domingo, 21 de marzo de 2010

jueves, 18 de marzo de 2010

Llevo en Cádiz unos días. Atiendo a una discusión en facebook sobre los toros, un debate argumental entre taurinos y antitaurinos a partir de un artículo de Savater en el que coloca a los segundos en una tradición humanista de compasión e hipocresía que tiene antecedentes como Hitler y Primo de Rivera. La compasiva e hipócrita extensión del amor humanista y cristiano hacia los animales. La panfilez suma.

Me permito participar tímidamente, aunque mi tendencia a la hipérbole y a la emoción me pierde. Acabo con ese tono de intensidad que me hace parecer un tronado de Hyde Park, suplicando a los antitaurinos que nos permitan posponer la profilaxis total del Estado Tencológico -así, dicho así, con todas las letras- porque si algo me gusta de esa fiesta -y no me gusta nada salvo cierta gracia en el movimiento- es su crueldad: la violencia innecesaria. Su ritualización. No tanto eso, como el hecho de que la violencia esté allí, junto con la muerte, presente, como un interrogante, removiendo algo en nosotros. Suena en ese instante The Cage, de Charles Ives, y me preocupo por el texto. Dice así:

A leopard went around his cage
from one side back to the other side;
he stopped only when the keeper came around with meat;
A boy who had been there three hours
began to wonder, "Is life anything like that?"

El misterioso magnetismo de esa canción, los primeros compases al piano, que parecen imitar el merodeo nervioso del animal; la subyugada voz, llena de belleza; el interrogante suspendido en la nota final; el humor asombrado del niño, todo eso me parece más elocuente que la argumentación de los filósofos. Estoy obsesionado con lo instintivo.

La compasión suele ser autoindulgencia. Suele ser exterior. No estamos hablando de amor, de amor cristiano, sino de la racionalización de un humanismo frío. ¿No apunté un libro sobre la historia de la compasión? Hace tiempo que desconfío de esos momentos de viscosa soledad en los que uno se lanza a compadecer a todo el mundo, como imbuido de una fiebre santurrona. ¿Qué queda de esas noches fervorosas al día siguiente?

Por lo demás, paso el día con M. y acabamos viendo gran hermano, divertidos con la clamorosa estupidez de los concursantes.

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