El libro lo he leído en un momento agitado y las primeras páginas, las dedicadas a Baudelaire, me quedan algo lejanas. Sin embargo, quería recoger aquí cuánto de él quise ver en Ramón; su índole paradójica, antecedente de ese humor ingenuamente corrosivo de los años veinte, o el desconcertante espectáculo del conferenciante en Bélgica, en el que es imposible no reconocer el, digamos, artista performativo que fue Ramón. "Los belgas, el pueblo más bestia de la tierra", dijo Baudelaire, y en esa maravillosa boutade vemos también el humor oscuro e imprecatorio de Bernhard.
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El gris cerebral del cielo de París.
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A los artistas se les pide experiencia. Tras la intoxicación, no queremos volver a la experiencia. ¿EN qué limbos vivimos?
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Un verso de Muñoz Rojas que me gusta: "Pedazo de mi tiempo, de mi herida/ me llevas y te llevo, mar y nave". Esto ya no se estila. Tiempo, herida, muerte... por Dios. Ahora cambiar de pareja es como una operación de cirugía: unas semanas de postoperatorio y rehabilitación, quizás una cicatriz, y arreando, que es gerundio. Gilipolleces integrales de la lírica.
A todo esto, es viernes y L. lleva horas pinchando. EL viernes le hace aullar desde la hora del almuerzo. ¿Cambiamos la frágil tranquilidad de este momento por un tobogán de éxtasis e infiernos? Mejor no pinchar nada que tenga beats ni riffs ni pueda bailarse, no sea que el martes parezca yo mismo la efigie ojerosa y urgente de Barbey D'Aurevilly.
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En la televisión, imágenes en directo de la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Habla Touraine, en un perfecto español, algo momificado. Leticia le mira con su perfil afiladísimo. Las canas le dan un aire regio al príncipe. Iker Casillas, compungido como los niños en la iglesia, mira al techo del teatro. Al terminar su discurso, Touraine regresa a su lugar y en el mismo plano televisivo coincide con Marchena, que está sentado justo detrás, al lado de otros futbolistas. La coincidencia es poco usual, es casi increible, y la cercana presencia de ese terrorífico leñero que es Marchena hace que de un modo casi inconsciente uno tema por la integridad física de Bauman y Touraine.
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Suena Britten, uno de sus quartettinos. Qué elegancia del tiempo en esta música, qué brillo del aire y qué alegre melancolía, casi juguetona en su allegro. Un crescendo y luego las cuerdas severas zanjando una cuestión. Un apremiante pizzicato y luego las ondas, las mareantes ondulaciones como un recuerdo o un ensueño. Una pasión de fondo, un objeto llegando a cierto paroxismo, a punto de desfallecer y un terminante punto final, ajeno, externo, como el que impone un narrador.
The Cage de Ives. La más alta iluminación de la vida en su misterio de música y texto.
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Lo dice Veneno: "Se muere muchas veces/yo siempre muero por ti".
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