He vuelto al trabajo. Al llegar me ha dado pena comprobar que las cosas están cambiando. L. se va, B. tiene novia y F. ya no me odia. Por si fuera poco, los almuerzos han pasado a mejor vida, sustituidos por el triste café. E. me promete una placa y ya tengo una insignia, de modo que voy acumulando solemnidades y honores, como esos viejos encantadores que coleccionan escudos municipales de toda España o libros de fiesta o carteles o bandos. Las mil formas del fetichismo municipal. He quedado para comer con los compañeros el miércoles y con E. y su gang el viernes.
No diré que he trabajado mucho, porque un diario tiene que ser fidedigno. He tenido conversaciones con mis amigos y he atendido las polémicas que M. origina en facebook, como el animador virtual que lleva tiempo siendo. El elemento bernhardiano de M. unido al regionalismo infecto que se vive en España ofrece situaciones muy divertidas. En este caso, todo ha sido causado por un moderado artículo de J. sobre Delibes y su mundo. En realidad, cualquier lector que no sea sexagenario e irremediablemente conservador ha sufrido con Delibes la dificultad de enfrentar un mundo preindustrial, rural, asfixiante o directamente afásico. Queriamos un Pynchon, pero nos daban a Delibes. El autor del artículo se permitía ser sincero con Valladolid, el mundo del narrador, y eso ha despertado protestas entre vallisoletanos airados, la mayoría jóvenes y aparentemente cultos. A todo esto, Delibes es un apellido tal que difícilmente admite la derivación *delibesiano* ¿Cómo se las ingeniarán los críticos?
Cuando recuerdo las novelas castellanas de Umbral, por ejemplo, me deprimo. ¿No es cierto que es Madrid la que termina de dar vida y color al estilo ya forjado de Umbral?
Por la tarde he ido a recoger las gafas de sol. He caminado con ellas procurando no mirarme en el cristal de ningún escaparate. Las gafas son bonitas y al probarlas descubrí en mí un perfil de agente secreto o investigador privado con el que había fantaseado desde niño. Precisamente por eso rehusé todo impulso conducente a mirar mi reflejo en un cristal. Enormes ramalazos de coquetería y timidez combaten dentro de mí, como dos perros a los que sacan a pasear y se enzarzan persiguiéndose mutuamente la cola.
De vuelta de la óptica he sucumbido en París-Valencia. He comprado una colección de ensayos de Eco, al que voy a leer próximamente. He regresado a casa caminando, disfrutando de la canción del día -Daquilo que eu sei, de Ivan Lins, en la versión de la Metropole Jazz Orchestra-. El cielo estaba oscuro, color de tinta, a punto de llover, pero nublado de una forma alegre, intensamente morado. La calle, la misma calle de siempre, parecía más tranquila y el aire era respirable, tónico; la hierba olía y había naranjos en flor, agua brotando de fuentes. Una extraña armonía entre lo municipal y el clima. Creo que se debía tanto a la primavera como al momento: esa hora de la tarde -remansada, diría- en que ya han salido los niños del colegio y aún no ha terminado la jornada laboral. Como fuera, mi recibimiento a la primavera fue interrumpido por mi encontronazo con J. y su hija A., tan oportunas y antipoéticas como siempre. Tuve que pasarme un rato viendo fotos de niños y bebés y dando explicaciones sobre mi vida, planes y proyectos. Obviamente, me fui por las ramas.
Hay una persona en la vida de Orton que me resulta muy simpática: el actor Kenneth Williams. Busco las páginas en las que sale con interés creciente y sus diálogos y amistad me empiezan a parecer lo más divertido del libro.
Correr por la playa es un espectáculo. El puerto está iluminado con luces amarillas y azules de un modo que me recuerda a la película Diva, de Jean-Jacques Beineix. Ese fondo de neón ochentero, el color pastel de algunos edificios, las palmeras y la ausencia casi absoluta de aborígenes hacía pensar en un Miami alucinado. He echado de menos mis gafas oscuras sintiéndome Sonny Crockett.
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