domingo, 17 de abril de 2011
Estoy en Cádiz. Suenan de fondo las campanas de la catedral. Los colores metálicos de su sonido le hacen acer a uno en un ensueño medieval. Es un sonido antiguo, protector, religioso y civil. Las campanas eran la llamada a un hecho metafísico o las llamadas a una convención civil. Tienen algo profundo y resumen, de un modo magico, poético, inefable, una propensión institucional del hombre. Son una forma misteriosa, antigua, de convencion, institución y encuentro. Leo filosofía y no puedo dejar de pensar: son sonidos de cuando existia Dios. Las campanas nos llaman a un encuentro con él al que no acudimos, pero la resonancia sentimental está ahí. En Cádiz, las campanas rivalizan con las sirenas de los barcos que se despiden. Los grandes cruceros de extranjeros rubicundos, con camisas de flores, que desembarcan para tener su jornada gaditana. Los largos mugidos de los barcos se despiden de la ciudad, y en el aire queda su melancólico adiós. *************Cádiz de prepara para la Semana Santa. Hay en esta celebración una forma de inmadurez que me incumbe. Inmadurez quizá no sea la expresión. Es la festividad religio que más nos llga a muchos, pero es, a mi entender, una celebración de crisis, del cristianismo agonizante porque parece ser la forma de religiosidad de los que no tienen ya fe, o no teniéndola quieren tenerla: la muerte de Cristo se representa, se dramatiza e incluso se revive -las semanas santas cruentas, de martirio- y en eso hay un intento de encarnar, de recrear para dar vida, para hacer el dogma algo real, algo creible, vivo. Hay algo agónico, desesperado. Las solemnes repreentaciones del calvario parecen revivir el episodio. El fervor, la música, el rito, ailan el cuadro y por un momento sentimos la antigua emoción. Por un momento. Es la efusividad esforzada de los que no tienen fe.********************** A vueltas con mi Madrid. En veotv, elmundo, marca, margen conservadora, más o menos liberal, del periodismo madrileño, van a colocar a garcia, supergarcía, el butano. Así, el asedio a la casa blanca será absoluto ya sin salir de Madrid. La facción progresista, belcalcística, del mundo de prisa y sus ruinas o exilios, por un lado, asediando a mourinho y su fútbol y actitud no dogmática, carismática, sincera y políticamente incorrecta que impugna todo el entramado culé. Por otro, supergarcía zurrando a Florentino, vieja debilidad personal. De hecho, se dice que pérez remató la carrera de garcía. Ahora, invitado por la necesidad de audiencia de su canal, pedrojota le pone un micrófono para que culmine, o lo intente, su venganza. Mourinho, su carácter y método y floren y su influencia, gestión y paragüas institucional, que son las dos riquezas del madrid actual, perseguidas con saña, con una manía demente cada día desde los mismos medios de madrid, sin necesidad de salir aprovincias, donde ya sabemos que el club es la representación del centralismo, referente negativo de todos los discursos d autoafirmación. ¿Cómo, digo yo, va a poder dejar uno de ser madridista? Y casi peor, y a la vez: ¿Y cómo, dónde, de qué manera podremos seguir siéndolo? La lucha mediática radiofónica -las doce, el prime time de las radios- y la competencia en los deportivos as y marca se traslada, poco a poco, al mundo de las televisiones de la tedeté y claro, en ese zarandeo deberá ser víctima el real madrid.
lunes, 11 de abril de 2011
miércoles, 6 de abril de 2011
Terminada Crónica General, de Juan Gil-Albert. No tengo tiempo para escribir. Todo en los márgenes y en el subrayado del libro. Tags: proustiano, facts, la historia como mezcla de erudición y fanatasía, Enrique III Valois, Calle La Paz, renacimiento, retorno de la infancia, empecinamiento en las fuentes de la infancia, ruptura sintáctica donde lo mental comienza a ser melódico y donde la quiebra sintáctica renueva la idea, reacción, Lawrence, identidad de ídolos, afinidad electiva absoluta. Chardin y la literatura francesa. La emoción vibrante de los hechos. Aquella emoción mía hecha de imaginación y de estudio. El rigorismo estrafalario de lo inglés. La españolidad del fandango yu el quejío, como raiz de la emoción española y las palmeras, presentes en mi tierra, con su melancólica nota meridional. Un libro que no sé cómo dejar y al que no soy capaz de rendir homenaje. La muda veneración, me queda, la idolatría escondida, y llevarlo conmigo y volver a leerlo cuando olvide algunas de las cosas fundamentales que en él se explican. Que en él se explican sobre mí mismo.
domingo, 20 de febrero de 2011
Siempre puede averiguarlo. Saluda friamente, si saluda, y no sonríe. Ninguna muestra de cariño, ningún abrazo, ni el menor asomo de una caricia. No pregunta por uno, ni cuenta mucho sobre sí misma y si lo hace suele ser mediante una deslabazada e irreflexiva secuencia de palabras, como si le pareciese tedioso informar, como si entretenida en algo encontrase irritante el diálogo, innecesario, molesto. Esa primera distancia, esa frialdad del encuentro se transforma después en otra cosa. En el pormenor doméstico, en el entrecruzamiento diario, a la primera de cambio, esa pasividad fria se convierte en algo activo, inquisitivo y entonces sobreviene la pregunta, pero no formulada del modo natural, abieerto, luminoso, interesado, no, sino de modo indirecto, a menudo introducida por un "y entonces", por alguna partícula que denota hondas cavilaciones anteriores, y al modo indirecto únesele el cariz de lo preguntado, que suele ser de profunda importancia para el interpelado. Amores, viejas amistades, las ocupaciones fundamentales, las aficiones que dan razón a la propia vida, todo aquello que uno considera parte fundamental de sí y, quizás, su mayor orgullo y razón de su identidad, todo aparece sibilina, pero agresivamente cuestionado desde una susceptible y herida posición de poder, como alguien que nos pidiera cuentas sin claridad alguna, con un venenoso aguijón crítico encubierto. Si uno la mira, su gesto aparece velado por la contrariedad, su ceño crispado, nublado de incomprensión. Imposible el diálogo entonces. Dos extraños forzados a un parentesco que más parece una condena. Si no escucha lo que desea callará, si se le contradice hará ademán dramático de víctima. Uno se aleja con una antigua congoja en el cuerpo; cuestionado, incomprendido, desconocido por unos ojos que debían mirarlo con el mayor afecto.
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La polémica entre Espada y Cercas, a la que ligeramente me he asomado, como si se tratara de una reyerta callejera que nos incita a asomarnos a la ventana un poco tarde ya, cuando los individuos litigantes se dispersan, me reafirma en la inutilidad social de los escritores y, más allá, en la vacuidad de sus contenidos intelectuales, en la extraña situación de quienes antes monopolizaron la expresión escrita, la transmisión de ideas y pensamientos y ahora deambulan por los periódicos entretenidos en polémicas personales, absurdas minucias estilísticas, alardes ridículos (la insumisión nicotínica en el tiempo de los after hours, con la que algunos novelistas reputados nos asombran, por ejemplo) o, mayoritariamente, el comentario pormenorizado de los afanes políticos de gente en absoluto interesante; el comentario político, el devenir del mundo, ya no es fácilmente descriptible por un novelista; los centros de poder son muchos, las decisiones se toman en redes invisibles y el dinero es un arcano, un movimiento eléctrico. ¿De qué escriben los escritores? De fútbol. El fútbol, que es el territorio del patriotismo irreflexivo, de la sacudida sentimental. Ese terreno medido, permitido, salvaguardado para el salvajismo occidental es lo que les queda a los escritores.
Un escritor debería tener una superioridad estética y un extrañamiento. Un escritor es un ethos y sabe, más de los demás, de una cosa: de estética. A los escritores les debiera quedar el gusto y el humor y una mirada aberrante, esquinada, distinta, angular de lo que sucede. Expertos en nada, víctimas de su propia facundia, seres ridículos que a menudo nos provocan vergüenza ajena con sus ensañamientos, con su equivocado uso de las palabras, constituyen un innoble pasatiempo; de nada saben, de todo opinan y manejan con desleal ligereza la metáfora, las imágenes, los recursos literarios que nacieron para rendirse a la belleza, única materia que les es propia.
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Leído Aguirre, el magnífico, de Manuel Vicent.
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La polémica entre Espada y Cercas, a la que ligeramente me he asomado, como si se tratara de una reyerta callejera que nos incita a asomarnos a la ventana un poco tarde ya, cuando los individuos litigantes se dispersan, me reafirma en la inutilidad social de los escritores y, más allá, en la vacuidad de sus contenidos intelectuales, en la extraña situación de quienes antes monopolizaron la expresión escrita, la transmisión de ideas y pensamientos y ahora deambulan por los periódicos entretenidos en polémicas personales, absurdas minucias estilísticas, alardes ridículos (la insumisión nicotínica en el tiempo de los after hours, con la que algunos novelistas reputados nos asombran, por ejemplo) o, mayoritariamente, el comentario pormenorizado de los afanes políticos de gente en absoluto interesante; el comentario político, el devenir del mundo, ya no es fácilmente descriptible por un novelista; los centros de poder son muchos, las decisiones se toman en redes invisibles y el dinero es un arcano, un movimiento eléctrico. ¿De qué escriben los escritores? De fútbol. El fútbol, que es el territorio del patriotismo irreflexivo, de la sacudida sentimental. Ese terreno medido, permitido, salvaguardado para el salvajismo occidental es lo que les queda a los escritores.
Un escritor debería tener una superioridad estética y un extrañamiento. Un escritor es un ethos y sabe, más de los demás, de una cosa: de estética. A los escritores les debiera quedar el gusto y el humor y una mirada aberrante, esquinada, distinta, angular de lo que sucede. Expertos en nada, víctimas de su propia facundia, seres ridículos que a menudo nos provocan vergüenza ajena con sus ensañamientos, con su equivocado uso de las palabras, constituyen un innoble pasatiempo; de nada saben, de todo opinan y manejan con desleal ligereza la metáfora, las imágenes, los recursos literarios que nacieron para rendirse a la belleza, única materia que les es propia.
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Leído Aguirre, el magnífico, de Manuel Vicent.
jueves, 27 de enero de 2011
Suena La statue de bronze. Canta no sé quién, toca Poulenc. O eso dice en los créditos. El vinilo permite que el cuerpo vibre, el cedé sólo ofrece las frecuencias que el oido puede percibir. Lo digital, y no digamos ya el spotify, es un formato un poco triste, pero a veces vibra algo con una voz. Sobre todo si el sonido es añejo. Parece que el crepitar, la nobleza madura de los sonidos, nos hace recordar el temblor físico de la música. En fin. He acabado Hablando del asunto, de Julian Barnes. Un divertido (sólo) triángulo amoroso. Huye de lo patético cuando puede y dadas las circunstancias vitales, es de agradecer. A partir de los treinta años, las obras de arte patéticas son un abuso. He apuntado algunas cosas:
*Llevaba un traje de hilo del color de una sopa de berros clara.
*Fue como intentar meter una ostra en un parquímetro (dicho sobre un fracaso sexual)
* (Esto no es nada literal, es sólo algo que me ha recordado el libro: la imaginación, digamos, vestimentaria, es musical. Los pensamientos sobre ropa, sobre vestuario, se excitan con la música. La música, digo yo, será el fundamental elemento inspirador de los modistos. Imagino a Lacroix escuchando a Stravinsky, por decir algo).
*el termítico mundo de los negocios...
*el taciturno afilador (esto me encanta: ¿no eran los afiladores inquietantemente solitarios?).
*Las aventuras amorosas corrompen.
*El comienzo del matrimonio es la época más peligrosa porque -¿cómo puedo expresarlo?- el corazón está tierno. L'appétit vient en mangeant. Estar enamorado te predispone a enamorarte.
*La mente es un moscardón, la mente es un pelele.
*Simplemente he sido yo. Por otra parte, ese yo no está fijado y decidido en la mente de Oliver como en la de Stuart. Y eso es... agradable. No, es más que agradable. Es sexy.
*Las Resoluciones de Año Nuevo.
*(Y esto lo digo yo): COnvirtámonos, tú y yo, en una sola unidad imponible.
*Yo he dejado el tabaco. Es una costumbre estúpida que estimula la autoindulgencia.
*Tengo la sensación de estar subiendo una pendiente en primera.
*No la hice tan feliz que fuese imposible que me dejase. Eso es lo que hice. Eso es lo que no hice. Así que fracasé, y me avergüenzo de ello. Comparado con esto, me importa un comino que la gente piense que mi polla no funciona.
*Cuando vives mucho tiempo con alguien vas perdiendo lentamente la capacidad de hacerle feliz, mientras que tu capacidad de herirle sigue intacta.
*El amor -o lo que la gente llama amor- no es más que un sistema para conseguir que la otra persona te llame cariño después del acto sexual.
Y más cosas. Algún párrafo estupendo que por pereza no transcribiré y algunas muestras de ingenio. NO mientes, no, economizas la verdad. Te pegas a mí como la cortina mojada de la ducha, y otras. Pero lo que me conmovió no lo apunté. Cuando Stuart, engañado, se niega a perderla y dice algo que medio recuerdo: Estaba muerto antes de conocerla y volveré a estarlo si se va. Y, menos, mucho menos, esa preocupación final por un perro, del que preocupa la libertad, la felicidad. No importa la manera, valen algunas mentiras (mentiré como un testigo presencial) y todo el dolor que sea necesario, y las putadas, y las mil travesías: todo vale por la libertad y la felicidad de los que amamos. Y por la nuestra somos capaces de las mayores tropelías. Si lo vemos desde fuera, como en esta novela de monólogos, sin narrador, todo es un poco horrible y el amor una merienda de negros, un campo de batalla.
*Llevaba un traje de hilo del color de una sopa de berros clara.
*Fue como intentar meter una ostra en un parquímetro (dicho sobre un fracaso sexual)
* (Esto no es nada literal, es sólo algo que me ha recordado el libro: la imaginación, digamos, vestimentaria, es musical. Los pensamientos sobre ropa, sobre vestuario, se excitan con la música. La música, digo yo, será el fundamental elemento inspirador de los modistos. Imagino a Lacroix escuchando a Stravinsky, por decir algo).
*el termítico mundo de los negocios...
*el taciturno afilador (esto me encanta: ¿no eran los afiladores inquietantemente solitarios?).
*Las aventuras amorosas corrompen.
*El comienzo del matrimonio es la época más peligrosa porque -¿cómo puedo expresarlo?- el corazón está tierno. L'appétit vient en mangeant. Estar enamorado te predispone a enamorarte.
*La mente es un moscardón, la mente es un pelele.
*Simplemente he sido yo. Por otra parte, ese yo no está fijado y decidido en la mente de Oliver como en la de Stuart. Y eso es... agradable. No, es más que agradable. Es sexy.
*Las Resoluciones de Año Nuevo.
*(Y esto lo digo yo): COnvirtámonos, tú y yo, en una sola unidad imponible.
*Yo he dejado el tabaco. Es una costumbre estúpida que estimula la autoindulgencia.
*Tengo la sensación de estar subiendo una pendiente en primera.
*No la hice tan feliz que fuese imposible que me dejase. Eso es lo que hice. Eso es lo que no hice. Así que fracasé, y me avergüenzo de ello. Comparado con esto, me importa un comino que la gente piense que mi polla no funciona.
*Cuando vives mucho tiempo con alguien vas perdiendo lentamente la capacidad de hacerle feliz, mientras que tu capacidad de herirle sigue intacta.
*El amor -o lo que la gente llama amor- no es más que un sistema para conseguir que la otra persona te llame cariño después del acto sexual.
Y más cosas. Algún párrafo estupendo que por pereza no transcribiré y algunas muestras de ingenio. NO mientes, no, economizas la verdad. Te pegas a mí como la cortina mojada de la ducha, y otras. Pero lo que me conmovió no lo apunté. Cuando Stuart, engañado, se niega a perderla y dice algo que medio recuerdo: Estaba muerto antes de conocerla y volveré a estarlo si se va. Y, menos, mucho menos, esa preocupación final por un perro, del que preocupa la libertad, la felicidad. No importa la manera, valen algunas mentiras (mentiré como un testigo presencial) y todo el dolor que sea necesario, y las putadas, y las mil travesías: todo vale por la libertad y la felicidad de los que amamos. Y por la nuestra somos capaces de las mayores tropelías. Si lo vemos desde fuera, como en esta novela de monólogos, sin narrador, todo es un poco horrible y el amor una merienda de negros, un campo de batalla.
sábado, 8 de enero de 2011
He visitado N. con J.C. La entrada al pueblo me ha sorprendido. Un paseo jalonado de enormes residencias señoriales, algunas de ellas con el encanto del tiempo encerrado en sus jardines. Majestuosas casas cerradas en el invierno, silenciosas, con el hermoso aire de los chalecitos urbanos. Esta localidad es, quizás, la joya residencial de la comarca. El Ayuntamiento, convenientemente endeudado, sostiene muchísimas actividades, como esforzándose en estar a la altura del lustre de sus habitantes, algunas de las más notorias familias valencianas: casa de ancianos, talleres, museos, recitales a la orilla del Palancia, a los pies de un hermoso salto de agua y por las calles hay una atmósfera de silencio, tranquilidad y bienestar. La plaza del pueblo tiene por centro un olmo -¿era un olmo?- del siglo XVII al que habían rodeado con un belén habitado por animales vivos. En cada esquina un bar con terrazas climatizadas, para quienes quieran encontrar el pasmo del pitillo en pleno invierno.
Tras el paseo, hemos entrado en el museo para disfrutar con la exposición antológica de M.R. El museo está dedicado a su figura, pues se trata de un notable e ilustre natural de la villa, un escultor con obra innumerable. No tengo el gusto educado en la escultura, pero he disfrutado de algunas cosas. Los retratos, herederos del estudio de la musculatura de Miguel Ángel, la estilización de sus figuras de los años setenta, la bíblica solemnidad de la cabeza de Vinatea, la maravillosa expresión del busto del pintor Peris Aragó, con una mirada absolutamente pictórica -el increible juego de relieves concéntricos de los ojos, logrando una luz propia de mirada de vidrio, milagro de la luz y la forma, escultura única con mirada, no la mirada de ciego de tantas obras, sino una auténtica mirada con forma y color, con luz-, la forma del toro en tensión, los estudios femeninos, esas parejas hombre-mujer con uno al pie, adorando sometido al amante -bien ella, tendida, más libre, como una sirena; bien él, dolorosamente agarrado a los pies de la amada, encadenado, sumiso, admirativo-. Había retratos de gran parte de la sociedad valenciana: toreros, cantantes, actores y un enorme conjunto dedicado al soldado iraquí que, por lo visto, adorna el centro de una plaza en Bagdad. Después, tras visitar la exposición y tomar un breve café -las inevitables charlas sobre el trabajo- y después de encontrar algún lugareño, hemos visitado la casa del artista. Nos ha abierto un hombre de barba blanca, mayor, de hablar atropellado -una dicción muy de aquí, un castellano algo abrupto, como con cierta dificualtad que pareciera, sin serlo, de valencianoparlante- y encantadoramente risueño y humilde. Nos ha enseñado su casa, de varios pisos. Vive solo, con un silencioso gato de color claro, en una casa limpia, llena de obras de arte. Sus bocetos, dibujos, moldes de sus obras y cuadros del padre deJ.C., amigo entrañable, o del enorme pintor Peris Aragó, autor de un autorretrato maravilloso, con un colorido sensacional de pelo blanco, gabardina y pipa, de enorme parecido a Eduardo Arroyo y, sobre todo, autor de un retrato de este entrañable M.R., de una encarnadura y un color ribereño, absolutamente sensacional. Un retrato saliendo de la oscuridad, no tan notable en el aspecto psicológico como en la enorme realidad de la carne y el brillo del rojo de la capa y el blanco de los papeles. Un impactante retrato emergiendo de la nada oscura, la consecíón lograda de la carne, de la materia y de la luz. ¿De dónde sale la luz de los retratos? Parece la luz de Dios sobre las cosas y los hombres. Qué fascinante juego de luces y sombras, de oscuridad y materia, de existencia y nada. Porque eso, a la vuelta, era lo que me quedaba en la cabeza, rondando con el brillo entretenido de lo que nos habla a una parte poco clara de nosotros mismos: el ejemplo de este señor, mayor, contento, obrando sin parar tallas de madera a la luz de un flexo, con el retrato de Beethoven al fondo, el cristo de Velázquez, las obras de Miguel Ángel y los retratos firmados de S.M o un Generalísimo, arrugado y flebítico. La felicidad del arte, la alegría de las formas, la hermosura de lo real, del realismo ("la realidad cuesta, pero en esa lucha esta el disfrute"), la trascendencia de la realidad observada y el sentimiento religioso. El gusto por lo sencillo y lo natural. Todo cosas que uno va perdiendo en el fárrago insoportable de lo equivocado, de lo decidicamente equivocado.
Pienso que en ese retrato del pintor valenciano o en la obra del escultor que arranca la forma ("lo que sobra") a la materia informe no sólo había una hermosura que me reconfortaba. Había algo más. El secreto de un esfuerzo conseguido. Algo titánico, trascendente, metafísico. Algo que me decía algo sobre mi vida, sobre la atribulada vida de los que quiero. Algo sobre la tristeza infinita de los que se van, sobre el sinsentido de los que nos quedamos paralizados. Algo sobre el amor. En esas obras, tan cercanas, tan de aquí, tan españolamente realistas, estaba encerrado el supremo logro de arrancarle forma y vida a la nada. La anonadante, terrible, inhumanada nada (inhumanada;feliz lapsus) de lo que no tiene forma ni color ni tiempo.
***********
Acabado "¡Menudo reparto!", de Jonathan Coe. Me gustó el prólogo de Kiko Amat que, sin embargo, no destacó la única belleza de la novela: la relación de Fiona y Michael y el sugerente juego de planos en la vida del protagonista, algo así como un espectador perpetuo a la espera de su propia vida. Protagonista involuntario, personaje ajeno. Esa condición, tan actual, de la vida no vivida, de la confusión imposible del espectador no protagonista. No sé, en eso la novela tiene una profundidad ligera, nada antipática, en apariencia nada ambiciosa, pero quizás sea lo más logrado de la novela. Eso, e insisto, el personaje de Fiona, que activa sentimentalmente al protagonista. La manera que tiene Michael de acercarse a Fiona es conmovedora y el desenlace de la pareja, aislado en la sátira maniquea del libro, le deja a uno petrificado. Diría que es triste. Esa dulce mujer, enferma y sola, es lo mejor de la novela. O al menos para mí, que ya voy estando harto del infantilismo y la estupidez de tanta novela de anagrama, de la frialdad sintáctica de las traducciones. Necesito leer cosas de aquí, en verdadero español y necesito, perdidamente, profundidad, misterio y consuelo. Nada de divertimentos, nada de críticas sociales. El dulce consuelo del arte, a ser posible español.
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Mientras escribo estas líneas, el hijo de mis vecinos hace sonar intermitentemente una vuvuzela.
Tras el paseo, hemos entrado en el museo para disfrutar con la exposición antológica de M.R. El museo está dedicado a su figura, pues se trata de un notable e ilustre natural de la villa, un escultor con obra innumerable. No tengo el gusto educado en la escultura, pero he disfrutado de algunas cosas. Los retratos, herederos del estudio de la musculatura de Miguel Ángel, la estilización de sus figuras de los años setenta, la bíblica solemnidad de la cabeza de Vinatea, la maravillosa expresión del busto del pintor Peris Aragó, con una mirada absolutamente pictórica -el increible juego de relieves concéntricos de los ojos, logrando una luz propia de mirada de vidrio, milagro de la luz y la forma, escultura única con mirada, no la mirada de ciego de tantas obras, sino una auténtica mirada con forma y color, con luz-, la forma del toro en tensión, los estudios femeninos, esas parejas hombre-mujer con uno al pie, adorando sometido al amante -bien ella, tendida, más libre, como una sirena; bien él, dolorosamente agarrado a los pies de la amada, encadenado, sumiso, admirativo-. Había retratos de gran parte de la sociedad valenciana: toreros, cantantes, actores y un enorme conjunto dedicado al soldado iraquí que, por lo visto, adorna el centro de una plaza en Bagdad. Después, tras visitar la exposición y tomar un breve café -las inevitables charlas sobre el trabajo- y después de encontrar algún lugareño, hemos visitado la casa del artista. Nos ha abierto un hombre de barba blanca, mayor, de hablar atropellado -una dicción muy de aquí, un castellano algo abrupto, como con cierta dificualtad que pareciera, sin serlo, de valencianoparlante- y encantadoramente risueño y humilde. Nos ha enseñado su casa, de varios pisos. Vive solo, con un silencioso gato de color claro, en una casa limpia, llena de obras de arte. Sus bocetos, dibujos, moldes de sus obras y cuadros del padre deJ.C., amigo entrañable, o del enorme pintor Peris Aragó, autor de un autorretrato maravilloso, con un colorido sensacional de pelo blanco, gabardina y pipa, de enorme parecido a Eduardo Arroyo y, sobre todo, autor de un retrato de este entrañable M.R., de una encarnadura y un color ribereño, absolutamente sensacional. Un retrato saliendo de la oscuridad, no tan notable en el aspecto psicológico como en la enorme realidad de la carne y el brillo del rojo de la capa y el blanco de los papeles. Un impactante retrato emergiendo de la nada oscura, la consecíón lograda de la carne, de la materia y de la luz. ¿De dónde sale la luz de los retratos? Parece la luz de Dios sobre las cosas y los hombres. Qué fascinante juego de luces y sombras, de oscuridad y materia, de existencia y nada. Porque eso, a la vuelta, era lo que me quedaba en la cabeza, rondando con el brillo entretenido de lo que nos habla a una parte poco clara de nosotros mismos: el ejemplo de este señor, mayor, contento, obrando sin parar tallas de madera a la luz de un flexo, con el retrato de Beethoven al fondo, el cristo de Velázquez, las obras de Miguel Ángel y los retratos firmados de S.M o un Generalísimo, arrugado y flebítico. La felicidad del arte, la alegría de las formas, la hermosura de lo real, del realismo ("la realidad cuesta, pero en esa lucha esta el disfrute"), la trascendencia de la realidad observada y el sentimiento religioso. El gusto por lo sencillo y lo natural. Todo cosas que uno va perdiendo en el fárrago insoportable de lo equivocado, de lo decidicamente equivocado.
Pienso que en ese retrato del pintor valenciano o en la obra del escultor que arranca la forma ("lo que sobra") a la materia informe no sólo había una hermosura que me reconfortaba. Había algo más. El secreto de un esfuerzo conseguido. Algo titánico, trascendente, metafísico. Algo que me decía algo sobre mi vida, sobre la atribulada vida de los que quiero. Algo sobre la tristeza infinita de los que se van, sobre el sinsentido de los que nos quedamos paralizados. Algo sobre el amor. En esas obras, tan cercanas, tan de aquí, tan españolamente realistas, estaba encerrado el supremo logro de arrancarle forma y vida a la nada. La anonadante, terrible, inhumanada nada (inhumanada;feliz lapsus) de lo que no tiene forma ni color ni tiempo.
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Acabado "¡Menudo reparto!", de Jonathan Coe. Me gustó el prólogo de Kiko Amat que, sin embargo, no destacó la única belleza de la novela: la relación de Fiona y Michael y el sugerente juego de planos en la vida del protagonista, algo así como un espectador perpetuo a la espera de su propia vida. Protagonista involuntario, personaje ajeno. Esa condición, tan actual, de la vida no vivida, de la confusión imposible del espectador no protagonista. No sé, en eso la novela tiene una profundidad ligera, nada antipática, en apariencia nada ambiciosa, pero quizás sea lo más logrado de la novela. Eso, e insisto, el personaje de Fiona, que activa sentimentalmente al protagonista. La manera que tiene Michael de acercarse a Fiona es conmovedora y el desenlace de la pareja, aislado en la sátira maniquea del libro, le deja a uno petrificado. Diría que es triste. Esa dulce mujer, enferma y sola, es lo mejor de la novela. O al menos para mí, que ya voy estando harto del infantilismo y la estupidez de tanta novela de anagrama, de la frialdad sintáctica de las traducciones. Necesito leer cosas de aquí, en verdadero español y necesito, perdidamente, profundidad, misterio y consuelo. Nada de divertimentos, nada de críticas sociales. El dulce consuelo del arte, a ser posible español.
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Mientras escribo estas líneas, el hijo de mis vecinos hace sonar intermitentemente una vuvuzela.
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