viernes, 15 de octubre de 2010

Nuestros actos tiene consecuencias. Quizás ésta sea la ley moral fundamental, equiparable en su universalidad a una ley física, la causalidad. De la misma manera que en física uno imagina que este principio se refina y hasta debilita, en lo moral se tiende a relajarlo al introducir determinismos en la explicación de nuestros actos, a hablar de oscuras fuerzas que nos manejaron al actuar, pero los actos -hechos con autoría- son nuestra "moneda moral", nuestra divisa. A ninguna otra cosa se debe responder, pues hablan por nosotros. Las palabras, en este punto, son de una irrelevancia absoluta. Y no sólo flaqueamos al disculpar nuestros actos, envolviéndolos en vagas explicaciones exculpatorias, sino que fundamentalmente nos rebelamos contra esta ley en el momento de contemplar las consecuencias. Las dolorosas y sorprendentes consecuencias de nuestros actos nos parecen inasumibles y organizamos auténticos motines con tal de no hacerlas nuestras. Creo que esta negación, esta irresponsabilización, es una forma de locura. Supone dar la espalda a la realidad y a nuestra libertad. Negar el mundo, sus relaciones y negarnos a nosotros mismos. A menudo, esta negación supone un trastocamiento general del tiempo tal cual lo vivimos. Estas cosas nos enfrentan al pasado y al presente y, obviamente, determinan nuestro futuro. Negar las consecuencias es no vivir el presente y des-vivir el pasado, instalarse en alguna forma de involución temporal. Es una locura.

Uno, que creció pensando que con un acto de contricción podría desandar lo andado, empieza a acostumbrarse a la belleza de esta ley moral. En el fondo, tiene la terrible hermosura del tiempo y de la libertad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

brillante descripción existencial!