jueves, 24 de septiembre de 2009

jueves, 24 de septiembre

Escuchando una canción de Carlos Berlanga, la memorable Noches entre rejas, me paro en unos versos:

"es la hora para el derroche, pero ya es de noche."

y recuerdo una horrorosa canción, muy tóxica, de la pachanga nocturna, que dice en uno de sus punibles versos:

"Yo soy el señor de la noche, me encanta sembrar el derroche"


Y pese a ello, la coincidencia no llega a inquietarme.

lunes, 21 de septiembre de 2009

lunes, 21 de septiembre

He empezado Las palabras de la noche, de Natalia Ginzburg y estoy encantado, literalmente encantado. El tono es suave, sutil, de una ingenuidad antigua, intemporal y al cabo de leer unas páginas uno se encuentra remansado, sereno. Una dulzura de corazón lo impregna todo.

Breve conversación con E. en el trabajo. Los pasados enconamientos parecen haber desaparecido. Creo que los ciclotímicos son incapaces de rencor. Sus estados de ánimo son torbellinos que les llevan, son temibles en la ira e incontenibles en la dicha; desbordantes hasta el punto de tener uno la sensación de tratar a personas distintas. Ante estos vaivenes, sólo tengo la tibia cortesía del trato laboral para ir protegiéndome. Hay una desagradable incomunicación en estos episodios de euforia que uno no puede compartir y una suave violencia en verse zarandeado por estas ventoleras. El eufórico no recuerda agravios... ¿o sí? Quizás sólo sean pequeñas amnistías, pasajeros olvidos.

sábado, 19 de septiembre de 2009

sábado, 19 de septiembre

Abandono el libro de César, sus Diarios Íntimos. Lo hago con pesar porque abandonar la lectura de un libro comenzado es una derrota de la voluntad y porque simpatizo con el autor, pero es que ando desordenado de lecturas, que es como decir que ando desordenado en la vida y esta obra obstruía el paso hacia nuevos libros, nuevas ilusiones. Se trata de una obra antiliteraria que cuando cae, como por desliz, en la literatura se vuelve holgazana y retórica, al menos hasta su mitad, que es por donde me he quedado. Ni una palabra sobre la esposa, ni una palabra sobre política, sexualidad, ni lecturas ni creencias, ni descripciones, ni ingenio, sólo una especie de goteo cotidiano de insignificancias, el gotha del café gijón y luego un egotismo leve de escritor, esa impostación de desalientos y cansancios que son como el yo del escritor, del escritor público, pero que jamás pueden ser el de la persona. El libro se publicaba, las entradas de su diario se publicaban al poco en la prensa y jamás pudo haber demasiada sinceridad. Si no hay literatura por -creo yo- falta de tiempo y energía, ni hay sinceridad, ni hay ningún tipo epopeya biográfica que no sea la del café con leche... ¿qué queda? Los Diarios de César eran un residuo, lo que le quedaba a su día tras los artículos -escritura capital, pan de cada día- y el intento de alguna otra obra -novela, biografía, memoria-. El diario era el apunte, la migaja, la pura anotación, "calderilla" los llamaba él, hasta convertirse, en ocasiones, en una especie de registro de asistentes al Café Gijón.

En madurar esta decisión de dejar el libro he pasado medio día. Creo que tengo un problema serio.

Por la mañana fui a correr, que para eso está el deporte, para alejarle a uno de si mismo. Se va uno a correr y la gente se pensará que lo hace porque corra la sangre o se quemen los espaguetis, y no, corre uno huyendo de si mismo, de sus rarezas y de sus manías. Uno se va alejando con la esperanza de que al terminar las cosas hayan cambiado, pero eso sólo sucede temporalmente, durante unos breves minutos. Luego, tras el sofoco, el ahogo y la euforia subsiguiente, todo vuelve a su ser. Uno vuelve a si mismo.
El caso es que además de huyendo de mí, yo corro en dirección a la playa, pero habría de dejar claro que no lo hago por nada en especial, tan sólo por la facilidad y comodidad de las vías de acceso y por el hecho de que por la distancia desde mi casa, el mar, o mejor, el paseo maritimo, que es la urbanización municipal y hortera del mar, está a una distancia asumible. De modo que la playa es como una medida de distancia, mi particular máratón. Voy allí, hacia allá, pero lo hago sin la fe playera ni marítima de la mayoría de los domingueros que atestan el paseo. No es gente que vaya a la playa, al mar o la arena, no, son paseantes, caminantes del paseomarítimo que le dan un toque procesionario al mismo. Ataviados de forma deportiva, o incluso terapeútica, estas personas pasean y pasean con cara de arrobo, como si estuviesen en Los Alpes o en algún balneario de efectos mágicos. Pasean y pasean como si el suelo duro del paseo marítimo fuera muy distinto al de la calle colón.
Hoy, además de todo el tráfico salutífero había organizado un desembarco de normandía y los padres señalaban al cielo para que los niños viesen los paracaidas como globos deshinchándose en una fiesta de cumpleaños. Los niños no parecían muy entusiasmados, la verdad sea dicha, y uno se preguntaba y supongo que en eso no estaba solo, por el lugar en el que irían a caer los paracaidistas pacifistas, no fuera que le cayeran a alguien en medio del vermú.

El resto del día lo he dedicado a comer, dormir y medio sestear muy contento de pensar que nada de eso me cuesta un duro.

Volviendo al libro: no sé si es bueno o malo, supongo que malo, pero hay algo en mi lectura del libro de César que me ha llamado la atención, por ser él, precisamente él, César, el dandy, el canalla, el cosmopolita: su lectura sólo me ha generado algo, un arranque de emoción, unas ganas de hacer, algo reactivo, un temblor del ánimo, una ilusión: el deseo de visitar Cuenca. NO sé por qué, si porque se demora más en el retrato, libre un poco de las obligaciones madrileñas, o si porque la pluma de César, por contraste, brillaba siempre más entre lo provinciano, pero las páginas en que anota sus días en Cuenca son mis preferidas. Puede que yo ande sugestionado por lo recogido, el dulce gusto de lo provinciano, su lentitud. El caso es que ahora yo planeo volver a visitar Cuenca.

De modo que este libro ha sido para mí una especie de "vete a Cuenca".

viernes, 18 de septiembre de 2009

sábado, 19 de septiembre

Leído en los Diarios de César:

"Los viajes es raro que no añadan nada a la experiencia. Sus beneficios son del orden rumiante en un escritor. Salen años después y nos enriquecen siempre".

"La interviú era la urgencia de la necesidad al servicio de la calma de la vanidad". En este último caso, claro, se refiere a la entrevista escrita. La entrevista televisiva sería justo lo contrario -piénsese en Hermida o Quintero, por ejemplo-.

jueves, 17 de septiembre de 2009

jueves, 17 de septiembre

Media tarde entre canciones de Sisa. Sisa me parece un genio del humor. El humor yo creo que no da risa, sino que da valor. Desaparece el miedo, cualquier forma de miedo, concreta e inconcreta. El humor corroe toda institución y toda jerarquía. En mí el humor es como una revolución interior y un trago de alcohol puro, todo junto. Pero risas, lo que se dice risas...

Con este tiempo uno no sabe si salir a la calle. A la mínima, el aguacero. Esta el tiempo un poco tropical, peligroso por momentos, aunque la lluvia no es la de invierno; los cielos, tras el agua, se abren, se limpia el aire y surgen claridades, rayos de sol, nada que ver con la oscura tiniebla de dentro de unos meses y sus cielos encapotados. Esto se puede aguantar, aunque la imprevisibilidad y violencia del agua hace que al final nos refugiemos en casa. La calidad de los cielos se percibe sobre todo fuera de la ciudad y es uno de los pocos placeres de conducir. Otro quizás sea haber podido detectar el rasgo expresivo de los conductores que incurren en el temerario exceso de velocidad. Su gesto viene a ser el propio de fruncir cejas y labios, y poner en ese fruncimiento una reserva de ira. Una expresión de resuelta ira, junto con un ribete de superioridad que se dirige hacia los demás conductores, a los que se supera sin contemplaciones con el rencor de haber salvado un obstáculo. Esta cosa del exceso de velocidad no tiene que ver tanto con la temeridad, la ligereza o la relajación como con la ira. La iracundia, que es, digamos, un pecado automovilístico.


Leído en un poema de Montale, muy al pelo de la gente con la que uno tiene que lidiar y, sobre todo, con lo que encontramos en todo medio de comunicación: noticia, opinión o anuncio: "La verdad es la sedimentación, la restañadura, no la vomitiva logorrea de los dialécticos". De este poema hay algo maravilloso que no entiendo, y esa es justo la sensación que hace de la poesía algo distinto. Nos gusta lo que no entendemos, su misterio, porque es un misterio lleno de luces, de insinuaciones, más que de oscuridades. Leído al bies, este poema parece hablar de cierta radical (radical es un adjetivo fácil que tiene ecos filosóficos y parece dar peso a lo que uno dice, aunque como ahora, uno no sepa muy bien ni lo que quiere decir ni cómo) cierta radical inmanencia. Cierta continuidad que no es sólo natural, sino lo propiamente obra del tiempo y propio del ser, de la naturaleza de cada ser, de cada cosa. Naturaleza que es siempre la misma. Pero entenderlo o no da igual, lo que importa es cómo suena, cómo suena en italiano, obviamente, la veritá é la sedimentazione, il ristagno, non la logorrea schifa dei dialettici.


En la tele, de noche, unos señores dando saltos entre la algarabía del locutor, que parece parcialmente ebrio. Profundo deseo de ser sueco
.

sábado, 12 de septiembre de 2009

sábado, 12 de septiembre

La contemplación y devoción por ciertos objetos como el inicio del sentimiento poético. A las emociones se llega por las cosas o por el ritual. La contemplación demorada de tres tazas de té, por ejemplo.

Grandísima fuerza metafórica e imaginista de Riechmann.

La importancia de Almodóvar y sus mujeres para comprender la gestualidad y hábitos de la mujer española contemporánea. Qué importante en eso Almodóvar... Almodovariano quedará como el adjetivo aplicable a lo alocado y libre de la mujer, muy cerca del absurdo. Probablemente la más almodovariana de todas sus actrices haya sido Chus Lampreave.


La pose hierática es algo totalmente antifotográfico si, como dice Agamben, la fotografía tiene por misión capturar el gesto.

Empieza el fin de semana con los tanguillos de Perico Sambeat. Toda esta energía se acabará convirtiendo en frustración; en melancolía en el mejor de los casos.

La proteína, la clave de todo estaba en la proteína. Generadora, protagonista, originadora, germinativa.

Nostalgia de Cádiz y esa sensación de romance y drama que le da el flamenco.

Remate de bulerías. Entre el hard bop y el cool, el motivo flamenco, el cajón, las palmas, pero siempre el jazz, que coge del flamenco el paisaje y unos motivos. LOs temas de flamenco jazz son siempre así: el jazz expandiéndose y cuando el solo se aflamenca todo se encierra, se empequeñece un poco. La big band muy elemental, en el mejor sentido: horizontes, agua, viento. La big band convierte los acordes que daría el piano en un paisaje, una escena. Les da volumen. Una orquestación es dar a los acordes su escenario. La orquesta, incluso fisicamente, tiene algo de estructura, de respaldo físico, de escenario, de marco. Y es jazz del sur, son acordes del sur. El solo de Perico en la bulería me sugiere la palabra estrangulamiento. Nudo y contranudo, revuelta, declamación, soliloquio, enconamiento, pero todo fluido, ágil. Lo espasmódico del jazz es maravilloso, porque no permite la articulación de la palabra para el canto, es siempre la palabra a punto de decirse, siempre el impulso de decir y antes de haberse dicho, su abandono. Eso tiene el jazz de surrealista, ese automatismo. Dionisiaco, superrealista, entrecortado, insuficiente. Siempre en las fuentes del decir, en el inicio del baile, en la región de la semifusa. Ganas de decir y no poder decirlo encadenándose. Eso tiene de poético el jazz, por ahí se le coge su secreto.