exacto de condescendencia que merecen los niños, los ancianos, los tronados...
Por la noche me llevaron al cine, a ver Amador, un despropósito ternurista del tal Aranoa. Ese tipo que parece imitar a pat metheny y tiene siempre cara como de compungido. Un cineasta obsesionado con las nubes, como su compañera generacional, la coixet -la coixet, por cierto, que es el prototipo de tipa indie que nos tuvimos que echar a la cara los heroicos pioneros de los primeros noventa. Ese tipo de tías que se metían a indies porque ni para lesbianas valían-. Todos los personajes tenían una ingenuidad tal que el film parecía infantil. De todos modos, si la película no resultara tan sumamente lenta -se oían crujidos vertebrales en la sala, casi vacía- podría tener su cosa. Para empezar, retrata la realidad de dos gremios casi desconocidos: los vendedores callejeros de rosas -¿hay alguien que reciba mayor número de negativas en una vida?- y las cuidadoras de ancianos, esas parejas tristísimas que uno ve por las calles arrastrando solidarias su resignación. El tal Aranoa, que va de sensible por la vida y de cineasta social, cree que hace un favor a los vendedores de flores, pero la verdad es que los pone a la altura del betún: las flores las roban , las meten en un frigorífico y luego las perfuman fraudulentamente con ambipur. No es de extrañar que esas flores tengan luego esa cosa como de cementerio.
La película coge una deriva macabra y no diré más por si se diera el improbable caso de que estas palabras fueran leídas por alguien y el aún más improbable caso de que esa o esas personas tuviesen la idea, fatalmente equivocada, de perder dos horas de su tiempo viendo este desesperante bodrio.
Al salir del cine, una jamona bostezante recogía la terraza del pub opera y sin darse cuenta acababa con el domingo.
Es un poco suicida ir de safari emocional en semanas en que no juega el madrid.
Por la mañana cinta teletransportadora, huyendo de la persecución musical de ana torroja y su último y letal single. Después me fui al fnac, donde me encontré con E., que compraba comics con cierto secretismo y con J y su panda. Me presento a J., P. y a su amiga S. Intercambié teléfonos con P, que me llevará a su peña, aunque no me disgustaba el ambiente del bar que he encontrado cerca de mi casa. Es un bar pequeño, limpio, cutre y el matrimonio que lo lleva tiene miga. Ella es una mujer muy atractiva y viva; él no, ni remotamente y parece soportar todo el cansancio del mundo. Estás allí y lanzas todo tipo de hipótesis sobre su vida conyugal. Los parroquianos son más o menos como todos los parroquianos de estos bares, hay una tapa de champiñones con perejil de, por lo menos, 1995 y, a fin de cuentas, el televisor no está demasiado alto, de modo que uno puede ver el partido sin agarrotarse el cuello, que de eso se trata.
El caso es que fui al fnac a por un artilugio informático y acabé llevándome cuatro libros. Uno de ellos es Vercoquin de Boris Vian, del que espero recibir alguna idea para aportar en el próximo corto de mis inclasificables amigos cineastas. Trataría de reflejar la absurdez kafkiana de la administración y bueno, de eso ya sabemos algo. De Vian espera uno la libertad para soltarse, una libertad casi daliniana, aunque eso sean ya palabras mayores.
A mí, de hecho, cuando era jovencito me gustaba mucho Boris Vian. Recuerdo sus novelas negras, su locura de happenings y sus críticas de jazz. Un mundo feliz, de trompetas, copas, diálogos paradójicos, derivaciones surrealistas y mujeres encantadoras. La vida misma, vamos.
Al ir a pagar me llamó la atención el cambio de iluminación, intensamente blanca, muy cruda y el estrepitoso sonar de las cajas registradoras. Si yo fuese accionista de la empresa, pediría un hilo ambiental directo en mi despacho, con el incesante rumor de la recaudación. Había algo impúdico y demasiado desnudo en eso, algo deliberado, como con un motivo oculto. E. me ha contado que en Ny estuvo en un sitio similar en el que los dependientes llevaban chapitas de morrissey; las cajas registradoras, sin embargo, eran atendidas por judíos ortodoxos entrados en años.
Por la tarde, preparativos informáticos para formatear este trasto, que parece reumático y visita a H, sabia como una Sibila y amable, muy amable, diciéndome las palabras exactas que quería escuchar. En ese punto exacto de condescendencia que merecen los niños, los ancianos, los tronados...
Por la noche me llevaron al cine, a ver Amador, un despropósito ternurista del tal Aranoa. Ese tipo que parece imitar a pat metheny y tiene siempre cara como de compungido. Un cineasta obsesionado con las nubes, como su compañera generacional, la coixet -la coixet, por cierto, que es el prototipo de tipa indie que nos tuvimos que echar a la cara los heroicos pioneros de los primeros noventa. Ese tipo de tías que se metían a indies porque ni para lesbianas valían-. Todos los personajes tenían una ingenuidad tal que el film parecía infantil. De todos modos, si la película no resultara tan sumamente lenta -se oían crujidos vertebrales en la sala, casi vacía- podría tener su cosa. Para empezar, retrata la realidad de dos gremios casi desconocidos: los vendedores callejeros de rosas -¿hay alguien que reciba mayor número de negativas en una vida?- y las cuidadoras de ancianos, esas parejas tristísimas que uno ve por las calles arrastrando solidarias su resignación. El tal Aranoa, que va de sensible por la vida y de cineasta social, cree que hace un favor a los vendedores de flores, pero la verdad es que los pone a la altura del betún: las flores las roban , las meten en un frigorífico y luego las perfuman fraudulentamente con ambipur. No es de extrañar que esas flores tengan luego esa cosa como de cementerio.
La película coge una deriva macabra y no diré más por si se diera el improbable caso de que estas palabras fueran leídas por alguien y el aún más improbable caso de que esa o esas personas tuviesen la idea, fatalmente equivocada, de perder dos horas de su tiempo viendo este desesperante bodrio.
Al salir del cine, una jamona bostezante recogía la terraza del pub opera y sin darse cuenta acababa con el domingo.
Es un poco suicida ir de safari emocional en semanas en que no juega el madrid.
domingo, 10 de octubre de 2010
camino de madrid
el sol parece un poster para flipados esotéricos,
el ojo vacío y melancólico de un perro.
este paisaje de tu infancia recuerda max max
no es la mancha, es el final de seven
un camposanto postindustrial
sembrado de molinos eólicos que más que del viento se apoderan de la luz más dulce
esa que surge al apretarse el día contra las sombras.
piensas por un momento en agarrar el móvil y echar la foto
pero es lamentable la resolución
así que aceleras furioso tu coche japonés,
el bólido maldito de pier-no-doy-una
penetrando el atardecer
el sol parece un poster para flipados esotéricos,
el ojo vacío y melancólico de un perro.
este paisaje de tu infancia recuerda max max
no es la mancha, es el final de seven
un camposanto postindustrial
sembrado de molinos eólicos que más que del viento se apoderan de la luz más dulce
esa que surge al apretarse el día contra las sombras.
piensas por un momento en agarrar el móvil y echar la foto
pero es lamentable la resolución
así que aceleras furioso tu coche japonés,
el bólido maldito de pier-no-doy-una
penetrando el atardecer
sábado, 9 de octubre de 2010
no tendremos tú y yo el ruinoso momento de todas las parejas
ese en el que, pasado el tiempo, se tropiezan en el cine
sin nada que decir
con una abrumadora indiferencia
con tiempo, quizás, para preguntarse por la madre.
pronto seré para ti el anticiclón que el del tiempo señala en el levante
el 2 del valencia en la quiniela
la gota fría de todos los septiembres
ninot en falla, quizás
y después nada.
ese en el que, pasado el tiempo, se tropiezan en el cine
sin nada que decir
con una abrumadora indiferencia
con tiempo, quizás, para preguntarse por la madre.
pronto seré para ti el anticiclón que el del tiempo señala en el levante
el 2 del valencia en la quiniela
la gota fría de todos los septiembres
ninot en falla, quizás
y después nada.
sábado, 9 de octubre
Podría excusar, con el truculento encanto que horrorizaba a Gil de Biedma, que la culpa fue de Time out of mind, pero no, la culpa fue mía. ¿Afters? Afters es lo que viene después... Me he ido por piernas del corto. Llegué ayer antes que nadie. La casa rural de puta madre, sí, pero a la tropa nos llevaron a unas cabañas cojonudas para alguna versión de viernes13 antes que una de romanos. unas cabañas tiradas en medio del campo en el que te podías encontrar un zorro o un jabalí al salir a mear. (digresión: prefiero steely dan a bach, porque bach es tan bueno que nunca se le puede escuchar, es como la puta vajilla que la madre tiene debajo del televisor que se te muere y no la has visto sacar porque se guardaba para una "ocasión especial", pues eso, bach es tan increible que al ponerlo a uno se le descompone algo a la altura del quinto espacio intercostal y no hay manera). los móviles no tenían cobertura y todos andábamos como frotándolos contra el pantalón, inquietos. Bueno, yo quizás estaba un poco más inquieto que los demás, como alguien hizo notar cuando me vio subido en una silla haciendo el discóbolo para intentar rascar una rayita. "ir a por una rayita" fue la forma en que bauticé el subir al monte a por cobertura. claro que a partir de la segunda raya de cobertura acojonaba un poco. Tal es mi estado que de madrugada estuve al canto de un duro de salir en calzoncillos a lo alto de un cerro a "buscar cober" (dicho con acento de callejeros).
mientras llegaba la compañía, los más tempraneros nos pusimos a ver la tele. se eligió el partido del fútbol, pero cuando dos amigos salieron a por bocadillos propuse a L. y F. cambiar al sálvame. Fui reprendido, pero estaba francamente interesante y digamos que yo seguía el marcador con atención. que belén perdonase a fran era para mí mucho más importante que el resultado de la selección. fran, con esa cosa estupefacta y como escayolada que tiene, se explayaba y yo glosaba sus frases: "ole", "bien dicho, así se habla, que sepa que la quieres, coño", y en una de esas me levanté y haciendo la motosierra grité "¡claro que sí! ¡claro que sí!". No sé si será perdonado, pero me vi incumbido en su papel de alguien que quiere a una mujer que jamás le perdonará. Esa tranquilidad de fran estuvo muy bien y no sé cómo acabaron porque cambiaron al fútbol. supongo que la historia tendrá un recorrido televisivo que durará meses. a mí ya no me importará. mi interés terminó anoche.
lo mejor de la compañía fue D., un cincuentón murciano teñido de rubio muy neroniano, al que nos rifábamos para que nos llevase la cabaña y Laura, la actriz principal, que se llamaba como la ciclogénesis explosiva que hoy he sufrido en la autopista.
Momento grandioso de la jornada: centro del coso romano. en el centro estamos J. y yo, como dos gladiadores metafísicos. me giro y muy serio, afligido, pero con un hilillo superviviente de retranca le pregunto: "J., ¿a ti no te resulta insoportable a veces el peso de la nada?". J. se agarra el mentón, pierde en el infinito la mirada y caviloso responde al cabo de un par de segundos: "No, la verdad es que no".
Todo lo que se aprende fuera de la escuela se aprende tarde. A veces estoy sembrao.
mientras llegaba la compañía, los más tempraneros nos pusimos a ver la tele. se eligió el partido del fútbol, pero cuando dos amigos salieron a por bocadillos propuse a L. y F. cambiar al sálvame. Fui reprendido, pero estaba francamente interesante y digamos que yo seguía el marcador con atención. que belén perdonase a fran era para mí mucho más importante que el resultado de la selección. fran, con esa cosa estupefacta y como escayolada que tiene, se explayaba y yo glosaba sus frases: "ole", "bien dicho, así se habla, que sepa que la quieres, coño", y en una de esas me levanté y haciendo la motosierra grité "¡claro que sí! ¡claro que sí!". No sé si será perdonado, pero me vi incumbido en su papel de alguien que quiere a una mujer que jamás le perdonará. Esa tranquilidad de fran estuvo muy bien y no sé cómo acabaron porque cambiaron al fútbol. supongo que la historia tendrá un recorrido televisivo que durará meses. a mí ya no me importará. mi interés terminó anoche.
lo mejor de la compañía fue D., un cincuentón murciano teñido de rubio muy neroniano, al que nos rifábamos para que nos llevase la cabaña y Laura, la actriz principal, que se llamaba como la ciclogénesis explosiva que hoy he sufrido en la autopista.
Momento grandioso de la jornada: centro del coso romano. en el centro estamos J. y yo, como dos gladiadores metafísicos. me giro y muy serio, afligido, pero con un hilillo superviviente de retranca le pregunto: "J., ¿a ti no te resulta insoportable a veces el peso de la nada?". J. se agarra el mentón, pierde en el infinito la mirada y caviloso responde al cabo de un par de segundos: "No, la verdad es que no".
Todo lo que se aprende fuera de la escuela se aprende tarde. A veces estoy sembrao.
viernes, 8 de octubre de 2010
tirado en el colchón
veo que acabaré acolchando las paredes del cuarto.
en la radio un doctor nazi habla de fístulas
pero no puedo ni con el dial.
es tan tarde que duermen los buenos y los malos
y el gusto artístico de mi casero es un psicópata mudo.
ella le está sacando esta música al silencio.
¿te acuerdas de esos tipos que tenían la función profesional
de dar lástima en los bares de barrio?
empiezan a ser tú.
veo que acabaré acolchando las paredes del cuarto.
en la radio un doctor nazi habla de fístulas
pero no puedo ni con el dial.
es tan tarde que duermen los buenos y los malos
y el gusto artístico de mi casero es un psicópata mudo.
ella le está sacando esta música al silencio.
¿te acuerdas de esos tipos que tenían la función profesional
de dar lástima en los bares de barrio?
empiezan a ser tú.
viernes, 8 de octubre
La mala fama de los excesos. El fin de semana pasado decidí subir muy alto o bajar muy abajo en pos de no sé qué parte de mí. Lo decidí en algún momento de la tarde del viernes y del laberinto salí el domingo. La resaca suele enfrenarnos siempre a algún cabo suelto, nos aguijonea con algún problema deconciencia. A mí me puso delante del fundamental problema de mi vida. Y de qué forma.
Desdeluego, la cosa estaba larvándose, pero el fogonazo -absolutamente iluminador- fue descomunal. Los excesos son malos porque sí, pero sobre todo porque hay que ser inmensamente feliz o tener las neuronas de platino iridiado para salir airoso. Te enfrentas a ti mismo, con la aberrante realidad de un espejo deformante que uno mismo se coloca ante sí: así soy, así me veo.
Los días posteriores han sido durísimos. Los peores de mi vida. Me voy a ahorrar, por eso de que el blog lo pueden leer cuatro, los pormenores de mi calvario, pero el sentimiento tiene el lamento del amor, del desamor, dela pérdida y de la culpa. Nunca dejé totalmente a M, pero ya no está. Ella no me dejó, de modo que no puedo refugiarme en el rencor o deformar su imagen a mis ojos. Y la pérdida es absoluta, física. No está en mi mundo, no la veo, y no puedo hablar con ella. Es como si me la hubieran arrancado de la vida, de mí, pero no puedo culpar a Dios o a la desgracia, a nadie, sino a mí mismo, demodo que la culpa me martiriza. Es como si hubiera desaparecido, como si estuviera muerta. El dolor que me produce eso, despertar a eso, es tal que no sé qué hacer. Debo jugar limpio con ella, respetar su espacio, su voluntad, aunque sea un espacio y un tiempo que ocupará en olvidarse completamente de mí.
Con los días empiezo a dormir, aunque sigo comiendo poco, pero voy racionalizándolo todo y me repito determinados argumentos como un mantra. Estoy instalándome en una forma de resignación esperanzada, que lo tiene casi todo de resignación y sólo una leve esperanza. Ella se ha ido de mi vida, de mi mundo y sólo un milagro la devolverá y no puedo hacer nada contra eso ni depende de mí y a nadie puedo culpar. Ese estado es el del claroscuro. La modulación de esos dos sentimientos define cada instante. La resignación es dolorosa, pero serena; la esperanza es urgente, y cálida. Y uno va buscando sin querer situaciones intermedias. Los momentos inciertos del anochecer o la amanecida, como si se fuera huyendo de algo, de la rotunda claridad del día. Los ritmos intermedios, las expectativas bajas, cortas. Siento que de alguna manera, cuando el dolor no es desesperante, esta situación afila mi mirada, mi capacidad para volver a los detalles. De alguna manera, estoy reuniendo todo lo mío disperso en torno a este horrible estado. Ganando integridad. Integrándome. Y de ahí creo que deriva la integridadmoral.
Pienso en esos versos de Rosales, que malrecuerdo: he vivido con la prudencia de un caballo de cartón en el baño, equivocándome sólo en lo importante, en lo que más quería. Y recuerdo algo orteguiano sobre mi estado: esto es irrenunciable. Mi estado actual es algo a lo que no puedo renunciar. Me impregna poco a poco, matiza mi mirada, mi semblante, mis actos, mis gestos e irá confundiéndose con ellos, definiéndome de nuevo, comoun cambio de ser, de piel. No seré jamás el que fui. Todo lo que hago, siento o pienso nace de esa fuente. De ella.
No sé si era James el que decía que el dolor corroe. No lo creo. Había tanto malo en mí que esto me vendrá bien de alguna forma.
*************
Hoy, para aplaudir a Vargas Llosa, todo el mundo se mete con Neruda. A mí, que nunca me ha gustado, me apetece leerlo sólo a él y nada me importan las "perfectas cartografías del poder", aunque me haya encantado el articulazo de Raul rivero en EM.
Como conduzco tanto empiezo a sacar metáforas de la autovía. Hay una situación habitual en la que uno va tras otro vehículo en un doble carril. Por desconocimiento, falta de atención o urgencia, se decide adelantar y cuando se acelera en el carril de la izquierda, de pronto, como sobrevenido, aparecen flechas que nos lo empiezan a estrechar. Nos quedamos sin carril y sólo podemos acelerar imprudentemente o dar un innoble frenazo que casi nos detiene. Se me ocurren algunas situaciones que se parecen mucho a ese trance.
Desdeluego, la cosa estaba larvándose, pero el fogonazo -absolutamente iluminador- fue descomunal. Los excesos son malos porque sí, pero sobre todo porque hay que ser inmensamente feliz o tener las neuronas de platino iridiado para salir airoso. Te enfrentas a ti mismo, con la aberrante realidad de un espejo deformante que uno mismo se coloca ante sí: así soy, así me veo.
Los días posteriores han sido durísimos. Los peores de mi vida. Me voy a ahorrar, por eso de que el blog lo pueden leer cuatro, los pormenores de mi calvario, pero el sentimiento tiene el lamento del amor, del desamor, dela pérdida y de la culpa. Nunca dejé totalmente a M, pero ya no está. Ella no me dejó, de modo que no puedo refugiarme en el rencor o deformar su imagen a mis ojos. Y la pérdida es absoluta, física. No está en mi mundo, no la veo, y no puedo hablar con ella. Es como si me la hubieran arrancado de la vida, de mí, pero no puedo culpar a Dios o a la desgracia, a nadie, sino a mí mismo, demodo que la culpa me martiriza. Es como si hubiera desaparecido, como si estuviera muerta. El dolor que me produce eso, despertar a eso, es tal que no sé qué hacer. Debo jugar limpio con ella, respetar su espacio, su voluntad, aunque sea un espacio y un tiempo que ocupará en olvidarse completamente de mí.
Con los días empiezo a dormir, aunque sigo comiendo poco, pero voy racionalizándolo todo y me repito determinados argumentos como un mantra. Estoy instalándome en una forma de resignación esperanzada, que lo tiene casi todo de resignación y sólo una leve esperanza. Ella se ha ido de mi vida, de mi mundo y sólo un milagro la devolverá y no puedo hacer nada contra eso ni depende de mí y a nadie puedo culpar. Ese estado es el del claroscuro. La modulación de esos dos sentimientos define cada instante. La resignación es dolorosa, pero serena; la esperanza es urgente, y cálida. Y uno va buscando sin querer situaciones intermedias. Los momentos inciertos del anochecer o la amanecida, como si se fuera huyendo de algo, de la rotunda claridad del día. Los ritmos intermedios, las expectativas bajas, cortas. Siento que de alguna manera, cuando el dolor no es desesperante, esta situación afila mi mirada, mi capacidad para volver a los detalles. De alguna manera, estoy reuniendo todo lo mío disperso en torno a este horrible estado. Ganando integridad. Integrándome. Y de ahí creo que deriva la integridadmoral.
Pienso en esos versos de Rosales, que malrecuerdo: he vivido con la prudencia de un caballo de cartón en el baño, equivocándome sólo en lo importante, en lo que más quería. Y recuerdo algo orteguiano sobre mi estado: esto es irrenunciable. Mi estado actual es algo a lo que no puedo renunciar. Me impregna poco a poco, matiza mi mirada, mi semblante, mis actos, mis gestos e irá confundiéndose con ellos, definiéndome de nuevo, comoun cambio de ser, de piel. No seré jamás el que fui. Todo lo que hago, siento o pienso nace de esa fuente. De ella.
No sé si era James el que decía que el dolor corroe. No lo creo. Había tanto malo en mí que esto me vendrá bien de alguna forma.
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Hoy, para aplaudir a Vargas Llosa, todo el mundo se mete con Neruda. A mí, que nunca me ha gustado, me apetece leerlo sólo a él y nada me importan las "perfectas cartografías del poder", aunque me haya encantado el articulazo de Raul rivero en EM.
Como conduzco tanto empiezo a sacar metáforas de la autovía. Hay una situación habitual en la que uno va tras otro vehículo en un doble carril. Por desconocimiento, falta de atención o urgencia, se decide adelantar y cuando se acelera en el carril de la izquierda, de pronto, como sobrevenido, aparecen flechas que nos lo empiezan a estrechar. Nos quedamos sin carril y sólo podemos acelerar imprudentemente o dar un innoble frenazo que casi nos detiene. Se me ocurren algunas situaciones que se parecen mucho a ese trance.
domingo, 26 de septiembre de 2010
domingo, 26 de septiembre de 2010
Si el domingo era el día del Señor y Dios ha muerto, será normal este vacío.
Tras tantos meses vuelvo al diario. Releo a Trapiello y abunda en sus diarios el ajuste de cuentas y la regurgitación de agravios. La pataleta y el alivio. Lo que en Trapiello es la querella personal, en Jiménez Lozano lo es la amargura ante los nuevos tiempos. Los diarios como protesta, anotación de cada evidencia de la desaparición de un viejo mundo. Los diarios contra la disolución. Y pienso: ¿será posible el diario celebratorio, hímnico, jovial? Uno se mete aquí como alicaido, con media estocada, con el ánimo cabizbajo con el que de niño encaraba la confesión o la caricia. A ver si hablando mudamente aquí, para nadie, el yo se apacigua y deja de dar por culo.
Eros es hijo de la necesidad, (Penía, la escasez) y de Poros (el recurso). La tensión entre escasez y recursos es la economía. Eronomía. ¿Queda claro qué mueve el mundo y por qué?
La idea del Eros como de una "ambigüedad siempre en tensión" me parece fascinante porque es así. La constante comezón, la búsqueda, el avizoramiento desesperado.
¿No es verdad que nos sentimos abrumados de tristeza ante el espectáculo de la paternidad y las pornográficas escenas públicas de vida matrimonial? No hay valor para hacer caso a Bocaccio, quien aconsejaba a los intelectuales (e intelectual es, para mí, toda persona que ha tenido comercio alguno con lo espiritual y a la vez horror ante la vida plana, desnuda) dejar el matrimonio a los estúpidos, los grandes señores y los obreros. Ay, este ridículo aristrocratismo de solterón...
Tras tantos meses vuelvo al diario. Releo a Trapiello y abunda en sus diarios el ajuste de cuentas y la regurgitación de agravios. La pataleta y el alivio. Lo que en Trapiello es la querella personal, en Jiménez Lozano lo es la amargura ante los nuevos tiempos. Los diarios como protesta, anotación de cada evidencia de la desaparición de un viejo mundo. Los diarios contra la disolución. Y pienso: ¿será posible el diario celebratorio, hímnico, jovial? Uno se mete aquí como alicaido, con media estocada, con el ánimo cabizbajo con el que de niño encaraba la confesión o la caricia. A ver si hablando mudamente aquí, para nadie, el yo se apacigua y deja de dar por culo.
Eros es hijo de la necesidad, (Penía, la escasez) y de Poros (el recurso). La tensión entre escasez y recursos es la economía. Eronomía. ¿Queda claro qué mueve el mundo y por qué?
La idea del Eros como de una "ambigüedad siempre en tensión" me parece fascinante porque es así. La constante comezón, la búsqueda, el avizoramiento desesperado.
¿No es verdad que nos sentimos abrumados de tristeza ante el espectáculo de la paternidad y las pornográficas escenas públicas de vida matrimonial? No hay valor para hacer caso a Bocaccio, quien aconsejaba a los intelectuales (e intelectual es, para mí, toda persona que ha tenido comercio alguno con lo espiritual y a la vez horror ante la vida plana, desnuda) dejar el matrimonio a los estúpidos, los grandes señores y los obreros. Ay, este ridículo aristrocratismo de solterón...
domingo, 23 de mayo de 2010
domingo, 23 de mayo de 2010.
"Muchas cosas que se hallaban ancladas en el equilibrio de poder y en el equilibrio de terror parecen haberse descompuesto, haberse desatado. Hoy en día, las cosas no tienen límite. Yo ya no entiendo el dinero. El dinero se ha desatado. La violencia se ha desatado, ahora la violencia es algo más fácil, algo liberado, fuera de control, algo que ya no tiene medida y no se basa en una escala de virtudes."
Don DeLillo. Submundo.
Don DeLillo. Submundo.
domingo, 18 de abril de 2010
domingo, 18 de abril de 2010
He acabado los Diarios de Joe Orton. El final es triste y su interrupción abrupta estremece. Días antes de morir, Orton encontraba raro a Kenneth, que leía las entradas del diario. Probablemente enloqueció con las últimas páginas. Joe escribía cada vez mejor y con más libertad. En la narración de su fin de semana en Brighton reconoce que un niño de tres años era capaz de excitarle. Su pareja, Kenneth, "nulidad de mediana edad", aspiraba a una relación estable, ordenada. "La vida pierde sus objetivos si no se la dedica a Dios o a alguien", dice en algún momento. "Toda libertad es una amenaza para alguien", afirmaba Camus. Me ha gustado el libro; Joe, K. W., personajes que acojo ya para siempre en mi olimpo personal. La obra, pese a ser leída en traducción, deja en el oido un ritmo y esa es el rasgo distintivo de la buena literatura. No la beatífica sensación de "ser mejor persona" que produce el cine, sino el eco en la conciencia de un determinado rumor, de una pauta, de una música que es la voz del autor.
Esta mañana mis padres me han traído unos folletos con información de viviendas de nueva construcción. Cuando les pedí el favor de que recabasen para mí alguna información, fui muy preciso al determinar que buscaba un estudio. Ellos, sin embargo, venían entusiasmados con un piso de dos habitaciones. La inversión inmobiliaria despierta en alguna gente un frenesí de clase media muy desagradable. Personalmente, no me importa salir de la ciudad, sólo quiero disfrutar de los beneficios fiscales antes de que desaparezcan porque la arbitrariedad política tiene un no sé qué de autoritarismo que me irrita, pero todo es lo mismo, una especie de infierno residencial con vistas a jardines sintéticos donde gente aburrida se arrastra lastimosamente a través de domingos eternos. Ahora que vivo en B., rodeado de silencio y montañas, me doy cuenta de que lo urbano es, antes que nada, mágico. La ciudad despierta la imaginación. Va unida al cine y a la novela, al relato. La urbe es azar. Tiene un elemento narrativo y fantasioso que sin embargo yo no puedo encontrar en Valencia. Lo tiene Madrid. Cuando una ciudad que debiera tenerlo no lo tiene se produce una tristeza muy frustrante. Entre la provincia y la metrópoli, Valencia ofrece a sus habitantes un tranquilizador intermedio. No es extraño que tan poca ficción se haya desarrollado aquí.
Paso el rato leyendo. Escucho un video de Bobby Caldwell en el que aparece con una inverosímil coleta de proxeneta.
*
La resaca está muy desprestigiada. Se aprende mucho de uno mismo y además tiene esa primera sensación de asombro en las primeras horas. Ayer pensé, adoptando un poco el estilo campanudo de la jerga filosófico-poética que la resaca es "conciencia dolorida". Todos los venenos tienen su pequeña enseñanza, claro que alguien dijo que "todo es veneno y nada es sin veneno".
*
Orton hacía ejercicios físicos que no detalla. Murakami, Mishima, Mailer, Orton, yo mismo... no es cierto que los genios de la literatura despreciemos el físico.
Esta mañana mis padres me han traído unos folletos con información de viviendas de nueva construcción. Cuando les pedí el favor de que recabasen para mí alguna información, fui muy preciso al determinar que buscaba un estudio. Ellos, sin embargo, venían entusiasmados con un piso de dos habitaciones. La inversión inmobiliaria despierta en alguna gente un frenesí de clase media muy desagradable. Personalmente, no me importa salir de la ciudad, sólo quiero disfrutar de los beneficios fiscales antes de que desaparezcan porque la arbitrariedad política tiene un no sé qué de autoritarismo que me irrita, pero todo es lo mismo, una especie de infierno residencial con vistas a jardines sintéticos donde gente aburrida se arrastra lastimosamente a través de domingos eternos. Ahora que vivo en B., rodeado de silencio y montañas, me doy cuenta de que lo urbano es, antes que nada, mágico. La ciudad despierta la imaginación. Va unida al cine y a la novela, al relato. La urbe es azar. Tiene un elemento narrativo y fantasioso que sin embargo yo no puedo encontrar en Valencia. Lo tiene Madrid. Cuando una ciudad que debiera tenerlo no lo tiene se produce una tristeza muy frustrante. Entre la provincia y la metrópoli, Valencia ofrece a sus habitantes un tranquilizador intermedio. No es extraño que tan poca ficción se haya desarrollado aquí.
Paso el rato leyendo. Escucho un video de Bobby Caldwell en el que aparece con una inverosímil coleta de proxeneta.
*
La resaca está muy desprestigiada. Se aprende mucho de uno mismo y además tiene esa primera sensación de asombro en las primeras horas. Ayer pensé, adoptando un poco el estilo campanudo de la jerga filosófico-poética que la resaca es "conciencia dolorida". Todos los venenos tienen su pequeña enseñanza, claro que alguien dijo que "todo es veneno y nada es sin veneno".
*
Orton hacía ejercicios físicos que no detalla. Murakami, Mishima, Mailer, Orton, yo mismo... no es cierto que los genios de la literatura despreciemos el físico.
miércoles, 7 de abril de 2010
miércoles, 7 de abril de 2010
Estoy escuchando la radio y hay un tal Victor Gago que es como el Juan Cruz de la derecha. ¡Clavadito!
jueves, 1 de abril de 2010
jueves, 1 de abril de 2010
Paso una noche febril. Unos cuantos pensamientos recurrentes, en espiral, todo muy daliniano. Sudor, dolor, escalofríos y un principio de náusea. Al despertar, resuelvo unos asuntos laborales y me dedico a escuchar una conferencia sobre Eliot a cargo de Esteban Pujals. Tiene un acento inglés ridiculamente bueno. El contenido de la conferencia no me resulta sorprendente ya que gran parte del mismo remite a la introducción de su traducción de los Four Quartets en ese delicioso volumen de Cátedra que cambió mi vida, para mal.
Tras esto, sueño y paracetamol. Leo mucho de los diarios de Orton. La parte que transcurre en Tánger es divertida, su prosa se libera, se hace más prolija, descriptiva y todo parece como soleado, relajado. Hay una curiosa reflexión de Joe sobre la felicidad junto a Kenneth, esa felicidad de hierba, sol, valiums y adolescentes marroquíes, de la que disfruta con un sentimiento cercano a la culpa. Pese a su terrible impostura y su detestación de los convencionalismos, su libertad no es absoluta; Joe se para a contemplarse feliz, -y ahí utiliza un plural porque su felicidad es siempre junto a Kenneth- y la dicha le parece antinatural, fugacísima, efímera. Nadie hay tan libre como para desear para si toda la felicidad del mundo. Nos han educado para el sufrimiento y el dolor.
Mientras escribo esto, aburrido, recuerdo una conversación de anoche en facebook. Hablaban sobre la gratuidad de la cultura. Me excité y sin demasiada reflexión y sin saber qué bando defendía, con la divertida deriva del sofista, escribí esto: "todo lo gratuito, lo novedosamente gratuito, es repulsivo e inabarcable. el precio es un circunspecto guardián de la cultura, es educado, pactado, libre, exige laboriosidad y transacción y otorga a lo adquirido un primer valor que excita el juicio. fuera del precio hay barbarie, rapiña. esa gente que descarga sin mesura es como el bárbaro que se lleva el jamón del corte inglés en todo altercado." Ahora pienso que en el acto de pagar, de entregar el dinero a quien lo coge, está encerrado el gesto del apretón de manos. Hay caballerosidad, pacto, encuentro.
Voy a cenar. Seguramente vea un partido de fútbol. O lo intente, antes de que la estupidez de los comentaristas -ese cansino jotajota-, la salvajada popular y el tedioso espectáculo de pataditas y encontronazos me aletarguen.
Tras esto, sueño y paracetamol. Leo mucho de los diarios de Orton. La parte que transcurre en Tánger es divertida, su prosa se libera, se hace más prolija, descriptiva y todo parece como soleado, relajado. Hay una curiosa reflexión de Joe sobre la felicidad junto a Kenneth, esa felicidad de hierba, sol, valiums y adolescentes marroquíes, de la que disfruta con un sentimiento cercano a la culpa. Pese a su terrible impostura y su detestación de los convencionalismos, su libertad no es absoluta; Joe se para a contemplarse feliz, -y ahí utiliza un plural porque su felicidad es siempre junto a Kenneth- y la dicha le parece antinatural, fugacísima, efímera. Nadie hay tan libre como para desear para si toda la felicidad del mundo. Nos han educado para el sufrimiento y el dolor.
Mientras escribo esto, aburrido, recuerdo una conversación de anoche en facebook. Hablaban sobre la gratuidad de la cultura. Me excité y sin demasiada reflexión y sin saber qué bando defendía, con la divertida deriva del sofista, escribí esto: "todo lo gratuito, lo novedosamente gratuito, es repulsivo e inabarcable. el precio es un circunspecto guardián de la cultura, es educado, pactado, libre, exige laboriosidad y transacción y otorga a lo adquirido un primer valor que excita el juicio. fuera del precio hay barbarie, rapiña. esa gente que descarga sin mesura es como el bárbaro que se lleva el jamón del corte inglés en todo altercado." Ahora pienso que en el acto de pagar, de entregar el dinero a quien lo coge, está encerrado el gesto del apretón de manos. Hay caballerosidad, pacto, encuentro.
Voy a cenar. Seguramente vea un partido de fútbol. O lo intente, antes de que la estupidez de los comentaristas -ese cansino jotajota-, la salvajada popular y el tedioso espectáculo de pataditas y encontronazos me aletarguen.
miércoles, 31 de marzo de 2010
miércoles, 31 de marzo de 2010
Parece que por fin se disipan los efectos de la juerga del viernes. La mala noticia es que el abandono de la resaca se ha encadenado con algún tipo de achaque. Me empieza a doler la garganta y he sentido calentura y mal cuerpo durante parte del día. Además, estoy cansado y soñoliento.
Hoy era mal día para enfermar, me han dedicado una emotiva despedida y eso implicaba dirigir unas palabras a la concurrencia. He intercalado sensibleramente el valenciano en mi discurso en castellano y he sido serio, responsable y enfermizamente edificante. Soy un tipo vanidoso y me gusta ir dando lecciones a la gente sin que se note. El alumno de colegio religioso que fui no me termina de abandonar. Es como si hubiese dos conciencias, dos niveles de conciencia: un yo moral y un yo íntimo, acallado casi siempre. Y siento que dejo la resaca porque aparece la vanidad. El ego se recompone después de un desastre. El ciclo de la borrachera es siempre el mismo: euforia creciente y sentirse Napoleón la primera noche; el día posterior ya no hay un emperador pero hay ironía y sorpresa, una especie de filósofo cínico que a duras penas puede hablar pero que sonrie; al siguiente llega el derrumbamiento y del ego tal como lo conociamos no queda nada. Martes, miércoles y jueves sirve para recomponer los pedazos de si, como trozos de un jarrón rato. Se trata de reunir en nuestras manos lo poco que somos, agarrarnos fuertemente hasta que la suma de todo de una imagen propia. Con un poco de suerte, a las pocas horas aparecerá la vanidad, el brillo del ser y ¿no querrá lucirse la vanidad, de nuevo conquistada, en el desfile nocturno del fin de semana?
Alucino con Erykah Badu. Ya sé lo que voy a escuchar estos días.
He hablado con S., que casi se va al otro barrio. Ha hecho un esfuerzo por estar animado al hablar, como si instantes antes hubiese hecho acopio de energías, y me ha agradecido la atención. Le han introducido casi tres litros de sangre ajena y los niveles de ácido úrico del nuevo plasma le han provocado una reacción. ¿Se adaptará ese caudal al ritmo de mi amigo o renovarán el pulso de su vida? Cómo desearía que esa sangre le diese brío, pujanza y valor.
Creo que se ha sorprendido de encontrar mensajes de aliento y llamadas mientras luchaba en la cama del hospital. Últimamente pienso en la vida como algo fugacísimo. Sé que vienen curvas y siento todo demasiado. Parezco una de esas folclóricas que van a la tele a aguantarse la lágrima en el extremo del ojo como quien sujeta una bombilla del techo. No tengo que beber, no tengo que beber...
En cuanto acabe a Orton: Don Delillo y poesía española. Ahora podré leer, solo en la montaña. Lectura y musculación. Voy a ser Mishima. Tengo cosas de recluso, mentalidad de recluso.
Hoy era mal día para enfermar, me han dedicado una emotiva despedida y eso implicaba dirigir unas palabras a la concurrencia. He intercalado sensibleramente el valenciano en mi discurso en castellano y he sido serio, responsable y enfermizamente edificante. Soy un tipo vanidoso y me gusta ir dando lecciones a la gente sin que se note. El alumno de colegio religioso que fui no me termina de abandonar. Es como si hubiese dos conciencias, dos niveles de conciencia: un yo moral y un yo íntimo, acallado casi siempre. Y siento que dejo la resaca porque aparece la vanidad. El ego se recompone después de un desastre. El ciclo de la borrachera es siempre el mismo: euforia creciente y sentirse Napoleón la primera noche; el día posterior ya no hay un emperador pero hay ironía y sorpresa, una especie de filósofo cínico que a duras penas puede hablar pero que sonrie; al siguiente llega el derrumbamiento y del ego tal como lo conociamos no queda nada. Martes, miércoles y jueves sirve para recomponer los pedazos de si, como trozos de un jarrón rato. Se trata de reunir en nuestras manos lo poco que somos, agarrarnos fuertemente hasta que la suma de todo de una imagen propia. Con un poco de suerte, a las pocas horas aparecerá la vanidad, el brillo del ser y ¿no querrá lucirse la vanidad, de nuevo conquistada, en el desfile nocturno del fin de semana?
Alucino con Erykah Badu. Ya sé lo que voy a escuchar estos días.
He hablado con S., que casi se va al otro barrio. Ha hecho un esfuerzo por estar animado al hablar, como si instantes antes hubiese hecho acopio de energías, y me ha agradecido la atención. Le han introducido casi tres litros de sangre ajena y los niveles de ácido úrico del nuevo plasma le han provocado una reacción. ¿Se adaptará ese caudal al ritmo de mi amigo o renovarán el pulso de su vida? Cómo desearía que esa sangre le diese brío, pujanza y valor.
Creo que se ha sorprendido de encontrar mensajes de aliento y llamadas mientras luchaba en la cama del hospital. Últimamente pienso en la vida como algo fugacísimo. Sé que vienen curvas y siento todo demasiado. Parezco una de esas folclóricas que van a la tele a aguantarse la lágrima en el extremo del ojo como quien sujeta una bombilla del techo. No tengo que beber, no tengo que beber...
En cuanto acabe a Orton: Don Delillo y poesía española. Ahora podré leer, solo en la montaña. Lectura y musculación. Voy a ser Mishima. Tengo cosas de recluso, mentalidad de recluso.
viernes, 26 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
Empiezo a asumir que he pasado de amante a detestador de la poesía. Para leer un libro de poemas -para ser justo, debería excluir de aquí cierta poesía anglosajona o de inspiración anglosajona-, para disfrutar como es posible un libro de poemas es necesario ser una especie de monje tibetano sin líbido. Cruzar una ciudad en hora punta ya me parece incompatible con la lectura de poesía.
No es descabellado pensar que yo sea un individuo colérico, maniático, machista, incapaz de hacer feliz a una mujer.
No es descabellado pensar que yo sea un individuo colérico, maniático, machista, incapaz de hacer feliz a una mujer.
jueves, 25 de marzo de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
Mi organismo se acostumbró pronto a M. y su cuerpo. Estoy agotado, triste, ansioso, apático, celoso y lo achaco a una reacción de mi cuerpo a su pérdida. Se acostumbró pronto todo mi ser a estar con ella y la soledad de nuevo es un desbarajuste químico, es un desequilibrio no sólo psíquico.
Charlo con M. y hablamos de los nocilla. Me dice que su humor es retórico, irreal, impostado, y que mucho de ellos es programático. Por mi parte, sugiero que pueden estar fundando una literatura española sobre el raíl equivocado: el DFW de ficción y no el ensayístico, que sería una estación término del Nuevo Periodismo. Es decir, del realismo. M. dice que en los nocilla todo es lectura sin vida, mientras que en DFW hay dolor, realidad. Creo que tiene razón, pero en él hay otra cosa: tiene la profundidad de la filosofía sin el fárrago filosófico. La complicación de los nocilla es ardua, asusta, disuade. DFW hace literatura con un instrumento filosófico. Después de leerle tuve la sensación de que era un apasionado lector de pensamiento metido a hacer periodismo. PIenso en ese aforismo de Joubert que dice algo así: las palabras nunca le faltan a las ideas, son las ideas las que a veces faltan a las palabras. DFW tiene todas las ideas del mundo.
Siempre pienso en él como en Elliot Smith.
LOs nocilla son una poética sin poesía.
Ha sido mi cumpleaños. Tengo un nuevo chándal que pienso usar. La mayor evolución que he sufrido, lo que explica mi año, es que ya no considero vergonzoso usar chándal. He pasado a ser un individuo chandalístico, que pudiera ser visto por la calla en chándal. El chándal es de dominguero, adidas blanquinegro, y con las zapatillas de correr parezco un poco Bernardino Lombao. En cuestión de moda deportiva me falta una mano de estilismo. Le preguntaré a M.
Otro aforismo de Joubert que recuerdo -que malrecuerdo, de mis apresuradas lecturas en el cuarto de baño- es ese que decía que dos son las excelentes criaturas de Dios: los que crean cosas hermosas y los que las aprecian. Me pregunto si yo sólo estaré en el segundo pelotón. Pero esta cita de Joubert es un consuelo, porque durante mucho tiempo al pensar en esto recordaba una entrevista a David Summers, el desfalleciente cantante de Hombres G (desfalleciente como la dicción de las azafatas de vueling), en la que mencionaba un consejo de su padre Manolo: en la vida sólo hay dos tipos de personas: los que hacen algo y los que piensan en hacerlo. Joubert rehabilita al contemplativo. Además, ¿no sobra en el mundo gente haciendo cosas que deberían no haberse hecho? (De todos modos, no he dicho mi última palabra a este respecto).
Charlo con M. y hablamos de los nocilla. Me dice que su humor es retórico, irreal, impostado, y que mucho de ellos es programático. Por mi parte, sugiero que pueden estar fundando una literatura española sobre el raíl equivocado: el DFW de ficción y no el ensayístico, que sería una estación término del Nuevo Periodismo. Es decir, del realismo. M. dice que en los nocilla todo es lectura sin vida, mientras que en DFW hay dolor, realidad. Creo que tiene razón, pero en él hay otra cosa: tiene la profundidad de la filosofía sin el fárrago filosófico. La complicación de los nocilla es ardua, asusta, disuade. DFW hace literatura con un instrumento filosófico. Después de leerle tuve la sensación de que era un apasionado lector de pensamiento metido a hacer periodismo. PIenso en ese aforismo de Joubert que dice algo así: las palabras nunca le faltan a las ideas, son las ideas las que a veces faltan a las palabras. DFW tiene todas las ideas del mundo.
Siempre pienso en él como en Elliot Smith.
LOs nocilla son una poética sin poesía.
Ha sido mi cumpleaños. Tengo un nuevo chándal que pienso usar. La mayor evolución que he sufrido, lo que explica mi año, es que ya no considero vergonzoso usar chándal. He pasado a ser un individuo chandalístico, que pudiera ser visto por la calla en chándal. El chándal es de dominguero, adidas blanquinegro, y con las zapatillas de correr parezco un poco Bernardino Lombao. En cuestión de moda deportiva me falta una mano de estilismo. Le preguntaré a M.
Otro aforismo de Joubert que recuerdo -que malrecuerdo, de mis apresuradas lecturas en el cuarto de baño- es ese que decía que dos son las excelentes criaturas de Dios: los que crean cosas hermosas y los que las aprecian. Me pregunto si yo sólo estaré en el segundo pelotón. Pero esta cita de Joubert es un consuelo, porque durante mucho tiempo al pensar en esto recordaba una entrevista a David Summers, el desfalleciente cantante de Hombres G (desfalleciente como la dicción de las azafatas de vueling), en la que mencionaba un consejo de su padre Manolo: en la vida sólo hay dos tipos de personas: los que hacen algo y los que piensan en hacerlo. Joubert rehabilita al contemplativo. Además, ¿no sobra en el mundo gente haciendo cosas que deberían no haberse hecho? (De todos modos, no he dicho mi última palabra a este respecto).
lunes, 22 de marzo de 2010
lunes, 22 de marzo de 2010
He vuelto al trabajo. Al llegar me ha dado pena comprobar que las cosas están cambiando. L. se va, B. tiene novia y F. ya no me odia. Por si fuera poco, los almuerzos han pasado a mejor vida, sustituidos por el triste café. E. me promete una placa y ya tengo una insignia, de modo que voy acumulando solemnidades y honores, como esos viejos encantadores que coleccionan escudos municipales de toda España o libros de fiesta o carteles o bandos. Las mil formas del fetichismo municipal. He quedado para comer con los compañeros el miércoles y con E. y su gang el viernes.
No diré que he trabajado mucho, porque un diario tiene que ser fidedigno. He tenido conversaciones con mis amigos y he atendido las polémicas que M. origina en facebook, como el animador virtual que lleva tiempo siendo. El elemento bernhardiano de M. unido al regionalismo infecto que se vive en España ofrece situaciones muy divertidas. En este caso, todo ha sido causado por un moderado artículo de J. sobre Delibes y su mundo. En realidad, cualquier lector que no sea sexagenario e irremediablemente conservador ha sufrido con Delibes la dificultad de enfrentar un mundo preindustrial, rural, asfixiante o directamente afásico. Queriamos un Pynchon, pero nos daban a Delibes. El autor del artículo se permitía ser sincero con Valladolid, el mundo del narrador, y eso ha despertado protestas entre vallisoletanos airados, la mayoría jóvenes y aparentemente cultos. A todo esto, Delibes es un apellido tal que difícilmente admite la derivación *delibesiano* ¿Cómo se las ingeniarán los críticos?
Cuando recuerdo las novelas castellanas de Umbral, por ejemplo, me deprimo. ¿No es cierto que es Madrid la que termina de dar vida y color al estilo ya forjado de Umbral?
Por la tarde he ido a recoger las gafas de sol. He caminado con ellas procurando no mirarme en el cristal de ningún escaparate. Las gafas son bonitas y al probarlas descubrí en mí un perfil de agente secreto o investigador privado con el que había fantaseado desde niño. Precisamente por eso rehusé todo impulso conducente a mirar mi reflejo en un cristal. Enormes ramalazos de coquetería y timidez combaten dentro de mí, como dos perros a los que sacan a pasear y se enzarzan persiguiéndose mutuamente la cola.
De vuelta de la óptica he sucumbido en París-Valencia. He comprado una colección de ensayos de Eco, al que voy a leer próximamente. He regresado a casa caminando, disfrutando de la canción del día -Daquilo que eu sei, de Ivan Lins, en la versión de la Metropole Jazz Orchestra-. El cielo estaba oscuro, color de tinta, a punto de llover, pero nublado de una forma alegre, intensamente morado. La calle, la misma calle de siempre, parecía más tranquila y el aire era respirable, tónico; la hierba olía y había naranjos en flor, agua brotando de fuentes. Una extraña armonía entre lo municipal y el clima. Creo que se debía tanto a la primavera como al momento: esa hora de la tarde -remansada, diría- en que ya han salido los niños del colegio y aún no ha terminado la jornada laboral. Como fuera, mi recibimiento a la primavera fue interrumpido por mi encontronazo con J. y su hija A., tan oportunas y antipoéticas como siempre. Tuve que pasarme un rato viendo fotos de niños y bebés y dando explicaciones sobre mi vida, planes y proyectos. Obviamente, me fui por las ramas.
Hay una persona en la vida de Orton que me resulta muy simpática: el actor Kenneth Williams. Busco las páginas en las que sale con interés creciente y sus diálogos y amistad me empiezan a parecer lo más divertido del libro.
Correr por la playa es un espectáculo. El puerto está iluminado con luces amarillas y azules de un modo que me recuerda a la película Diva, de Jean-Jacques Beineix. Ese fondo de neón ochentero, el color pastel de algunos edificios, las palmeras y la ausencia casi absoluta de aborígenes hacía pensar en un Miami alucinado. He echado de menos mis gafas oscuras sintiéndome Sonny Crockett.
No diré que he trabajado mucho, porque un diario tiene que ser fidedigno. He tenido conversaciones con mis amigos y he atendido las polémicas que M. origina en facebook, como el animador virtual que lleva tiempo siendo. El elemento bernhardiano de M. unido al regionalismo infecto que se vive en España ofrece situaciones muy divertidas. En este caso, todo ha sido causado por un moderado artículo de J. sobre Delibes y su mundo. En realidad, cualquier lector que no sea sexagenario e irremediablemente conservador ha sufrido con Delibes la dificultad de enfrentar un mundo preindustrial, rural, asfixiante o directamente afásico. Queriamos un Pynchon, pero nos daban a Delibes. El autor del artículo se permitía ser sincero con Valladolid, el mundo del narrador, y eso ha despertado protestas entre vallisoletanos airados, la mayoría jóvenes y aparentemente cultos. A todo esto, Delibes es un apellido tal que difícilmente admite la derivación *delibesiano* ¿Cómo se las ingeniarán los críticos?
Cuando recuerdo las novelas castellanas de Umbral, por ejemplo, me deprimo. ¿No es cierto que es Madrid la que termina de dar vida y color al estilo ya forjado de Umbral?
Por la tarde he ido a recoger las gafas de sol. He caminado con ellas procurando no mirarme en el cristal de ningún escaparate. Las gafas son bonitas y al probarlas descubrí en mí un perfil de agente secreto o investigador privado con el que había fantaseado desde niño. Precisamente por eso rehusé todo impulso conducente a mirar mi reflejo en un cristal. Enormes ramalazos de coquetería y timidez combaten dentro de mí, como dos perros a los que sacan a pasear y se enzarzan persiguiéndose mutuamente la cola.
De vuelta de la óptica he sucumbido en París-Valencia. He comprado una colección de ensayos de Eco, al que voy a leer próximamente. He regresado a casa caminando, disfrutando de la canción del día -Daquilo que eu sei, de Ivan Lins, en la versión de la Metropole Jazz Orchestra-. El cielo estaba oscuro, color de tinta, a punto de llover, pero nublado de una forma alegre, intensamente morado. La calle, la misma calle de siempre, parecía más tranquila y el aire era respirable, tónico; la hierba olía y había naranjos en flor, agua brotando de fuentes. Una extraña armonía entre lo municipal y el clima. Creo que se debía tanto a la primavera como al momento: esa hora de la tarde -remansada, diría- en que ya han salido los niños del colegio y aún no ha terminado la jornada laboral. Como fuera, mi recibimiento a la primavera fue interrumpido por mi encontronazo con J. y su hija A., tan oportunas y antipoéticas como siempre. Tuve que pasarme un rato viendo fotos de niños y bebés y dando explicaciones sobre mi vida, planes y proyectos. Obviamente, me fui por las ramas.
Hay una persona en la vida de Orton que me resulta muy simpática: el actor Kenneth Williams. Busco las páginas en las que sale con interés creciente y sus diálogos y amistad me empiezan a parecer lo más divertido del libro.
Correr por la playa es un espectáculo. El puerto está iluminado con luces amarillas y azules de un modo que me recuerda a la película Diva, de Jean-Jacques Beineix. Ese fondo de neón ochentero, el color pastel de algunos edificios, las palmeras y la ausencia casi absoluta de aborígenes hacía pensar en un Miami alucinado. He echado de menos mis gafas oscuras sintiéndome Sonny Crockett.
domingo, 21 de marzo de 2010
viernes, 19 de marzo de 2010
Salgo a correr por el paseo marítimo de Cádiz. Llevo la música puesta y corro mirando de reojo la playa, casi vacía. Envidio a los surferos y a las pocas personas que yacen en la arena, solos y en silencio, como pacientes de alguna terapia para los nervios. Cádiz es una ciudad estupenda, pero lo mejor es el mar y pasado un tiempo, después de muchas visitas, empiezo a enamorarme (qué palabra tan perezosamente elegida) del mar gaditano. Océano, me corregiría M., pero nos entendemos: las corrientes de olas, pacientes sufridoras de los surferos gilipuertas -los nuevos albertis-, las aguas contra la escollera, la arena limpia, el sonido del mar... Al principio el mar me deprimía, pero últimamente no es así. Camina uno por Cádiz y al final de muchas calles se ve el mar y esa cosa insular de la ciudad me ponía un poco malo, en el sentido literal. Poca urbe, poca cultura, pocos pisanervios, poco contenido humano y al lado, inabarcable, enorme, monótono, el mar, el mar, siempre recomenzando, enloquecedoramente perpétuo y no había manera de dialogar con ello, de meterle mano. Pero eran chiquilladas porque en este viaje el mar ha sido descanso. Refresco y descanso de la mirada. La arena, aún no hollada, es la promesa del tacto sinuoso, duro y acariciante del verano, de su calidez nerviosa y abrasiva.
La carrera estuvo bien. A la ida estuve escuchando Cementery Gates, de los smiths, tan afectadamente literaria. Corría riéndome, con ganas de cantar, dando zancadas al ritmo de la música y sorteando viejas. Me crucé con un señor muy parecido al crítico Boyero, el mismo avinagramiento hepático.
A la vuelta un tema hard-bopper de Mclean. Duro, rítmico, melódicamente trepidante. Por un momento me sentí Rocky Balboa. Todo el rato sentía deseos de boxear con el aire. Estuve escuchando a Mclean una y otra vez hasta que me acerqué a la catedral. Su hermosa cúpula dorada es el final de mis correrías. Pagué tanta euforia sin causa y llegué fatigado como un peregrino. Al terminar, me puse un suéter y me senté en una terraza. El ambiente estaba amortiguado por la piedra ostionera y los adoquines de la plaza. Leí unas cuántas páginas de Orton mientras observaba fascinado a los turistas. Una señora inglesa con muletas vacilaba extrañamente frente a mí, un poco grogui, y me pidió el teléfono para llamar. Me hicé el sueco y le indiqué el camino del bar. Otra caminaba con un imposible chal de ganchillo del tamaño de una servilleta, iba acompañada de un señor con pinta de ser un golfista amateur de Southampton. Eran desenvueltos y estridentes, pero silenciosos. Así se me fue la mañana hasta que llegó M. Luego discutimos porque según su opinión soy un hombre egoista. Yo preferiría pensar que tengo un marcado sentido de lo conveniente.
Por la noche salimos con M., su amiga M. y M., su novio. Cuatro M. y yo, de modo que transcribir cualquier diálogo se hace imposible salvo que decida numerar las emes y entonces esto parecería una ecuación.
Estuvimos en un local encantador, El Café de Levante, de aspiraciones bohemias y predominio femenino. Allí encontramos al aspirante socialista a la alcaldía, acodado en la barra como un divorciado. Después hicimos una parada en un garito horroroso, el medusa. Allí confluye una confusa mezcla de minorias urbanas y suena un batiburrillo espeluznante de northern soul, rock, surf y reggae. Predominio masculino. Gente fea. Picores. El alcohol empezó a sentar mal.
Acabamos la noche en el supersonic, un local nuevo y pretendidamente indie lleno de erasmus y advenedizos. Los pinchadiscos eran criminales. M. y yo discutimos. Parecemos Liz Taylor y Richard Burton, pero en esas noches de alcohol siempre aflora algo vivo: una confesión, un temor, una pasión. Detesto el efecto del alcohol en mí, pero me gusta verla así.
Al llegar a casa M. me tenía preparada una tapa de carne al toro con pasta. Sensación de plenitud doméstica.
La carrera estuvo bien. A la ida estuve escuchando Cementery Gates, de los smiths, tan afectadamente literaria. Corría riéndome, con ganas de cantar, dando zancadas al ritmo de la música y sorteando viejas. Me crucé con un señor muy parecido al crítico Boyero, el mismo avinagramiento hepático.
A la vuelta un tema hard-bopper de Mclean. Duro, rítmico, melódicamente trepidante. Por un momento me sentí Rocky Balboa. Todo el rato sentía deseos de boxear con el aire. Estuve escuchando a Mclean una y otra vez hasta que me acerqué a la catedral. Su hermosa cúpula dorada es el final de mis correrías. Pagué tanta euforia sin causa y llegué fatigado como un peregrino. Al terminar, me puse un suéter y me senté en una terraza. El ambiente estaba amortiguado por la piedra ostionera y los adoquines de la plaza. Leí unas cuántas páginas de Orton mientras observaba fascinado a los turistas. Una señora inglesa con muletas vacilaba extrañamente frente a mí, un poco grogui, y me pidió el teléfono para llamar. Me hicé el sueco y le indiqué el camino del bar. Otra caminaba con un imposible chal de ganchillo del tamaño de una servilleta, iba acompañada de un señor con pinta de ser un golfista amateur de Southampton. Eran desenvueltos y estridentes, pero silenciosos. Así se me fue la mañana hasta que llegó M. Luego discutimos porque según su opinión soy un hombre egoista. Yo preferiría pensar que tengo un marcado sentido de lo conveniente.
Por la noche salimos con M., su amiga M. y M., su novio. Cuatro M. y yo, de modo que transcribir cualquier diálogo se hace imposible salvo que decida numerar las emes y entonces esto parecería una ecuación.
Estuvimos en un local encantador, El Café de Levante, de aspiraciones bohemias y predominio femenino. Allí encontramos al aspirante socialista a la alcaldía, acodado en la barra como un divorciado. Después hicimos una parada en un garito horroroso, el medusa. Allí confluye una confusa mezcla de minorias urbanas y suena un batiburrillo espeluznante de northern soul, rock, surf y reggae. Predominio masculino. Gente fea. Picores. El alcohol empezó a sentar mal.
Acabamos la noche en el supersonic, un local nuevo y pretendidamente indie lleno de erasmus y advenedizos. Los pinchadiscos eran criminales. M. y yo discutimos. Parecemos Liz Taylor y Richard Burton, pero en esas noches de alcohol siempre aflora algo vivo: una confesión, un temor, una pasión. Detesto el efecto del alcohol en mí, pero me gusta verla así.
Al llegar a casa M. me tenía preparada una tapa de carne al toro con pasta. Sensación de plenitud doméstica.
jueves, 18 de marzo de 2010
Llevo en Cádiz unos días. Atiendo a una discusión en facebook sobre los toros, un debate argumental entre taurinos y antitaurinos a partir de un artículo de Savater en el que coloca a los segundos en una tradición humanista de compasión e hipocresía que tiene antecedentes como Hitler y Primo de Rivera. La compasiva e hipócrita extensión del amor humanista y cristiano hacia los animales. La panfilez suma.
Me permito participar tímidamente, aunque mi tendencia a la hipérbole y a la emoción me pierde. Acabo con ese tono de intensidad que me hace parecer un tronado de Hyde Park, suplicando a los antitaurinos que nos permitan posponer la profilaxis total del Estado Tencológico -así, dicho así, con todas las letras- porque si algo me gusta de esa fiesta -y no me gusta nada salvo cierta gracia en el movimiento- es su crueldad: la violencia innecesaria. Su ritualización. No tanto eso, como el hecho de que la violencia esté allí, junto con la muerte, presente, como un interrogante, removiendo algo en nosotros. Suena en ese instante The Cage, de Charles Ives, y me preocupo por el texto. Dice así:
A leopard went around his cage
from one side back to the other side;
he stopped only when the keeper came around with meat;
A boy who had been there three hours
began to wonder, "Is life anything like that?"
El misterioso magnetismo de esa canción, los primeros compases al piano, que parecen imitar el merodeo nervioso del animal; la subyugada voz, llena de belleza; el interrogante suspendido en la nota final; el humor asombrado del niño, todo eso me parece más elocuente que la argumentación de los filósofos. Estoy obsesionado con lo instintivo.
La compasión suele ser autoindulgencia. Suele ser exterior. No estamos hablando de amor, de amor cristiano, sino de la racionalización de un humanismo frío. ¿No apunté un libro sobre la historia de la compasión? Hace tiempo que desconfío de esos momentos de viscosa soledad en los que uno se lanza a compadecer a todo el mundo, como imbuido de una fiebre santurrona. ¿Qué queda de esas noches fervorosas al día siguiente?
Por lo demás, paso el día con M. y acabamos viendo gran hermano, divertidos con la clamorosa estupidez de los concursantes.
Me permito participar tímidamente, aunque mi tendencia a la hipérbole y a la emoción me pierde. Acabo con ese tono de intensidad que me hace parecer un tronado de Hyde Park, suplicando a los antitaurinos que nos permitan posponer la profilaxis total del Estado Tencológico -así, dicho así, con todas las letras- porque si algo me gusta de esa fiesta -y no me gusta nada salvo cierta gracia en el movimiento- es su crueldad: la violencia innecesaria. Su ritualización. No tanto eso, como el hecho de que la violencia esté allí, junto con la muerte, presente, como un interrogante, removiendo algo en nosotros. Suena en ese instante The Cage, de Charles Ives, y me preocupo por el texto. Dice así:
A leopard went around his cage
from one side back to the other side;
he stopped only when the keeper came around with meat;
A boy who had been there three hours
began to wonder, "Is life anything like that?"
El misterioso magnetismo de esa canción, los primeros compases al piano, que parecen imitar el merodeo nervioso del animal; la subyugada voz, llena de belleza; el interrogante suspendido en la nota final; el humor asombrado del niño, todo eso me parece más elocuente que la argumentación de los filósofos. Estoy obsesionado con lo instintivo.
La compasión suele ser autoindulgencia. Suele ser exterior. No estamos hablando de amor, de amor cristiano, sino de la racionalización de un humanismo frío. ¿No apunté un libro sobre la historia de la compasión? Hace tiempo que desconfío de esos momentos de viscosa soledad en los que uno se lanza a compadecer a todo el mundo, como imbuido de una fiebre santurrona. ¿Qué queda de esas noches fervorosas al día siguiente?
Por lo demás, paso el día con M. y acabamos viendo gran hermano, divertidos con la clamorosa estupidez de los concursantes.
domingo, 7 de marzo de 2010
domino, 7 de marzode 2010
El epílogo de América es una sensacional pieza titulada Después de la muerte, el limbo. Viene a enunciar, con una fuerza literaria arrolladora, con lucidez, humor, como un puñetazo último del genio de Mailer, con la fuerza torrencial de su estilo cuajado, absolutamente aquilatado en el momento crucial, una ley moral por la que se nos condenaría al Limbo -en una especie de propia cadena kármica, no un limbo exterior, trascendente, sino dibujado como el encadenamiento de todas las experiencias "manejadas repelentemente" como purga, expiación- por el Tiempo (sustancia del Alma) malgastado, por todas esas horas arrojadas a una experiencia desgastada, carente de brillo. Imposible no volver a acordarse de la Pereza y la Acedia, porque ese limbo de la monotonía, el desgaste psíquico, la atonía, las experiencias no significativas nos colocan fuera del tiempo, en el espacio-tiempo "de los pecados que no se lloran". Mailer desciende pronto de su visión kármica, africanista, para concretar el limbo en la vida norteamericana contemporánea en la televisión (y poco antes ha hablado de Ralph Nader y de cómo un discurso suyo anticorporativo sedujo su voto en las presidenciales del 2000; un discurso en el que Nader denunciaba la pánfila morbidez de los niños americanos, atrapados por redes invisibles a la televisión). La televisión es la "máquina-náusea, la asesina de Cristo". Y en esa furia no hay la sermonería negativa del viejo radical, sino una profunda lucidez, porque incluso la mejor televisión, aquella que nos fascina y atrapa -pienso en las series de la HBO, pienso en los grandes espectáculos deportivos, pienso en los debates cruciales retransmitidos en la cúspide democrática del prime-time- nos dejan al acabar, al apagarla y levantarnos un profundo vacío, una sensación de aturdimiento e irrealidad, de cansancio y blandura, de apoltronamiento, de postración, de cierta forma de depravación postural, de muerte de la voluntad. Eso no nos pasa en el cine, por ejemplo. No sé si lo doméstico del medio, la relajación de estar solos, sin la compostura que exige la sala o si es que el propio medio cuenta con eso y apela precisamente a esa impudicia del salón, pero el disfrute de la mejor televisión deja en uno algo que ni el libro, ni la música, que ni siquiera el cine procura: una experiencia de tedio en el disfrute, de sopor apagado, de letargo.
Acabo la lectura de este libro de Mailer emocionado. Miro atrás y descubro que su presencia, el volumen amarillo, y la voz de Mailer, como un susurro apagado en la mesa junto a mi cama, me han acompañado en unos meses atroces. Huir de la brutal esterilidad de la vida, ese es el mensaje. Evitar que el aburrimiento, la muerte de nuestras esperanzas y la rutina como una física condena al propio pasado mortecino -presente en nuestras fibras sin renovar, en el aire estancado, en el cansancio de la mirada en el espejo, en el tacto insensible, en el picor de la piel ante una caricia- se apoderen de nosotros. Es una forma de mal distinta, más natural. Es el vitalismo africanista en plena vida tecnológica, en el dominio absoluto de lo corporativo. Ya sea en el rebrillar de la pantalla o en la cálida luz que nos invade al despertar del día: busquemos la fiebre, devolvamos energía a la energía, amor al universo. Démonos así y no habrá mal en nosotros.
Acabo la lectura de este libro de Mailer emocionado. Miro atrás y descubro que su presencia, el volumen amarillo, y la voz de Mailer, como un susurro apagado en la mesa junto a mi cama, me han acompañado en unos meses atroces. Huir de la brutal esterilidad de la vida, ese es el mensaje. Evitar que el aburrimiento, la muerte de nuestras esperanzas y la rutina como una física condena al propio pasado mortecino -presente en nuestras fibras sin renovar, en el aire estancado, en el cansancio de la mirada en el espejo, en el tacto insensible, en el picor de la piel ante una caricia- se apoderen de nosotros. Es una forma de mal distinta, más natural. Es el vitalismo africanista en plena vida tecnológica, en el dominio absoluto de lo corporativo. Ya sea en el rebrillar de la pantalla o en la cálida luz que nos invade al despertar del día: busquemos la fiebre, devolvamos energía a la energía, amor al universo. Démonos así y no habrá mal en nosotros.
domingo, 28 de febrero de 2010
domingo, 28 de febrero de 2010
Leo ayer un breve ensayo de Rushdie sobre la pereza. La pereza y sus "oscuras acólitas": la acedia, la tristeza y la anomie; quizás no se trata de cuatro hermanas -pálidas, románticas, suspirantes y débiles- sino de tres descendientes -tristitia, anomie y pigritia- de la rama común de la acedia, el demonio del mediodía que acechaba al clérigo laborioso en el meridiano de la jornada, según cuenta Chaucer. La pereza sería una especie del genero de la acedia, malestar primero; una forma de estupor, de desagrado, que se manifestaría en parálisis de la voluntad o en tristeza después, pero que además presentaría una especie de interrogación sobre el destino de los esfuerzos. Esa paralización de la voluntad es la acedia, y se disfraza de melindrosa pereza, o de tristeza, pero incluye algo más, algo que la hace, digamos, *filosóficamente* interesante: el cuestionamiento del esfuerzo y de la causalidad, del fin de las cosas, del ritmo y de la producción, de la secuencia, de la trama de hechos y consecuencias que conforman no ya el orden humano sino la propia realidad del mundo. Se entiende aquí su naturaleza de pecado, pecado horrible, pues pareciera que el acechado por este demonio planta al Dios que honraba hasta entonces con su trabajo para entregarse a una *huelga espiritual*. Innumerables han sido los que han engrosado el ejército de ociosos, de insumisos de la tarea humana de servir al orden natural (natural o no). Quien sufre de acedia cuestiona su lugar en el mundo y la razón de todo esfuerzo, de modo que cuestiona el mundo: no cree en todo el sistema de recompensas, no cree en la causalidad. La acedia es un inicio de escepticismo, de descreimiento.
Quería traer el artículo de Rushdie hasta aquí porque en él mencionaba como ejemplo literario de perezoso al Tyrone Slothrop de El arco iris de gravedad de Pynchon. Rushdie considera que son dos los grandes temas de la obra de Pynchon: la paranoia y la entropía. Sus personajes son, fundamentalmente, paranoicos o entrópicos. La paranoia pynchoniana es lúcida: existe un significado que se nos oculta. La gran conspiración -corporativa, judeomasónica [el franquismo fue paranoico, y me pregunto quién ha sido el más pynchoniano de nuestros escritores, el que más se ha reido de esa delirante construcción franquista que vista ahora nos parece divertidísima y no sabemos si enfermiza o sana: el mundo no es el mundo, las cosas no son como son, existe un poder oscuro, sombrío, que conspira contra nosotros]gubernamental o simplemente la de nuestros propios sentidos-oculta lo que hay detrás. Afirma Rushdie el carácter positivamente pesimista de esta paranoia: en el mundo hay algo real, un significado, pero no nos dejan verlo. El reverso negativo de la visión de Pynchon sería la entropía. La entropía vendría a decirnos, a partir del enunciado de la segunda Ley de la termodinámica, que somos, valga la expresión, un absurdo caño roto de energía. Lo más cálido cede su calor a los más frío y unos y otros, nosotros y las cosas, vamos perdiendo la energía hasta un Punto Cero de Nada, de pura Nada. Desvela Rushdie que Tyrone Slothrop es un anagrama de Sloth or Entropy, pereza o entropía. La pereza, hija pasiva de la acedia, es consecuencia de despertar a la posibilidad de la Nada, del absurdo. La entropía es la enunciación física de ese absurdo al que todo se aboca.
Leo a Mailer mientras escucho a Copland. La America maileriana mientras de fondo suena Billy the kid, o esa pieza fascinante que es Quiet City. Copland evoca la belleza palpitande del continente y las primeras figuras de la mitología yanqui: Lincoln, Billy el niño, las ciudades tranquilas antes del ferrocarril, los indios, el corazón del western, la divertida vida incesante junto a la severidad pionera y Mailer remata el siglo XX con el retrato hilarante y lúcido de tantas convenciones políticas. El análisis político de Mailer a veces parece ingenuo, radical y otras veces demasiado literario, demasiado libre, pero en eso estriba su atractivo. Sus retratos políticos son fabulosos, pero es aún capaz de entrar y salir de la política. Podemos leer que uno de los problemas acuciantes de la vida norteamericana en los noventa es la mala calidad de productos mil veces anunciados, esa mentira, convivir con esa mentira o, por ejemplo, "los estragos espitiruales de la gran empresa", entre los que menciona "el plástico o las ventanas herméticas de los hoteles caros". ¿Son esas ventanas el problema de América? No, claro, pero son una imagen de inutilidad, encierro, estúpida opulencia, paranoia y mala conciencia -protegerse de fuera hasta no poder abrir la ventana, hasta el enrarecimiento-. Mailer es un periodista único, el mejor que he leído junto a Pla.
Habla Mailer de la "cólera pública fundamental", la cólera pública de los republicanos contra el batallón de subsidiados. ¿Y no es lucidísima esa expresión? ¿No es la clave de todo vuelco político la generación de esas oledas masivas de cólera pública? ¿no se larva esa indignación furiosa en la derecha, por ejemplo, y no es eso el primer paso para toda movilización política? ¿NO es la cólera un pecado? ¿No somos nosotros, como pueblo, no es una nación capaz de pecado? Mailer, pese a todo su radicalismo, habla de la Nación, de America con un animismo romántico y desesperado -ingenuo no, desesperado-, embuido él mismo de la pasión ciudadana, de la pasión americana que me llegaba de fondo con los compases de Copland, como Ives uno de los grandes narradores americanos. La historia de América nos pertenece a todos. Es apasionante. America es un país con una pasión y sus políticos aún hablan de Dios.
¿Encontrarán nuestros gobernantes un término propagandístico que suene como el new deal, new frontier o la great society? ¿Serán capaces? ¿Algo que no sea el yes, we can, el mero slogan, un paquete de medidas, coherentes, globales, que vayan unidas a un apelación ética y que en si mismas contengan una ilusión, una convocatoria?
Una última del genio político de Mailer: la ley de la conversión en lo contrario. Según esta ley el único partido que puede ir a una guerra es el demócrata, porque se desconfiaría de las razones del republicano. Por lo mismo, jamás un demócrata podría abandonar una guerra. Sería acusado de falta de patriotismo.
Quería traer el artículo de Rushdie hasta aquí porque en él mencionaba como ejemplo literario de perezoso al Tyrone Slothrop de El arco iris de gravedad de Pynchon. Rushdie considera que son dos los grandes temas de la obra de Pynchon: la paranoia y la entropía. Sus personajes son, fundamentalmente, paranoicos o entrópicos. La paranoia pynchoniana es lúcida: existe un significado que se nos oculta. La gran conspiración -corporativa, judeomasónica [el franquismo fue paranoico, y me pregunto quién ha sido el más pynchoniano de nuestros escritores, el que más se ha reido de esa delirante construcción franquista que vista ahora nos parece divertidísima y no sabemos si enfermiza o sana: el mundo no es el mundo, las cosas no son como son, existe un poder oscuro, sombrío, que conspira contra nosotros]gubernamental o simplemente la de nuestros propios sentidos-oculta lo que hay detrás. Afirma Rushdie el carácter positivamente pesimista de esta paranoia: en el mundo hay algo real, un significado, pero no nos dejan verlo. El reverso negativo de la visión de Pynchon sería la entropía. La entropía vendría a decirnos, a partir del enunciado de la segunda Ley de la termodinámica, que somos, valga la expresión, un absurdo caño roto de energía. Lo más cálido cede su calor a los más frío y unos y otros, nosotros y las cosas, vamos perdiendo la energía hasta un Punto Cero de Nada, de pura Nada. Desvela Rushdie que Tyrone Slothrop es un anagrama de Sloth or Entropy, pereza o entropía. La pereza, hija pasiva de la acedia, es consecuencia de despertar a la posibilidad de la Nada, del absurdo. La entropía es la enunciación física de ese absurdo al que todo se aboca.
Leo a Mailer mientras escucho a Copland. La America maileriana mientras de fondo suena Billy the kid, o esa pieza fascinante que es Quiet City. Copland evoca la belleza palpitande del continente y las primeras figuras de la mitología yanqui: Lincoln, Billy el niño, las ciudades tranquilas antes del ferrocarril, los indios, el corazón del western, la divertida vida incesante junto a la severidad pionera y Mailer remata el siglo XX con el retrato hilarante y lúcido de tantas convenciones políticas. El análisis político de Mailer a veces parece ingenuo, radical y otras veces demasiado literario, demasiado libre, pero en eso estriba su atractivo. Sus retratos políticos son fabulosos, pero es aún capaz de entrar y salir de la política. Podemos leer que uno de los problemas acuciantes de la vida norteamericana en los noventa es la mala calidad de productos mil veces anunciados, esa mentira, convivir con esa mentira o, por ejemplo, "los estragos espitiruales de la gran empresa", entre los que menciona "el plástico o las ventanas herméticas de los hoteles caros". ¿Son esas ventanas el problema de América? No, claro, pero son una imagen de inutilidad, encierro, estúpida opulencia, paranoia y mala conciencia -protegerse de fuera hasta no poder abrir la ventana, hasta el enrarecimiento-. Mailer es un periodista único, el mejor que he leído junto a Pla.
Habla Mailer de la "cólera pública fundamental", la cólera pública de los republicanos contra el batallón de subsidiados. ¿Y no es lucidísima esa expresión? ¿No es la clave de todo vuelco político la generación de esas oledas masivas de cólera pública? ¿no se larva esa indignación furiosa en la derecha, por ejemplo, y no es eso el primer paso para toda movilización política? ¿NO es la cólera un pecado? ¿No somos nosotros, como pueblo, no es una nación capaz de pecado? Mailer, pese a todo su radicalismo, habla de la Nación, de America con un animismo romántico y desesperado -ingenuo no, desesperado-, embuido él mismo de la pasión ciudadana, de la pasión americana que me llegaba de fondo con los compases de Copland, como Ives uno de los grandes narradores americanos. La historia de América nos pertenece a todos. Es apasionante. America es un país con una pasión y sus políticos aún hablan de Dios.
¿Encontrarán nuestros gobernantes un término propagandístico que suene como el new deal, new frontier o la great society? ¿Serán capaces? ¿Algo que no sea el yes, we can, el mero slogan, un paquete de medidas, coherentes, globales, que vayan unidas a un apelación ética y que en si mismas contengan una ilusión, una convocatoria?
Una última del genio político de Mailer: la ley de la conversión en lo contrario. Según esta ley el único partido que puede ir a una guerra es el demócrata, porque se desconfiaría de las razones del republicano. Por lo mismo, jamás un demócrata podría abandonar una guerra. Sería acusado de falta de patriotismo.
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