viernes, 15 de octubre de 2010

Estoy abandonando la costumbre de ver el sálvame. Ahora me pongo el concurso de Jordi Hurtado, y aunque no atiendo a las preguntas, que me dan igual, me resulta muy agradable tenerlo de fondo. Ese hombre es un caso extraordinario de continuidad. Está siempre, como la liga y quizás sea lo último que nos quede cuando ya no haya nada más. Siempre nos quedará Jordi Hurtado, podriamos decir...

Después, dejo puestos los documentales sobre muflones, lemures o hipopótamos y paso bastante del rollo de telecinco. Peor aunque estoy abandonando el seguimiento de la prensa rosa, aún me queda algo de interés. Anoche,por ejemplo, viendo las noticias, me sacaron del letargo las imágenes de la Pantoja entrando en los Juzgados. En una instantánea fija, la tonadillera parecía una virgen extática en medio de una procesión. La verdad es que ella borda esas poses de arrobamiento místico. Después de ese trance, tras sufrir que le rasgasen el vestido (el erotismo de la turbamulta) y recoger reglamentariamente su notificación, la estrella se marchó en un potente coche con su música atronando, con esa orgullosa altivez tan suya que ha pasado a la posteridad en la frase "dientes, dientes...". En la calle, las mujeres discutían y una detractora le decía a una pantojista: "Usted la defiende porque es marbellí, ¡pero yo soy marbellera! La verdad es que el gentilicio marbellí es muy gunillesco y muy pijo y se parece demasiado a la palabra rubí. Marbellera suena como caletera o pescatera, es de un popularismo un poco atroz. El caso es que en el acoso a la pantoja hay mucha barbarie y como en casi todo lo que sucede en España, es posible trazar la línea entre los unos y los otros: los favorables a la pantoja y el ejército de los indiferentes serían el bando ilustrado, civilizado; sus detractores son unos bárbaros, agentes sin tacto de la España terrible.

Vaya por delante que yo he sufrido a la Pantoja. De niño, viajaba en el coche de mis padres y el marinero de luces sonaba sin cesar. Yo creo que sólo amaral me ha hecho más daño que esa vieja cassette. Mi hermano y yo nos retorciamos afligidos en el asiento de atrás, gimiendo como perrillos enfermos. Esa música lastimosa, truculenta, solemnemente trágica, vulgar y dulzona me parecía la viva representación del terror hispano y desde entonces la vida fue huir de eso. Nuestro romanticismo era spandau ballet, no eso. La pantoja y su esposo torero representaban por entonces el matrimonio popular, la folclórica y el diestro, nada era comparable con la fuerza de ese enlace. Eran iconos de la España previa al fútbol. Con el tiempo, ella se fue blindando, llenando de secretos su vida y su personaje se fue haciendo antipático. Se sustrajo al gran público, para quedarse con sus devotos, los maricones y el andalucismo nostálgico de las grandes ciudades. Después, llegaría Belén Esteban, como culminación de la banalidad y el asedio pornográfico a la intimidad. Se trata de un personaje post-reality, un paso más. Si la Pantoja trató de reservar algo de su intimidad, anacrónica pero celosamente defensora de una esfera privada inviolable, la Esteban se inmoló en lo catódico y se dio, se ofreció entera. Se abrió en "canal". Supongo que por eso, una se convirtió en ángel y la otra en demonio y desde entonces, la Pantoja me resulta simpática. Simpática en la desventura genética de su estirpe, pues su hijo es un disparate de fealdad mientras sus hermanos, hijos del mismo padre, parecen apolos de ronda; simpática por el insobornable misterio sobre su sexualidad. Ni negó ni afirmó su erotismo, como si de una morrissey ibérica se tratase. Hubiese sido muy fácil desmentir o lo contrario, abanderar el lesbianismo como la navratilova española, y, sin embargo, ella resistió las bajezas, las chanzas, el mal gusto de un país machista, cerril y miserable manteniendo su sexualidad como un estricto asunto de dormitorio. Las imágenes de ayer, en las que una imputada -inocente aún-, era humillada ante la pasividad policial, terminan de evidenciar que, en contra de ella misma y de lo que pudiéramos intuir allá por los ochenta, cuando sus canciones nos estremecían y nos parecían la b.s.o. de la España más negra que el betún, esta señora se ha convertido en víctima del cerrilismo más nuestro. Esas señoras tremebundas que ayer la insultaban con el puño cerrado no las quisiera uno tener delante. Ellas votan, consumen y zapean. Por ellas pasa casi todo lo que nos pasa. De modo que, sí, a mis años y por llevar la contrario, me tengo que reconocer "pantojista". Un pantojismo cívico, digamos, que no el tradicional pantojismo gay que se sublimaba en la idolatría de la señora con bata de cola. Que uno es delicado, pero no tanto...

No hay comentarios.: