lunes, 22 de noviembre de 2010

¡Gracias, señor, por Elliott Carter! En la penumbrosa soledad de mi piso, sobreponiéndose al ladrido del perro del vecino y al apagado murmullo del tráfico, suena la Holiday Overture y por primera vez en tiempo soy inmensamente feliz. Releo los versos de Blake, que tanto me hacen pensar en Aleixandre: ¡Tigre! ¡Tigre! LLameante fulgor/ en las selvas de la noche,/¿qué inmortal ojo o mano/formó tu espantosa simetría? y ya no pienso, como hace un rato, que el horrible avance científico haya secado la fuente de lo sublime. ¡Si está en todos lados! En la fiel luz del aparato, en la misteriosa constancia electrónica, y ante todo en el silencio, en la sombra, en lo que no se dice, y en la docilidad ante la música. El momento en que la música entra en nosotros. He ahí lo sublime, lo inefable, lo mejor y más secreto de nosotros mismos. Nuestro revés y nuestro tesoro.

El perro del vecino... ¿puede ser que le esté cogiendo cariño, mascota involuntaria, tan sola como yo, buscando compañía con sus ladridos?

La Holiday Overture, como el Billy The Kid de Aaron Copland. ¡Vivan los Estados Unidos de América! Viva su vitalidad, ¡la última vitalidad occidental!


Ah, pero cuidado P., no te me embales, recuerda lo que decía Zappa: Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Refrena tu entusiasmo de chiquillo. Aplácalo, cánsate, apaga tu energía: ¡ve al gimnasio!

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De cualquier modo... Es fundamental profundizar en lo sublime y debemos por fuerza buscarlo en la vida intracelular, en los fenómenos electrónicos, en el azar y el embrollo reticular, en la humanización de las máquinas, en una forma de ingenuo futurismo, en la ciencia ficción y en la poesía azulada a lo blade runner. De hecho, la algarabía postmoderna en torno a cosas como Pilgrimm me parece lo normal. Aunque no haya visto la película. PEro... ¿no recuerdo enfebrecido el maravilloso magnetismo y la vida narrativa de los viejos videojuegos? ¿No había en ellos una forma de vida concentrada y un esfuerzo de personajes, una tensiónen sus formas magnetizadas? La música de los videojuegos, el delirio sudoroso pasadas las horas. La fiebre de esos éxtasis de joysticks... ¡y sigue ladrando el perro encantador la música de Carter! Ese perro ya más amigo mío que de sus amos, ¡como el perro de Gala pero más culto!

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Y qué tal con Brian, el perro de Family Guy?