lunes, 11 de octubre de 2010

domingo, 10 de octubre

A partir de los treinta, esto es un vietnam. Está claro. Y habrá que tomárselo a la berlanguiana manera. Sobre todo a la manera del berlanga menor. Yo, por de pronto, me he tirado todo el día con Safari Emocional en la cabeza, una canción asombrosa.
Por la mañana cinta teletransportadora, huyendo de la persecución musical de ana torroja y su último y letal single. Después me fui al fnac, donde me encontré con E., que compraba comics con cierto secretismo y con J y su panda. Me presento a J., P. y a su amiga S. Intercambié teléfonos con P, que me llevará a su peña, aunque no me disgustaba el ambiente del bar que he encontrado cerca de mi casa. Es un bar pequeño, limpio, cutre y el matrimonio que lo lleva tiene miga. Ella es una mujer muy atractiva y viva; él no, ni remotamente y parece soportar todo el cansancio del mundo. Estás allí y lanzas todo tipo de hipótesis sobre su vida conyugal. Los parroquianos son más o menos como todos los parroquianos de estos bares, hay una tapa de champiñones con perejil de, por lo menos, 1995 y, a fin de cuentas, el televisor no está demasiado alto, de modo que uno puede ver el partido sin agarrotarse el cuello, que de eso se trata.

El caso es que fui al fnac a por un artilugio informático y acabé llevándome cuatro libros. Uno de ellos es Vercoquin de Boris Vian, del que espero recibir alguna idea para aportar en el próximo corto de mis inclasificables amigos cineastas. Trataría de reflejar la absurdez kafkiana de la administración y bueno, de eso ya sabemos algo. De Vian espera uno la libertad para soltarse, una libertad casi daliniana, aunque eso sean ya palabras mayores.

A mí, de hecho, cuando era jovencito me gustaba mucho Boris Vian. Recuerdo sus novelas negras, su locura de happenings y sus críticas de jazz. Un mundo feliz, de trompetas, copas, diálogos paradójicos, derivaciones surrealistas y mujeres encantadoras. La vida misma, vamos.

Al ir a pagar me llamó la atención el cambio de iluminación, intensamente blanca, muy cruda y el estrepitoso sonar de las cajas registradoras. Si yo fuese accionista de la empresa, pediría un hilo ambiental directo en mi despacho, con el incesante rumor de la recaudación. Había algo impúdico y demasiado desnudo en eso, algo deliberado, como con un motivo oculto. E. me ha contado que en Ny estuvo en un sitio similar en el que los dependientes llevaban chapitas de morrissey; las cajas registradoras, sin embargo, eran atendidas por judíos ortodoxos entrados en años.

Por la tarde, preparativos informáticos para formatear este trasto, que parece reumático y visita a H, sabia como una Sibila y amable, muy amable, diciéndome las palabras exactas que quería escuchar. En ese punto exacto de condescendencia que merecen los niños, los ancianos, los tronados...

Por la noche me llevaron al cine, a ver Amador, un despropósito ternurista del tal Aranoa. Ese tipo que parece imitar a pat metheny y tiene siempre cara como de compungido. Un cineasta obsesionado con las nubes, como su compañera generacional, la coixet -la coixet, por cierto, que es el prototipo de tipa indie que nos tuvimos que echar a la cara los heroicos pioneros de los primeros noventa. Ese tipo de tías que se metían a indies porque ni para lesbianas valían-. Todos los personajes tenían una ingenuidad tal que el film parecía infantil. De todos modos, si la película no resultara tan sumamente lenta -se oían crujidos vertebrales en la sala, casi vacía- podría tener su cosa. Para empezar, retrata la realidad de dos gremios casi desconocidos: los vendedores callejeros de rosas -¿hay alguien que reciba mayor número de negativas en una vida?- y las cuidadoras de ancianos, esas parejas tristísimas que uno ve por las calles arrastrando solidarias su resignación. El tal Aranoa, que va de sensible por la vida y de cineasta social, cree que hace un favor a los vendedores de flores, pero la verdad es que los pone a la altura del betún: las flores las roban , las meten en un frigorífico y luego las perfuman fraudulentamente con ambipur. No es de extrañar que esas flores tengan luego esa cosa como de cementerio.

La película coge una deriva macabra y no diré más por si se diera el improbable caso de que estas palabras fueran leídas por alguien y el aún más improbable caso de que esa o esas personas tuviesen la idea, fatalmente equivocada, de perder dos horas de su tiempo viendo este desesperante bodrio.

Al salir del cine, una jamona bostezante recogía la terraza del pub opera y sin darse cuenta acababa con el domingo.

Es un poco suicida ir de safari emocional en semanas en que no juega el madrid.

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