He acabado los Diarios de Joe Orton. El final es triste y su interrupción abrupta estremece. Días antes de morir, Orton encontraba raro a Kenneth, que leía las entradas del diario. Probablemente enloqueció con las últimas páginas. Joe escribía cada vez mejor y con más libertad. En la narración de su fin de semana en Brighton reconoce que un niño de tres años era capaz de excitarle. Su pareja, Kenneth, "nulidad de mediana edad", aspiraba a una relación estable, ordenada. "La vida pierde sus objetivos si no se la dedica a Dios o a alguien", dice en algún momento. "Toda libertad es una amenaza para alguien", afirmaba Camus. Me ha gustado el libro; Joe, K. W., personajes que acojo ya para siempre en mi olimpo personal. La obra, pese a ser leída en traducción, deja en el oido un ritmo y esa es el rasgo distintivo de la buena literatura. No la beatífica sensación de "ser mejor persona" que produce el cine, sino el eco en la conciencia de un determinado rumor, de una pauta, de una música que es la voz del autor.
Esta mañana mis padres me han traído unos folletos con información de viviendas de nueva construcción. Cuando les pedí el favor de que recabasen para mí alguna información, fui muy preciso al determinar que buscaba un estudio. Ellos, sin embargo, venían entusiasmados con un piso de dos habitaciones. La inversión inmobiliaria despierta en alguna gente un frenesí de clase media muy desagradable. Personalmente, no me importa salir de la ciudad, sólo quiero disfrutar de los beneficios fiscales antes de que desaparezcan porque la arbitrariedad política tiene un no sé qué de autoritarismo que me irrita, pero todo es lo mismo, una especie de infierno residencial con vistas a jardines sintéticos donde gente aburrida se arrastra lastimosamente a través de domingos eternos. Ahora que vivo en B., rodeado de silencio y montañas, me doy cuenta de que lo urbano es, antes que nada, mágico. La ciudad despierta la imaginación. Va unida al cine y a la novela, al relato. La urbe es azar. Tiene un elemento narrativo y fantasioso que sin embargo yo no puedo encontrar en Valencia. Lo tiene Madrid. Cuando una ciudad que debiera tenerlo no lo tiene se produce una tristeza muy frustrante. Entre la provincia y la metrópoli, Valencia ofrece a sus habitantes un tranquilizador intermedio. No es extraño que tan poca ficción se haya desarrollado aquí.
Paso el rato leyendo. Escucho un video de Bobby Caldwell en el que aparece con una inverosímil coleta de proxeneta.
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La resaca está muy desprestigiada. Se aprende mucho de uno mismo y además tiene esa primera sensación de asombro en las primeras horas. Ayer pensé, adoptando un poco el estilo campanudo de la jerga filosófico-poética que la resaca es "conciencia dolorida". Todos los venenos tienen su pequeña enseñanza, claro que alguien dijo que "todo es veneno y nada es sin veneno".
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Orton hacía ejercicios físicos que no detalla. Murakami, Mishima, Mailer, Orton, yo mismo... no es cierto que los genios de la literatura despreciemos el físico.
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