miércoles, 19 de agosto de 2009

miércoles, 19 de agosto

Leyendo Cartes de lluny, de Pla. Se trata de un libro de viajes por Europa. Tiene el estilo directo y algo conciso de la hoja periodística y ramalazos de lirismo impropios de Pla.

Agradezco poder leer algunas páginas sin que mi concentración se disperse en asuntos que no tienen solución. Hay cosas que pensadas siempre se desflecan, que jamás permiten una resolución. ¿Cómo será la vida sin estos tormentos?

Días en Cádiz. Por las mañanas voy al gimnasio, después compro algo, arreglo un poco la casa, pienso en comer y en qué comer. Aquí la tentación es ir de tapas al bar de la esquina. LO de ir de tapas aquí es como ir de tiendas o de compras. No es solamente comer, la gente parece darle un contenido cultural un poco curioso si se para uno a pensar que en la mayoría de sitios se sirve lo mismo. Pero en Cádiz, la tapa es una de las ofertas nativas, una de las cosas más obvias que se le ofrecen al turista. Bare sin menús, pero con tapas. El menú es menetral, la tapa es andariega, y festiva.
Después espero a M., que llega sobre las cinco. Ese rato lo paso medio adormilado, dando cabezadas. Como ahora. La calle, tan estrecha, deja pasar el sol un breve rato. Salvo en la primera hora del mediodía hay luz, pero una sensación de amurallamiento, de reclusión. Es girar la esquina y se abre el panorama de la catedral, con su rampa directa al mar y su rio de turistas. El mar no se ve, pero se intuye en el airón que barre la calle. Del interior de la Catedral, por una pequeña ventana que da al lateral, salen palomas. Debe tratarse de alguna dependencia sin uso convertio en palomar ciego. Sus muros son blancos, con una pared de ladrillo que parece mitad caliza, mitad yeso -no sé de estas cosas y no me atrevo a nombrar el material, muy poco noble o ya muy erosionado por el viento salado del océano (pocas catedrales en el mundo tan propiamente faro, tan marineras)-, y una cúpula amarilla que de cerca se ve descascarillada pero que de lejos orientaliza Cádiz y la llena de misterio. Un misterio que cada vez menos habita en sus aceras, recorridas por turistas reglamentarios y por los oriundos, fauna nativa, de salidas un poco desconcertantes. Esa imprevisibilidad del gaditano, que remite con el tiempo, puede resultar agotadora. Es una gente de un regionalismo infecto, pero infecto, absolutamente disparatado. Todo son camisetas del equipo de fútbol local, o camisetas con leyendas alusivas a lo gaditano. Las librerias ocupan la mitad del establecimiento con la historia local. Esta gente vive en la delirante creencia de que el constitucionalismo español dice pisha. Lo carnavales, las alegrías, el comercio de indias, los galeotes, la independencia, o la evolución antropológica de la gastronomía del camarón son aspectos sobre los que uno puede encontrar fondos bibliográficos inagotables. A eso contribuye sumamente la universidad de aquí, puntera en investigación gaditana. I+D+Cai. Cádiz tiene un punto de insularidad evidente que es su atractivo y su condena.
Uno camina por sus calles y encuentra de repente a señores mayores, de aspecto o inclinación libresca, debatiendo vivamente sobre algún tema erudito y es fácil imaginar que sea local. Esa erudición corta, espesa, de lo local, que aquí parece abundar. Ciudad de cronistas, de eruditos de ayuntamiento y casino.

Son casi las cinco, Pla me trae noticias del norte. Me habla del Soho, de Normandía, contento él en su soledad de libros y viajes. Esa soledad suya, de quien contempla y piensa y escribe me resulta casi espeluznante ahora. Inhumano Pla, a ratos.
Además de los fragmentos breves de Pla, estoy viendo la serie The Wire. Un experimento sobre el género policiaco, sumamente técnico. Recuerda a lo Intocables de Elliot Ness: un cuerpo policial, una brigada o grupo, tras una organización mafiosa y entre medias la frontera de la ley. La serie se demora en explicaciones técnicas, en menudencias, en escuchas, rastreos, estrategias y en todo el laberíntico mundo de intrigas burocráticas. Me resulta simpático el personaje d McNulty, detective díscolo, policia vocacional, con muchos de los rasgos habituales de estos personajes: irlandés, divorciado, mujeriego y solitario, bebedor, independiente y dueño de un código ético propio, a menudo no coincidente con el profesional. La determinación un poco desentendida, ese arrojo despistado, recuerda a lo personajes policiacos de Newman.

Un avance de estos días raros de agosto ha sido haber terminado con cualquier afición por el deporte como espectáculo. Las noticias deportivas me generan una sensación de repulsión que no sé de dónde procede pero que me parece sanísima. Considero un éxito de mi sistema de defensas (siquiera intelectuales) esta reacción de náusea. El deporte es la estupidez suma, la más absoluta tomadura de pelo, una actividad de retrasados mentales para aletargar el ocio de la gente. El aburrimiento es una autopista metafísica hacia el suicidio o la plenitud. El deporte nos deja en punto muerto entre medias. Un lamentable pisanervios. Dejó de estar de moda hace tiempo decir que el fútbol era el opio del pueblo. Esta temporada me voy a permitir ponerme un poco retro y además de decir eso, voy a recelar de la plusvalía empresarial, de la irrsponsabilidad ética del empresario y de la usura como fundamento del sistema financiero.