domingo, 20 de febrero de 2011

Siempre puede averiguarlo. Saluda friamente, si saluda, y no sonríe. Ninguna muestra de cariño, ningún abrazo, ni el menor asomo de una caricia. No pregunta por uno, ni cuenta mucho sobre sí misma y si lo hace suele ser mediante una deslabazada e irreflexiva secuencia de palabras, como si le pareciese tedioso informar, como si entretenida en algo encontrase irritante el diálogo, innecesario, molesto. Esa primera distancia, esa frialdad del encuentro se transforma después en otra cosa. En el pormenor doméstico, en el entrecruzamiento diario, a la primera de cambio, esa pasividad fria se convierte en algo activo, inquisitivo y entonces sobreviene la pregunta, pero no formulada del modo natural, abieerto, luminoso, interesado, no, sino de modo indirecto, a menudo introducida por un "y entonces", por alguna partícula que denota hondas cavilaciones anteriores, y al modo indirecto únesele el cariz de lo preguntado, que suele ser de profunda importancia para el interpelado. Amores, viejas amistades, las ocupaciones fundamentales, las aficiones que dan razón a la propia vida, todo aquello que uno considera parte fundamental de sí y, quizás, su mayor orgullo y razón de su identidad, todo aparece sibilina, pero agresivamente cuestionado desde una susceptible y herida posición de poder, como alguien que nos pidiera cuentas sin claridad alguna, con un venenoso aguijón crítico encubierto. Si uno la mira, su gesto aparece velado por la contrariedad, su ceño crispado, nublado de incomprensión. Imposible el diálogo entonces. Dos extraños forzados a un parentesco que más parece una condena. Si no escucha lo que desea callará, si se le contradice hará ademán dramático de víctima. Uno se aleja con una antigua congoja en el cuerpo; cuestionado, incomprendido, desconocido por unos ojos que debían mirarlo con el mayor afecto.


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La polémica entre Espada y Cercas, a la que ligeramente me he asomado, como si se tratara de una reyerta callejera que nos incita a asomarnos a la ventana un poco tarde ya, cuando los individuos litigantes se dispersan, me reafirma en la inutilidad social de los escritores y, más allá, en la vacuidad de sus contenidos intelectuales, en la extraña situación de quienes antes monopolizaron la expresión escrita, la transmisión de ideas y pensamientos y ahora deambulan por los periódicos entretenidos en polémicas personales, absurdas minucias estilísticas, alardes ridículos (la insumisión nicotínica en el tiempo de los after hours, con la que algunos novelistas reputados nos asombran, por ejemplo) o, mayoritariamente, el comentario pormenorizado de los afanes políticos de gente en absoluto interesante; el comentario político, el devenir del mundo, ya no es fácilmente descriptible por un novelista; los centros de poder son muchos, las decisiones se toman en redes invisibles y el dinero es un arcano, un movimiento eléctrico. ¿De qué escriben los escritores? De fútbol. El fútbol, que es el territorio del patriotismo irreflexivo, de la sacudida sentimental. Ese terreno medido, permitido, salvaguardado para el salvajismo occidental es lo que les queda a los escritores.

Un escritor debería tener una superioridad estética y un extrañamiento. Un escritor es un ethos y sabe, más de los demás, de una cosa: de estética. A los escritores les debiera quedar el gusto y el humor y una mirada aberrante, esquinada, distinta, angular de lo que sucede. Expertos en nada, víctimas de su propia facundia, seres ridículos que a menudo nos provocan vergüenza ajena con sus ensañamientos, con su equivocado uso de las palabras, constituyen un innoble pasatiempo; de nada saben, de todo opinan y manejan con desleal ligereza la metáfora, las imágenes, los recursos literarios que nacieron para rendirse a la belleza, única materia que les es propia.




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Leído Aguirre, el magnífico, de Manuel Vicent.