domingo, 21 de marzo de 2010

viernes, 19 de marzo de 2010

Salgo a correr por el paseo marítimo de Cádiz. Llevo la música puesta y corro mirando de reojo la playa, casi vacía. Envidio a los surferos y a las pocas personas que yacen en la arena, solos y en silencio, como pacientes de alguna terapia para los nervios. Cádiz es una ciudad estupenda, pero lo mejor es el mar y pasado un tiempo, después de muchas visitas, empiezo a enamorarme (qué palabra tan perezosamente elegida) del mar gaditano. Océano, me corregiría M., pero nos entendemos: las corrientes de olas, pacientes sufridoras de los surferos gilipuertas -los nuevos albertis-, las aguas contra la escollera, la arena limpia, el sonido del mar... Al principio el mar me deprimía, pero últimamente no es así. Camina uno por Cádiz y al final de muchas calles se ve el mar y esa cosa insular de la ciudad me ponía un poco malo, en el sentido literal. Poca urbe, poca cultura, pocos pisanervios, poco contenido humano y al lado, inabarcable, enorme, monótono, el mar, el mar, siempre recomenzando, enloquecedoramente perpétuo y no había manera de dialogar con ello, de meterle mano. Pero eran chiquilladas porque en este viaje el mar ha sido descanso. Refresco y descanso de la mirada. La arena, aún no hollada, es la promesa del tacto sinuoso, duro y acariciante del verano, de su calidez nerviosa y abrasiva.

La carrera estuvo bien. A la ida estuve escuchando Cementery Gates, de los smiths, tan afectadamente literaria. Corría riéndome, con ganas de cantar, dando zancadas al ritmo de la música y sorteando viejas. Me crucé con un señor muy parecido al crítico Boyero, el mismo avinagramiento hepático.

A la vuelta un tema hard-bopper de Mclean. Duro, rítmico, melódicamente trepidante. Por un momento me sentí Rocky Balboa. Todo el rato sentía deseos de boxear con el aire. Estuve escuchando a Mclean una y otra vez hasta que me acerqué a la catedral. Su hermosa cúpula dorada es el final de mis correrías. Pagué tanta euforia sin causa y llegué fatigado como un peregrino. Al terminar, me puse un suéter y me senté en una terraza. El ambiente estaba amortiguado por la piedra ostionera y los adoquines de la plaza. Leí unas cuántas páginas de Orton mientras observaba fascinado a los turistas. Una señora inglesa con muletas vacilaba extrañamente frente a mí, un poco grogui, y me pidió el teléfono para llamar. Me hicé el sueco y le indiqué el camino del bar. Otra caminaba con un imposible chal de ganchillo del tamaño de una servilleta, iba acompañada de un señor con pinta de ser un golfista amateur de Southampton. Eran desenvueltos y estridentes, pero silenciosos. Así se me fue la mañana hasta que llegó M. Luego discutimos porque según su opinión soy un hombre egoista. Yo preferiría pensar que tengo un marcado sentido de lo conveniente.

Por la noche salimos con M., su amiga M. y M., su novio. Cuatro M. y yo, de modo que transcribir cualquier diálogo se hace imposible salvo que decida numerar las emes y entonces esto parecería una ecuación.

Estuvimos en un local encantador, El Café de Levante, de aspiraciones bohemias y predominio femenino. Allí encontramos al aspirante socialista a la alcaldía, acodado en la barra como un divorciado. Después hicimos una parada en un garito horroroso, el medusa. Allí confluye una confusa mezcla de minorias urbanas y suena un batiburrillo espeluznante de northern soul, rock, surf y reggae. Predominio masculino. Gente fea. Picores. El alcohol empezó a sentar mal.

Acabamos la noche en el supersonic, un local nuevo y pretendidamente indie lleno de erasmus y advenedizos. Los pinchadiscos eran criminales. M. y yo discutimos. Parecemos Liz Taylor y Richard Burton, pero en esas noches de alcohol siempre aflora algo vivo: una confesión, un temor, una pasión. Detesto el efecto del alcohol en mí, pero me gusta verla así.

Al llegar a casa M. me tenía preparada una tapa de carne al toro con pasta. Sensación de plenitud doméstica.

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