viernes, 8 de octubre de 2010

viernes, 8 de octubre

La mala fama de los excesos. El fin de semana pasado decidí subir muy alto o bajar muy abajo en pos de no sé qué parte de mí. Lo decidí en algún momento de la tarde del viernes y del laberinto salí el domingo. La resaca suele enfrenarnos siempre a algún cabo suelto, nos aguijonea con algún problema deconciencia. A mí me puso delante del fundamental problema de mi vida. Y de qué forma.

Desdeluego, la cosa estaba larvándose, pero el fogonazo -absolutamente iluminador- fue descomunal. Los excesos son malos porque sí, pero sobre todo porque hay que ser inmensamente feliz o tener las neuronas de platino iridiado para salir airoso. Te enfrentas a ti mismo, con la aberrante realidad de un espejo deformante que uno mismo se coloca ante sí: así soy, así me veo.

Los días posteriores han sido durísimos. Los peores de mi vida. Me voy a ahorrar, por eso de que el blog lo pueden leer cuatro, los pormenores de mi calvario, pero el sentimiento tiene el lamento del amor, del desamor, dela pérdida y de la culpa. Nunca dejé totalmente a M, pero ya no está. Ella no me dejó, de modo que no puedo refugiarme en el rencor o deformar su imagen a mis ojos. Y la pérdida es absoluta, física. No está en mi mundo, no la veo, y no puedo hablar con ella. Es como si me la hubieran arrancado de la vida, de mí, pero no puedo culpar a Dios o a la desgracia, a nadie, sino a mí mismo, demodo que la culpa me martiriza. Es como si hubiera desaparecido, como si estuviera muerta. El dolor que me produce eso, despertar a eso, es tal que no sé qué hacer. Debo jugar limpio con ella, respetar su espacio, su voluntad, aunque sea un espacio y un tiempo que ocupará en olvidarse completamente de mí.

Con los días empiezo a dormir, aunque sigo comiendo poco, pero voy racionalizándolo todo y me repito determinados argumentos como un mantra. Estoy instalándome en una forma de resignación esperanzada, que lo tiene casi todo de resignación y sólo una leve esperanza. Ella se ha ido de mi vida, de mi mundo y sólo un milagro la devolverá y no puedo hacer nada contra eso ni depende de mí y a nadie puedo culpar. Ese estado es el del claroscuro. La modulación de esos dos sentimientos define cada instante. La resignación es dolorosa, pero serena; la esperanza es urgente, y cálida. Y uno va buscando sin querer situaciones intermedias. Los momentos inciertos del anochecer o la amanecida, como si se fuera huyendo de algo, de la rotunda claridad del día. Los ritmos intermedios, las expectativas bajas, cortas. Siento que de alguna manera, cuando el dolor no es desesperante, esta situación afila mi mirada, mi capacidad para volver a los detalles. De alguna manera, estoy reuniendo todo lo mío disperso en torno a este horrible estado. Ganando integridad. Integrándome. Y de ahí creo que deriva la integridadmoral.

Pienso en esos versos de Rosales, que malrecuerdo: he vivido con la prudencia de un caballo de cartón en el baño, equivocándome sólo en lo importante, en lo que más quería. Y recuerdo algo orteguiano sobre mi estado: esto es irrenunciable. Mi estado actual es algo a lo que no puedo renunciar. Me impregna poco a poco, matiza mi mirada, mi semblante, mis actos, mis gestos e irá confundiéndose con ellos, definiéndome de nuevo, comoun cambio de ser, de piel. No seré jamás el que fui. Todo lo que hago, siento o pienso nace de esa fuente. De ella.

No sé si era James el que decía que el dolor corroe. No lo creo. Había tanto malo en mí que esto me vendrá bien de alguna forma.

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Hoy, para aplaudir a Vargas Llosa, todo el mundo se mete con Neruda. A mí, que nunca me ha gustado, me apetece leerlo sólo a él y nada me importan las "perfectas cartografías del poder", aunque me haya encantado el articulazo de Raul rivero en EM.

Como conduzco tanto empiezo a sacar metáforas de la autovía. Hay una situación habitual en la que uno va tras otro vehículo en un doble carril. Por desconocimiento, falta de atención o urgencia, se decide adelantar y cuando se acelera en el carril de la izquierda, de pronto, como sobrevenido, aparecen flechas que nos lo empiezan a estrechar. Nos quedamos sin carril y sólo podemos acelerar imprudentemente o dar un innoble frenazo que casi nos detiene. Se me ocurren algunas situaciones que se parecen mucho a ese trance.

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