sábado, 16 de octubre de 2010

Reencuentro con A.. Lleno de tatuajes, menos gordo y canoso. Se ha refugiado en el lambreterismo y en el aprovechamiento comercial de los mods más jóvenes de la ciudad. Peter pan absoluto, rodeado de adolescentes con flequillo parece el jefe de una secta. Tras su marichalarazo no bebe ya, ni se droga, dice, pero empalma los porros como empujado por un horror al vacío.



R. nos explicó su proyecto: un fb con gps. Nos lo dice tomando unas cervezas de fabricación casera. Empiezo a mirar el color especialmente tostado de la birra, tratando de averiguar si el lúpulo lleva alucinógenos.





X., el taxista. Lo encontré por casualidad hace unos meses. Salía de casa de A., tras una noche de vino y vinilos (perdón) y al llamar el taxi me tocó en suerte. Un tipo de cincuenta y tantos, con el bigote de Vizcaino Casas y un fuerte acento valenciano. En el coche sonaba jazz, del bueno y tuve que preguntarle. No coincidiamos en el autor del solo que sonaba. Acabó parando el coche y sacando carpetas llenas de discos. Me contó que V, el articulista, al que una vez subió, le dedicó un artículo entrañable -que no leyó, pues le importa todo un pimiento- y le prometió llamarle cada vez que quisiera coger un taxi. "Una licencia poética", dijo, porque no llamó nunca. "Yo sí, ya verás". Y en esas estamos. Cuando necesito un taxi nocturno le llamo, me regala discos charlamos y poco a poco se vislumbra algo parecido a una amistad. Amistad rara. Es taurino, está interesado en la historia de las religiones y sabe mucho de vinos. Un bon vivant, un disfrutón, temporalmente encadenado al coche. A veces, la puta coctelera del azar nos da alegrías.

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