Rescato un libro de Franzen, Zona Templada, en el que dedica unas páginas a los Peanuts. "Un mundo donde la cólera es divertida y la inseguridad digna de amarse". Y me mueve a hacerlo el recuerdo de una de las tres tiras reproducidas en el libro, esa en la que Charlie acaba diciendo eso de: "Everything I do makes me feel guilty". No sé qué me gusta tanto de esos dibujos, supongo que es la firmeza de ese mundo, que me parece inquebrantable, que me sigue ofreciendo el refugio de la infancia, la seguridad sin fisuras de todo mundo imaginado de la infancia, un mundo donde brillaba la conciencia de sus habitantes: una mezcla de ingenuidad y sabiduría, algo que mezclaba la pureza infantil con la experiencia. En cada tira había un sentimiento humano y un motivo de sinceridad y creo entender, aunque la lectura de su libro me queda lejana, que con Schulz Franzen invocaba ese mundo sin daño donde cabía toda la experiencia humana, inocuo, protegido, resonante, con su honda vibración sentimental, de forma que el secreto del perdón fuera introducir nuestra vida en sus tiras. La cólera paterna, por ejemplo, tan traumática y dolorosa, se parodiaba, se inactivaba, como la cólera de uno de esos pequeños ángeles. La soledad y el amor, un asunto de niños y todo pensamiento dulce y lúcido.
Sigo leyendo a Bazell en el balcón y de repente anochece. La torre vigía del Politécnico, con su aire religioso incomprensible, parece flanquear el crepúsculo. Al este, a mi derecha, la noche que se cierra; a la izquierda, el oeste, más allá del conjunto ordenado de bloques civiles, las serpentinas moradas del poniente, la claridad huyendo, los fondos malva, el cielo herido y sin embargo tan sumamente tranquilo, embriagador, como el movimiento prolongado de una mecedora. En avión el poniente es apenas un residuo, desde abajo parece un espectáculo único que algún dios clemente nos ofreciese. Todo es fugaz y perdonable y parece que no estamos solos.
domingo, 4 de octubre de 2009
jueves, 24 de septiembre de 2009
jueves, 24 de septiembre
Escuchando una canción de Carlos Berlanga, la memorable Noches entre rejas, me paro en unos versos:
"es la hora para el derroche, pero ya es de noche."
y recuerdo una horrorosa canción, muy tóxica, de la pachanga nocturna, que dice en uno de sus punibles versos:
"Yo soy el señor de la noche, me encanta sembrar el derroche"
Y pese a ello, la coincidencia no llega a inquietarme.
"es la hora para el derroche, pero ya es de noche."
y recuerdo una horrorosa canción, muy tóxica, de la pachanga nocturna, que dice en uno de sus punibles versos:
"Yo soy el señor de la noche, me encanta sembrar el derroche"
Y pese a ello, la coincidencia no llega a inquietarme.
lunes, 21 de septiembre de 2009
lunes, 21 de septiembre
He empezado Las palabras de la noche, de Natalia Ginzburg y estoy encantado, literalmente encantado. El tono es suave, sutil, de una ingenuidad antigua, intemporal y al cabo de leer unas páginas uno se encuentra remansado, sereno. Una dulzura de corazón lo impregna todo.
Breve conversación con E. en el trabajo. Los pasados enconamientos parecen haber desaparecido. Creo que los ciclotímicos son incapaces de rencor. Sus estados de ánimo son torbellinos que les llevan, son temibles en la ira e incontenibles en la dicha; desbordantes hasta el punto de tener uno la sensación de tratar a personas distintas. Ante estos vaivenes, sólo tengo la tibia cortesía del trato laboral para ir protegiéndome. Hay una desagradable incomunicación en estos episodios de euforia que uno no puede compartir y una suave violencia en verse zarandeado por estas ventoleras. El eufórico no recuerda agravios... ¿o sí? Quizás sólo sean pequeñas amnistías, pasajeros olvidos.
Breve conversación con E. en el trabajo. Los pasados enconamientos parecen haber desaparecido. Creo que los ciclotímicos son incapaces de rencor. Sus estados de ánimo son torbellinos que les llevan, son temibles en la ira e incontenibles en la dicha; desbordantes hasta el punto de tener uno la sensación de tratar a personas distintas. Ante estos vaivenes, sólo tengo la tibia cortesía del trato laboral para ir protegiéndome. Hay una desagradable incomunicación en estos episodios de euforia que uno no puede compartir y una suave violencia en verse zarandeado por estas ventoleras. El eufórico no recuerda agravios... ¿o sí? Quizás sólo sean pequeñas amnistías, pasajeros olvidos.
sábado, 19 de septiembre de 2009
sábado, 19 de septiembre
Abandono el libro de César, sus Diarios Íntimos. Lo hago con pesar porque abandonar la lectura de un libro comenzado es una derrota de la voluntad y porque simpatizo con el autor, pero es que ando desordenado de lecturas, que es como decir que ando desordenado en la vida y esta obra obstruía el paso hacia nuevos libros, nuevas ilusiones. Se trata de una obra antiliteraria que cuando cae, como por desliz, en la literatura se vuelve holgazana y retórica, al menos hasta su mitad, que es por donde me he quedado. Ni una palabra sobre la esposa, ni una palabra sobre política, sexualidad, ni lecturas ni creencias, ni descripciones, ni ingenio, sólo una especie de goteo cotidiano de insignificancias, el gotha del café gijón y luego un egotismo leve de escritor, esa impostación de desalientos y cansancios que son como el yo del escritor, del escritor público, pero que jamás pueden ser el de la persona. El libro se publicaba, las entradas de su diario se publicaban al poco en la prensa y jamás pudo haber demasiada sinceridad. Si no hay literatura por -creo yo- falta de tiempo y energía, ni hay sinceridad, ni hay ningún tipo epopeya biográfica que no sea la del café con leche... ¿qué queda? Los Diarios de César eran un residuo, lo que le quedaba a su día tras los artículos -escritura capital, pan de cada día- y el intento de alguna otra obra -novela, biografía, memoria-. El diario era el apunte, la migaja, la pura anotación, "calderilla" los llamaba él, hasta convertirse, en ocasiones, en una especie de registro de asistentes al Café Gijón.
En madurar esta decisión de dejar el libro he pasado medio día. Creo que tengo un problema serio.
Por la mañana fui a correr, que para eso está el deporte, para alejarle a uno de si mismo. Se va uno a correr y la gente se pensará que lo hace porque corra la sangre o se quemen los espaguetis, y no, corre uno huyendo de si mismo, de sus rarezas y de sus manías. Uno se va alejando con la esperanza de que al terminar las cosas hayan cambiado, pero eso sólo sucede temporalmente, durante unos breves minutos. Luego, tras el sofoco, el ahogo y la euforia subsiguiente, todo vuelve a su ser. Uno vuelve a si mismo.
El caso es que además de huyendo de mí, yo corro en dirección a la playa, pero habría de dejar claro que no lo hago por nada en especial, tan sólo por la facilidad y comodidad de las vías de acceso y por el hecho de que por la distancia desde mi casa, el mar, o mejor, el paseo maritimo, que es la urbanización municipal y hortera del mar, está a una distancia asumible. De modo que la playa es como una medida de distancia, mi particular máratón. Voy allí, hacia allá, pero lo hago sin la fe playera ni marítima de la mayoría de los domingueros que atestan el paseo. No es gente que vaya a la playa, al mar o la arena, no, son paseantes, caminantes del paseomarítimo que le dan un toque procesionario al mismo. Ataviados de forma deportiva, o incluso terapeútica, estas personas pasean y pasean con cara de arrobo, como si estuviesen en Los Alpes o en algún balneario de efectos mágicos. Pasean y pasean como si el suelo duro del paseo marítimo fuera muy distinto al de la calle colón.
Hoy, además de todo el tráfico salutífero había organizado un desembarco de normandía y los padres señalaban al cielo para que los niños viesen los paracaidas como globos deshinchándose en una fiesta de cumpleaños. Los niños no parecían muy entusiasmados, la verdad sea dicha, y uno se preguntaba y supongo que en eso no estaba solo, por el lugar en el que irían a caer los paracaidistas pacifistas, no fuera que le cayeran a alguien en medio del vermú.
El resto del día lo he dedicado a comer, dormir y medio sestear muy contento de pensar que nada de eso me cuesta un duro.
Volviendo al libro: no sé si es bueno o malo, supongo que malo, pero hay algo en mi lectura del libro de César que me ha llamado la atención, por ser él, precisamente él, César, el dandy, el canalla, el cosmopolita: su lectura sólo me ha generado algo, un arranque de emoción, unas ganas de hacer, algo reactivo, un temblor del ánimo, una ilusión: el deseo de visitar Cuenca. NO sé por qué, si porque se demora más en el retrato, libre un poco de las obligaciones madrileñas, o si porque la pluma de César, por contraste, brillaba siempre más entre lo provinciano, pero las páginas en que anota sus días en Cuenca son mis preferidas. Puede que yo ande sugestionado por lo recogido, el dulce gusto de lo provinciano, su lentitud. El caso es que ahora yo planeo volver a visitar Cuenca.
De modo que este libro ha sido para mí una especie de "vete a Cuenca".
En madurar esta decisión de dejar el libro he pasado medio día. Creo que tengo un problema serio.
Por la mañana fui a correr, que para eso está el deporte, para alejarle a uno de si mismo. Se va uno a correr y la gente se pensará que lo hace porque corra la sangre o se quemen los espaguetis, y no, corre uno huyendo de si mismo, de sus rarezas y de sus manías. Uno se va alejando con la esperanza de que al terminar las cosas hayan cambiado, pero eso sólo sucede temporalmente, durante unos breves minutos. Luego, tras el sofoco, el ahogo y la euforia subsiguiente, todo vuelve a su ser. Uno vuelve a si mismo.
El caso es que además de huyendo de mí, yo corro en dirección a la playa, pero habría de dejar claro que no lo hago por nada en especial, tan sólo por la facilidad y comodidad de las vías de acceso y por el hecho de que por la distancia desde mi casa, el mar, o mejor, el paseo maritimo, que es la urbanización municipal y hortera del mar, está a una distancia asumible. De modo que la playa es como una medida de distancia, mi particular máratón. Voy allí, hacia allá, pero lo hago sin la fe playera ni marítima de la mayoría de los domingueros que atestan el paseo. No es gente que vaya a la playa, al mar o la arena, no, son paseantes, caminantes del paseomarítimo que le dan un toque procesionario al mismo. Ataviados de forma deportiva, o incluso terapeútica, estas personas pasean y pasean con cara de arrobo, como si estuviesen en Los Alpes o en algún balneario de efectos mágicos. Pasean y pasean como si el suelo duro del paseo marítimo fuera muy distinto al de la calle colón.
Hoy, además de todo el tráfico salutífero había organizado un desembarco de normandía y los padres señalaban al cielo para que los niños viesen los paracaidas como globos deshinchándose en una fiesta de cumpleaños. Los niños no parecían muy entusiasmados, la verdad sea dicha, y uno se preguntaba y supongo que en eso no estaba solo, por el lugar en el que irían a caer los paracaidistas pacifistas, no fuera que le cayeran a alguien en medio del vermú.
El resto del día lo he dedicado a comer, dormir y medio sestear muy contento de pensar que nada de eso me cuesta un duro.
Volviendo al libro: no sé si es bueno o malo, supongo que malo, pero hay algo en mi lectura del libro de César que me ha llamado la atención, por ser él, precisamente él, César, el dandy, el canalla, el cosmopolita: su lectura sólo me ha generado algo, un arranque de emoción, unas ganas de hacer, algo reactivo, un temblor del ánimo, una ilusión: el deseo de visitar Cuenca. NO sé por qué, si porque se demora más en el retrato, libre un poco de las obligaciones madrileñas, o si porque la pluma de César, por contraste, brillaba siempre más entre lo provinciano, pero las páginas en que anota sus días en Cuenca son mis preferidas. Puede que yo ande sugestionado por lo recogido, el dulce gusto de lo provinciano, su lentitud. El caso es que ahora yo planeo volver a visitar Cuenca.
De modo que este libro ha sido para mí una especie de "vete a Cuenca".
viernes, 18 de septiembre de 2009
sábado, 19 de septiembre
Leído en los Diarios de César:
"Los viajes es raro que no añadan nada a la experiencia. Sus beneficios son del orden rumiante en un escritor. Salen años después y nos enriquecen siempre".
"La interviú era la urgencia de la necesidad al servicio de la calma de la vanidad". En este último caso, claro, se refiere a la entrevista escrita. La entrevista televisiva sería justo lo contrario -piénsese en Hermida o Quintero, por ejemplo-.
"Los viajes es raro que no añadan nada a la experiencia. Sus beneficios son del orden rumiante en un escritor. Salen años después y nos enriquecen siempre".
"La interviú era la urgencia de la necesidad al servicio de la calma de la vanidad". En este último caso, claro, se refiere a la entrevista escrita. La entrevista televisiva sería justo lo contrario -piénsese en Hermida o Quintero, por ejemplo-.
jueves, 17 de septiembre de 2009
jueves, 17 de septiembre
Media tarde entre canciones de Sisa. Sisa me parece un genio del humor. El humor yo creo que no da risa, sino que da valor. Desaparece el miedo, cualquier forma de miedo, concreta e inconcreta. El humor corroe toda institución y toda jerarquía. En mí el humor es como una revolución interior y un trago de alcohol puro, todo junto. Pero risas, lo que se dice risas...
Con este tiempo uno no sabe si salir a la calle. A la mínima, el aguacero. Esta el tiempo un poco tropical, peligroso por momentos, aunque la lluvia no es la de invierno; los cielos, tras el agua, se abren, se limpia el aire y surgen claridades, rayos de sol, nada que ver con la oscura tiniebla de dentro de unos meses y sus cielos encapotados. Esto se puede aguantar, aunque la imprevisibilidad y violencia del agua hace que al final nos refugiemos en casa. La calidad de los cielos se percibe sobre todo fuera de la ciudad y es uno de los pocos placeres de conducir. Otro quizás sea haber podido detectar el rasgo expresivo de los conductores que incurren en el temerario exceso de velocidad. Su gesto viene a ser el propio de fruncir cejas y labios, y poner en ese fruncimiento una reserva de ira. Una expresión de resuelta ira, junto con un ribete de superioridad que se dirige hacia los demás conductores, a los que se supera sin contemplaciones con el rencor de haber salvado un obstáculo. Esta cosa del exceso de velocidad no tiene que ver tanto con la temeridad, la ligereza o la relajación como con la ira. La iracundia, que es, digamos, un pecado automovilístico.
Leído en un poema de Montale, muy al pelo de la gente con la que uno tiene que lidiar y, sobre todo, con lo que encontramos en todo medio de comunicación: noticia, opinión o anuncio: "La verdad es la sedimentación, la restañadura, no la vomitiva logorrea de los dialécticos". De este poema hay algo maravilloso que no entiendo, y esa es justo la sensación que hace de la poesía algo distinto. Nos gusta lo que no entendemos, su misterio, porque es un misterio lleno de luces, de insinuaciones, más que de oscuridades. Leído al bies, este poema parece hablar de cierta radical (radical es un adjetivo fácil que tiene ecos filosóficos y parece dar peso a lo que uno dice, aunque como ahora, uno no sepa muy bien ni lo que quiere decir ni cómo) cierta radical inmanencia. Cierta continuidad que no es sólo natural, sino lo propiamente obra del tiempo y propio del ser, de la naturaleza de cada ser, de cada cosa. Naturaleza que es siempre la misma. Pero entenderlo o no da igual, lo que importa es cómo suena, cómo suena en italiano, obviamente, la veritá é la sedimentazione, il ristagno, non la logorrea schifa dei dialettici.
En la tele, de noche, unos señores dando saltos entre la algarabía del locutor, que parece parcialmente ebrio. Profundo deseo de ser sueco.
Con este tiempo uno no sabe si salir a la calle. A la mínima, el aguacero. Esta el tiempo un poco tropical, peligroso por momentos, aunque la lluvia no es la de invierno; los cielos, tras el agua, se abren, se limpia el aire y surgen claridades, rayos de sol, nada que ver con la oscura tiniebla de dentro de unos meses y sus cielos encapotados. Esto se puede aguantar, aunque la imprevisibilidad y violencia del agua hace que al final nos refugiemos en casa. La calidad de los cielos se percibe sobre todo fuera de la ciudad y es uno de los pocos placeres de conducir. Otro quizás sea haber podido detectar el rasgo expresivo de los conductores que incurren en el temerario exceso de velocidad. Su gesto viene a ser el propio de fruncir cejas y labios, y poner en ese fruncimiento una reserva de ira. Una expresión de resuelta ira, junto con un ribete de superioridad que se dirige hacia los demás conductores, a los que se supera sin contemplaciones con el rencor de haber salvado un obstáculo. Esta cosa del exceso de velocidad no tiene que ver tanto con la temeridad, la ligereza o la relajación como con la ira. La iracundia, que es, digamos, un pecado automovilístico.
Leído en un poema de Montale, muy al pelo de la gente con la que uno tiene que lidiar y, sobre todo, con lo que encontramos en todo medio de comunicación: noticia, opinión o anuncio: "La verdad es la sedimentación, la restañadura, no la vomitiva logorrea de los dialécticos". De este poema hay algo maravilloso que no entiendo, y esa es justo la sensación que hace de la poesía algo distinto. Nos gusta lo que no entendemos, su misterio, porque es un misterio lleno de luces, de insinuaciones, más que de oscuridades. Leído al bies, este poema parece hablar de cierta radical (radical es un adjetivo fácil que tiene ecos filosóficos y parece dar peso a lo que uno dice, aunque como ahora, uno no sepa muy bien ni lo que quiere decir ni cómo) cierta radical inmanencia. Cierta continuidad que no es sólo natural, sino lo propiamente obra del tiempo y propio del ser, de la naturaleza de cada ser, de cada cosa. Naturaleza que es siempre la misma. Pero entenderlo o no da igual, lo que importa es cómo suena, cómo suena en italiano, obviamente, la veritá é la sedimentazione, il ristagno, non la logorrea schifa dei dialettici.
En la tele, de noche, unos señores dando saltos entre la algarabía del locutor, que parece parcialmente ebrio. Profundo deseo de ser sueco.
sábado, 12 de septiembre de 2009
sábado, 12 de septiembre
La contemplación y devoción por ciertos objetos como el inicio del sentimiento poético. A las emociones se llega por las cosas o por el ritual. La contemplación demorada de tres tazas de té, por ejemplo.
Grandísima fuerza metafórica e imaginista de Riechmann.
La importancia de Almodóvar y sus mujeres para comprender la gestualidad y hábitos de la mujer española contemporánea. Qué importante en eso Almodóvar... Almodovariano quedará como el adjetivo aplicable a lo alocado y libre de la mujer, muy cerca del absurdo. Probablemente la más almodovariana de todas sus actrices haya sido Chus Lampreave.
La pose hierática es algo totalmente antifotográfico si, como dice Agamben, la fotografía tiene por misión capturar el gesto.
Empieza el fin de semana con los tanguillos de Perico Sambeat. Toda esta energía se acabará convirtiendo en frustración; en melancolía en el mejor de los casos.
La proteína, la clave de todo estaba en la proteína. Generadora, protagonista, originadora, germinativa.
Nostalgia de Cádiz y esa sensación de romance y drama que le da el flamenco.
Remate de bulerías. Entre el hard bop y el cool, el motivo flamenco, el cajón, las palmas, pero siempre el jazz, que coge del flamenco el paisaje y unos motivos. LOs temas de flamenco jazz son siempre así: el jazz expandiéndose y cuando el solo se aflamenca todo se encierra, se empequeñece un poco. La big band muy elemental, en el mejor sentido: horizontes, agua, viento. La big band convierte los acordes que daría el piano en un paisaje, una escena. Les da volumen. Una orquestación es dar a los acordes su escenario. La orquesta, incluso fisicamente, tiene algo de estructura, de respaldo físico, de escenario, de marco. Y es jazz del sur, son acordes del sur. El solo de Perico en la bulería me sugiere la palabra estrangulamiento. Nudo y contranudo, revuelta, declamación, soliloquio, enconamiento, pero todo fluido, ágil. Lo espasmódico del jazz es maravilloso, porque no permite la articulación de la palabra para el canto, es siempre la palabra a punto de decirse, siempre el impulso de decir y antes de haberse dicho, su abandono. Eso tiene el jazz de surrealista, ese automatismo. Dionisiaco, superrealista, entrecortado, insuficiente. Siempre en las fuentes del decir, en el inicio del baile, en la región de la semifusa. Ganas de decir y no poder decirlo encadenándose. Eso tiene de poético el jazz, por ahí se le coge su secreto.
Grandísima fuerza metafórica e imaginista de Riechmann.
La importancia de Almodóvar y sus mujeres para comprender la gestualidad y hábitos de la mujer española contemporánea. Qué importante en eso Almodóvar... Almodovariano quedará como el adjetivo aplicable a lo alocado y libre de la mujer, muy cerca del absurdo. Probablemente la más almodovariana de todas sus actrices haya sido Chus Lampreave.
La pose hierática es algo totalmente antifotográfico si, como dice Agamben, la fotografía tiene por misión capturar el gesto.
Empieza el fin de semana con los tanguillos de Perico Sambeat. Toda esta energía se acabará convirtiendo en frustración; en melancolía en el mejor de los casos.
La proteína, la clave de todo estaba en la proteína. Generadora, protagonista, originadora, germinativa.
Nostalgia de Cádiz y esa sensación de romance y drama que le da el flamenco.
Remate de bulerías. Entre el hard bop y el cool, el motivo flamenco, el cajón, las palmas, pero siempre el jazz, que coge del flamenco el paisaje y unos motivos. LOs temas de flamenco jazz son siempre así: el jazz expandiéndose y cuando el solo se aflamenca todo se encierra, se empequeñece un poco. La big band muy elemental, en el mejor sentido: horizontes, agua, viento. La big band convierte los acordes que daría el piano en un paisaje, una escena. Les da volumen. Una orquestación es dar a los acordes su escenario. La orquesta, incluso fisicamente, tiene algo de estructura, de respaldo físico, de escenario, de marco. Y es jazz del sur, son acordes del sur. El solo de Perico en la bulería me sugiere la palabra estrangulamiento. Nudo y contranudo, revuelta, declamación, soliloquio, enconamiento, pero todo fluido, ágil. Lo espasmódico del jazz es maravilloso, porque no permite la articulación de la palabra para el canto, es siempre la palabra a punto de decirse, siempre el impulso de decir y antes de haberse dicho, su abandono. Eso tiene el jazz de surrealista, ese automatismo. Dionisiaco, superrealista, entrecortado, insuficiente. Siempre en las fuentes del decir, en el inicio del baile, en la región de la semifusa. Ganas de decir y no poder decirlo encadenándose. Eso tiene de poético el jazz, por ahí se le coge su secreto.
miércoles, 19 de agosto de 2009
miércoles, 19 de agosto
Leyendo Cartes de lluny, de Pla. Se trata de un libro de viajes por Europa. Tiene el estilo directo y algo conciso de la hoja periodística y ramalazos de lirismo impropios de Pla.
Agradezco poder leer algunas páginas sin que mi concentración se disperse en asuntos que no tienen solución. Hay cosas que pensadas siempre se desflecan, que jamás permiten una resolución. ¿Cómo será la vida sin estos tormentos?
Días en Cádiz. Por las mañanas voy al gimnasio, después compro algo, arreglo un poco la casa, pienso en comer y en qué comer. Aquí la tentación es ir de tapas al bar de la esquina. LO de ir de tapas aquí es como ir de tiendas o de compras. No es solamente comer, la gente parece darle un contenido cultural un poco curioso si se para uno a pensar que en la mayoría de sitios se sirve lo mismo. Pero en Cádiz, la tapa es una de las ofertas nativas, una de las cosas más obvias que se le ofrecen al turista. Bare sin menús, pero con tapas. El menú es menetral, la tapa es andariega, y festiva.
Después espero a M., que llega sobre las cinco. Ese rato lo paso medio adormilado, dando cabezadas. Como ahora. La calle, tan estrecha, deja pasar el sol un breve rato. Salvo en la primera hora del mediodía hay luz, pero una sensación de amurallamiento, de reclusión. Es girar la esquina y se abre el panorama de la catedral, con su rampa directa al mar y su rio de turistas. El mar no se ve, pero se intuye en el airón que barre la calle. Del interior de la Catedral, por una pequeña ventana que da al lateral, salen palomas. Debe tratarse de alguna dependencia sin uso convertio en palomar ciego. Sus muros son blancos, con una pared de ladrillo que parece mitad caliza, mitad yeso -no sé de estas cosas y no me atrevo a nombrar el material, muy poco noble o ya muy erosionado por el viento salado del océano (pocas catedrales en el mundo tan propiamente faro, tan marineras)-, y una cúpula amarilla que de cerca se ve descascarillada pero que de lejos orientaliza Cádiz y la llena de misterio. Un misterio que cada vez menos habita en sus aceras, recorridas por turistas reglamentarios y por los oriundos, fauna nativa, de salidas un poco desconcertantes. Esa imprevisibilidad del gaditano, que remite con el tiempo, puede resultar agotadora. Es una gente de un regionalismo infecto, pero infecto, absolutamente disparatado. Todo son camisetas del equipo de fútbol local, o camisetas con leyendas alusivas a lo gaditano. Las librerias ocupan la mitad del establecimiento con la historia local. Esta gente vive en la delirante creencia de que el constitucionalismo español dice pisha. Lo carnavales, las alegrías, el comercio de indias, los galeotes, la independencia, o la evolución antropológica de la gastronomía del camarón son aspectos sobre los que uno puede encontrar fondos bibliográficos inagotables. A eso contribuye sumamente la universidad de aquí, puntera en investigación gaditana. I+D+Cai. Cádiz tiene un punto de insularidad evidente que es su atractivo y su condena.
Uno camina por sus calles y encuentra de repente a señores mayores, de aspecto o inclinación libresca, debatiendo vivamente sobre algún tema erudito y es fácil imaginar que sea local. Esa erudición corta, espesa, de lo local, que aquí parece abundar. Ciudad de cronistas, de eruditos de ayuntamiento y casino.
Son casi las cinco, Pla me trae noticias del norte. Me habla del Soho, de Normandía, contento él en su soledad de libros y viajes. Esa soledad suya, de quien contempla y piensa y escribe me resulta casi espeluznante ahora. Inhumano Pla, a ratos.
Además de los fragmentos breves de Pla, estoy viendo la serie The Wire. Un experimento sobre el género policiaco, sumamente técnico. Recuerda a lo Intocables de Elliot Ness: un cuerpo policial, una brigada o grupo, tras una organización mafiosa y entre medias la frontera de la ley. La serie se demora en explicaciones técnicas, en menudencias, en escuchas, rastreos, estrategias y en todo el laberíntico mundo de intrigas burocráticas. Me resulta simpático el personaje d McNulty, detective díscolo, policia vocacional, con muchos de los rasgos habituales de estos personajes: irlandés, divorciado, mujeriego y solitario, bebedor, independiente y dueño de un código ético propio, a menudo no coincidente con el profesional. La determinación un poco desentendida, ese arrojo despistado, recuerda a lo personajes policiacos de Newman.
Un avance de estos días raros de agosto ha sido haber terminado con cualquier afición por el deporte como espectáculo. Las noticias deportivas me generan una sensación de repulsión que no sé de dónde procede pero que me parece sanísima. Considero un éxito de mi sistema de defensas (siquiera intelectuales) esta reacción de náusea. El deporte es la estupidez suma, la más absoluta tomadura de pelo, una actividad de retrasados mentales para aletargar el ocio de la gente. El aburrimiento es una autopista metafísica hacia el suicidio o la plenitud. El deporte nos deja en punto muerto entre medias. Un lamentable pisanervios. Dejó de estar de moda hace tiempo decir que el fútbol era el opio del pueblo. Esta temporada me voy a permitir ponerme un poco retro y además de decir eso, voy a recelar de la plusvalía empresarial, de la irrsponsabilidad ética del empresario y de la usura como fundamento del sistema financiero.
Agradezco poder leer algunas páginas sin que mi concentración se disperse en asuntos que no tienen solución. Hay cosas que pensadas siempre se desflecan, que jamás permiten una resolución. ¿Cómo será la vida sin estos tormentos?
Días en Cádiz. Por las mañanas voy al gimnasio, después compro algo, arreglo un poco la casa, pienso en comer y en qué comer. Aquí la tentación es ir de tapas al bar de la esquina. LO de ir de tapas aquí es como ir de tiendas o de compras. No es solamente comer, la gente parece darle un contenido cultural un poco curioso si se para uno a pensar que en la mayoría de sitios se sirve lo mismo. Pero en Cádiz, la tapa es una de las ofertas nativas, una de las cosas más obvias que se le ofrecen al turista. Bare sin menús, pero con tapas. El menú es menetral, la tapa es andariega, y festiva.
Después espero a M., que llega sobre las cinco. Ese rato lo paso medio adormilado, dando cabezadas. Como ahora. La calle, tan estrecha, deja pasar el sol un breve rato. Salvo en la primera hora del mediodía hay luz, pero una sensación de amurallamiento, de reclusión. Es girar la esquina y se abre el panorama de la catedral, con su rampa directa al mar y su rio de turistas. El mar no se ve, pero se intuye en el airón que barre la calle. Del interior de la Catedral, por una pequeña ventana que da al lateral, salen palomas. Debe tratarse de alguna dependencia sin uso convertio en palomar ciego. Sus muros son blancos, con una pared de ladrillo que parece mitad caliza, mitad yeso -no sé de estas cosas y no me atrevo a nombrar el material, muy poco noble o ya muy erosionado por el viento salado del océano (pocas catedrales en el mundo tan propiamente faro, tan marineras)-, y una cúpula amarilla que de cerca se ve descascarillada pero que de lejos orientaliza Cádiz y la llena de misterio. Un misterio que cada vez menos habita en sus aceras, recorridas por turistas reglamentarios y por los oriundos, fauna nativa, de salidas un poco desconcertantes. Esa imprevisibilidad del gaditano, que remite con el tiempo, puede resultar agotadora. Es una gente de un regionalismo infecto, pero infecto, absolutamente disparatado. Todo son camisetas del equipo de fútbol local, o camisetas con leyendas alusivas a lo gaditano. Las librerias ocupan la mitad del establecimiento con la historia local. Esta gente vive en la delirante creencia de que el constitucionalismo español dice pisha. Lo carnavales, las alegrías, el comercio de indias, los galeotes, la independencia, o la evolución antropológica de la gastronomía del camarón son aspectos sobre los que uno puede encontrar fondos bibliográficos inagotables. A eso contribuye sumamente la universidad de aquí, puntera en investigación gaditana. I+D+Cai. Cádiz tiene un punto de insularidad evidente que es su atractivo y su condena.
Uno camina por sus calles y encuentra de repente a señores mayores, de aspecto o inclinación libresca, debatiendo vivamente sobre algún tema erudito y es fácil imaginar que sea local. Esa erudición corta, espesa, de lo local, que aquí parece abundar. Ciudad de cronistas, de eruditos de ayuntamiento y casino.
Son casi las cinco, Pla me trae noticias del norte. Me habla del Soho, de Normandía, contento él en su soledad de libros y viajes. Esa soledad suya, de quien contempla y piensa y escribe me resulta casi espeluznante ahora. Inhumano Pla, a ratos.
Además de los fragmentos breves de Pla, estoy viendo la serie The Wire. Un experimento sobre el género policiaco, sumamente técnico. Recuerda a lo Intocables de Elliot Ness: un cuerpo policial, una brigada o grupo, tras una organización mafiosa y entre medias la frontera de la ley. La serie se demora en explicaciones técnicas, en menudencias, en escuchas, rastreos, estrategias y en todo el laberíntico mundo de intrigas burocráticas. Me resulta simpático el personaje d McNulty, detective díscolo, policia vocacional, con muchos de los rasgos habituales de estos personajes: irlandés, divorciado, mujeriego y solitario, bebedor, independiente y dueño de un código ético propio, a menudo no coincidente con el profesional. La determinación un poco desentendida, ese arrojo despistado, recuerda a lo personajes policiacos de Newman.
Un avance de estos días raros de agosto ha sido haber terminado con cualquier afición por el deporte como espectáculo. Las noticias deportivas me generan una sensación de repulsión que no sé de dónde procede pero que me parece sanísima. Considero un éxito de mi sistema de defensas (siquiera intelectuales) esta reacción de náusea. El deporte es la estupidez suma, la más absoluta tomadura de pelo, una actividad de retrasados mentales para aletargar el ocio de la gente. El aburrimiento es una autopista metafísica hacia el suicidio o la plenitud. El deporte nos deja en punto muerto entre medias. Un lamentable pisanervios. Dejó de estar de moda hace tiempo decir que el fútbol era el opio del pueblo. Esta temporada me voy a permitir ponerme un poco retro y además de decir eso, voy a recelar de la plusvalía empresarial, de la irrsponsabilidad ética del empresario y de la usura como fundamento del sistema financiero.
lunes, 27 de julio de 2009
lunes, 27 de julio
Día sin observación, un día perdido. Debería ser obligatorio observar algo detenidamente aunque sólo fuera por una vez al día. Restituir algo a su condición de milagro, darle entidad, sacar a las cosas de su estado utilitario, de instrumento, de accidente, y observar hasta dotar de sentido. Obervando las cosas se revelan.
Leyendo a César dos cosas. Un juicio y una costumbre: Salinas y Guillén, en su opinión, los mejores poetas del veintisiete; los miércoles, al recibir la visita de su señora madre, acostarse y dejar que ella le rasque la cabeza.
Nada hay más dulce en la vida que unas manos de mujer acariciándonos el cráneo: convocado el tacto; el ruido de sus manos, de sus huellas en el interior, en la palpitación interna de nuestra cabeza, que es como una resonancia abovedada y, además, la corriente del escalofrio espina abajo, hasta el extremo de cada una de nuestras extremidades.
Una noticia sorprendete: unos chinos matan al empresario que les anunció un ERE. La versión china del ere, claro, porque la noticia es de allí. Me la leen divertido y recuerdo una similar, española, de un trabajador despedido que asesinó a su antiguo empleador. Una nueva forma de rencor laboral, de vena asesina, que parece actualizar la vieja visceralidad de la conflicitividad social y enerva la crueldad de dos de los pueblos más sanguinarios de la historia de la humanidad. Los trabajadores ya no aspiran a la conquista del capital, el poder organizativo, sino a la estabilidad. Crimen laboral como hay crimen pasional y viollencia obrera a posteriori: desmovilizada, sin argumentos y sin pretensión política. Además de la truculencia de estas noticias, uno imagina en ellas el antecedente terrible de un recrudecimiento sindical sin corpus teórico.
Apenas me informo sobre la polémica entre el gobierno y la patronal. Parece evidente que el gobierno ha encontrado un chivo expiatorio para cacarear su rancia demagogia populista. Más allá de eso, es otro ejemplo de debilitamiento institucional, pues el diáolgo social, esa especie de caricatura del encuentro empleador-empleado en torno a una mesa, está desprestigiado por obra del propio gobierno, al que parece que sólo le vale con una institución fuerte -el consejo de misnitros, claro-. Pero dicho eso, uno echa de menos también una apelación al empresario schumpeteriano, es decir: la dignificación del verdadero empresario. En España, es empresario quien emplea, y no distinguimos al empresario del innovador, al capitalista como personaje heroico del sistema económico. No sólo quien arriesga su dinero, sino el que revoluciona alguna estructura de lo social. En lugar de eso, durante décadas el empresariado español ha sido cortoplacista e ignorante. La i+d la ha de propiciar el Estado, y el Estado ha de dar un vuelco en las condiciones sociales y laborales, pero ¿y ellos? ¿qué responsabilidad moral tienen tras años de beneficios? ¿Qué responsabilidad social tienen estos lamentables señores? El marxismo es la única ideología que se interroga sobre la naturaleza económica, moral e histórica del beneficio empresarial. Sólo por eso merece respiración asistida.
Mañana comienzo mi programa de musculación. Musculación leve, a sabiendas de que lo elegante es el hueso. Lo espitirual de nosotros, lo que somos y lo que nos sobrevive, lo que dejará nuestra alma como rúbrica, lo que nos soporta y lo que nos contiene, medular, caldo concentrado de nosotros mismos, es el hueso, la osamenta. El erotismo perfecto, la maravilla, la vida plena, resistente y la muerte entrevista están en los huesos. PArte barroca de nosotros mismos. Y sin embargo, qué triste aspiración hacia la hinchazón grotesca de las fibras musculares. Como si no contentos con haber olvidado el alma por el cuerpo, ignorásemos en él la parte espiritual, escondida, consistente. Bárbaros e inanes hacia la descalcificación total y hacia la corporeización aparente de todo. Lo aparente, lo inequívoco. El fin del misterio. Quiera el señor que pase esta moda horrible de entre nosotros lo antes posible.
Cada vez encuentro más gente con cara de criminal. Eso me pasa sobre todo conduciendo. En algunos semáforos concretos llega a ser abrumadora la sensación de estar rodeado de potenciales criminales. Soy un lombrosiano convencido: hay cabezas, cráneos, mandíbulas, formas físicas que gritan el crimen y la brutalidad que llevan dentro.
Leo el diario de César buscando noticias de los A. buscando en realidad un rastro familiar de M. entre las páginas del libro. Algo de ese tiempo de tertulias y educado catolicismo intelectual, de ese señorial sosiego, busco en M.; lo busco en su belleza altiva, el brillo inteligente de sus ojos, en su incondicional independencia o en la rapidez de su juicio y conversación. Y buscando a los A. en César y en M. un reflejo del viejo articulista, me quiero encontrar yo, descolocado, nunca suficientemente aquí y nunca suficientemente en las páginas de libro alguno.
Leyendo a César dos cosas. Un juicio y una costumbre: Salinas y Guillén, en su opinión, los mejores poetas del veintisiete; los miércoles, al recibir la visita de su señora madre, acostarse y dejar que ella le rasque la cabeza.
Nada hay más dulce en la vida que unas manos de mujer acariciándonos el cráneo: convocado el tacto; el ruido de sus manos, de sus huellas en el interior, en la palpitación interna de nuestra cabeza, que es como una resonancia abovedada y, además, la corriente del escalofrio espina abajo, hasta el extremo de cada una de nuestras extremidades.
Una noticia sorprendete: unos chinos matan al empresario que les anunció un ERE. La versión china del ere, claro, porque la noticia es de allí. Me la leen divertido y recuerdo una similar, española, de un trabajador despedido que asesinó a su antiguo empleador. Una nueva forma de rencor laboral, de vena asesina, que parece actualizar la vieja visceralidad de la conflicitividad social y enerva la crueldad de dos de los pueblos más sanguinarios de la historia de la humanidad. Los trabajadores ya no aspiran a la conquista del capital, el poder organizativo, sino a la estabilidad. Crimen laboral como hay crimen pasional y viollencia obrera a posteriori: desmovilizada, sin argumentos y sin pretensión política. Además de la truculencia de estas noticias, uno imagina en ellas el antecedente terrible de un recrudecimiento sindical sin corpus teórico.
Apenas me informo sobre la polémica entre el gobierno y la patronal. Parece evidente que el gobierno ha encontrado un chivo expiatorio para cacarear su rancia demagogia populista. Más allá de eso, es otro ejemplo de debilitamiento institucional, pues el diáolgo social, esa especie de caricatura del encuentro empleador-empleado en torno a una mesa, está desprestigiado por obra del propio gobierno, al que parece que sólo le vale con una institución fuerte -el consejo de misnitros, claro-. Pero dicho eso, uno echa de menos también una apelación al empresario schumpeteriano, es decir: la dignificación del verdadero empresario. En España, es empresario quien emplea, y no distinguimos al empresario del innovador, al capitalista como personaje heroico del sistema económico. No sólo quien arriesga su dinero, sino el que revoluciona alguna estructura de lo social. En lugar de eso, durante décadas el empresariado español ha sido cortoplacista e ignorante. La i+d la ha de propiciar el Estado, y el Estado ha de dar un vuelco en las condiciones sociales y laborales, pero ¿y ellos? ¿qué responsabilidad moral tienen tras años de beneficios? ¿Qué responsabilidad social tienen estos lamentables señores? El marxismo es la única ideología que se interroga sobre la naturaleza económica, moral e histórica del beneficio empresarial. Sólo por eso merece respiración asistida.
Mañana comienzo mi programa de musculación. Musculación leve, a sabiendas de que lo elegante es el hueso. Lo espitirual de nosotros, lo que somos y lo que nos sobrevive, lo que dejará nuestra alma como rúbrica, lo que nos soporta y lo que nos contiene, medular, caldo concentrado de nosotros mismos, es el hueso, la osamenta. El erotismo perfecto, la maravilla, la vida plena, resistente y la muerte entrevista están en los huesos. PArte barroca de nosotros mismos. Y sin embargo, qué triste aspiración hacia la hinchazón grotesca de las fibras musculares. Como si no contentos con haber olvidado el alma por el cuerpo, ignorásemos en él la parte espiritual, escondida, consistente. Bárbaros e inanes hacia la descalcificación total y hacia la corporeización aparente de todo. Lo aparente, lo inequívoco. El fin del misterio. Quiera el señor que pase esta moda horrible de entre nosotros lo antes posible.
Cada vez encuentro más gente con cara de criminal. Eso me pasa sobre todo conduciendo. En algunos semáforos concretos llega a ser abrumadora la sensación de estar rodeado de potenciales criminales. Soy un lombrosiano convencido: hay cabezas, cráneos, mandíbulas, formas físicas que gritan el crimen y la brutalidad que llevan dentro.
Leo el diario de César buscando noticias de los A. buscando en realidad un rastro familiar de M. entre las páginas del libro. Algo de ese tiempo de tertulias y educado catolicismo intelectual, de ese señorial sosiego, busco en M.; lo busco en su belleza altiva, el brillo inteligente de sus ojos, en su incondicional independencia o en la rapidez de su juicio y conversación. Y buscando a los A. en César y en M. un reflejo del viejo articulista, me quiero encontrar yo, descolocado, nunca suficientemente aquí y nunca suficientemente en las páginas de libro alguno.
miércoles, 22 de julio de 2009
miércoles, 22 de junio
Día calurosísimo hoy, y aún lo será más mañana. Esta noche me desperté sudando, irritado. Me costó volver a dormir. Desperté pronto, a las seis y pico, con la radio puesta, la cope sin Losantos, y me llegó a molestar la zafia simplicidad del locutor suplente. Al menos su voz me era familiar y eso es lo que busca uno en la radio.
En el trabajo, absentismo de F. P. me invita a los toros, y rechazo la invitación con excusas agradecido íntimamente porque con él sólo he tenido disputas y el gesto parece una señal de amistad. Algo en él me es profundamente simpático: su risa de hiena, su humor tan valenciano, incluso la desconcertante manera en que invade el espacio físico ajeno para conversar. Probablemente no haya nada de eso y sólo sea su manera de premiar mi caballerosa solicitud, que él debe pensar extraordinaria. Puede que tenga un estocolmo galopante.
B. corre demasiado, está echando cara de biafreño. Cuando ríe -a B. yo le hago reir, como a una novia- se le desencaja la cara y parece que le cuesta un enorme esfuerzo.
Estrepitosa beldad local. Mujeres terribles, con un índice elevadísimo de madres solteras. Ellas son infinitamente más inteligentes que ellos, morones, estúpidos, garañones sin carácter.
En el coche, a la vuelta, me llego a dormir por una fracción de segundo. Paso la tarde dormitando, corro y abro después los diarios de César. Interesante distinción entre la rebeldía y la sumisión. La primera genera un temperamento rupturista, romántico, patético; la segunda un cinismo acomodaticio, un clasicismo. Visto así no tengo ninguna duda de que mis ardores románticos son cosa de adolescencia, pero no puedo dejar de pensar en la fuerza conflicitiva de la convivencia pactada con lo que sólo soportamos, la soterrada protesta, el cinismo que se vuelve, no sólo contra lo ajeno, sino contra nosotros mismos. El temperamento rebelde es joven y vanidoso. El cínico me parece descreido y carente de la vanidad mínima para ir haciendo el lord byron por la vida. Este cinismo clásico se adapta al mundo y lucha contra sí. El otro, el petulante rebelde, trata de moldear nuevas formas y en ello se reafirma.
Fichaje excelente en fútbol: Granero. Una de las cosas que podemos decir de él es que juega bien lento, o al menos, a menor velocidad. La extremada rapidez de los atletas como Ronaldo me resulta artificial y poco estética. El fútbol bien jugado, si es lento muscularmente y rápido mentalmente, es mucho más gozoso. Es como en los toros o en el cante: a lo profundo se llega por lo lento.
En el trabajo, absentismo de F. P. me invita a los toros, y rechazo la invitación con excusas agradecido íntimamente porque con él sólo he tenido disputas y el gesto parece una señal de amistad. Algo en él me es profundamente simpático: su risa de hiena, su humor tan valenciano, incluso la desconcertante manera en que invade el espacio físico ajeno para conversar. Probablemente no haya nada de eso y sólo sea su manera de premiar mi caballerosa solicitud, que él debe pensar extraordinaria. Puede que tenga un estocolmo galopante.
B. corre demasiado, está echando cara de biafreño. Cuando ríe -a B. yo le hago reir, como a una novia- se le desencaja la cara y parece que le cuesta un enorme esfuerzo.
Estrepitosa beldad local. Mujeres terribles, con un índice elevadísimo de madres solteras. Ellas son infinitamente más inteligentes que ellos, morones, estúpidos, garañones sin carácter.
En el coche, a la vuelta, me llego a dormir por una fracción de segundo. Paso la tarde dormitando, corro y abro después los diarios de César. Interesante distinción entre la rebeldía y la sumisión. La primera genera un temperamento rupturista, romántico, patético; la segunda un cinismo acomodaticio, un clasicismo. Visto así no tengo ninguna duda de que mis ardores románticos son cosa de adolescencia, pero no puedo dejar de pensar en la fuerza conflicitiva de la convivencia pactada con lo que sólo soportamos, la soterrada protesta, el cinismo que se vuelve, no sólo contra lo ajeno, sino contra nosotros mismos. El temperamento rebelde es joven y vanidoso. El cínico me parece descreido y carente de la vanidad mínima para ir haciendo el lord byron por la vida. Este cinismo clásico se adapta al mundo y lucha contra sí. El otro, el petulante rebelde, trata de moldear nuevas formas y en ello se reafirma.
Fichaje excelente en fútbol: Granero. Una de las cosas que podemos decir de él es que juega bien lento, o al menos, a menor velocidad. La extremada rapidez de los atletas como Ronaldo me resulta artificial y poco estética. El fútbol bien jugado, si es lento muscularmente y rápido mentalmente, es mucho más gozoso. Es como en los toros o en el cante: a lo profundo se llega por lo lento.
martes, 21 de julio de 2009
martes, 21 de junio
Hoy me han cambiado la rutina. "Le han cambiado el ritual", le ha dicho mi madre a mi hermano contándoselo. Pues sí, me han cambiado la rutina y ¡qué maravilloso sería poder hacerlo en todas las cosas de la vida! Harto de las mismas incesantes repeticiones, aspirante a cachoide -cachas no: cachoide- a la deriva, madrugador furioso, gimnasta con legañas, ex-tirillas, tímido con mancuernas, voy al gimnasio y el monitor, dueño de la sabiduría muscular, me cambia el rumbo. Si con solo pedirlo se pudiesen cambiar todas nuestras rutinas...
Es muy significativo que a la serie repetida de ejercicios se le llame, sin más, rutina. La rutina remite a la repetición maquinal de las cosas. Repetir sin pensar, sin propósito, de forma automática. Eso es, no más. Se trata de una práctica deportiva que nos vacía, en la que hay poquísima técnica, ninguna habilidad. Fantasmas madrugadores se dirigen al gimnasio al amanecer, el yo suspendido, la mente en blanco, uno, dos, tres... Es fabuloso el gimnasio, es tedioso, nihilista, filosófico, resistirlo supone tener la fuerza mental de un titán.
(Escucho a Weather Report, el bajo de Pastorius y los acordes interestelares de Zawinul son el antecedente del mundo en que vivimos: atardeceres entrando a la urbe por rondas repletas de coches, cruces infinitos de llamadas, conexiones incesantes, miles, millones de vínculos. Estamos viviendo en un estado de euforia. Es un crimen no sentirse emocionado cada vez que salimos a la calle. El resplandor de la pantalla de internet, la conectividad, la necesidad de palparnos, de sentirnos cerca. Qué triunfante manera de huir de la soledad y de la cárcel del yo. ¡Por fin! ¡Soy un moderno! El mundo es bueno, el mundo está bien hecho y vamos por buen camino).
Al entrar en el gimnasio, entre una nube tóxica de sudores y mil gemidos contrapuestos, cluster de gemidos, y aaah, oooos, uus, estertores de animalidad de los levantapesos, me he dirigido al monitor, con toda la educación de la que soy capaz, para que me configurase una nueva serie de ejercicios. Al explicarle mi situación y antecedentes, ha agarrado un folio, una plantilla, y sobre ella, en unos minutos que se me han hecho largos, ha ido apuntando, con trazo nervioso, como si soltase pinceladas en un lienzo, los ejercicios, combinando curls, poleas, aparatos, series, repeticiones... y yo diría que en ese rato el monitor estaba siendo creativo y, además, estaba haciendo alarde de ello. Como un cocinero que ante los fogones se agarrase las sienes con gesto de metafísico. Igual. Vivimos una época muy creativa.
Después he paseado por el centro. He comprado tres libros por quince euros: Bebidas y excitantes, de Braudel, para beber con conocimiento de causa, por fin. Una novela de la colección Pueyo de novelas selectas: El sino de los campanales, de Mª Teresa Sesé, que tiene pinta de ser una novela romántica de las de folletín de toda la vida. El libro está polvoriento, deshecho, y será un problema leerlo porque el papel deteriorado me da esa sensación que no sé nombrar y que es el equivalente táctil de la dentera. He de decir que leída la primera página, la prosa de la autora, sin duda recargada y propensa al sentimentalismo kitsch, no me ha disgustado. Creo que la novela me gustará. Hace tiempo que no leo nada que no tenga renombre. Me apetece leer por el puro placer de ejercitar la fantasía. ¿Y cuántas series de qué aparatos he de hacer para que la imaginación se me entumezca?
El libro más caro de la terna ha sido la Iconografía romántica del mar, de W. H. Auden. Lo he visto en el escaparate y me he lanzado en plancha a por él. No hacía falta quizás tanta vehemencia, porque el libro tenía pinta de hacer de maniquí durante un par de temporadas. Qué éxtraños los libros en los escaparates, por cierto. Unos tumbados, otros de pie, como luciendo cacha. No sé por qué me acuerdo de un bocadillo de la revista cuore en el que tras algún diseñador famoso había una fila entera de modelos idénticas, delgadísimas, como una fila de coristas de revista. Una de ellas, erguida, sonriente, esquelética, decía algo y otra compañera le contestaba: "¡Calla! Somos inanimadas". De entre las filas de libros sometidos a la humillación de la pública exposición, del reclamo vertical, me he quedado con el mencionado por un par de razones: la primera, por ser de Auden; la segunda, por está editado por la UNAM, la universidad mexicana, en su exquisita colección de poemas y ensayos. He hojeado el libro, muy brevemente, y he vuelto a encontrarme con una característica del Auden ensayista: la esquematización. Habría de leerlo antes de opinar, pero esa tendencia a la exposición ordenada de las ideas, numerando las mismas, me alarma un poco en alguien como él, "poeta de la inteligencia", que convirtió siempre su extremada inteligencia en misterio en sus poemas. Cualidad rara de transformar la claridad en sombras sugerentes, en ese claroscuro lleno de revelaciones -y para la revelación es necesario el desvelamiento-.
Contento con mi compra he caminado por el centro de Valencia, unas calles atestadas de turistas extranjeras. Demasiadas, para mi gusto. Pienso que todo ecosistema tiene sus equilibrios y si la introducción en la huerta valenciana de un cocodrilo amazónico puede socavar su armonía, su orden natural, la presencia en nuestras calles de centenares de rusas, eslavas, italianas, francesas y americanas sobrealimentadas puede suponer una crisis ecológica sin precedentes. Devuélvannos, políticos comunitarios, a nuestro viejo mundo de españolas. Jamás he creido en los efectos beneficiosos del programa Erasmus.
Caminando por allí he sentido, de forma muy relacionada con lo anterior, lo que el centro de esta ciudad, y de todas, tiene de hueco. La historia, la movilización de la inteligencia y la bohemia local, el gentío, todo parece indicar que está lleno de vida, pero no es vida, es puro tránsito. La vida está en la periferia. El centro es un queso de gruyere lleno de argentinos. Esos argentinos que se han adueñado de todos nuestros cascos antiguos abriendo inverosímiles pizzerías.
En uno de las derivaciones de mi paseo he llegado a calles más tranquilas y he visto lo que considero la flor urbana del tedio, la maravilla de todo barrio, el primer negocio del niño, la licorería de los infantes, ¡el kiosco! Qué indeciblemente tristes son los kioscos de barrio por las tardes. Sus chucherías cercanas al dueño, que no las rapiñen, sus remeros vacios de periódicos -sólo quedan los catalanes-, sus cartones de coleccionables, esos fenómenos editoriales análogos al gimnasio, el inconfundible olor a trastienda, a azúcar de las golosinas y papel. El kiosquero está en contacto con la pura vida por la mañana, después espera a los niños, glucémicos perdidos cada tarde -pregunto: los niños que follan a los trece años, ¿toman también golosinas? ¿Se toman una nube y una fresa ácida o un regaliz tras el polvo?-o al comprador de colecciones, esos coleccionistas aficionados. Triste la vida del kiosquero, a menudo anciano o cincuentón, y mejor así, porque qué desesperada la mirada del kiosquero joven. El quiosquero participa del hastío del taxista, pero ni siquiera tiene el tráfico. ¿Alguna vez ha visto alguien leer el periódico a un kiosquero? Lo bueno que tienen, su venganza, es que conocen el cariz ideológico de cada vecino.
A la vuelta un taxi:
-A la Plaza X., por favor
-Cagando leches!
Silbando me iba narrando el taxista -un viejo andaluz, cómo no- cada maniobra al volante. Increpando a los demás conductores mientras silbaba, entre improperio e improperio -fudamentalmente destinados a las mujeres- una tonadilla aclopada que a veces musitaba sin llegar a cantar. Ha disfrutado del trayecto, compitiendo con otros taxistas, jugando a superar los semáforos en ámbar -concatenar varios semáforos en verde tiene esa cosa euforizante de las tragaperras cuando tocan y debe de ser una de las pocas emociones del taxista-. El taxista apasionado me ha dejado en casa y nos hemos despedido efusivamente.
Se me hace tarde, pero he de decir que Forges es lo único que miro con ganas dle periódico. Sectario, oportunista y mil cosas más, pero su serie de blasillos peripeinados, pijos y políticos autonómicos de este verano es memorable. Su actualización de la figura del egipcio es la cosa que de mejor humor me pone en estos momentos. Esa mano hipertrofiada o saliente por la espalda es una genialidad.
Es muy significativo que a la serie repetida de ejercicios se le llame, sin más, rutina. La rutina remite a la repetición maquinal de las cosas. Repetir sin pensar, sin propósito, de forma automática. Eso es, no más. Se trata de una práctica deportiva que nos vacía, en la que hay poquísima técnica, ninguna habilidad. Fantasmas madrugadores se dirigen al gimnasio al amanecer, el yo suspendido, la mente en blanco, uno, dos, tres... Es fabuloso el gimnasio, es tedioso, nihilista, filosófico, resistirlo supone tener la fuerza mental de un titán.
(Escucho a Weather Report, el bajo de Pastorius y los acordes interestelares de Zawinul son el antecedente del mundo en que vivimos: atardeceres entrando a la urbe por rondas repletas de coches, cruces infinitos de llamadas, conexiones incesantes, miles, millones de vínculos. Estamos viviendo en un estado de euforia. Es un crimen no sentirse emocionado cada vez que salimos a la calle. El resplandor de la pantalla de internet, la conectividad, la necesidad de palparnos, de sentirnos cerca. Qué triunfante manera de huir de la soledad y de la cárcel del yo. ¡Por fin! ¡Soy un moderno! El mundo es bueno, el mundo está bien hecho y vamos por buen camino).
Al entrar en el gimnasio, entre una nube tóxica de sudores y mil gemidos contrapuestos, cluster de gemidos, y aaah, oooos, uus, estertores de animalidad de los levantapesos, me he dirigido al monitor, con toda la educación de la que soy capaz, para que me configurase una nueva serie de ejercicios. Al explicarle mi situación y antecedentes, ha agarrado un folio, una plantilla, y sobre ella, en unos minutos que se me han hecho largos, ha ido apuntando, con trazo nervioso, como si soltase pinceladas en un lienzo, los ejercicios, combinando curls, poleas, aparatos, series, repeticiones... y yo diría que en ese rato el monitor estaba siendo creativo y, además, estaba haciendo alarde de ello. Como un cocinero que ante los fogones se agarrase las sienes con gesto de metafísico. Igual. Vivimos una época muy creativa.
Después he paseado por el centro. He comprado tres libros por quince euros: Bebidas y excitantes, de Braudel, para beber con conocimiento de causa, por fin. Una novela de la colección Pueyo de novelas selectas: El sino de los campanales, de Mª Teresa Sesé, que tiene pinta de ser una novela romántica de las de folletín de toda la vida. El libro está polvoriento, deshecho, y será un problema leerlo porque el papel deteriorado me da esa sensación que no sé nombrar y que es el equivalente táctil de la dentera. He de decir que leída la primera página, la prosa de la autora, sin duda recargada y propensa al sentimentalismo kitsch, no me ha disgustado. Creo que la novela me gustará. Hace tiempo que no leo nada que no tenga renombre. Me apetece leer por el puro placer de ejercitar la fantasía. ¿Y cuántas series de qué aparatos he de hacer para que la imaginación se me entumezca?
El libro más caro de la terna ha sido la Iconografía romántica del mar, de W. H. Auden. Lo he visto en el escaparate y me he lanzado en plancha a por él. No hacía falta quizás tanta vehemencia, porque el libro tenía pinta de hacer de maniquí durante un par de temporadas. Qué éxtraños los libros en los escaparates, por cierto. Unos tumbados, otros de pie, como luciendo cacha. No sé por qué me acuerdo de un bocadillo de la revista cuore en el que tras algún diseñador famoso había una fila entera de modelos idénticas, delgadísimas, como una fila de coristas de revista. Una de ellas, erguida, sonriente, esquelética, decía algo y otra compañera le contestaba: "¡Calla! Somos inanimadas". De entre las filas de libros sometidos a la humillación de la pública exposición, del reclamo vertical, me he quedado con el mencionado por un par de razones: la primera, por ser de Auden; la segunda, por está editado por la UNAM, la universidad mexicana, en su exquisita colección de poemas y ensayos. He hojeado el libro, muy brevemente, y he vuelto a encontrarme con una característica del Auden ensayista: la esquematización. Habría de leerlo antes de opinar, pero esa tendencia a la exposición ordenada de las ideas, numerando las mismas, me alarma un poco en alguien como él, "poeta de la inteligencia", que convirtió siempre su extremada inteligencia en misterio en sus poemas. Cualidad rara de transformar la claridad en sombras sugerentes, en ese claroscuro lleno de revelaciones -y para la revelación es necesario el desvelamiento-.
Contento con mi compra he caminado por el centro de Valencia, unas calles atestadas de turistas extranjeras. Demasiadas, para mi gusto. Pienso que todo ecosistema tiene sus equilibrios y si la introducción en la huerta valenciana de un cocodrilo amazónico puede socavar su armonía, su orden natural, la presencia en nuestras calles de centenares de rusas, eslavas, italianas, francesas y americanas sobrealimentadas puede suponer una crisis ecológica sin precedentes. Devuélvannos, políticos comunitarios, a nuestro viejo mundo de españolas. Jamás he creido en los efectos beneficiosos del programa Erasmus.
Caminando por allí he sentido, de forma muy relacionada con lo anterior, lo que el centro de esta ciudad, y de todas, tiene de hueco. La historia, la movilización de la inteligencia y la bohemia local, el gentío, todo parece indicar que está lleno de vida, pero no es vida, es puro tránsito. La vida está en la periferia. El centro es un queso de gruyere lleno de argentinos. Esos argentinos que se han adueñado de todos nuestros cascos antiguos abriendo inverosímiles pizzerías.
En uno de las derivaciones de mi paseo he llegado a calles más tranquilas y he visto lo que considero la flor urbana del tedio, la maravilla de todo barrio, el primer negocio del niño, la licorería de los infantes, ¡el kiosco! Qué indeciblemente tristes son los kioscos de barrio por las tardes. Sus chucherías cercanas al dueño, que no las rapiñen, sus remeros vacios de periódicos -sólo quedan los catalanes-, sus cartones de coleccionables, esos fenómenos editoriales análogos al gimnasio, el inconfundible olor a trastienda, a azúcar de las golosinas y papel. El kiosquero está en contacto con la pura vida por la mañana, después espera a los niños, glucémicos perdidos cada tarde -pregunto: los niños que follan a los trece años, ¿toman también golosinas? ¿Se toman una nube y una fresa ácida o un regaliz tras el polvo?-o al comprador de colecciones, esos coleccionistas aficionados. Triste la vida del kiosquero, a menudo anciano o cincuentón, y mejor así, porque qué desesperada la mirada del kiosquero joven. El quiosquero participa del hastío del taxista, pero ni siquiera tiene el tráfico. ¿Alguna vez ha visto alguien leer el periódico a un kiosquero? Lo bueno que tienen, su venganza, es que conocen el cariz ideológico de cada vecino.
A la vuelta un taxi:
-A la Plaza X., por favor
-Cagando leches!
Silbando me iba narrando el taxista -un viejo andaluz, cómo no- cada maniobra al volante. Increpando a los demás conductores mientras silbaba, entre improperio e improperio -fudamentalmente destinados a las mujeres- una tonadilla aclopada que a veces musitaba sin llegar a cantar. Ha disfrutado del trayecto, compitiendo con otros taxistas, jugando a superar los semáforos en ámbar -concatenar varios semáforos en verde tiene esa cosa euforizante de las tragaperras cuando tocan y debe de ser una de las pocas emociones del taxista-. El taxista apasionado me ha dejado en casa y nos hemos despedido efusivamente.
Se me hace tarde, pero he de decir que Forges es lo único que miro con ganas dle periódico. Sectario, oportunista y mil cosas más, pero su serie de blasillos peripeinados, pijos y políticos autonómicos de este verano es memorable. Su actualización de la figura del egipcio es la cosa que de mejor humor me pone en estos momentos. Esa mano hipertrofiada o saliente por la espalda es una genialidad.
domingo, 19 de julio de 2009
Diario íntimo
Me despierto relativamente pronto hoy. A las once estoy leyendo en el balcón. La mañana, fina, permite divisar con claridad las montañas más allá del Puig. El aire es tónico, agradable y hay un rumor animado que no sé sabe muy bien de dónde viene. Pasa una hora y no se ve un alma y ni siquiera los pájaros se escuchan. Las palomas, señoronas de la calle, he descubierto hace poco que son tórtolas africanas. Me lo dijo J., que es hombre de raros saberes. Las tórtolas africanas, cenicientas y con un buche burgúes, ya no me resultan tan antipáticas desde que sé que tienen su origen en África. Donde yo veía hegemonía, ahora veo un triste exilio y la leve repulsión que me producían ahora se ha tornado en interés. Las miro y me las imagino volando sobre desiertos, posadas en techos de blancos edificios, habitantes precarias de parajes exóticos y me pregunto la causa de su migración y admiro cómo se han hecho fuertes en este entorno de balcones, farolas y árboles municipales. Perdido en mis ensoñaciones de ignorante sumo me fijo en el edificio de la Conselleria de Sanitat, de cubos blancos y encalados y en la nueva torre que han levantado muy cerca, en la rotonda de la salida a Barcelona. Observo la torre, perplejo, sin adivinar ni remotamente las intenciones del arquitecto. Se trata de una gran columna rematada por un breve mirador acristalado. Por detrás de la columna sube un ascensor. No le veo el sentido como no sea el de servir de atalaya desde donde observar el vasto complejo universitario. Mi africanismo dominguero y la proximidad del edificio oficial, refulgente como una joya de Tánger, me permiten imaginar la inverosímil torre como un minarete civil. Zumba el sol, una leve brisa mueve las hojas y un par de tórtolas (¡africanas!) llegan como trayéndome noticias de muy lejos.
domingo, 19 de julio
Noche de jazz ayer en Torrente. La organización del Festival ha escogido este año el marco del Parque Trénor, un esmirriado huerto a las afueras de la ciudad. Un lugar más sugerente, desde luego, que la trasera del Auditorio Municipal, donde hasta este año venían colocando "a los del jazz". En un jardincillo han levantado el escenario -detrás, metafórico, un enorme edificio de viviendas en construcción- y han colocado la habitual barra verbenera. El jazz en España es una cosa estival, de temporada. Debiera ser de club, urbano, diario, de entresuelo -con ese aire de covacha y clandestinidad que tienen los entresuelos-, un sitio donde llegar después del trabajo, aflojarse la corbata y disfrutar de una copa escuchando la música que nos gusta. El jazz nos ha protegido tantos años de la horterada reinante que escucharlo, aunque ya nos sepamos de memoria las melodías y los solos nos sorprendan tan poco como las réplicas de una larga pareja, tiene un efecto de bálsamo, de orden, de contento con uno mismo. El jazz es un viejo amigo y un lugar de humor, sentimentalidad y nostalgia. Un refugio. Cuando es vibrante y nuevo, es además un arte subversivo, estimulante, que nos revoluciona. Nos conmina, nos exalta, nos... nos hace ir a perdir otra copa.
El interés de anoche estaba en ver a Phil Woods. Llegó el maestro con un tocado informal: gorra deportiva blanca -entre el público un señor sesentón lucía, me imagino que en homenaje, su clásica gorra negra de marinero- y una formación de quinteto: una sección rítmica europea y la compañía de Jesse Davis, saxofonista bopper de Nueva Orleans, con el que se doblaba y dialogaba constantemente. Davis parecía músico, ahijado y mozo de espadas. Le ayudaba a subir y bajar del escenario con el cuidado de un hijo, y subrayaba, pelota, cada ocurrencia del maestro. El denso y clásico sonido negro de Davis contrastaba un poco con la suavidad académica de los músicos europeos, como siempre más matizada. Personalmente, disfruté sobre todo del pianista, un francés cuyo nombre no recuerdo. Mi desinterés por las cosas es tal que ni agarré el folleto. Davis me gustó en These foolish things. En esa melodia hay un caudal de sensualidad que supo liberar en una frase de su solo: el patrimonio de una pareja, las claves de una historia de amor. Me sorprendió mucho que en ese instante, cuando tan fácil es deslizar la mano hacia la pareja -triste de mí, al que siempre le pillan solo estos momentos- un señor de la fila anterior aprovechase para acercar la silla a la de su hijo, un muchacho de flequillo irritante, y comenzase a abrazarle, acariciarle, y hacerle arrumacos. Lirismo paternofilial, supongo.
Una historia de amor es cierta cuando al sonar este tema aparece en nuestra mente. Si al sonar these foolish things no aparece en carrusel por nuestros ojos es que no es tal. Una historia de amor empieza a serlo cuando tiene un pasado a cuestas. Sus gestos, los instantes de primer entendimiento, los viajes, las atroces despedidas, la ropa revuelta, las copas charlando hasta altas horas, el descubrimiento, su mirada sorprendiéndome, las primeras lágrimas... Afortunadamente, theese foolish things sólo hubo uno, así que no fue necesario emborracharse.
La elección de temas fue, como siempre en Woods, magistral: In your own sweet way, willop weep for me, If I should lose you... Humor en la bateria, riqueza de ideas en el pianista, el sonido seco y antiguo del contrabajo y la energia a veces un poco obvia de Davis. Phil descansó en un par de temas, tocó poco y recurrió al empaste de voces con Davis. Pese a todo, dejó testimonio de su imperecedero swing y de la nobleza elegante de su sonido. Su música sigue siendo bop, pero, claro está, cerca de ser octogenario a su bop se le ha ido cayendo el hard de sus tiempos con Farrell, esa dureza un poco esquizoide. El bop es nervioso, el hard lo llena de aristas, lo hace metálico, lo endurece cuando no lo simplifica. Lo que hacen ahora supongo que debería llamarse softbop. Personalmente, no podré olvidar la primera vez que le escuché en el cuarteto con Galper. Su concierto de homenaje a Parker en no sé qué auditorio, ha sido una de las cosas más maravillosas que he escuchado. Woods toca lo que me gusta y del modo en que me gusta. Es uno de mis músicos favoritos. Sentí algo de lástima por la manera fria en que el público le despidió, porque es evidente que no volverá por aquí y podriamos haberle agradecido cincuenta años de jazz con algo más de efusividad. La timidez y el deseo de no molestar al anciano admirado me hizo evitar buscar el autógrafo o el saludo. Me fui lleno de gratitud y eso me basta. Tengo la conciencia tranquila y ya he visto su saxo alto ladeado, la ligera inclinación, la asombrosa facilidad, su sabia dicción...
Este Festival de Torrente se está pareciendo peligrosamente al Festival de cine de San Sebastián, que se especializó en homejaear viejas glorias que iban marchando al otro barrio nada mas pasar por allí. Woods se acordó, con involuntario humor, de Griffin, su gran compañero, que se despidió del jazz precisamente en Torrente. Aquí, ante este público doctoral, desapasionado y en chanclas, auditorio un poco lúgubre.
El interés de anoche estaba en ver a Phil Woods. Llegó el maestro con un tocado informal: gorra deportiva blanca -entre el público un señor sesentón lucía, me imagino que en homenaje, su clásica gorra negra de marinero- y una formación de quinteto: una sección rítmica europea y la compañía de Jesse Davis, saxofonista bopper de Nueva Orleans, con el que se doblaba y dialogaba constantemente. Davis parecía músico, ahijado y mozo de espadas. Le ayudaba a subir y bajar del escenario con el cuidado de un hijo, y subrayaba, pelota, cada ocurrencia del maestro. El denso y clásico sonido negro de Davis contrastaba un poco con la suavidad académica de los músicos europeos, como siempre más matizada. Personalmente, disfruté sobre todo del pianista, un francés cuyo nombre no recuerdo. Mi desinterés por las cosas es tal que ni agarré el folleto. Davis me gustó en These foolish things. En esa melodia hay un caudal de sensualidad que supo liberar en una frase de su solo: el patrimonio de una pareja, las claves de una historia de amor. Me sorprendió mucho que en ese instante, cuando tan fácil es deslizar la mano hacia la pareja -triste de mí, al que siempre le pillan solo estos momentos- un señor de la fila anterior aprovechase para acercar la silla a la de su hijo, un muchacho de flequillo irritante, y comenzase a abrazarle, acariciarle, y hacerle arrumacos. Lirismo paternofilial, supongo.
Una historia de amor es cierta cuando al sonar este tema aparece en nuestra mente. Si al sonar these foolish things no aparece en carrusel por nuestros ojos es que no es tal. Una historia de amor empieza a serlo cuando tiene un pasado a cuestas. Sus gestos, los instantes de primer entendimiento, los viajes, las atroces despedidas, la ropa revuelta, las copas charlando hasta altas horas, el descubrimiento, su mirada sorprendiéndome, las primeras lágrimas... Afortunadamente, theese foolish things sólo hubo uno, así que no fue necesario emborracharse.
La elección de temas fue, como siempre en Woods, magistral: In your own sweet way, willop weep for me, If I should lose you... Humor en la bateria, riqueza de ideas en el pianista, el sonido seco y antiguo del contrabajo y la energia a veces un poco obvia de Davis. Phil descansó en un par de temas, tocó poco y recurrió al empaste de voces con Davis. Pese a todo, dejó testimonio de su imperecedero swing y de la nobleza elegante de su sonido. Su música sigue siendo bop, pero, claro está, cerca de ser octogenario a su bop se le ha ido cayendo el hard de sus tiempos con Farrell, esa dureza un poco esquizoide. El bop es nervioso, el hard lo llena de aristas, lo hace metálico, lo endurece cuando no lo simplifica. Lo que hacen ahora supongo que debería llamarse softbop. Personalmente, no podré olvidar la primera vez que le escuché en el cuarteto con Galper. Su concierto de homenaje a Parker en no sé qué auditorio, ha sido una de las cosas más maravillosas que he escuchado. Woods toca lo que me gusta y del modo en que me gusta. Es uno de mis músicos favoritos. Sentí algo de lástima por la manera fria en que el público le despidió, porque es evidente que no volverá por aquí y podriamos haberle agradecido cincuenta años de jazz con algo más de efusividad. La timidez y el deseo de no molestar al anciano admirado me hizo evitar buscar el autógrafo o el saludo. Me fui lleno de gratitud y eso me basta. Tengo la conciencia tranquila y ya he visto su saxo alto ladeado, la ligera inclinación, la asombrosa facilidad, su sabia dicción...
Este Festival de Torrente se está pareciendo peligrosamente al Festival de cine de San Sebastián, que se especializó en homejaear viejas glorias que iban marchando al otro barrio nada mas pasar por allí. Woods se acordó, con involuntario humor, de Griffin, su gran compañero, que se despidió del jazz precisamente en Torrente. Aquí, ante este público doctoral, desapasionado y en chanclas, auditorio un poco lúgubre.
jueves, 16 de julio de 2009
jueve, 16 de julio
Tedio en el gimnasio por la mañana. Si hago diez ejercicios y en cada uno ellos hay cuatro sesiones de quince, estoy haciendo 600 movimientos absurdos, puras contracciones sin más motivo que la hinchazón muscular. Estoy empezando a plantearme contar hasta seiscientos, en lugar de ir contando hasta quince cada vez. Quince parece la unidad de esfuerzo, la unidad mínima de voluntad. "A mí los esfuerzos me duran quince", se podría decir. Organice como organice mi rutina gimnástica, lo cierto es que tengo que contraer algo de mí mismo seiscientas veces, no importa cómo. Quizás el secreto esté en los espejos. Todos los gimnasios están rodeados de espejos. UN gimnasio sin espejos es como una estación sin bancos o un ministerio sin pasillos. Los espejos son fundamentales para disfrutar de esas seiscientas movilizaciones del amor propio. Los que disfrutan de eso son quienes mientras lo hacen se observan. ¡Qué caras de arrobo sorprendo yo en algunos! ¡Cómo se miran mientras se ejercitan! Ahí tengo que llegar, a darme placer visual a mí mismo. Total, llevo más de media vida dándome placer manual...
Un paso más allá en el gimnasio es el del exhibicionista auditivo. Hay varias clases de público: los infelices, como es mi caso, que estamos siempre como de forma provisional, como invitados, ajenos y tímidos, a prueba; están los narcisistas antes mencionados y el paso más allá hacia el delirio es el de los escandalosos que gimen a gritos. El gimnasio tiene una cosa muy desagradable: su machismo primario. Se percibe en las formas primitivas de saludo -gruñidos, levantamientos de brazo, un cabeceo nervioso- que entre si se dispensan, y, sobre todo, en el culto a la fuerza bruta. Las actividades que se desarrollan en el gimnasio no exigen ninguna habilidad técnica, ninguna gracia. Es la pura fuerza. Somos unos Perurenas, pero sin el ancestral entorno bucólico de los caserios. Levantadores sin historia, sin cultura. Ese elemento puramente machista llega al paroxismo con los individuos que gimen a gritos. Sin ningún pudor se lanzan a representar sus orgasmos. De una manera evidente están diciendo: así follo, y estas mancuernas de aquí al lado podrían ser perfectamente las extremidades inferiores de mi señora esposa. Es desagradabilísimo.
Tan absurdamente y limitadoramente viril es el ambiente del gimnasio que las mujeres, pocas, que van, destacan por su gracia y silencio. No hablan, no se pasean, no se eternizan en la contemplación de si mismas, no se apostan en un aparato como si fuera una garita. Las ve uno pasar, estilizadas y serenas, deslizándose discretas como monjas con la mirada algo perdida, al frente, concentradas, ausentes, y resultan más delicadas, atractivas y misteriosas que nunca.
Del resto del día, quizás lo más destacado haya sido el señor con el que he hecho cola en la tienda de telefonía. Un individuo a punto de ser anciano, de media estatura, delgado, vestido con unos zapatos veraniegos de rejillas, pantalón pìtillo de algodón oscuro y camiseta negra, metida por dentro, con una leyenda en inglés. Como diría Boris, estilo bling-bling en su esclava dorada, sus anillos y el reló. Bigotillo corto, años cincuenta, leves patillas y tupé. El señor hablaba con otra señora conocida de él que también aguardaba en la antesala. El hombre, al poco de verla y saludarla, ha comenzado a hablar en voz demasiado alta. Ha dado detallas de la familia de ella, ha llamado gilipollas a no sé quién, ha lanzado condenas morales -esa manera de criticar que es única-, ha relacionado sus gastos del último mes y algunas de sus proezas económicas y se ha permitido criticar el servicio de la tienda, todo ello con un sentido prodigioso de la desfachatez. Su acento era andaluz y regresaba de Francia. Ese inconfundible acento andaluz del emigrante. Andaluz con la gracia perdida, endurecido y algo añejo. He conocido algunos emigrantes andaluces en Francia y siempre me ha llamado la atención su condición anacrónica. Parecen haberse quedado embalsamados en los años sesenta. Se llevaron su España de entonces puesta, le rindieron culto como se le rinde a una reliquia y no adoptaron ni un ademán del país vecino. Contumazmente españoles. Porque quien vive en Francia, a poco que se integre, echa cara de francés. Quien se hace francés lo deja notar en sus facciones. La educación, la "burocracia cultural" deja huella de civilización en el rostro. Muchos estos españoles del exilio económico se quedaron con el careto del desarrollismo sin un visaje de "francesidad". Son como involuntarias parodias de Manolo Escobar. Ejemplos irrepetibles de españoles, lo más parecido a esos indianos fanfarrones que volvían con la cartera repleta de billetes.
En el trabajo me siento como el secretario personal del Sultán de Brunei, si es que en Brunei hay sultán. A la vuelta en coche doy alguna cabezada. Pienso esta tarde en Jaco Pastorius, que como tantos se suicidó contra un portero de discoteca, porque es como tirarse de un puente o lanzarse a una vía del tren. El misterio de Pastorius y su música es absoluto. Weather Report siempre me han sonado un poco frios, desapacibles.
Un paso más allá en el gimnasio es el del exhibicionista auditivo. Hay varias clases de público: los infelices, como es mi caso, que estamos siempre como de forma provisional, como invitados, ajenos y tímidos, a prueba; están los narcisistas antes mencionados y el paso más allá hacia el delirio es el de los escandalosos que gimen a gritos. El gimnasio tiene una cosa muy desagradable: su machismo primario. Se percibe en las formas primitivas de saludo -gruñidos, levantamientos de brazo, un cabeceo nervioso- que entre si se dispensan, y, sobre todo, en el culto a la fuerza bruta. Las actividades que se desarrollan en el gimnasio no exigen ninguna habilidad técnica, ninguna gracia. Es la pura fuerza. Somos unos Perurenas, pero sin el ancestral entorno bucólico de los caserios. Levantadores sin historia, sin cultura. Ese elemento puramente machista llega al paroxismo con los individuos que gimen a gritos. Sin ningún pudor se lanzan a representar sus orgasmos. De una manera evidente están diciendo: así follo, y estas mancuernas de aquí al lado podrían ser perfectamente las extremidades inferiores de mi señora esposa. Es desagradabilísimo.
Tan absurdamente y limitadoramente viril es el ambiente del gimnasio que las mujeres, pocas, que van, destacan por su gracia y silencio. No hablan, no se pasean, no se eternizan en la contemplación de si mismas, no se apostan en un aparato como si fuera una garita. Las ve uno pasar, estilizadas y serenas, deslizándose discretas como monjas con la mirada algo perdida, al frente, concentradas, ausentes, y resultan más delicadas, atractivas y misteriosas que nunca.
Del resto del día, quizás lo más destacado haya sido el señor con el que he hecho cola en la tienda de telefonía. Un individuo a punto de ser anciano, de media estatura, delgado, vestido con unos zapatos veraniegos de rejillas, pantalón pìtillo de algodón oscuro y camiseta negra, metida por dentro, con una leyenda en inglés. Como diría Boris, estilo bling-bling en su esclava dorada, sus anillos y el reló. Bigotillo corto, años cincuenta, leves patillas y tupé. El señor hablaba con otra señora conocida de él que también aguardaba en la antesala. El hombre, al poco de verla y saludarla, ha comenzado a hablar en voz demasiado alta. Ha dado detallas de la familia de ella, ha llamado gilipollas a no sé quién, ha lanzado condenas morales -esa manera de criticar que es única-, ha relacionado sus gastos del último mes y algunas de sus proezas económicas y se ha permitido criticar el servicio de la tienda, todo ello con un sentido prodigioso de la desfachatez. Su acento era andaluz y regresaba de Francia. Ese inconfundible acento andaluz del emigrante. Andaluz con la gracia perdida, endurecido y algo añejo. He conocido algunos emigrantes andaluces en Francia y siempre me ha llamado la atención su condición anacrónica. Parecen haberse quedado embalsamados en los años sesenta. Se llevaron su España de entonces puesta, le rindieron culto como se le rinde a una reliquia y no adoptaron ni un ademán del país vecino. Contumazmente españoles. Porque quien vive en Francia, a poco que se integre, echa cara de francés. Quien se hace francés lo deja notar en sus facciones. La educación, la "burocracia cultural" deja huella de civilización en el rostro. Muchos estos españoles del exilio económico se quedaron con el careto del desarrollismo sin un visaje de "francesidad". Son como involuntarias parodias de Manolo Escobar. Ejemplos irrepetibles de españoles, lo más parecido a esos indianos fanfarrones que volvían con la cartera repleta de billetes.
En el trabajo me siento como el secretario personal del Sultán de Brunei, si es que en Brunei hay sultán. A la vuelta en coche doy alguna cabezada. Pienso esta tarde en Jaco Pastorius, que como tantos se suicidó contra un portero de discoteca, porque es como tirarse de un puente o lanzarse a una vía del tren. El misterio de Pastorius y su música es absoluto. Weather Report siempre me han sonado un poco frios, desapacibles.
miércoles, 15 de julio de 2009
miércoles, 15 de junio
Ha muerto Eduardo Chamorro. Solía leer sus cosas, aureolado como estaba para mí por ser amigo de Benet. El benetianismo es literatura moderna, alcohol, amistad, recelo de la facilidad y cierta aspereza. Le recuerdo a Chamorro una cita de Eliot: "La poesía es un ocio de rufianes". Caigo en el new yorker y medio adivino un ensayo sobre su sexualidad. Hay quien alude a una supuesta homosexualidad (Eliot travestido en el Soho), al platonismo de un joven amor o a la larga frustración provocada por su matrimonio. El autor recuerda que cada personaje de Eliot tenía una determinada inclinación, todas, quizás, encerradas en el distante poeta. Prufrock, por ejemplo, expresaba una determinada pasividad de carácter que nos emociona más que nada. Recuerdo ahora su voz, la voz de Prufrock, y creo que es de una finura imposible para el castellano. Preferiría la música de sus versos a cualquier otra música ahora mismo: Tam, tam, tam; tan, taram; porque Eliot ensayaba sus versos con un tamborcillo. El caso es que leo la necrológica de Chamorro escrita por Aguilar y pienso en Ruano, al que los muertos seguro le transmigraban: sus almas se les iban a las necrológicas, saltaban del muerto a la necrológica y allí quedaban encerradas. Aguilar logra una pieza contenida y elegante, como le hubiera gustado al muerto -considero fundamental escribir para el finado-, y no escatima puyas y chanzas. Friamente acaba convocando al tanatorio y nos emociona, porque ya nos emociona lo que no se dice. Oimos los pasos perdidos de los amigos en La Almudena. Y de los versos del Prufrock nos quedan las palpitaciones.
martes, 14 de julio de 2009
Diario Íntimo II
Encuentro en el prólogo esta frase de César referida a Dalí: "Somos iguales, sólo que el con muchísimo más talento". Se ve claro que César no era Del Pozo. González Ruano es humor, elegancia y silencio en la metáfora. La deja respirar, la medio dice. La encuentra, pero no la estrangula.
Diario Íntimo
Como estaba cansado para nada más he empezado a leer el Diario Íntimo de González-Ruano. César, para los devotos. Es parecido al de Gide, corto, documental y minucioso. Empieza en el año cincuenta y uno contando que llevaba escolta, como Fernando Savater, pero sin compromiso cívico. César era un hombre atildado, con un atildamiento algo sórdido y en el libro hay una foto horrenda en la que aparece encamado bajo una pared repleta de cornucopias y ángeles, como en una tienda de antigüedades. César tenía un bigotito fino, ligeramente ascendente, sin el vuelo del bigote de Dalí. Si yo fuera Raúl del Pozo ahora compararía bigotes y talentos.
martes, 14 de julio
Hoy me he quedado sin móvil. Sospecho que ha sido un hurto y hasta tengo presunto protagonista. Me baso en un análisis racional, deductivo, de la escena y del momento del crimen que ha realizado mi compañera V. Es escandalosa la influencia de las novelas de detectives. La mente más alocadamente irreflexiva se vuelve esquemática y lógica en estos casos. Al presunto le llamaré P. P es un menesteroso de los que abundan en el pueblo. Hace cosa de un mes adoptó la costumbre de ir todas las mañanas al ayuntamiento a solicitar un empleo. Tengo que decir que hasta trabajar aquí no he tenido yo idea de lo que es el estado asistencial y la dependencia pública del desempleado. La gente ya no va a las iglesias, la gente se apelotona en los ayuntamientos pidiendo. De hecho, llegaráel día en que el derecho administrativo no sea sino el cinturón legal que haga posible que las adminitraciones no sean saqueadas arbitrariamente por masas hiperlegitimadas de hambrientos.
P. recurrió primero al ruego, después a la exigencia, más tarde -cuando nada obtuvo- a -la indignada solicitud de explicaciones y ahora, últimamente, ha llegado el turno de las amenazas. Ha amenazado con desempolvar la escopetas -por lo que cuentan, tiene un árbol genealógico de tronados con salidas inesperadas, así que he decidido temerle-, esa escopeta que en muchos sitios de España la gente dice tener, para que luego hablen del estado de Texas -la escopeta americana es la escopeta de la seguridad, de la autodefensa; la española es la escopeta de la tronada, de la venada, del arranque homicida-; ha amenazado también con acciones judiciales, que es una amenaza más disculpable, porque ya se sabe que el español cuando se indigna se va al juzgado de guardia. P. se ganaba bien la vida y níveas adicciones le han dejado en una ruina inminente.
Como P. está todos los días en el ayuntamiento y yo paso por ser la cabeza visible de ese ente depauperado y como quiera que tengo un concepto masoquista de la ética pública, dedico cada mañana un ratito explicando al individuo las razones administrativas en virtud de las cuales otros y no él han sido seleccionados para trabajos municipales. Incluso le explico el mecanismo asistencial del Trabajador Social. Le explico hasta el concepto meedieval de autoritas. Le explico la raiz constitucional de las prerrogativas del administrado. Le saco baremaciones, esgrimo firmas de sindicatos, pero nada. Muy tarde he comprendido que no quiere expicaciones, sino euros.
Debo decir que el trabajo municipal al que aspira es integrar una recién formada brigada de peones provistos de chalecos reflectantes que se dedican a pintar las rayas del tráfico, las señales, los bordillos, las aceras, de manera que todo el pueblo parece recién pintado. Cuando salgo a almorzar lo hago dando saltos porque pienso que me voy a manchar de pintura los zapatos. Han pintado el pueblo como una puerta, viejo y gris como es, parece una puta vieja. Ya dije yo al concejal que lo mejor que podriamos hacer con esa brigada subsidiada era comprarles un objeto punzante a cada uno de ellos, subirlos en una furgoneta e invadir el pueblo de al lado. Tenemos, literalmente, un ejército pintando las calles. Y la escena me recuerda al new deal. Es un pequeño new deal de gente pintando.
También he propuesto que la brigada del titanlux pinte un mural, dado que se les están acabando las superficies.
Mis conversaciones con P tienen siempre el mismo final: la amenaza; y antes de eso el toquiteo abusivo de mi fibra sentimental. El clímax del abuso sentimental llega cuando de forma invariable P. me mira, humedece sus ojos -tiene un aspecto similar al de Kirk Douglas haciendo de Van Gogh justo antes de cortarse la oreja- sube su camiseta y me dice, con rictus patético, que lleva perdidos quince kilos. El primer día yo me quedé muy impactado, pero las últimas exhibiciones me han permitido atisbar un inicio de michelín, aunque no me atrevo a decirlo: pongo una cara de infinita aflicción. Su mujer, que a veces le acompaña y llora, sólo llora, es, sin embargo, obesa, mórbidamente obesa, y lo es en grado creciente. Engorda su mujer y llora, y él enflaquece y amenaza y pide y los dos forman una pareja extrañísima y, a su modo chantajista y trágico, entrañable.
El caso es que estoy sin móvil y llevo todo el día palpándome el bolsillo del pantalón, la americana, sintiendo su amputación. Me siento desprovisto de un apéndice, de una parte de mi sistema nervioso. No fumo porque tengo móvil. Llevo medio día sin recibir llamadas ni mensajes y me me empiezo a sentir solo de un modo edificante.
P. recurrió primero al ruego, después a la exigencia, más tarde -cuando nada obtuvo- a -la indignada solicitud de explicaciones y ahora, últimamente, ha llegado el turno de las amenazas. Ha amenazado con desempolvar la escopetas -por lo que cuentan, tiene un árbol genealógico de tronados con salidas inesperadas, así que he decidido temerle-, esa escopeta que en muchos sitios de España la gente dice tener, para que luego hablen del estado de Texas -la escopeta americana es la escopeta de la seguridad, de la autodefensa; la española es la escopeta de la tronada, de la venada, del arranque homicida-; ha amenazado también con acciones judiciales, que es una amenaza más disculpable, porque ya se sabe que el español cuando se indigna se va al juzgado de guardia. P. se ganaba bien la vida y níveas adicciones le han dejado en una ruina inminente.
Como P. está todos los días en el ayuntamiento y yo paso por ser la cabeza visible de ese ente depauperado y como quiera que tengo un concepto masoquista de la ética pública, dedico cada mañana un ratito explicando al individuo las razones administrativas en virtud de las cuales otros y no él han sido seleccionados para trabajos municipales. Incluso le explico el mecanismo asistencial del Trabajador Social. Le explico hasta el concepto meedieval de autoritas. Le explico la raiz constitucional de las prerrogativas del administrado. Le saco baremaciones, esgrimo firmas de sindicatos, pero nada. Muy tarde he comprendido que no quiere expicaciones, sino euros.
Debo decir que el trabajo municipal al que aspira es integrar una recién formada brigada de peones provistos de chalecos reflectantes que se dedican a pintar las rayas del tráfico, las señales, los bordillos, las aceras, de manera que todo el pueblo parece recién pintado. Cuando salgo a almorzar lo hago dando saltos porque pienso que me voy a manchar de pintura los zapatos. Han pintado el pueblo como una puerta, viejo y gris como es, parece una puta vieja. Ya dije yo al concejal que lo mejor que podriamos hacer con esa brigada subsidiada era comprarles un objeto punzante a cada uno de ellos, subirlos en una furgoneta e invadir el pueblo de al lado. Tenemos, literalmente, un ejército pintando las calles. Y la escena me recuerda al new deal. Es un pequeño new deal de gente pintando.
También he propuesto que la brigada del titanlux pinte un mural, dado que se les están acabando las superficies.
Mis conversaciones con P tienen siempre el mismo final: la amenaza; y antes de eso el toquiteo abusivo de mi fibra sentimental. El clímax del abuso sentimental llega cuando de forma invariable P. me mira, humedece sus ojos -tiene un aspecto similar al de Kirk Douglas haciendo de Van Gogh justo antes de cortarse la oreja- sube su camiseta y me dice, con rictus patético, que lleva perdidos quince kilos. El primer día yo me quedé muy impactado, pero las últimas exhibiciones me han permitido atisbar un inicio de michelín, aunque no me atrevo a decirlo: pongo una cara de infinita aflicción. Su mujer, que a veces le acompaña y llora, sólo llora, es, sin embargo, obesa, mórbidamente obesa, y lo es en grado creciente. Engorda su mujer y llora, y él enflaquece y amenaza y pide y los dos forman una pareja extrañísima y, a su modo chantajista y trágico, entrañable.
El caso es que estoy sin móvil y llevo todo el día palpándome el bolsillo del pantalón, la americana, sintiendo su amputación. Me siento desprovisto de un apéndice, de una parte de mi sistema nervioso. No fumo porque tengo móvil. Llevo medio día sin recibir llamadas ni mensajes y me me empiezo a sentir solo de un modo edificante.
lunes, 13 de julio de 2009
lunes, 13 de julio
Desde hace un tiempo me he impuesto la lectura del diario. Hay placer en ello, pero también la marcada voluntad de estar "al corriente" y de sentirme unido a un mundo que parece que se me escapa. Mi entorno laboral es de una pequeñez asfixiante y en la radio y la televisión, medios fáciles, todo son querellas internas, la puñalada trapera y el escándalo amarillo. Leo los periódicos y, sin embargo, la mayoría de veces me aburren porque lo que busco, sobre todo, es la literatura del diario, el buen artículo, la mezcla feliz de ensayo, narración y verso, la columna cincelada, el ritmo justo y esa manera frívola de extraer lucidez y humor (buena literatura) de la actualidad.
Con la llegada de Cristiano Ronaldo al Madrid los periodistas -y no sólo- se han lanzado a metaforizar como posesos y, pasados unos días, quien ha ganado, quien mejor ha hablado y el que mejor ha escrito sobre todo ello ha sido, vaya por dios, Boris IZaguirre. Su página de hoy, la cuarta de ELPAIS, dedicada a Cristiano y su macarra chic es fabulosa. Está bien escrita y trasluce una portentosa agudeza y una erudición, una nueva erudición, pop, icónica, que va de Bolan a Beckham pasando por Tony Manero. Boris ha detectado la existencia de una generación, nacida en los noventa, anterior a la crisis, que adopta a Cristiano como ídolo incuestionable. Ronaldo es un genio más allá de lo que haga con el balón porque ha esculpido el canon masculino. Para quienes tenemos algún año, comprenderlo, entenderlo, nos sume en un vértigo maravilloso. La asunción de los mitos de generaciones posteriores es un logro difícil. A veces nos obliga a aceptar cosas que no comprendemos, que nos desconciertan o nos repugnan. En la suave rotundidad de su cuerpo -en la audacia del cuerpo olímpico con el delirio de la moda-, en la equívoca contestación obrera de ponerse de un modo distinto las prendas de los más ricos, hay una mezcla de todas las sexualidades y de todas las clases. Hay una bendita insolencia. Una ingenuidad asombrosa. La de quien de manera natural, sin proponérselo, expresa algo de su tiempo. Si Miguel Ángel pintase en la actualidad, ¿pintaría Cristianos? Miedo da pensarlo...
El deporte es el territorio de la elegancia corporal, de la expresión. Ronaldo lleva ese lenguaje más allá del terreno de juego. Porta consigo un sistema de signos, una expresión física novedosa, rotunda y llamativa, capaz de atraer todas las miradas y todas las marcas.
De todos los que han escrito, Boris, cocinero antes que fraile, ha sido quien mejor ha descrito el fenómeno, pues ha tenido él pujos de dandy. Es incuestionable que los gays, los gays letraheridos, al menos, tienen sobre los heterosexuales la ventaja de haber pensado la condición masculina. Seguramente en las revistas de moda ese macarra chic tendrá algún otro nombre, probablemente en inglés, pero Boris nos ha situado al muchacho portugés en una estirpe popular que tiene en común lo emergente, lo escandaloso. POdrán ponerle traje oscuro, nos dice, pero Ronaldo siempre lo abrillantará, le sacará algún matiz de oro, lo pulirá, lo ceñirá, hará moda y, a su modo, una leve e inofensiva contestación con su vestuario. Los horteras rompen sin saber, y lo hacen con las prendas caras. Si el humor es el drama descolocado, el hortera es el elegante desestructurado, desordenado, inarmónico. Los horteras suelen ser arribistas, llevan ropas que no les corresponden y hacen de ellas un uso grotesco. Cuando un hortera se hace hegemónico, poderoso, representativo, ¿no es una forma de conquista? ¿No es una pequeña revolución cuando el hortera crea tendencia?
Con la llegada de Cristiano Ronaldo al Madrid los periodistas -y no sólo- se han lanzado a metaforizar como posesos y, pasados unos días, quien ha ganado, quien mejor ha hablado y el que mejor ha escrito sobre todo ello ha sido, vaya por dios, Boris IZaguirre. Su página de hoy, la cuarta de ELPAIS, dedicada a Cristiano y su macarra chic es fabulosa. Está bien escrita y trasluce una portentosa agudeza y una erudición, una nueva erudición, pop, icónica, que va de Bolan a Beckham pasando por Tony Manero. Boris ha detectado la existencia de una generación, nacida en los noventa, anterior a la crisis, que adopta a Cristiano como ídolo incuestionable. Ronaldo es un genio más allá de lo que haga con el balón porque ha esculpido el canon masculino. Para quienes tenemos algún año, comprenderlo, entenderlo, nos sume en un vértigo maravilloso. La asunción de los mitos de generaciones posteriores es un logro difícil. A veces nos obliga a aceptar cosas que no comprendemos, que nos desconciertan o nos repugnan. En la suave rotundidad de su cuerpo -en la audacia del cuerpo olímpico con el delirio de la moda-, en la equívoca contestación obrera de ponerse de un modo distinto las prendas de los más ricos, hay una mezcla de todas las sexualidades y de todas las clases. Hay una bendita insolencia. Una ingenuidad asombrosa. La de quien de manera natural, sin proponérselo, expresa algo de su tiempo. Si Miguel Ángel pintase en la actualidad, ¿pintaría Cristianos? Miedo da pensarlo...
El deporte es el territorio de la elegancia corporal, de la expresión. Ronaldo lleva ese lenguaje más allá del terreno de juego. Porta consigo un sistema de signos, una expresión física novedosa, rotunda y llamativa, capaz de atraer todas las miradas y todas las marcas.
De todos los que han escrito, Boris, cocinero antes que fraile, ha sido quien mejor ha descrito el fenómeno, pues ha tenido él pujos de dandy. Es incuestionable que los gays, los gays letraheridos, al menos, tienen sobre los heterosexuales la ventaja de haber pensado la condición masculina. Seguramente en las revistas de moda ese macarra chic tendrá algún otro nombre, probablemente en inglés, pero Boris nos ha situado al muchacho portugés en una estirpe popular que tiene en común lo emergente, lo escandaloso. POdrán ponerle traje oscuro, nos dice, pero Ronaldo siempre lo abrillantará, le sacará algún matiz de oro, lo pulirá, lo ceñirá, hará moda y, a su modo, una leve e inofensiva contestación con su vestuario. Los horteras rompen sin saber, y lo hacen con las prendas caras. Si el humor es el drama descolocado, el hortera es el elegante desestructurado, desordenado, inarmónico. Los horteras suelen ser arribistas, llevan ropas que no les corresponden y hacen de ellas un uso grotesco. Cuando un hortera se hace hegemónico, poderoso, representativo, ¿no es una forma de conquista? ¿No es una pequeña revolución cuando el hortera crea tendencia?
domingo, 12 de julio de 2009
El parque de los ciervos. Norman Mailer.
El parque de los ciervos es un Mailer sin humor, sin la disparatada comicidad ni el egotismo de Los ejércitos de la noche, ni el cinismo divertido de Los hombres duros no bailan. Es pesimista y tiene un importante fondo moral. Es una obra ambiciosa, de una madurez llamativa.
El primer error sería pensar que la novela habla de Hollywood. El segundo, dejarse aburrir por su ausencia de trama. Mailer es un realista y, a su modo, un moralista; las tramas son el andamiaje que necesita el prosista para desarrollar su prosa. El tributo que el estilo rinde al género. El crimen o la historia de amor suelen ser los mcguffins de la novela contemporánea, antes de la exploración del azar.
El parque de los ciervos es un territorio cercano a La Meca del cine, Desert d'or, una urbanización de recreo para divas con ex-marido, periodistas frívolos, suripantas del celuloide o viejos productores de virtud cansada; un lugar de ambigüedad moral y de exilio. Un lugar de entrada y salida a Hollywood, donde sólo se ingresa a través de la renuncia íntima. Así, quienes aspiran a entrar, al éxito, viven su vicio conflictivamente,mientras que quienes salieron para siempre no interrogan sus costumbres. Allí aparecen unos personajes que construyen la novela sobre el eje de su relación con la virtud, el amor o el arte: Eitel, Sergius y Marion. Hay algo filial en las relaciones entre estos personajes. Tres Mailers. Incluso el Mailer homosexual, homoerótico de muchos de sus libros -divertido explorador de todas las fronteras de la masculinidad-. Todos. El machista, el matón, el sabio, el estudioso que ya no teme a ningún erudito, el seductor maduro experto o el garañón veinteañero del que se cansan las mujeres.
Ni Sergius ni Marion tienen padre y Eitel es un héroe, un intelectual, un director que arriesga su carrera por no delatar a conocidos comunistas, sin ser, él mismo, comunista -la filiación ideológica es una basura indigna de Mailer, del mejor Mailer, al menos-. La novela es la historia del descenso de Eitel, a través de su aceptación del entramado moral dominante de La Meca, y del ascenso, muerte del padre y reafirmación de Marion y Sergius. El primero como principe tenebroso, mártir inmoral -adelantando el personaje una de las claves del libro: la trascendencia moral, absoluta, del vicio. El vicio y la religión como mundos cercanos-; el segundo, como escritor que no llega a ser, más bien aspirante, aspirante tan solo a la condición de artista, a la suficiencia pletórica del artista. Si Eitel reniega de su arte volviendo a Hollywood, Sergius se entrega a ella, marchando a la periferia. Sergius, trasunto de Mailer, ofrece unas páginas hermosísimas sobre el arte. Con esa casi paródica virilidad de Mailer: irlandés, boxeador, novelista y hasta torero, Sergius, como antes Marion, sacrifican su proyección social en aras de una realización personal profunda. Algunos de los fragmentos más bellos del libro son aquellos en que Sergius desarrolla una forma de poética. "Las palabras son divisiones de la experiencia", nos dice, y uno piensa, sin querer, en la contienda de nuestra poesía y admirando a Carnero adivina que siendo primario, el arte de Mailer llega a lo más hondo. El culturalismo es una cárcel fria. Es retirarse sin haber vivido. Hay algo de magisterio en la manera de ligar vida y literatura en Mailer: un vitalismo profundo, fundamental, que no es casualidad ha transitado por el periodismo y la prosa realista, único respiradero no depresivo del arte de escribir. Piensa uno también en la página que dedica el autor a las notas a pie de página, como apertura al mundo todo, al orbe, que abre en el libro, en el discurso, el autor, sacrificando el orden lógico y la propia secuencia y recuerda uno melancólicamente a Foster Wallace y sus irritantes notas a pie de página. Las ventanas cibernéticas son como esas notas a pie de página, y los links una apertura al mundo. Un nuevo enciclopedismo. Un hermoso rasgo de poesía en el núcleo mismo de lo erudito.
Poco importa, en realidad, lo que de social o político tiene la novela, ese grito airado que Mailer pone en boca de Dios: "No dejes que esa gente (esa gente: admitamos ahí al impreciso destinatario de todas nuestras imprecaciones) te diga lo que tienes que hacer", la rabiosa reivindicación de la libertad personal, no es lo más hermoso del libro, pese a todo. Donde Mailer resulta conmovedor es en el estudio de la pareja. Sobre todo en la relación entre Eitel y Elena. El consumado varón de mediana edad y la joven bailarina vulgar. El narrador se esfuerza en desacreditar el amor, palabra vana, pero los personajes lo buscan. Eitel tensa su placer entre la crueldad y el sadismo, templa su pasión con celos, los celos con ternura y vive su relación como un intenso romance con su propio ego. Eitel, maduro y adiestrado, aspira al amor total, una posesión gloriosa del ser ajeno que no puede conseguir. Más que la pasión podrá la lástima. La sexualidad aparece como la brecha profunda de lo humano, e "inicio de la filosofía". La mujer es indominable, caprichosa y voluble. Al final del libro, las reflexiones del Eitel sobre su matrimonio le hacen esbozar, literalmente, una sonrisa decimonónica. y parece que remansando su prosa llega el autor a cierta comprensión serena y dolorida del amor, pero antes, en Desert d'Or, lugar fuera de lo institucional, el amor no ha sido composición o cuadro familiar, y desde luego,no ha sido fuerza física, biológica, que externamente mueva el mundo. No es el ordenador dantesco del cosmos, sino una durísima lucha interna entre todas las fuerzas descompuestas de la vanidad: el placer, la lástima, el sadismo, la suma crueldad o el veneno gozoso de los celos. El amor como aventura individual y como soliloquio.
Es un libro sobre la trascendencia del vicio y del placer. El vicioso está más cerca que nadie de la virtud. Más cerca que nadie de Dios. El vicioso impugna lo establecido (Marion, más audaz que nadie,lucha constantemente contra su propio placer y contra su voluntad: no hay mayor placer que el que causa una repugnancia vencida, nos dice. El placer como conquista, arte, maestría moral). Mailer rescata lo heroico del vicio y su cercanía a la virtud, e incluso lo acerca al martirio. Marion es el vicioso que separa cuerpo y alma y que quiere liberar ésta mancillando aquél. Qué profundamente católico puede llegar a ser Mailer...
Si la sexualidad hace imposible la estabilidad insititucional de la pareja, al menos es tiempo y destello. Nuestra vida, la vida del hombre, es un combate entre el placer y la compasión. Al final, parece no quedar más que el "pobre y extraño diálogo en la noche", o el esfuerzo de "cazar el motivo real" o "descubrir un simple hecho". La literatura, pues.
El primer error sería pensar que la novela habla de Hollywood. El segundo, dejarse aburrir por su ausencia de trama. Mailer es un realista y, a su modo, un moralista; las tramas son el andamiaje que necesita el prosista para desarrollar su prosa. El tributo que el estilo rinde al género. El crimen o la historia de amor suelen ser los mcguffins de la novela contemporánea, antes de la exploración del azar.
El parque de los ciervos es un territorio cercano a La Meca del cine, Desert d'or, una urbanización de recreo para divas con ex-marido, periodistas frívolos, suripantas del celuloide o viejos productores de virtud cansada; un lugar de ambigüedad moral y de exilio. Un lugar de entrada y salida a Hollywood, donde sólo se ingresa a través de la renuncia íntima. Así, quienes aspiran a entrar, al éxito, viven su vicio conflictivamente,mientras que quienes salieron para siempre no interrogan sus costumbres. Allí aparecen unos personajes que construyen la novela sobre el eje de su relación con la virtud, el amor o el arte: Eitel, Sergius y Marion. Hay algo filial en las relaciones entre estos personajes. Tres Mailers. Incluso el Mailer homosexual, homoerótico de muchos de sus libros -divertido explorador de todas las fronteras de la masculinidad-. Todos. El machista, el matón, el sabio, el estudioso que ya no teme a ningún erudito, el seductor maduro experto o el garañón veinteañero del que se cansan las mujeres.
Ni Sergius ni Marion tienen padre y Eitel es un héroe, un intelectual, un director que arriesga su carrera por no delatar a conocidos comunistas, sin ser, él mismo, comunista -la filiación ideológica es una basura indigna de Mailer, del mejor Mailer, al menos-. La novela es la historia del descenso de Eitel, a través de su aceptación del entramado moral dominante de La Meca, y del ascenso, muerte del padre y reafirmación de Marion y Sergius. El primero como principe tenebroso, mártir inmoral -adelantando el personaje una de las claves del libro: la trascendencia moral, absoluta, del vicio. El vicio y la religión como mundos cercanos-; el segundo, como escritor que no llega a ser, más bien aspirante, aspirante tan solo a la condición de artista, a la suficiencia pletórica del artista. Si Eitel reniega de su arte volviendo a Hollywood, Sergius se entrega a ella, marchando a la periferia. Sergius, trasunto de Mailer, ofrece unas páginas hermosísimas sobre el arte. Con esa casi paródica virilidad de Mailer: irlandés, boxeador, novelista y hasta torero, Sergius, como antes Marion, sacrifican su proyección social en aras de una realización personal profunda. Algunos de los fragmentos más bellos del libro son aquellos en que Sergius desarrolla una forma de poética. "Las palabras son divisiones de la experiencia", nos dice, y uno piensa, sin querer, en la contienda de nuestra poesía y admirando a Carnero adivina que siendo primario, el arte de Mailer llega a lo más hondo. El culturalismo es una cárcel fria. Es retirarse sin haber vivido. Hay algo de magisterio en la manera de ligar vida y literatura en Mailer: un vitalismo profundo, fundamental, que no es casualidad ha transitado por el periodismo y la prosa realista, único respiradero no depresivo del arte de escribir. Piensa uno también en la página que dedica el autor a las notas a pie de página, como apertura al mundo todo, al orbe, que abre en el libro, en el discurso, el autor, sacrificando el orden lógico y la propia secuencia y recuerda uno melancólicamente a Foster Wallace y sus irritantes notas a pie de página. Las ventanas cibernéticas son como esas notas a pie de página, y los links una apertura al mundo. Un nuevo enciclopedismo. Un hermoso rasgo de poesía en el núcleo mismo de lo erudito.
Poco importa, en realidad, lo que de social o político tiene la novela, ese grito airado que Mailer pone en boca de Dios: "No dejes que esa gente (esa gente: admitamos ahí al impreciso destinatario de todas nuestras imprecaciones) te diga lo que tienes que hacer", la rabiosa reivindicación de la libertad personal, no es lo más hermoso del libro, pese a todo. Donde Mailer resulta conmovedor es en el estudio de la pareja. Sobre todo en la relación entre Eitel y Elena. El consumado varón de mediana edad y la joven bailarina vulgar. El narrador se esfuerza en desacreditar el amor, palabra vana, pero los personajes lo buscan. Eitel tensa su placer entre la crueldad y el sadismo, templa su pasión con celos, los celos con ternura y vive su relación como un intenso romance con su propio ego. Eitel, maduro y adiestrado, aspira al amor total, una posesión gloriosa del ser ajeno que no puede conseguir. Más que la pasión podrá la lástima. La sexualidad aparece como la brecha profunda de lo humano, e "inicio de la filosofía". La mujer es indominable, caprichosa y voluble. Al final del libro, las reflexiones del Eitel sobre su matrimonio le hacen esbozar, literalmente, una sonrisa decimonónica. y parece que remansando su prosa llega el autor a cierta comprensión serena y dolorida del amor, pero antes, en Desert d'Or, lugar fuera de lo institucional, el amor no ha sido composición o cuadro familiar, y desde luego,no ha sido fuerza física, biológica, que externamente mueva el mundo. No es el ordenador dantesco del cosmos, sino una durísima lucha interna entre todas las fuerzas descompuestas de la vanidad: el placer, la lástima, el sadismo, la suma crueldad o el veneno gozoso de los celos. El amor como aventura individual y como soliloquio.
Es un libro sobre la trascendencia del vicio y del placer. El vicioso está más cerca que nadie de la virtud. Más cerca que nadie de Dios. El vicioso impugna lo establecido (Marion, más audaz que nadie,lucha constantemente contra su propio placer y contra su voluntad: no hay mayor placer que el que causa una repugnancia vencida, nos dice. El placer como conquista, arte, maestría moral). Mailer rescata lo heroico del vicio y su cercanía a la virtud, e incluso lo acerca al martirio. Marion es el vicioso que separa cuerpo y alma y que quiere liberar ésta mancillando aquél. Qué profundamente católico puede llegar a ser Mailer...
Si la sexualidad hace imposible la estabilidad insititucional de la pareja, al menos es tiempo y destello. Nuestra vida, la vida del hombre, es un combate entre el placer y la compasión. Al final, parece no quedar más que el "pobre y extraño diálogo en la noche", o el esfuerzo de "cazar el motivo real" o "descubrir un simple hecho". La literatura, pues.
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