lunes, 11 de octubre de 2010

lunes, 11 de octubre

Cuántas veces los ha visto así, guerreando subversivamente por detalles. Una convivencia plagada de erosiones, pero inconmovible, absolutamente invariable y determinada ya hasta la muerte. Parece el tipo de existencia que se merecen algunas casas, algunos balcones. La rutina ennegrecida que llevaba a los españoles al humor negro -variante culta y civilizada del escopetazo rural-. Hace unos días veía por televisión a una señora que defendía el veto femenino en determinados grupos o comisiones festivas de un pueblo valenciano. La buena señora, con alguna dificultad, pero con un enorme sentido común, afirmaba que el matrimonio está necesitado de estímulos, de áreas particulares, de desarrollos de cada cual que se aportan o no en la convivencia.

Piensa en el enorme fracaso sentimental del franquismo. El la experiencia de la guerra de un niño, apenas un niño, que estuvo delante de un pelotón en época de andar jugando a la peonza. Ese niño sólo recibió después la insoportable victoria y los dogmas de la fe, y seguro que su mirada se lleno de piedad y hasta miedo. Aparentando la vieja tranquilidad cívica de los españoles. El señor recto que jamás se salió de lo debido. Sin freud, sin surrealismo. Apenas un rigor.

Y piensa cuánto de esa carencia acarrea él sin saberlo. Cuánto de sus miedos, de sus estallidos en grito, de sus indecisiones y de su pánico a la tristeza inevitable no vendrán de entonces. De esa incomprensión e incapacidad heredadas.

La luz mortecina del hogar dejó de tranquilizar hace demasiado tiempo. Es imperdonable que antes del viaje ya todo parezca cansado, muerto, angosto. Recuerda las inmortales palabras sobre el fin de raza y anota en su memoria que, en su experiencia, ha sido el desastre o la elección irremediable.

Recuerda a X., con el alma vencida, pero capaz del gesto atrevido y de la mueca. Advirtiéndoles a todos en esas mañanas de sol implacable. Y no puede por menos que echarle de menos, aun sin haberlo llegado a querer.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Los imperdonables viajes que a uno deja cansado antes de empezar, si es esperanzador e imprescindible, se ha de hacer. ¿Quién sabe si al final ha valido la pena? Y si no ha valido la pena, al menos se sabrá que no ha valido la pena.
Llegar a ser consciente de algo importante y profundo se requiere un largo camino. ¡Y cuántas veces nos equivocamos de la dirección...!