martes, 30 de noviembre de 2010


La muerte de Jacinto, de Jean Broc. Miroteo este cuadro y alucino, porque ya kitsch y pompier a inicios del siglo XIX, resulta muy actual. ¿No parece digno de una campaña de Gaultier o Versace? Lo kitsch tiene una rara longevidad. No sé, otro ejemplo es Bouguereau, que aparece en los poemas de Carnero y que a mí me encanta -como un mórbido erotismo femenino, una especie de sueño romántico que uno se permite, con ninfas abundantes en habitaciones de marmol, con el confortable clima moral del clasicismo protegiendo una cierta posición masculina-. Lo kitsch manipula lo culto y el canon artístico y esa espúrea utilización del clasicismo en el XIX anticipa el pop, la midcult, la manipulación comercial del canon sagrado. Lo kitsch, no tanto lo camp, debería figurar en una historia de la belleza. La belleza decaida, la que cae de un pedestal platónico, ideal, por efecto de la vulgarización o la trivialización. Remota ya, o insoportable.

martes, 30 de noviembre

El Pornócrates de Rops es lo que se me ocurre colgar aquí ahora que he terminado la Historia de la fealdad, de Umberto Eco. Al ver este pintura, de finales del siglo XIX, me asombró ver la actualidad de su fetichismo. Un erotismo que podría hacer mío, iniciado el siglo XXI, en el postdestape y en la abundancia ya verdaderamente hiriente de la pornografía. No recuerdo a santo de qué se coloca esta hermosura femenina en la historia de la fealdad y no puedo parar a mirarlo porque me cierra el consum, pero lo he recordado como una anécdota de mi despiste lector -o, quizás, de mi olfato de erotómano en horas bajas-.

Mientras leía este hermoso libro de Eco, inolvidable, apuntaba alguna cosa en los márgenes los días menos aciagos -y vaya si los ha habido en este pasaje por la fealdad artística, tan estimulante-. Por ejemplo, los cinocéfalos, monstruos antiguos, eran calcados a los dibujos animados de Biern en mi infancia. Las alusiones a la androginia ya se han incorporado en el tercer género, el transgénero de lo travestis. La sospecha de que lo monstruoso era en un principio materia de extramundi moral, religioso; de que pasó luego a lo exótico, a lo lejano y oriental para después incorporarse a nuestra vida. A nuestra sociedad primero, a nosotors depués. Lo monstruoso de nosotros en la enfermedad, en la vejez. Así, lo feo hoy es la necrosis celular, la muerte presentida, las pavorosas imágenes de tumoraciones He querido percibir, ingenuo descubridor del mediterráneo, una evolución en el trazado de la fealdad artística que hacía Eco. Lo feo y monstruoso era primeramente algo religioso. En el mundo clásico y en el primer cristianismo íban asociados a algo metafísico. Después, geográfico: lo exótico, lo ignoto, lo ignorado. En la Edad Media, la máscara del carnaval aparece y surge la liberación de lo grotesco con lo que reirse del orden monárquico y estamentario. La risa contra la autoridad y el temido rigor que controla el orden social. Es decir, lo feo, lo deforme como social. En el renacimiento, lo feo y monstruoso se hace cultural, rabelaisiano, personal. Se exalta el goce, lo corpóreo, el humor, la chanza, no como privilegio festivo del rural o el primer habitante urbano, sino como materia de cultura. Además, y esto creo que es el gran rasgo de la "modernidad de lo feo", se elogia la locura, incorporándose lo feo de nosotros mismos. La modernidad ha ido acercando lo feo al individuo, desde un plano religoso, después social, hasta hacerlo convivir con la propia belleza, en un desorden muy democrático y muy de San Agustín: todos somos hijos de Dios, lo bello y lo feo están animados por el mismo soplo

Me han divertido e interesado enormemente los ejemplos de la fealdad femenina que incorpora el barroco, con su continuidad estilizada en el decadentismo. Burton recoge el amor a la fealdad femenina como un rasgo de melancolía, la melancolia amorosa, dentro de su impresionante catálogo de alicaimientos.

Y si la fealdad es la pervivencia, siquiera inadvertida, oscura, presentida, de algún mal propio o indeterminado, la enorme tristeza del feo-a-su-pesar, de todas las bellas almas, parecen hablar de un mal moral que las acosa. Eso es interesante... de qué modo lo feo lleva consigo una tacha moral, un mal, una amenza. Lo feo, lo deforme, lo monstruoso puede ser digno de amor, de pasión, según nivel de heterodoxias, pero siempre, y eso creo que enseña este largo paseo, merecedor de una mirada piadosa.

Hoy en día parece haberse neutralizado moralmente lo feo, que ya no tiene una carga opuesta a lo bello. Incluso diría que lo hermoso es canónico, establecido, conservador, comercial, y lo feo inquieto, individual, rebelde, autoafirmativo, un poco a lo satanás de milton, el empuje dionisiaco, lo pujante. Lo bello cae en lo kitsch, en lo publicitario y, sin embargo, sigue habiendo algo feo, viejo, moribundo, que no se enseña y un grado de locura recluida, vergonzante. LO feo, también, puebla los panteones y los trasfondos de la psique en el contrapuntístico mundo de la sexualidad. La sexualidad opone constantemente lo bello a lo feo. El porno, creo yo, congela ese diálogo y cae en una forma de adoración de lo deforme que se olvida de lo bello. Supongo que eso son las parafilias. He de irme al consum, donde son hermosos hasta los cadavéricos pescados que miran fijamente a esas señoras que doblan celosamente el número de turno de papel. El tedio descubriendo el horror submarino.

lunes, 22 de noviembre de 2010

¡Gracias, señor, por Elliott Carter! En la penumbrosa soledad de mi piso, sobreponiéndose al ladrido del perro del vecino y al apagado murmullo del tráfico, suena la Holiday Overture y por primera vez en tiempo soy inmensamente feliz. Releo los versos de Blake, que tanto me hacen pensar en Aleixandre: ¡Tigre! ¡Tigre! LLameante fulgor/ en las selvas de la noche,/¿qué inmortal ojo o mano/formó tu espantosa simetría? y ya no pienso, como hace un rato, que el horrible avance científico haya secado la fuente de lo sublime. ¡Si está en todos lados! En la fiel luz del aparato, en la misteriosa constancia electrónica, y ante todo en el silencio, en la sombra, en lo que no se dice, y en la docilidad ante la música. El momento en que la música entra en nosotros. He ahí lo sublime, lo inefable, lo mejor y más secreto de nosotros mismos. Nuestro revés y nuestro tesoro.

El perro del vecino... ¿puede ser que le esté cogiendo cariño, mascota involuntaria, tan sola como yo, buscando compañía con sus ladridos?

La Holiday Overture, como el Billy The Kid de Aaron Copland. ¡Vivan los Estados Unidos de América! Viva su vitalidad, ¡la última vitalidad occidental!


Ah, pero cuidado P., no te me embales, recuerda lo que decía Zappa: Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Refrena tu entusiasmo de chiquillo. Aplácalo, cánsate, apaga tu energía: ¡ve al gimnasio!

****

De cualquier modo... Es fundamental profundizar en lo sublime y debemos por fuerza buscarlo en la vida intracelular, en los fenómenos electrónicos, en el azar y el embrollo reticular, en la humanización de las máquinas, en una forma de ingenuo futurismo, en la ciencia ficción y en la poesía azulada a lo blade runner. De hecho, la algarabía postmoderna en torno a cosas como Pilgrimm me parece lo normal. Aunque no haya visto la película. PEro... ¿no recuerdo enfebrecido el maravilloso magnetismo y la vida narrativa de los viejos videojuegos? ¿No había en ellos una forma de vida concentrada y un esfuerzo de personajes, una tensiónen sus formas magnetizadas? La música de los videojuegos, el delirio sudoroso pasadas las horas. La fiebre de esos éxtasis de joysticks... ¡y sigue ladrando el perro encantador la música de Carter! Ese perro ya más amigo mío que de sus amos, ¡como el perro de Gala pero más culto!

domingo, 7 de noviembre de 2010

"Francia es un pueblo acabado por causa de la sífilis, la absenta y la prensa libre". Esta perla es de Mussolini y era lo mejor del periódico de hoy. Otros argumentos eran una entrevista reclinatorio al ex-presidente gonzález -precursor del acento mestizo estilo alejandro sanz- y las irritaciones que entre el vulgo progresado despierta la visita del Papa. La cuestión que asombra es que toda esa gente deteste tanto lo clerical y lo cristiano y no se rebele contra lo que para mí es su peor herencia: el domingo. Si somos aconfesionales y multiculti deberíamos empezar por flexibilizar el descanso y permitir que también fueran los sábados o los viernes, según credos y costumbres No están dejando una sola tradición en pie los progresistas furiosos, pero el domingo no lo toca nadie. Quizás nuestros hijos puedan el día de mañana vivir en una sociedad moderna en la que el descanso pueda ser optativo y los domingos no sean este desierto de carritos infantiles, domingueros arrastrándose en chandal o resacas góticas. Un mundo en el que quien quiera pueda irse a trabajar un domingo, porque el descanso universal, forzado, de los domingos anonada al mundo, lo deja tieso de tedio y por poder no se puede ni gastar dinero. Es horrible. No hay telebasura, ni corte inglés, ni trabajo, ni atascos. Hay fútbol y es un consuelo y hasta es posible ver a ozil y di maria, heterodoxos, menesterosos, zurdos absolutos, con el aire aciago de los garrincha. Para compensar lo del fútbol, que ya empieza a cansar, me he visto una peli de Barbra Streisand, bonita y algo cursi como su música. El amor tiene dos caras, o las Dos caras del amor, no recuerdo, con un gran y tartamudo, muy allen, Jeff Bridges. Antes, me he tragado un western del ford crepuscular, Otoño Cheyenne, aquí traducido como El gran combate. Un éxodo algo lento de cheyenes errantes, pero, sobre todo, un film político sobre el nacimiento de la moderna nación estadounidense y el tratamiento de las minorias. Polacos, prusianos, cuáqueras nórdicas tratan de ser americanos, de cumpir y dar órdenes, pero, sobre todo, tratan de ser humanos y el estatuto de los indios, dentro y fuera de la ley, sugiere sutiles planteamientos sobre las minorias.
Además, James Stewart regala un cuarto de hora maravilloso como Wyatt Earp -alargando las secuencias con una portentosa flema- y la película tiene esa poesía de horizontes del universo ford, de su región, con un hermoso plano final en el que dos indios a caballo, sobre lo alto de una loma, aparecen recortados contra el sol poniente. Más acabados que el puma. El fin de los indios terribles, desde entonces abocados a las tristes reservas de indios con cómicos sombreros y a los más tristes casinos.
Si hay algo en el cine que prefiero son esas panorámicas fordianas llenas de emoción, incertidumbre, aventura, belleza y rigor moral. Paisajes en los que un hombre puede buscar su destino.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Por casualidad encuentro estas palabras de Jünger en Los cuadros de Rembrandt de José Jiménez Lozano; hoy, precisamente hoy, día de difuntos: "El mundo de las sepulturas abre, en todas direcciones, perspectivas inmensas, y no es en vano que Vico, poniendo en relación humanitas con humare, hace derivar toda civilización de los ritos funerarios. El culto de los muertos cimienta las familias y los pueblos de una manera singular; orienta el espíritu no solamente hacia las profundidades de la tumba, sino también hacia las estrellas".