Mis vecinos poseen todas las virtudes posibles. Un perro que ladra cada dos latidos, una diminuta perra terrible que ladra desesperadamente como si fuera dueña de un secreto decisivo que quisiese comunicar a los humanos. Ladra como si supiera quién es el asesino, con un afán de protagonismo televisivo. Cuando me acerco a mi propia casa o a un determinado extremo del salón -de mi propio salón- ladra y ladra tanto que a veces me pregunto si no llevaré perico en los bolsillos. Pero mis vecinos no son sólamente un perro. Son dos niños frenéticos que parecen daniel el travieso y desconocen distracciones modernas y sedantes como las consolas, los videojuegos o la televisión; en lugar de eso juegan al pillar, al escondite, a pelearse, a las canicas, a juegos ruidosos y antiguos a los que ni siquiera yo jugué. Se crían sanamente asilvestrados en su propio piso. Cualquier día estamparán una peonza contra el suelo. Y sin embargo, no me los imagino tirando una cometa, ni abstraidos ante un cuento, pues tienen una nerviosa falta de docilidad. Alguna vez he coincidido con ellos en el ascensor y, además de no resistirles la mirada, he sentido la inminencia de un puntapié en la espinilla. Completo el retrato de las criaturas si digo que uno de ellos es concertista de flauta o, al menos, ensaya como si lo fuese; un flautista disonante y punk.
Son una núcleo familiar clásico. Yo veo tantas series americanas que esto me parece anacrónico, pobre y definitivamente triste. NO hay abuelo, ni mayordomo, ni un tropel de niños de antiguos matrimonios, ni una mascotaalienígena, ni un cuñado que se coma los berberechos. El viejo núcleo: perro, vástagos (no uno y medio, sino dos), mamá y papá, con sus roles seculares. Daddy tiene la pasión del bricolaje y ha colgado tantos cuadros en su casa que me pregunto si no serán coleccionistas de arte. Mammy, adorable, me imagino ha de ser la responsable de los nauseabundos olores que salen de su hogar y convierten el rellano y la finca entera en un rehén olfativo, víctima del perfume familiar. El olor de un hogar tiene algo de vieja deidad, de lares y penates de la casa. El olor de esta gente es un concentrado casi indiscernible de reclusión animal, empecinamiento orgánico, recuerdos de guisos de coliflor y una humedad sudorosa, fecal.
Por si fuera poco, mis encantadores vecinos tienen , por decirlo de alguna manera, un relajado sentido del derecho de propiedad y de la vida en comunidad, un punto okupa la mar de raro que les permite utilizar zonas comunes del pasillo con absoluta desenvoltura. De ese modo, al abrir la puerta de mi casa todas las mañanas tropiezo con bombonas de butano, bicicletas o viejos trastos y cuando aparco mi coche en el garaje debo echar mano de una precisión de cirujano para no colisionar con la aberrante harley que descansa junto a su utilitario, ávidamente atravesada para aprovechar al máximo el espacio.
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1 comentario:
Mi vecina, la pintora, tiene su salón al lado de mi dormitorio donde disfruta de sus serie favorita hasta las tantas horas de la noche, y que se queda sordamente dormida mientras suena repetidamente esa musiquilla barata como una tortura china, que no me deja avanzar con mis pensamientos: a saber cómo serán sus cuadros viendo programas de falsas risas y acabar con esa serie que desconozco, para quedarse exhausta y desmayada sobre su sofá, desde hace años.
Sólo la ironía hace resistible la insoportable levedad... de la convivencia.
;-)
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