domingo, 7 de marzo de 2010

domino, 7 de marzode 2010

El epílogo de América es una sensacional pieza titulada Después de la muerte, el limbo. Viene a enunciar, con una fuerza literaria arrolladora, con lucidez, humor, como un puñetazo último del genio de Mailer, con la fuerza torrencial de su estilo cuajado, absolutamente aquilatado en el momento crucial, una ley moral por la que se nos condenaría al Limbo -en una especie de propia cadena kármica, no un limbo exterior, trascendente, sino dibujado como el encadenamiento de todas las experiencias "manejadas repelentemente" como purga, expiación- por el Tiempo (sustancia del Alma) malgastado, por todas esas horas arrojadas a una experiencia desgastada, carente de brillo. Imposible no volver a acordarse de la Pereza y la Acedia, porque ese limbo de la monotonía, el desgaste psíquico, la atonía, las experiencias no significativas nos colocan fuera del tiempo, en el espacio-tiempo "de los pecados que no se lloran". Mailer desciende pronto de su visión kármica, africanista, para concretar el limbo en la vida norteamericana contemporánea en la televisión (y poco antes ha hablado de Ralph Nader y de cómo un discurso suyo anticorporativo sedujo su voto en las presidenciales del 2000; un discurso en el que Nader denunciaba la pánfila morbidez de los niños americanos, atrapados por redes invisibles a la televisión). La televisión es la "máquina-náusea, la asesina de Cristo". Y en esa furia no hay la sermonería negativa del viejo radical, sino una profunda lucidez, porque incluso la mejor televisión, aquella que nos fascina y atrapa -pienso en las series de la HBO, pienso en los grandes espectáculos deportivos, pienso en los debates cruciales retransmitidos en la cúspide democrática del prime-time- nos dejan al acabar, al apagarla y levantarnos un profundo vacío, una sensación de aturdimiento e irrealidad, de cansancio y blandura, de apoltronamiento, de postración, de cierta forma de depravación postural, de muerte de la voluntad. Eso no nos pasa en el cine, por ejemplo. No sé si lo doméstico del medio, la relajación de estar solos, sin la compostura que exige la sala o si es que el propio medio cuenta con eso y apela precisamente a esa impudicia del salón, pero el disfrute de la mejor televisión deja en uno algo que ni el libro, ni la música, que ni siquiera el cine procura: una experiencia de tedio en el disfrute, de sopor apagado, de letargo.

Acabo la lectura de este libro de Mailer emocionado. Miro atrás y descubro que su presencia, el volumen amarillo, y la voz de Mailer, como un susurro apagado en la mesa junto a mi cama, me han acompañado en unos meses atroces. Huir de la brutal esterilidad de la vida, ese es el mensaje. Evitar que el aburrimiento, la muerte de nuestras esperanzas y la rutina como una física condena al propio pasado mortecino -presente en nuestras fibras sin renovar, en el aire estancado, en el cansancio de la mirada en el espejo, en el tacto insensible, en el picor de la piel ante una caricia- se apoderen de nosotros. Es una forma de mal distinta, más natural. Es el vitalismo africanista en plena vida tecnológica, en el dominio absoluto de lo corporativo. Ya sea en el rebrillar de la pantalla o en la cálida luz que nos invade al despertar del día: busquemos la fiebre, devolvamos energía a la energía, amor al universo. Démonos así y no habrá mal en nosotros.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buscar la fiebre, devolver la energía a la energía, el amor al universo...
Gracias por compartir tus pensamientos.

Anónimo dijo...

De lo mejor que he leído últimamente.Gracias por escribir de esta manera, no existe otra manera que ésa de vivir.