Parece que por fin se disipan los efectos de la juerga del viernes. La mala noticia es que el abandono de la resaca se ha encadenado con algún tipo de achaque. Me empieza a doler la garganta y he sentido calentura y mal cuerpo durante parte del día. Además, estoy cansado y soñoliento.
Hoy era mal día para enfermar, me han dedicado una emotiva despedida y eso implicaba dirigir unas palabras a la concurrencia. He intercalado sensibleramente el valenciano en mi discurso en castellano y he sido serio, responsable y enfermizamente edificante. Soy un tipo vanidoso y me gusta ir dando lecciones a la gente sin que se note. El alumno de colegio religioso que fui no me termina de abandonar. Es como si hubiese dos conciencias, dos niveles de conciencia: un yo moral y un yo íntimo, acallado casi siempre. Y siento que dejo la resaca porque aparece la vanidad. El ego se recompone después de un desastre. El ciclo de la borrachera es siempre el mismo: euforia creciente y sentirse Napoleón la primera noche; el día posterior ya no hay un emperador pero hay ironía y sorpresa, una especie de filósofo cínico que a duras penas puede hablar pero que sonrie; al siguiente llega el derrumbamiento y del ego tal como lo conociamos no queda nada. Martes, miércoles y jueves sirve para recomponer los pedazos de si, como trozos de un jarrón rato. Se trata de reunir en nuestras manos lo poco que somos, agarrarnos fuertemente hasta que la suma de todo de una imagen propia. Con un poco de suerte, a las pocas horas aparecerá la vanidad, el brillo del ser y ¿no querrá lucirse la vanidad, de nuevo conquistada, en el desfile nocturno del fin de semana?
Alucino con Erykah Badu. Ya sé lo que voy a escuchar estos días.
He hablado con S., que casi se va al otro barrio. Ha hecho un esfuerzo por estar animado al hablar, como si instantes antes hubiese hecho acopio de energías, y me ha agradecido la atención. Le han introducido casi tres litros de sangre ajena y los niveles de ácido úrico del nuevo plasma le han provocado una reacción. ¿Se adaptará ese caudal al ritmo de mi amigo o renovarán el pulso de su vida? Cómo desearía que esa sangre le diese brío, pujanza y valor.
Creo que se ha sorprendido de encontrar mensajes de aliento y llamadas mientras luchaba en la cama del hospital. Últimamente pienso en la vida como algo fugacísimo. Sé que vienen curvas y siento todo demasiado. Parezco una de esas folclóricas que van a la tele a aguantarse la lágrima en el extremo del ojo como quien sujeta una bombilla del techo. No tengo que beber, no tengo que beber...
En cuanto acabe a Orton: Don Delillo y poesía española. Ahora podré leer, solo en la montaña. Lectura y musculación. Voy a ser Mishima. Tengo cosas de recluso, mentalidad de recluso.
miércoles, 31 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
Empiezo a asumir que he pasado de amante a detestador de la poesía. Para leer un libro de poemas -para ser justo, debería excluir de aquí cierta poesía anglosajona o de inspiración anglosajona-, para disfrutar como es posible un libro de poemas es necesario ser una especie de monje tibetano sin líbido. Cruzar una ciudad en hora punta ya me parece incompatible con la lectura de poesía.
No es descabellado pensar que yo sea un individuo colérico, maniático, machista, incapaz de hacer feliz a una mujer.
No es descabellado pensar que yo sea un individuo colérico, maniático, machista, incapaz de hacer feliz a una mujer.
jueves, 25 de marzo de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
Mi organismo se acostumbró pronto a M. y su cuerpo. Estoy agotado, triste, ansioso, apático, celoso y lo achaco a una reacción de mi cuerpo a su pérdida. Se acostumbró pronto todo mi ser a estar con ella y la soledad de nuevo es un desbarajuste químico, es un desequilibrio no sólo psíquico.
Charlo con M. y hablamos de los nocilla. Me dice que su humor es retórico, irreal, impostado, y que mucho de ellos es programático. Por mi parte, sugiero que pueden estar fundando una literatura española sobre el raíl equivocado: el DFW de ficción y no el ensayístico, que sería una estación término del Nuevo Periodismo. Es decir, del realismo. M. dice que en los nocilla todo es lectura sin vida, mientras que en DFW hay dolor, realidad. Creo que tiene razón, pero en él hay otra cosa: tiene la profundidad de la filosofía sin el fárrago filosófico. La complicación de los nocilla es ardua, asusta, disuade. DFW hace literatura con un instrumento filosófico. Después de leerle tuve la sensación de que era un apasionado lector de pensamiento metido a hacer periodismo. PIenso en ese aforismo de Joubert que dice algo así: las palabras nunca le faltan a las ideas, son las ideas las que a veces faltan a las palabras. DFW tiene todas las ideas del mundo.
Siempre pienso en él como en Elliot Smith.
LOs nocilla son una poética sin poesía.
Ha sido mi cumpleaños. Tengo un nuevo chándal que pienso usar. La mayor evolución que he sufrido, lo que explica mi año, es que ya no considero vergonzoso usar chándal. He pasado a ser un individuo chandalístico, que pudiera ser visto por la calla en chándal. El chándal es de dominguero, adidas blanquinegro, y con las zapatillas de correr parezco un poco Bernardino Lombao. En cuestión de moda deportiva me falta una mano de estilismo. Le preguntaré a M.
Otro aforismo de Joubert que recuerdo -que malrecuerdo, de mis apresuradas lecturas en el cuarto de baño- es ese que decía que dos son las excelentes criaturas de Dios: los que crean cosas hermosas y los que las aprecian. Me pregunto si yo sólo estaré en el segundo pelotón. Pero esta cita de Joubert es un consuelo, porque durante mucho tiempo al pensar en esto recordaba una entrevista a David Summers, el desfalleciente cantante de Hombres G (desfalleciente como la dicción de las azafatas de vueling), en la que mencionaba un consejo de su padre Manolo: en la vida sólo hay dos tipos de personas: los que hacen algo y los que piensan en hacerlo. Joubert rehabilita al contemplativo. Además, ¿no sobra en el mundo gente haciendo cosas que deberían no haberse hecho? (De todos modos, no he dicho mi última palabra a este respecto).
Charlo con M. y hablamos de los nocilla. Me dice que su humor es retórico, irreal, impostado, y que mucho de ellos es programático. Por mi parte, sugiero que pueden estar fundando una literatura española sobre el raíl equivocado: el DFW de ficción y no el ensayístico, que sería una estación término del Nuevo Periodismo. Es decir, del realismo. M. dice que en los nocilla todo es lectura sin vida, mientras que en DFW hay dolor, realidad. Creo que tiene razón, pero en él hay otra cosa: tiene la profundidad de la filosofía sin el fárrago filosófico. La complicación de los nocilla es ardua, asusta, disuade. DFW hace literatura con un instrumento filosófico. Después de leerle tuve la sensación de que era un apasionado lector de pensamiento metido a hacer periodismo. PIenso en ese aforismo de Joubert que dice algo así: las palabras nunca le faltan a las ideas, son las ideas las que a veces faltan a las palabras. DFW tiene todas las ideas del mundo.
Siempre pienso en él como en Elliot Smith.
LOs nocilla son una poética sin poesía.
Ha sido mi cumpleaños. Tengo un nuevo chándal que pienso usar. La mayor evolución que he sufrido, lo que explica mi año, es que ya no considero vergonzoso usar chándal. He pasado a ser un individuo chandalístico, que pudiera ser visto por la calla en chándal. El chándal es de dominguero, adidas blanquinegro, y con las zapatillas de correr parezco un poco Bernardino Lombao. En cuestión de moda deportiva me falta una mano de estilismo. Le preguntaré a M.
Otro aforismo de Joubert que recuerdo -que malrecuerdo, de mis apresuradas lecturas en el cuarto de baño- es ese que decía que dos son las excelentes criaturas de Dios: los que crean cosas hermosas y los que las aprecian. Me pregunto si yo sólo estaré en el segundo pelotón. Pero esta cita de Joubert es un consuelo, porque durante mucho tiempo al pensar en esto recordaba una entrevista a David Summers, el desfalleciente cantante de Hombres G (desfalleciente como la dicción de las azafatas de vueling), en la que mencionaba un consejo de su padre Manolo: en la vida sólo hay dos tipos de personas: los que hacen algo y los que piensan en hacerlo. Joubert rehabilita al contemplativo. Además, ¿no sobra en el mundo gente haciendo cosas que deberían no haberse hecho? (De todos modos, no he dicho mi última palabra a este respecto).
lunes, 22 de marzo de 2010
lunes, 22 de marzo de 2010
He vuelto al trabajo. Al llegar me ha dado pena comprobar que las cosas están cambiando. L. se va, B. tiene novia y F. ya no me odia. Por si fuera poco, los almuerzos han pasado a mejor vida, sustituidos por el triste café. E. me promete una placa y ya tengo una insignia, de modo que voy acumulando solemnidades y honores, como esos viejos encantadores que coleccionan escudos municipales de toda España o libros de fiesta o carteles o bandos. Las mil formas del fetichismo municipal. He quedado para comer con los compañeros el miércoles y con E. y su gang el viernes.
No diré que he trabajado mucho, porque un diario tiene que ser fidedigno. He tenido conversaciones con mis amigos y he atendido las polémicas que M. origina en facebook, como el animador virtual que lleva tiempo siendo. El elemento bernhardiano de M. unido al regionalismo infecto que se vive en España ofrece situaciones muy divertidas. En este caso, todo ha sido causado por un moderado artículo de J. sobre Delibes y su mundo. En realidad, cualquier lector que no sea sexagenario e irremediablemente conservador ha sufrido con Delibes la dificultad de enfrentar un mundo preindustrial, rural, asfixiante o directamente afásico. Queriamos un Pynchon, pero nos daban a Delibes. El autor del artículo se permitía ser sincero con Valladolid, el mundo del narrador, y eso ha despertado protestas entre vallisoletanos airados, la mayoría jóvenes y aparentemente cultos. A todo esto, Delibes es un apellido tal que difícilmente admite la derivación *delibesiano* ¿Cómo se las ingeniarán los críticos?
Cuando recuerdo las novelas castellanas de Umbral, por ejemplo, me deprimo. ¿No es cierto que es Madrid la que termina de dar vida y color al estilo ya forjado de Umbral?
Por la tarde he ido a recoger las gafas de sol. He caminado con ellas procurando no mirarme en el cristal de ningún escaparate. Las gafas son bonitas y al probarlas descubrí en mí un perfil de agente secreto o investigador privado con el que había fantaseado desde niño. Precisamente por eso rehusé todo impulso conducente a mirar mi reflejo en un cristal. Enormes ramalazos de coquetería y timidez combaten dentro de mí, como dos perros a los que sacan a pasear y se enzarzan persiguiéndose mutuamente la cola.
De vuelta de la óptica he sucumbido en París-Valencia. He comprado una colección de ensayos de Eco, al que voy a leer próximamente. He regresado a casa caminando, disfrutando de la canción del día -Daquilo que eu sei, de Ivan Lins, en la versión de la Metropole Jazz Orchestra-. El cielo estaba oscuro, color de tinta, a punto de llover, pero nublado de una forma alegre, intensamente morado. La calle, la misma calle de siempre, parecía más tranquila y el aire era respirable, tónico; la hierba olía y había naranjos en flor, agua brotando de fuentes. Una extraña armonía entre lo municipal y el clima. Creo que se debía tanto a la primavera como al momento: esa hora de la tarde -remansada, diría- en que ya han salido los niños del colegio y aún no ha terminado la jornada laboral. Como fuera, mi recibimiento a la primavera fue interrumpido por mi encontronazo con J. y su hija A., tan oportunas y antipoéticas como siempre. Tuve que pasarme un rato viendo fotos de niños y bebés y dando explicaciones sobre mi vida, planes y proyectos. Obviamente, me fui por las ramas.
Hay una persona en la vida de Orton que me resulta muy simpática: el actor Kenneth Williams. Busco las páginas en las que sale con interés creciente y sus diálogos y amistad me empiezan a parecer lo más divertido del libro.
Correr por la playa es un espectáculo. El puerto está iluminado con luces amarillas y azules de un modo que me recuerda a la película Diva, de Jean-Jacques Beineix. Ese fondo de neón ochentero, el color pastel de algunos edificios, las palmeras y la ausencia casi absoluta de aborígenes hacía pensar en un Miami alucinado. He echado de menos mis gafas oscuras sintiéndome Sonny Crockett.
No diré que he trabajado mucho, porque un diario tiene que ser fidedigno. He tenido conversaciones con mis amigos y he atendido las polémicas que M. origina en facebook, como el animador virtual que lleva tiempo siendo. El elemento bernhardiano de M. unido al regionalismo infecto que se vive en España ofrece situaciones muy divertidas. En este caso, todo ha sido causado por un moderado artículo de J. sobre Delibes y su mundo. En realidad, cualquier lector que no sea sexagenario e irremediablemente conservador ha sufrido con Delibes la dificultad de enfrentar un mundo preindustrial, rural, asfixiante o directamente afásico. Queriamos un Pynchon, pero nos daban a Delibes. El autor del artículo se permitía ser sincero con Valladolid, el mundo del narrador, y eso ha despertado protestas entre vallisoletanos airados, la mayoría jóvenes y aparentemente cultos. A todo esto, Delibes es un apellido tal que difícilmente admite la derivación *delibesiano* ¿Cómo se las ingeniarán los críticos?
Cuando recuerdo las novelas castellanas de Umbral, por ejemplo, me deprimo. ¿No es cierto que es Madrid la que termina de dar vida y color al estilo ya forjado de Umbral?
Por la tarde he ido a recoger las gafas de sol. He caminado con ellas procurando no mirarme en el cristal de ningún escaparate. Las gafas son bonitas y al probarlas descubrí en mí un perfil de agente secreto o investigador privado con el que había fantaseado desde niño. Precisamente por eso rehusé todo impulso conducente a mirar mi reflejo en un cristal. Enormes ramalazos de coquetería y timidez combaten dentro de mí, como dos perros a los que sacan a pasear y se enzarzan persiguiéndose mutuamente la cola.
De vuelta de la óptica he sucumbido en París-Valencia. He comprado una colección de ensayos de Eco, al que voy a leer próximamente. He regresado a casa caminando, disfrutando de la canción del día -Daquilo que eu sei, de Ivan Lins, en la versión de la Metropole Jazz Orchestra-. El cielo estaba oscuro, color de tinta, a punto de llover, pero nublado de una forma alegre, intensamente morado. La calle, la misma calle de siempre, parecía más tranquila y el aire era respirable, tónico; la hierba olía y había naranjos en flor, agua brotando de fuentes. Una extraña armonía entre lo municipal y el clima. Creo que se debía tanto a la primavera como al momento: esa hora de la tarde -remansada, diría- en que ya han salido los niños del colegio y aún no ha terminado la jornada laboral. Como fuera, mi recibimiento a la primavera fue interrumpido por mi encontronazo con J. y su hija A., tan oportunas y antipoéticas como siempre. Tuve que pasarme un rato viendo fotos de niños y bebés y dando explicaciones sobre mi vida, planes y proyectos. Obviamente, me fui por las ramas.
Hay una persona en la vida de Orton que me resulta muy simpática: el actor Kenneth Williams. Busco las páginas en las que sale con interés creciente y sus diálogos y amistad me empiezan a parecer lo más divertido del libro.
Correr por la playa es un espectáculo. El puerto está iluminado con luces amarillas y azules de un modo que me recuerda a la película Diva, de Jean-Jacques Beineix. Ese fondo de neón ochentero, el color pastel de algunos edificios, las palmeras y la ausencia casi absoluta de aborígenes hacía pensar en un Miami alucinado. He echado de menos mis gafas oscuras sintiéndome Sonny Crockett.
domingo, 21 de marzo de 2010
viernes, 19 de marzo de 2010
Salgo a correr por el paseo marítimo de Cádiz. Llevo la música puesta y corro mirando de reojo la playa, casi vacía. Envidio a los surferos y a las pocas personas que yacen en la arena, solos y en silencio, como pacientes de alguna terapia para los nervios. Cádiz es una ciudad estupenda, pero lo mejor es el mar y pasado un tiempo, después de muchas visitas, empiezo a enamorarme (qué palabra tan perezosamente elegida) del mar gaditano. Océano, me corregiría M., pero nos entendemos: las corrientes de olas, pacientes sufridoras de los surferos gilipuertas -los nuevos albertis-, las aguas contra la escollera, la arena limpia, el sonido del mar... Al principio el mar me deprimía, pero últimamente no es así. Camina uno por Cádiz y al final de muchas calles se ve el mar y esa cosa insular de la ciudad me ponía un poco malo, en el sentido literal. Poca urbe, poca cultura, pocos pisanervios, poco contenido humano y al lado, inabarcable, enorme, monótono, el mar, el mar, siempre recomenzando, enloquecedoramente perpétuo y no había manera de dialogar con ello, de meterle mano. Pero eran chiquilladas porque en este viaje el mar ha sido descanso. Refresco y descanso de la mirada. La arena, aún no hollada, es la promesa del tacto sinuoso, duro y acariciante del verano, de su calidez nerviosa y abrasiva.
La carrera estuvo bien. A la ida estuve escuchando Cementery Gates, de los smiths, tan afectadamente literaria. Corría riéndome, con ganas de cantar, dando zancadas al ritmo de la música y sorteando viejas. Me crucé con un señor muy parecido al crítico Boyero, el mismo avinagramiento hepático.
A la vuelta un tema hard-bopper de Mclean. Duro, rítmico, melódicamente trepidante. Por un momento me sentí Rocky Balboa. Todo el rato sentía deseos de boxear con el aire. Estuve escuchando a Mclean una y otra vez hasta que me acerqué a la catedral. Su hermosa cúpula dorada es el final de mis correrías. Pagué tanta euforia sin causa y llegué fatigado como un peregrino. Al terminar, me puse un suéter y me senté en una terraza. El ambiente estaba amortiguado por la piedra ostionera y los adoquines de la plaza. Leí unas cuántas páginas de Orton mientras observaba fascinado a los turistas. Una señora inglesa con muletas vacilaba extrañamente frente a mí, un poco grogui, y me pidió el teléfono para llamar. Me hicé el sueco y le indiqué el camino del bar. Otra caminaba con un imposible chal de ganchillo del tamaño de una servilleta, iba acompañada de un señor con pinta de ser un golfista amateur de Southampton. Eran desenvueltos y estridentes, pero silenciosos. Así se me fue la mañana hasta que llegó M. Luego discutimos porque según su opinión soy un hombre egoista. Yo preferiría pensar que tengo un marcado sentido de lo conveniente.
Por la noche salimos con M., su amiga M. y M., su novio. Cuatro M. y yo, de modo que transcribir cualquier diálogo se hace imposible salvo que decida numerar las emes y entonces esto parecería una ecuación.
Estuvimos en un local encantador, El Café de Levante, de aspiraciones bohemias y predominio femenino. Allí encontramos al aspirante socialista a la alcaldía, acodado en la barra como un divorciado. Después hicimos una parada en un garito horroroso, el medusa. Allí confluye una confusa mezcla de minorias urbanas y suena un batiburrillo espeluznante de northern soul, rock, surf y reggae. Predominio masculino. Gente fea. Picores. El alcohol empezó a sentar mal.
Acabamos la noche en el supersonic, un local nuevo y pretendidamente indie lleno de erasmus y advenedizos. Los pinchadiscos eran criminales. M. y yo discutimos. Parecemos Liz Taylor y Richard Burton, pero en esas noches de alcohol siempre aflora algo vivo: una confesión, un temor, una pasión. Detesto el efecto del alcohol en mí, pero me gusta verla así.
Al llegar a casa M. me tenía preparada una tapa de carne al toro con pasta. Sensación de plenitud doméstica.
La carrera estuvo bien. A la ida estuve escuchando Cementery Gates, de los smiths, tan afectadamente literaria. Corría riéndome, con ganas de cantar, dando zancadas al ritmo de la música y sorteando viejas. Me crucé con un señor muy parecido al crítico Boyero, el mismo avinagramiento hepático.
A la vuelta un tema hard-bopper de Mclean. Duro, rítmico, melódicamente trepidante. Por un momento me sentí Rocky Balboa. Todo el rato sentía deseos de boxear con el aire. Estuve escuchando a Mclean una y otra vez hasta que me acerqué a la catedral. Su hermosa cúpula dorada es el final de mis correrías. Pagué tanta euforia sin causa y llegué fatigado como un peregrino. Al terminar, me puse un suéter y me senté en una terraza. El ambiente estaba amortiguado por la piedra ostionera y los adoquines de la plaza. Leí unas cuántas páginas de Orton mientras observaba fascinado a los turistas. Una señora inglesa con muletas vacilaba extrañamente frente a mí, un poco grogui, y me pidió el teléfono para llamar. Me hicé el sueco y le indiqué el camino del bar. Otra caminaba con un imposible chal de ganchillo del tamaño de una servilleta, iba acompañada de un señor con pinta de ser un golfista amateur de Southampton. Eran desenvueltos y estridentes, pero silenciosos. Así se me fue la mañana hasta que llegó M. Luego discutimos porque según su opinión soy un hombre egoista. Yo preferiría pensar que tengo un marcado sentido de lo conveniente.
Por la noche salimos con M., su amiga M. y M., su novio. Cuatro M. y yo, de modo que transcribir cualquier diálogo se hace imposible salvo que decida numerar las emes y entonces esto parecería una ecuación.
Estuvimos en un local encantador, El Café de Levante, de aspiraciones bohemias y predominio femenino. Allí encontramos al aspirante socialista a la alcaldía, acodado en la barra como un divorciado. Después hicimos una parada en un garito horroroso, el medusa. Allí confluye una confusa mezcla de minorias urbanas y suena un batiburrillo espeluznante de northern soul, rock, surf y reggae. Predominio masculino. Gente fea. Picores. El alcohol empezó a sentar mal.
Acabamos la noche en el supersonic, un local nuevo y pretendidamente indie lleno de erasmus y advenedizos. Los pinchadiscos eran criminales. M. y yo discutimos. Parecemos Liz Taylor y Richard Burton, pero en esas noches de alcohol siempre aflora algo vivo: una confesión, un temor, una pasión. Detesto el efecto del alcohol en mí, pero me gusta verla así.
Al llegar a casa M. me tenía preparada una tapa de carne al toro con pasta. Sensación de plenitud doméstica.
jueves, 18 de marzo de 2010
Llevo en Cádiz unos días. Atiendo a una discusión en facebook sobre los toros, un debate argumental entre taurinos y antitaurinos a partir de un artículo de Savater en el que coloca a los segundos en una tradición humanista de compasión e hipocresía que tiene antecedentes como Hitler y Primo de Rivera. La compasiva e hipócrita extensión del amor humanista y cristiano hacia los animales. La panfilez suma.
Me permito participar tímidamente, aunque mi tendencia a la hipérbole y a la emoción me pierde. Acabo con ese tono de intensidad que me hace parecer un tronado de Hyde Park, suplicando a los antitaurinos que nos permitan posponer la profilaxis total del Estado Tencológico -así, dicho así, con todas las letras- porque si algo me gusta de esa fiesta -y no me gusta nada salvo cierta gracia en el movimiento- es su crueldad: la violencia innecesaria. Su ritualización. No tanto eso, como el hecho de que la violencia esté allí, junto con la muerte, presente, como un interrogante, removiendo algo en nosotros. Suena en ese instante The Cage, de Charles Ives, y me preocupo por el texto. Dice así:
A leopard went around his cage
from one side back to the other side;
he stopped only when the keeper came around with meat;
A boy who had been there three hours
began to wonder, "Is life anything like that?"
El misterioso magnetismo de esa canción, los primeros compases al piano, que parecen imitar el merodeo nervioso del animal; la subyugada voz, llena de belleza; el interrogante suspendido en la nota final; el humor asombrado del niño, todo eso me parece más elocuente que la argumentación de los filósofos. Estoy obsesionado con lo instintivo.
La compasión suele ser autoindulgencia. Suele ser exterior. No estamos hablando de amor, de amor cristiano, sino de la racionalización de un humanismo frío. ¿No apunté un libro sobre la historia de la compasión? Hace tiempo que desconfío de esos momentos de viscosa soledad en los que uno se lanza a compadecer a todo el mundo, como imbuido de una fiebre santurrona. ¿Qué queda de esas noches fervorosas al día siguiente?
Por lo demás, paso el día con M. y acabamos viendo gran hermano, divertidos con la clamorosa estupidez de los concursantes.
Me permito participar tímidamente, aunque mi tendencia a la hipérbole y a la emoción me pierde. Acabo con ese tono de intensidad que me hace parecer un tronado de Hyde Park, suplicando a los antitaurinos que nos permitan posponer la profilaxis total del Estado Tencológico -así, dicho así, con todas las letras- porque si algo me gusta de esa fiesta -y no me gusta nada salvo cierta gracia en el movimiento- es su crueldad: la violencia innecesaria. Su ritualización. No tanto eso, como el hecho de que la violencia esté allí, junto con la muerte, presente, como un interrogante, removiendo algo en nosotros. Suena en ese instante The Cage, de Charles Ives, y me preocupo por el texto. Dice así:
A leopard went around his cage
from one side back to the other side;
he stopped only when the keeper came around with meat;
A boy who had been there three hours
began to wonder, "Is life anything like that?"
El misterioso magnetismo de esa canción, los primeros compases al piano, que parecen imitar el merodeo nervioso del animal; la subyugada voz, llena de belleza; el interrogante suspendido en la nota final; el humor asombrado del niño, todo eso me parece más elocuente que la argumentación de los filósofos. Estoy obsesionado con lo instintivo.
La compasión suele ser autoindulgencia. Suele ser exterior. No estamos hablando de amor, de amor cristiano, sino de la racionalización de un humanismo frío. ¿No apunté un libro sobre la historia de la compasión? Hace tiempo que desconfío de esos momentos de viscosa soledad en los que uno se lanza a compadecer a todo el mundo, como imbuido de una fiebre santurrona. ¿Qué queda de esas noches fervorosas al día siguiente?
Por lo demás, paso el día con M. y acabamos viendo gran hermano, divertidos con la clamorosa estupidez de los concursantes.
domingo, 7 de marzo de 2010
domino, 7 de marzode 2010
El epílogo de América es una sensacional pieza titulada Después de la muerte, el limbo. Viene a enunciar, con una fuerza literaria arrolladora, con lucidez, humor, como un puñetazo último del genio de Mailer, con la fuerza torrencial de su estilo cuajado, absolutamente aquilatado en el momento crucial, una ley moral por la que se nos condenaría al Limbo -en una especie de propia cadena kármica, no un limbo exterior, trascendente, sino dibujado como el encadenamiento de todas las experiencias "manejadas repelentemente" como purga, expiación- por el Tiempo (sustancia del Alma) malgastado, por todas esas horas arrojadas a una experiencia desgastada, carente de brillo. Imposible no volver a acordarse de la Pereza y la Acedia, porque ese limbo de la monotonía, el desgaste psíquico, la atonía, las experiencias no significativas nos colocan fuera del tiempo, en el espacio-tiempo "de los pecados que no se lloran". Mailer desciende pronto de su visión kármica, africanista, para concretar el limbo en la vida norteamericana contemporánea en la televisión (y poco antes ha hablado de Ralph Nader y de cómo un discurso suyo anticorporativo sedujo su voto en las presidenciales del 2000; un discurso en el que Nader denunciaba la pánfila morbidez de los niños americanos, atrapados por redes invisibles a la televisión). La televisión es la "máquina-náusea, la asesina de Cristo". Y en esa furia no hay la sermonería negativa del viejo radical, sino una profunda lucidez, porque incluso la mejor televisión, aquella que nos fascina y atrapa -pienso en las series de la HBO, pienso en los grandes espectáculos deportivos, pienso en los debates cruciales retransmitidos en la cúspide democrática del prime-time- nos dejan al acabar, al apagarla y levantarnos un profundo vacío, una sensación de aturdimiento e irrealidad, de cansancio y blandura, de apoltronamiento, de postración, de cierta forma de depravación postural, de muerte de la voluntad. Eso no nos pasa en el cine, por ejemplo. No sé si lo doméstico del medio, la relajación de estar solos, sin la compostura que exige la sala o si es que el propio medio cuenta con eso y apela precisamente a esa impudicia del salón, pero el disfrute de la mejor televisión deja en uno algo que ni el libro, ni la música, que ni siquiera el cine procura: una experiencia de tedio en el disfrute, de sopor apagado, de letargo.
Acabo la lectura de este libro de Mailer emocionado. Miro atrás y descubro que su presencia, el volumen amarillo, y la voz de Mailer, como un susurro apagado en la mesa junto a mi cama, me han acompañado en unos meses atroces. Huir de la brutal esterilidad de la vida, ese es el mensaje. Evitar que el aburrimiento, la muerte de nuestras esperanzas y la rutina como una física condena al propio pasado mortecino -presente en nuestras fibras sin renovar, en el aire estancado, en el cansancio de la mirada en el espejo, en el tacto insensible, en el picor de la piel ante una caricia- se apoderen de nosotros. Es una forma de mal distinta, más natural. Es el vitalismo africanista en plena vida tecnológica, en el dominio absoluto de lo corporativo. Ya sea en el rebrillar de la pantalla o en la cálida luz que nos invade al despertar del día: busquemos la fiebre, devolvamos energía a la energía, amor al universo. Démonos así y no habrá mal en nosotros.
Acabo la lectura de este libro de Mailer emocionado. Miro atrás y descubro que su presencia, el volumen amarillo, y la voz de Mailer, como un susurro apagado en la mesa junto a mi cama, me han acompañado en unos meses atroces. Huir de la brutal esterilidad de la vida, ese es el mensaje. Evitar que el aburrimiento, la muerte de nuestras esperanzas y la rutina como una física condena al propio pasado mortecino -presente en nuestras fibras sin renovar, en el aire estancado, en el cansancio de la mirada en el espejo, en el tacto insensible, en el picor de la piel ante una caricia- se apoderen de nosotros. Es una forma de mal distinta, más natural. Es el vitalismo africanista en plena vida tecnológica, en el dominio absoluto de lo corporativo. Ya sea en el rebrillar de la pantalla o en la cálida luz que nos invade al despertar del día: busquemos la fiebre, devolvamos energía a la energía, amor al universo. Démonos así y no habrá mal en nosotros.
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