Día sin observación, un día perdido. Debería ser obligatorio observar algo detenidamente aunque sólo fuera por una vez al día. Restituir algo a su condición de milagro, darle entidad, sacar a las cosas de su estado utilitario, de instrumento, de accidente, y observar hasta dotar de sentido. Obervando las cosas se revelan.
Leyendo a César dos cosas. Un juicio y una costumbre: Salinas y Guillén, en su opinión, los mejores poetas del veintisiete; los miércoles, al recibir la visita de su señora madre, acostarse y dejar que ella le rasque la cabeza.
Nada hay más dulce en la vida que unas manos de mujer acariciándonos el cráneo: convocado el tacto; el ruido de sus manos, de sus huellas en el interior, en la palpitación interna de nuestra cabeza, que es como una resonancia abovedada y, además, la corriente del escalofrio espina abajo, hasta el extremo de cada una de nuestras extremidades.
Una noticia sorprendete: unos chinos matan al empresario que les anunció un ERE. La versión china del ere, claro, porque la noticia es de allí. Me la leen divertido y recuerdo una similar, española, de un trabajador despedido que asesinó a su antiguo empleador. Una nueva forma de rencor laboral, de vena asesina, que parece actualizar la vieja visceralidad de la conflicitividad social y enerva la crueldad de dos de los pueblos más sanguinarios de la historia de la humanidad. Los trabajadores ya no aspiran a la conquista del capital, el poder organizativo, sino a la estabilidad. Crimen laboral como hay crimen pasional y viollencia obrera a posteriori: desmovilizada, sin argumentos y sin pretensión política. Además de la truculencia de estas noticias, uno imagina en ellas el antecedente terrible de un recrudecimiento sindical sin corpus teórico.
Apenas me informo sobre la polémica entre el gobierno y la patronal. Parece evidente que el gobierno ha encontrado un chivo expiatorio para cacarear su rancia demagogia populista. Más allá de eso, es otro ejemplo de debilitamiento institucional, pues el diáolgo social, esa especie de caricatura del encuentro empleador-empleado en torno a una mesa, está desprestigiado por obra del propio gobierno, al que parece que sólo le vale con una institución fuerte -el consejo de misnitros, claro-. Pero dicho eso, uno echa de menos también una apelación al empresario schumpeteriano, es decir: la dignificación del verdadero empresario. En España, es empresario quien emplea, y no distinguimos al empresario del innovador, al capitalista como personaje heroico del sistema económico. No sólo quien arriesga su dinero, sino el que revoluciona alguna estructura de lo social. En lugar de eso, durante décadas el empresariado español ha sido cortoplacista e ignorante. La i+d la ha de propiciar el Estado, y el Estado ha de dar un vuelco en las condiciones sociales y laborales, pero ¿y ellos? ¿qué responsabilidad moral tienen tras años de beneficios? ¿Qué responsabilidad social tienen estos lamentables señores? El marxismo es la única ideología que se interroga sobre la naturaleza económica, moral e histórica del beneficio empresarial. Sólo por eso merece respiración asistida.
Mañana comienzo mi programa de musculación. Musculación leve, a sabiendas de que lo elegante es el hueso. Lo espitirual de nosotros, lo que somos y lo que nos sobrevive, lo que dejará nuestra alma como rúbrica, lo que nos soporta y lo que nos contiene, medular, caldo concentrado de nosotros mismos, es el hueso, la osamenta. El erotismo perfecto, la maravilla, la vida plena, resistente y la muerte entrevista están en los huesos. PArte barroca de nosotros mismos. Y sin embargo, qué triste aspiración hacia la hinchazón grotesca de las fibras musculares. Como si no contentos con haber olvidado el alma por el cuerpo, ignorásemos en él la parte espiritual, escondida, consistente. Bárbaros e inanes hacia la descalcificación total y hacia la corporeización aparente de todo. Lo aparente, lo inequívoco. El fin del misterio. Quiera el señor que pase esta moda horrible de entre nosotros lo antes posible.
Cada vez encuentro más gente con cara de criminal. Eso me pasa sobre todo conduciendo. En algunos semáforos concretos llega a ser abrumadora la sensación de estar rodeado de potenciales criminales. Soy un lombrosiano convencido: hay cabezas, cráneos, mandíbulas, formas físicas que gritan el crimen y la brutalidad que llevan dentro.
Leo el diario de César buscando noticias de los A. buscando en realidad un rastro familiar de M. entre las páginas del libro. Algo de ese tiempo de tertulias y educado catolicismo intelectual, de ese señorial sosiego, busco en M.; lo busco en su belleza altiva, el brillo inteligente de sus ojos, en su incondicional independencia o en la rapidez de su juicio y conversación. Y buscando a los A. en César y en M. un reflejo del viejo articulista, me quiero encontrar yo, descolocado, nunca suficientemente aquí y nunca suficientemente en las páginas de libro alguno.
lunes, 27 de julio de 2009
miércoles, 22 de julio de 2009
miércoles, 22 de junio
Día calurosísimo hoy, y aún lo será más mañana. Esta noche me desperté sudando, irritado. Me costó volver a dormir. Desperté pronto, a las seis y pico, con la radio puesta, la cope sin Losantos, y me llegó a molestar la zafia simplicidad del locutor suplente. Al menos su voz me era familiar y eso es lo que busca uno en la radio.
En el trabajo, absentismo de F. P. me invita a los toros, y rechazo la invitación con excusas agradecido íntimamente porque con él sólo he tenido disputas y el gesto parece una señal de amistad. Algo en él me es profundamente simpático: su risa de hiena, su humor tan valenciano, incluso la desconcertante manera en que invade el espacio físico ajeno para conversar. Probablemente no haya nada de eso y sólo sea su manera de premiar mi caballerosa solicitud, que él debe pensar extraordinaria. Puede que tenga un estocolmo galopante.
B. corre demasiado, está echando cara de biafreño. Cuando ríe -a B. yo le hago reir, como a una novia- se le desencaja la cara y parece que le cuesta un enorme esfuerzo.
Estrepitosa beldad local. Mujeres terribles, con un índice elevadísimo de madres solteras. Ellas son infinitamente más inteligentes que ellos, morones, estúpidos, garañones sin carácter.
En el coche, a la vuelta, me llego a dormir por una fracción de segundo. Paso la tarde dormitando, corro y abro después los diarios de César. Interesante distinción entre la rebeldía y la sumisión. La primera genera un temperamento rupturista, romántico, patético; la segunda un cinismo acomodaticio, un clasicismo. Visto así no tengo ninguna duda de que mis ardores románticos son cosa de adolescencia, pero no puedo dejar de pensar en la fuerza conflicitiva de la convivencia pactada con lo que sólo soportamos, la soterrada protesta, el cinismo que se vuelve, no sólo contra lo ajeno, sino contra nosotros mismos. El temperamento rebelde es joven y vanidoso. El cínico me parece descreido y carente de la vanidad mínima para ir haciendo el lord byron por la vida. Este cinismo clásico se adapta al mundo y lucha contra sí. El otro, el petulante rebelde, trata de moldear nuevas formas y en ello se reafirma.
Fichaje excelente en fútbol: Granero. Una de las cosas que podemos decir de él es que juega bien lento, o al menos, a menor velocidad. La extremada rapidez de los atletas como Ronaldo me resulta artificial y poco estética. El fútbol bien jugado, si es lento muscularmente y rápido mentalmente, es mucho más gozoso. Es como en los toros o en el cante: a lo profundo se llega por lo lento.
En el trabajo, absentismo de F. P. me invita a los toros, y rechazo la invitación con excusas agradecido íntimamente porque con él sólo he tenido disputas y el gesto parece una señal de amistad. Algo en él me es profundamente simpático: su risa de hiena, su humor tan valenciano, incluso la desconcertante manera en que invade el espacio físico ajeno para conversar. Probablemente no haya nada de eso y sólo sea su manera de premiar mi caballerosa solicitud, que él debe pensar extraordinaria. Puede que tenga un estocolmo galopante.
B. corre demasiado, está echando cara de biafreño. Cuando ríe -a B. yo le hago reir, como a una novia- se le desencaja la cara y parece que le cuesta un enorme esfuerzo.
Estrepitosa beldad local. Mujeres terribles, con un índice elevadísimo de madres solteras. Ellas son infinitamente más inteligentes que ellos, morones, estúpidos, garañones sin carácter.
En el coche, a la vuelta, me llego a dormir por una fracción de segundo. Paso la tarde dormitando, corro y abro después los diarios de César. Interesante distinción entre la rebeldía y la sumisión. La primera genera un temperamento rupturista, romántico, patético; la segunda un cinismo acomodaticio, un clasicismo. Visto así no tengo ninguna duda de que mis ardores románticos son cosa de adolescencia, pero no puedo dejar de pensar en la fuerza conflicitiva de la convivencia pactada con lo que sólo soportamos, la soterrada protesta, el cinismo que se vuelve, no sólo contra lo ajeno, sino contra nosotros mismos. El temperamento rebelde es joven y vanidoso. El cínico me parece descreido y carente de la vanidad mínima para ir haciendo el lord byron por la vida. Este cinismo clásico se adapta al mundo y lucha contra sí. El otro, el petulante rebelde, trata de moldear nuevas formas y en ello se reafirma.
Fichaje excelente en fútbol: Granero. Una de las cosas que podemos decir de él es que juega bien lento, o al menos, a menor velocidad. La extremada rapidez de los atletas como Ronaldo me resulta artificial y poco estética. El fútbol bien jugado, si es lento muscularmente y rápido mentalmente, es mucho más gozoso. Es como en los toros o en el cante: a lo profundo se llega por lo lento.
martes, 21 de julio de 2009
martes, 21 de junio
Hoy me han cambiado la rutina. "Le han cambiado el ritual", le ha dicho mi madre a mi hermano contándoselo. Pues sí, me han cambiado la rutina y ¡qué maravilloso sería poder hacerlo en todas las cosas de la vida! Harto de las mismas incesantes repeticiones, aspirante a cachoide -cachas no: cachoide- a la deriva, madrugador furioso, gimnasta con legañas, ex-tirillas, tímido con mancuernas, voy al gimnasio y el monitor, dueño de la sabiduría muscular, me cambia el rumbo. Si con solo pedirlo se pudiesen cambiar todas nuestras rutinas...
Es muy significativo que a la serie repetida de ejercicios se le llame, sin más, rutina. La rutina remite a la repetición maquinal de las cosas. Repetir sin pensar, sin propósito, de forma automática. Eso es, no más. Se trata de una práctica deportiva que nos vacía, en la que hay poquísima técnica, ninguna habilidad. Fantasmas madrugadores se dirigen al gimnasio al amanecer, el yo suspendido, la mente en blanco, uno, dos, tres... Es fabuloso el gimnasio, es tedioso, nihilista, filosófico, resistirlo supone tener la fuerza mental de un titán.
(Escucho a Weather Report, el bajo de Pastorius y los acordes interestelares de Zawinul son el antecedente del mundo en que vivimos: atardeceres entrando a la urbe por rondas repletas de coches, cruces infinitos de llamadas, conexiones incesantes, miles, millones de vínculos. Estamos viviendo en un estado de euforia. Es un crimen no sentirse emocionado cada vez que salimos a la calle. El resplandor de la pantalla de internet, la conectividad, la necesidad de palparnos, de sentirnos cerca. Qué triunfante manera de huir de la soledad y de la cárcel del yo. ¡Por fin! ¡Soy un moderno! El mundo es bueno, el mundo está bien hecho y vamos por buen camino).
Al entrar en el gimnasio, entre una nube tóxica de sudores y mil gemidos contrapuestos, cluster de gemidos, y aaah, oooos, uus, estertores de animalidad de los levantapesos, me he dirigido al monitor, con toda la educación de la que soy capaz, para que me configurase una nueva serie de ejercicios. Al explicarle mi situación y antecedentes, ha agarrado un folio, una plantilla, y sobre ella, en unos minutos que se me han hecho largos, ha ido apuntando, con trazo nervioso, como si soltase pinceladas en un lienzo, los ejercicios, combinando curls, poleas, aparatos, series, repeticiones... y yo diría que en ese rato el monitor estaba siendo creativo y, además, estaba haciendo alarde de ello. Como un cocinero que ante los fogones se agarrase las sienes con gesto de metafísico. Igual. Vivimos una época muy creativa.
Después he paseado por el centro. He comprado tres libros por quince euros: Bebidas y excitantes, de Braudel, para beber con conocimiento de causa, por fin. Una novela de la colección Pueyo de novelas selectas: El sino de los campanales, de Mª Teresa Sesé, que tiene pinta de ser una novela romántica de las de folletín de toda la vida. El libro está polvoriento, deshecho, y será un problema leerlo porque el papel deteriorado me da esa sensación que no sé nombrar y que es el equivalente táctil de la dentera. He de decir que leída la primera página, la prosa de la autora, sin duda recargada y propensa al sentimentalismo kitsch, no me ha disgustado. Creo que la novela me gustará. Hace tiempo que no leo nada que no tenga renombre. Me apetece leer por el puro placer de ejercitar la fantasía. ¿Y cuántas series de qué aparatos he de hacer para que la imaginación se me entumezca?
El libro más caro de la terna ha sido la Iconografía romántica del mar, de W. H. Auden. Lo he visto en el escaparate y me he lanzado en plancha a por él. No hacía falta quizás tanta vehemencia, porque el libro tenía pinta de hacer de maniquí durante un par de temporadas. Qué éxtraños los libros en los escaparates, por cierto. Unos tumbados, otros de pie, como luciendo cacha. No sé por qué me acuerdo de un bocadillo de la revista cuore en el que tras algún diseñador famoso había una fila entera de modelos idénticas, delgadísimas, como una fila de coristas de revista. Una de ellas, erguida, sonriente, esquelética, decía algo y otra compañera le contestaba: "¡Calla! Somos inanimadas". De entre las filas de libros sometidos a la humillación de la pública exposición, del reclamo vertical, me he quedado con el mencionado por un par de razones: la primera, por ser de Auden; la segunda, por está editado por la UNAM, la universidad mexicana, en su exquisita colección de poemas y ensayos. He hojeado el libro, muy brevemente, y he vuelto a encontrarme con una característica del Auden ensayista: la esquematización. Habría de leerlo antes de opinar, pero esa tendencia a la exposición ordenada de las ideas, numerando las mismas, me alarma un poco en alguien como él, "poeta de la inteligencia", que convirtió siempre su extremada inteligencia en misterio en sus poemas. Cualidad rara de transformar la claridad en sombras sugerentes, en ese claroscuro lleno de revelaciones -y para la revelación es necesario el desvelamiento-.
Contento con mi compra he caminado por el centro de Valencia, unas calles atestadas de turistas extranjeras. Demasiadas, para mi gusto. Pienso que todo ecosistema tiene sus equilibrios y si la introducción en la huerta valenciana de un cocodrilo amazónico puede socavar su armonía, su orden natural, la presencia en nuestras calles de centenares de rusas, eslavas, italianas, francesas y americanas sobrealimentadas puede suponer una crisis ecológica sin precedentes. Devuélvannos, políticos comunitarios, a nuestro viejo mundo de españolas. Jamás he creido en los efectos beneficiosos del programa Erasmus.
Caminando por allí he sentido, de forma muy relacionada con lo anterior, lo que el centro de esta ciudad, y de todas, tiene de hueco. La historia, la movilización de la inteligencia y la bohemia local, el gentío, todo parece indicar que está lleno de vida, pero no es vida, es puro tránsito. La vida está en la periferia. El centro es un queso de gruyere lleno de argentinos. Esos argentinos que se han adueñado de todos nuestros cascos antiguos abriendo inverosímiles pizzerías.
En uno de las derivaciones de mi paseo he llegado a calles más tranquilas y he visto lo que considero la flor urbana del tedio, la maravilla de todo barrio, el primer negocio del niño, la licorería de los infantes, ¡el kiosco! Qué indeciblemente tristes son los kioscos de barrio por las tardes. Sus chucherías cercanas al dueño, que no las rapiñen, sus remeros vacios de periódicos -sólo quedan los catalanes-, sus cartones de coleccionables, esos fenómenos editoriales análogos al gimnasio, el inconfundible olor a trastienda, a azúcar de las golosinas y papel. El kiosquero está en contacto con la pura vida por la mañana, después espera a los niños, glucémicos perdidos cada tarde -pregunto: los niños que follan a los trece años, ¿toman también golosinas? ¿Se toman una nube y una fresa ácida o un regaliz tras el polvo?-o al comprador de colecciones, esos coleccionistas aficionados. Triste la vida del kiosquero, a menudo anciano o cincuentón, y mejor así, porque qué desesperada la mirada del kiosquero joven. El quiosquero participa del hastío del taxista, pero ni siquiera tiene el tráfico. ¿Alguna vez ha visto alguien leer el periódico a un kiosquero? Lo bueno que tienen, su venganza, es que conocen el cariz ideológico de cada vecino.
A la vuelta un taxi:
-A la Plaza X., por favor
-Cagando leches!
Silbando me iba narrando el taxista -un viejo andaluz, cómo no- cada maniobra al volante. Increpando a los demás conductores mientras silbaba, entre improperio e improperio -fudamentalmente destinados a las mujeres- una tonadilla aclopada que a veces musitaba sin llegar a cantar. Ha disfrutado del trayecto, compitiendo con otros taxistas, jugando a superar los semáforos en ámbar -concatenar varios semáforos en verde tiene esa cosa euforizante de las tragaperras cuando tocan y debe de ser una de las pocas emociones del taxista-. El taxista apasionado me ha dejado en casa y nos hemos despedido efusivamente.
Se me hace tarde, pero he de decir que Forges es lo único que miro con ganas dle periódico. Sectario, oportunista y mil cosas más, pero su serie de blasillos peripeinados, pijos y políticos autonómicos de este verano es memorable. Su actualización de la figura del egipcio es la cosa que de mejor humor me pone en estos momentos. Esa mano hipertrofiada o saliente por la espalda es una genialidad.
Es muy significativo que a la serie repetida de ejercicios se le llame, sin más, rutina. La rutina remite a la repetición maquinal de las cosas. Repetir sin pensar, sin propósito, de forma automática. Eso es, no más. Se trata de una práctica deportiva que nos vacía, en la que hay poquísima técnica, ninguna habilidad. Fantasmas madrugadores se dirigen al gimnasio al amanecer, el yo suspendido, la mente en blanco, uno, dos, tres... Es fabuloso el gimnasio, es tedioso, nihilista, filosófico, resistirlo supone tener la fuerza mental de un titán.
(Escucho a Weather Report, el bajo de Pastorius y los acordes interestelares de Zawinul son el antecedente del mundo en que vivimos: atardeceres entrando a la urbe por rondas repletas de coches, cruces infinitos de llamadas, conexiones incesantes, miles, millones de vínculos. Estamos viviendo en un estado de euforia. Es un crimen no sentirse emocionado cada vez que salimos a la calle. El resplandor de la pantalla de internet, la conectividad, la necesidad de palparnos, de sentirnos cerca. Qué triunfante manera de huir de la soledad y de la cárcel del yo. ¡Por fin! ¡Soy un moderno! El mundo es bueno, el mundo está bien hecho y vamos por buen camino).
Al entrar en el gimnasio, entre una nube tóxica de sudores y mil gemidos contrapuestos, cluster de gemidos, y aaah, oooos, uus, estertores de animalidad de los levantapesos, me he dirigido al monitor, con toda la educación de la que soy capaz, para que me configurase una nueva serie de ejercicios. Al explicarle mi situación y antecedentes, ha agarrado un folio, una plantilla, y sobre ella, en unos minutos que se me han hecho largos, ha ido apuntando, con trazo nervioso, como si soltase pinceladas en un lienzo, los ejercicios, combinando curls, poleas, aparatos, series, repeticiones... y yo diría que en ese rato el monitor estaba siendo creativo y, además, estaba haciendo alarde de ello. Como un cocinero que ante los fogones se agarrase las sienes con gesto de metafísico. Igual. Vivimos una época muy creativa.
Después he paseado por el centro. He comprado tres libros por quince euros: Bebidas y excitantes, de Braudel, para beber con conocimiento de causa, por fin. Una novela de la colección Pueyo de novelas selectas: El sino de los campanales, de Mª Teresa Sesé, que tiene pinta de ser una novela romántica de las de folletín de toda la vida. El libro está polvoriento, deshecho, y será un problema leerlo porque el papel deteriorado me da esa sensación que no sé nombrar y que es el equivalente táctil de la dentera. He de decir que leída la primera página, la prosa de la autora, sin duda recargada y propensa al sentimentalismo kitsch, no me ha disgustado. Creo que la novela me gustará. Hace tiempo que no leo nada que no tenga renombre. Me apetece leer por el puro placer de ejercitar la fantasía. ¿Y cuántas series de qué aparatos he de hacer para que la imaginación se me entumezca?
El libro más caro de la terna ha sido la Iconografía romántica del mar, de W. H. Auden. Lo he visto en el escaparate y me he lanzado en plancha a por él. No hacía falta quizás tanta vehemencia, porque el libro tenía pinta de hacer de maniquí durante un par de temporadas. Qué éxtraños los libros en los escaparates, por cierto. Unos tumbados, otros de pie, como luciendo cacha. No sé por qué me acuerdo de un bocadillo de la revista cuore en el que tras algún diseñador famoso había una fila entera de modelos idénticas, delgadísimas, como una fila de coristas de revista. Una de ellas, erguida, sonriente, esquelética, decía algo y otra compañera le contestaba: "¡Calla! Somos inanimadas". De entre las filas de libros sometidos a la humillación de la pública exposición, del reclamo vertical, me he quedado con el mencionado por un par de razones: la primera, por ser de Auden; la segunda, por está editado por la UNAM, la universidad mexicana, en su exquisita colección de poemas y ensayos. He hojeado el libro, muy brevemente, y he vuelto a encontrarme con una característica del Auden ensayista: la esquematización. Habría de leerlo antes de opinar, pero esa tendencia a la exposición ordenada de las ideas, numerando las mismas, me alarma un poco en alguien como él, "poeta de la inteligencia", que convirtió siempre su extremada inteligencia en misterio en sus poemas. Cualidad rara de transformar la claridad en sombras sugerentes, en ese claroscuro lleno de revelaciones -y para la revelación es necesario el desvelamiento-.
Contento con mi compra he caminado por el centro de Valencia, unas calles atestadas de turistas extranjeras. Demasiadas, para mi gusto. Pienso que todo ecosistema tiene sus equilibrios y si la introducción en la huerta valenciana de un cocodrilo amazónico puede socavar su armonía, su orden natural, la presencia en nuestras calles de centenares de rusas, eslavas, italianas, francesas y americanas sobrealimentadas puede suponer una crisis ecológica sin precedentes. Devuélvannos, políticos comunitarios, a nuestro viejo mundo de españolas. Jamás he creido en los efectos beneficiosos del programa Erasmus.
Caminando por allí he sentido, de forma muy relacionada con lo anterior, lo que el centro de esta ciudad, y de todas, tiene de hueco. La historia, la movilización de la inteligencia y la bohemia local, el gentío, todo parece indicar que está lleno de vida, pero no es vida, es puro tránsito. La vida está en la periferia. El centro es un queso de gruyere lleno de argentinos. Esos argentinos que se han adueñado de todos nuestros cascos antiguos abriendo inverosímiles pizzerías.
En uno de las derivaciones de mi paseo he llegado a calles más tranquilas y he visto lo que considero la flor urbana del tedio, la maravilla de todo barrio, el primer negocio del niño, la licorería de los infantes, ¡el kiosco! Qué indeciblemente tristes son los kioscos de barrio por las tardes. Sus chucherías cercanas al dueño, que no las rapiñen, sus remeros vacios de periódicos -sólo quedan los catalanes-, sus cartones de coleccionables, esos fenómenos editoriales análogos al gimnasio, el inconfundible olor a trastienda, a azúcar de las golosinas y papel. El kiosquero está en contacto con la pura vida por la mañana, después espera a los niños, glucémicos perdidos cada tarde -pregunto: los niños que follan a los trece años, ¿toman también golosinas? ¿Se toman una nube y una fresa ácida o un regaliz tras el polvo?-o al comprador de colecciones, esos coleccionistas aficionados. Triste la vida del kiosquero, a menudo anciano o cincuentón, y mejor así, porque qué desesperada la mirada del kiosquero joven. El quiosquero participa del hastío del taxista, pero ni siquiera tiene el tráfico. ¿Alguna vez ha visto alguien leer el periódico a un kiosquero? Lo bueno que tienen, su venganza, es que conocen el cariz ideológico de cada vecino.
A la vuelta un taxi:
-A la Plaza X., por favor
-Cagando leches!
Silbando me iba narrando el taxista -un viejo andaluz, cómo no- cada maniobra al volante. Increpando a los demás conductores mientras silbaba, entre improperio e improperio -fudamentalmente destinados a las mujeres- una tonadilla aclopada que a veces musitaba sin llegar a cantar. Ha disfrutado del trayecto, compitiendo con otros taxistas, jugando a superar los semáforos en ámbar -concatenar varios semáforos en verde tiene esa cosa euforizante de las tragaperras cuando tocan y debe de ser una de las pocas emociones del taxista-. El taxista apasionado me ha dejado en casa y nos hemos despedido efusivamente.
Se me hace tarde, pero he de decir que Forges es lo único que miro con ganas dle periódico. Sectario, oportunista y mil cosas más, pero su serie de blasillos peripeinados, pijos y políticos autonómicos de este verano es memorable. Su actualización de la figura del egipcio es la cosa que de mejor humor me pone en estos momentos. Esa mano hipertrofiada o saliente por la espalda es una genialidad.
domingo, 19 de julio de 2009
Diario íntimo
Me despierto relativamente pronto hoy. A las once estoy leyendo en el balcón. La mañana, fina, permite divisar con claridad las montañas más allá del Puig. El aire es tónico, agradable y hay un rumor animado que no sé sabe muy bien de dónde viene. Pasa una hora y no se ve un alma y ni siquiera los pájaros se escuchan. Las palomas, señoronas de la calle, he descubierto hace poco que son tórtolas africanas. Me lo dijo J., que es hombre de raros saberes. Las tórtolas africanas, cenicientas y con un buche burgúes, ya no me resultan tan antipáticas desde que sé que tienen su origen en África. Donde yo veía hegemonía, ahora veo un triste exilio y la leve repulsión que me producían ahora se ha tornado en interés. Las miro y me las imagino volando sobre desiertos, posadas en techos de blancos edificios, habitantes precarias de parajes exóticos y me pregunto la causa de su migración y admiro cómo se han hecho fuertes en este entorno de balcones, farolas y árboles municipales. Perdido en mis ensoñaciones de ignorante sumo me fijo en el edificio de la Conselleria de Sanitat, de cubos blancos y encalados y en la nueva torre que han levantado muy cerca, en la rotonda de la salida a Barcelona. Observo la torre, perplejo, sin adivinar ni remotamente las intenciones del arquitecto. Se trata de una gran columna rematada por un breve mirador acristalado. Por detrás de la columna sube un ascensor. No le veo el sentido como no sea el de servir de atalaya desde donde observar el vasto complejo universitario. Mi africanismo dominguero y la proximidad del edificio oficial, refulgente como una joya de Tánger, me permiten imaginar la inverosímil torre como un minarete civil. Zumba el sol, una leve brisa mueve las hojas y un par de tórtolas (¡africanas!) llegan como trayéndome noticias de muy lejos.
domingo, 19 de julio
Noche de jazz ayer en Torrente. La organización del Festival ha escogido este año el marco del Parque Trénor, un esmirriado huerto a las afueras de la ciudad. Un lugar más sugerente, desde luego, que la trasera del Auditorio Municipal, donde hasta este año venían colocando "a los del jazz". En un jardincillo han levantado el escenario -detrás, metafórico, un enorme edificio de viviendas en construcción- y han colocado la habitual barra verbenera. El jazz en España es una cosa estival, de temporada. Debiera ser de club, urbano, diario, de entresuelo -con ese aire de covacha y clandestinidad que tienen los entresuelos-, un sitio donde llegar después del trabajo, aflojarse la corbata y disfrutar de una copa escuchando la música que nos gusta. El jazz nos ha protegido tantos años de la horterada reinante que escucharlo, aunque ya nos sepamos de memoria las melodías y los solos nos sorprendan tan poco como las réplicas de una larga pareja, tiene un efecto de bálsamo, de orden, de contento con uno mismo. El jazz es un viejo amigo y un lugar de humor, sentimentalidad y nostalgia. Un refugio. Cuando es vibrante y nuevo, es además un arte subversivo, estimulante, que nos revoluciona. Nos conmina, nos exalta, nos... nos hace ir a perdir otra copa.
El interés de anoche estaba en ver a Phil Woods. Llegó el maestro con un tocado informal: gorra deportiva blanca -entre el público un señor sesentón lucía, me imagino que en homenaje, su clásica gorra negra de marinero- y una formación de quinteto: una sección rítmica europea y la compañía de Jesse Davis, saxofonista bopper de Nueva Orleans, con el que se doblaba y dialogaba constantemente. Davis parecía músico, ahijado y mozo de espadas. Le ayudaba a subir y bajar del escenario con el cuidado de un hijo, y subrayaba, pelota, cada ocurrencia del maestro. El denso y clásico sonido negro de Davis contrastaba un poco con la suavidad académica de los músicos europeos, como siempre más matizada. Personalmente, disfruté sobre todo del pianista, un francés cuyo nombre no recuerdo. Mi desinterés por las cosas es tal que ni agarré el folleto. Davis me gustó en These foolish things. En esa melodia hay un caudal de sensualidad que supo liberar en una frase de su solo: el patrimonio de una pareja, las claves de una historia de amor. Me sorprendió mucho que en ese instante, cuando tan fácil es deslizar la mano hacia la pareja -triste de mí, al que siempre le pillan solo estos momentos- un señor de la fila anterior aprovechase para acercar la silla a la de su hijo, un muchacho de flequillo irritante, y comenzase a abrazarle, acariciarle, y hacerle arrumacos. Lirismo paternofilial, supongo.
Una historia de amor es cierta cuando al sonar este tema aparece en nuestra mente. Si al sonar these foolish things no aparece en carrusel por nuestros ojos es que no es tal. Una historia de amor empieza a serlo cuando tiene un pasado a cuestas. Sus gestos, los instantes de primer entendimiento, los viajes, las atroces despedidas, la ropa revuelta, las copas charlando hasta altas horas, el descubrimiento, su mirada sorprendiéndome, las primeras lágrimas... Afortunadamente, theese foolish things sólo hubo uno, así que no fue necesario emborracharse.
La elección de temas fue, como siempre en Woods, magistral: In your own sweet way, willop weep for me, If I should lose you... Humor en la bateria, riqueza de ideas en el pianista, el sonido seco y antiguo del contrabajo y la energia a veces un poco obvia de Davis. Phil descansó en un par de temas, tocó poco y recurrió al empaste de voces con Davis. Pese a todo, dejó testimonio de su imperecedero swing y de la nobleza elegante de su sonido. Su música sigue siendo bop, pero, claro está, cerca de ser octogenario a su bop se le ha ido cayendo el hard de sus tiempos con Farrell, esa dureza un poco esquizoide. El bop es nervioso, el hard lo llena de aristas, lo hace metálico, lo endurece cuando no lo simplifica. Lo que hacen ahora supongo que debería llamarse softbop. Personalmente, no podré olvidar la primera vez que le escuché en el cuarteto con Galper. Su concierto de homenaje a Parker en no sé qué auditorio, ha sido una de las cosas más maravillosas que he escuchado. Woods toca lo que me gusta y del modo en que me gusta. Es uno de mis músicos favoritos. Sentí algo de lástima por la manera fria en que el público le despidió, porque es evidente que no volverá por aquí y podriamos haberle agradecido cincuenta años de jazz con algo más de efusividad. La timidez y el deseo de no molestar al anciano admirado me hizo evitar buscar el autógrafo o el saludo. Me fui lleno de gratitud y eso me basta. Tengo la conciencia tranquila y ya he visto su saxo alto ladeado, la ligera inclinación, la asombrosa facilidad, su sabia dicción...
Este Festival de Torrente se está pareciendo peligrosamente al Festival de cine de San Sebastián, que se especializó en homejaear viejas glorias que iban marchando al otro barrio nada mas pasar por allí. Woods se acordó, con involuntario humor, de Griffin, su gran compañero, que se despidió del jazz precisamente en Torrente. Aquí, ante este público doctoral, desapasionado y en chanclas, auditorio un poco lúgubre.
El interés de anoche estaba en ver a Phil Woods. Llegó el maestro con un tocado informal: gorra deportiva blanca -entre el público un señor sesentón lucía, me imagino que en homenaje, su clásica gorra negra de marinero- y una formación de quinteto: una sección rítmica europea y la compañía de Jesse Davis, saxofonista bopper de Nueva Orleans, con el que se doblaba y dialogaba constantemente. Davis parecía músico, ahijado y mozo de espadas. Le ayudaba a subir y bajar del escenario con el cuidado de un hijo, y subrayaba, pelota, cada ocurrencia del maestro. El denso y clásico sonido negro de Davis contrastaba un poco con la suavidad académica de los músicos europeos, como siempre más matizada. Personalmente, disfruté sobre todo del pianista, un francés cuyo nombre no recuerdo. Mi desinterés por las cosas es tal que ni agarré el folleto. Davis me gustó en These foolish things. En esa melodia hay un caudal de sensualidad que supo liberar en una frase de su solo: el patrimonio de una pareja, las claves de una historia de amor. Me sorprendió mucho que en ese instante, cuando tan fácil es deslizar la mano hacia la pareja -triste de mí, al que siempre le pillan solo estos momentos- un señor de la fila anterior aprovechase para acercar la silla a la de su hijo, un muchacho de flequillo irritante, y comenzase a abrazarle, acariciarle, y hacerle arrumacos. Lirismo paternofilial, supongo.
Una historia de amor es cierta cuando al sonar este tema aparece en nuestra mente. Si al sonar these foolish things no aparece en carrusel por nuestros ojos es que no es tal. Una historia de amor empieza a serlo cuando tiene un pasado a cuestas. Sus gestos, los instantes de primer entendimiento, los viajes, las atroces despedidas, la ropa revuelta, las copas charlando hasta altas horas, el descubrimiento, su mirada sorprendiéndome, las primeras lágrimas... Afortunadamente, theese foolish things sólo hubo uno, así que no fue necesario emborracharse.
La elección de temas fue, como siempre en Woods, magistral: In your own sweet way, willop weep for me, If I should lose you... Humor en la bateria, riqueza de ideas en el pianista, el sonido seco y antiguo del contrabajo y la energia a veces un poco obvia de Davis. Phil descansó en un par de temas, tocó poco y recurrió al empaste de voces con Davis. Pese a todo, dejó testimonio de su imperecedero swing y de la nobleza elegante de su sonido. Su música sigue siendo bop, pero, claro está, cerca de ser octogenario a su bop se le ha ido cayendo el hard de sus tiempos con Farrell, esa dureza un poco esquizoide. El bop es nervioso, el hard lo llena de aristas, lo hace metálico, lo endurece cuando no lo simplifica. Lo que hacen ahora supongo que debería llamarse softbop. Personalmente, no podré olvidar la primera vez que le escuché en el cuarteto con Galper. Su concierto de homenaje a Parker en no sé qué auditorio, ha sido una de las cosas más maravillosas que he escuchado. Woods toca lo que me gusta y del modo en que me gusta. Es uno de mis músicos favoritos. Sentí algo de lástima por la manera fria en que el público le despidió, porque es evidente que no volverá por aquí y podriamos haberle agradecido cincuenta años de jazz con algo más de efusividad. La timidez y el deseo de no molestar al anciano admirado me hizo evitar buscar el autógrafo o el saludo. Me fui lleno de gratitud y eso me basta. Tengo la conciencia tranquila y ya he visto su saxo alto ladeado, la ligera inclinación, la asombrosa facilidad, su sabia dicción...
Este Festival de Torrente se está pareciendo peligrosamente al Festival de cine de San Sebastián, que se especializó en homejaear viejas glorias que iban marchando al otro barrio nada mas pasar por allí. Woods se acordó, con involuntario humor, de Griffin, su gran compañero, que se despidió del jazz precisamente en Torrente. Aquí, ante este público doctoral, desapasionado y en chanclas, auditorio un poco lúgubre.
jueves, 16 de julio de 2009
jueve, 16 de julio
Tedio en el gimnasio por la mañana. Si hago diez ejercicios y en cada uno ellos hay cuatro sesiones de quince, estoy haciendo 600 movimientos absurdos, puras contracciones sin más motivo que la hinchazón muscular. Estoy empezando a plantearme contar hasta seiscientos, en lugar de ir contando hasta quince cada vez. Quince parece la unidad de esfuerzo, la unidad mínima de voluntad. "A mí los esfuerzos me duran quince", se podría decir. Organice como organice mi rutina gimnástica, lo cierto es que tengo que contraer algo de mí mismo seiscientas veces, no importa cómo. Quizás el secreto esté en los espejos. Todos los gimnasios están rodeados de espejos. UN gimnasio sin espejos es como una estación sin bancos o un ministerio sin pasillos. Los espejos son fundamentales para disfrutar de esas seiscientas movilizaciones del amor propio. Los que disfrutan de eso son quienes mientras lo hacen se observan. ¡Qué caras de arrobo sorprendo yo en algunos! ¡Cómo se miran mientras se ejercitan! Ahí tengo que llegar, a darme placer visual a mí mismo. Total, llevo más de media vida dándome placer manual...
Un paso más allá en el gimnasio es el del exhibicionista auditivo. Hay varias clases de público: los infelices, como es mi caso, que estamos siempre como de forma provisional, como invitados, ajenos y tímidos, a prueba; están los narcisistas antes mencionados y el paso más allá hacia el delirio es el de los escandalosos que gimen a gritos. El gimnasio tiene una cosa muy desagradable: su machismo primario. Se percibe en las formas primitivas de saludo -gruñidos, levantamientos de brazo, un cabeceo nervioso- que entre si se dispensan, y, sobre todo, en el culto a la fuerza bruta. Las actividades que se desarrollan en el gimnasio no exigen ninguna habilidad técnica, ninguna gracia. Es la pura fuerza. Somos unos Perurenas, pero sin el ancestral entorno bucólico de los caserios. Levantadores sin historia, sin cultura. Ese elemento puramente machista llega al paroxismo con los individuos que gimen a gritos. Sin ningún pudor se lanzan a representar sus orgasmos. De una manera evidente están diciendo: así follo, y estas mancuernas de aquí al lado podrían ser perfectamente las extremidades inferiores de mi señora esposa. Es desagradabilísimo.
Tan absurdamente y limitadoramente viril es el ambiente del gimnasio que las mujeres, pocas, que van, destacan por su gracia y silencio. No hablan, no se pasean, no se eternizan en la contemplación de si mismas, no se apostan en un aparato como si fuera una garita. Las ve uno pasar, estilizadas y serenas, deslizándose discretas como monjas con la mirada algo perdida, al frente, concentradas, ausentes, y resultan más delicadas, atractivas y misteriosas que nunca.
Del resto del día, quizás lo más destacado haya sido el señor con el que he hecho cola en la tienda de telefonía. Un individuo a punto de ser anciano, de media estatura, delgado, vestido con unos zapatos veraniegos de rejillas, pantalón pìtillo de algodón oscuro y camiseta negra, metida por dentro, con una leyenda en inglés. Como diría Boris, estilo bling-bling en su esclava dorada, sus anillos y el reló. Bigotillo corto, años cincuenta, leves patillas y tupé. El señor hablaba con otra señora conocida de él que también aguardaba en la antesala. El hombre, al poco de verla y saludarla, ha comenzado a hablar en voz demasiado alta. Ha dado detallas de la familia de ella, ha llamado gilipollas a no sé quién, ha lanzado condenas morales -esa manera de criticar que es única-, ha relacionado sus gastos del último mes y algunas de sus proezas económicas y se ha permitido criticar el servicio de la tienda, todo ello con un sentido prodigioso de la desfachatez. Su acento era andaluz y regresaba de Francia. Ese inconfundible acento andaluz del emigrante. Andaluz con la gracia perdida, endurecido y algo añejo. He conocido algunos emigrantes andaluces en Francia y siempre me ha llamado la atención su condición anacrónica. Parecen haberse quedado embalsamados en los años sesenta. Se llevaron su España de entonces puesta, le rindieron culto como se le rinde a una reliquia y no adoptaron ni un ademán del país vecino. Contumazmente españoles. Porque quien vive en Francia, a poco que se integre, echa cara de francés. Quien se hace francés lo deja notar en sus facciones. La educación, la "burocracia cultural" deja huella de civilización en el rostro. Muchos estos españoles del exilio económico se quedaron con el careto del desarrollismo sin un visaje de "francesidad". Son como involuntarias parodias de Manolo Escobar. Ejemplos irrepetibles de españoles, lo más parecido a esos indianos fanfarrones que volvían con la cartera repleta de billetes.
En el trabajo me siento como el secretario personal del Sultán de Brunei, si es que en Brunei hay sultán. A la vuelta en coche doy alguna cabezada. Pienso esta tarde en Jaco Pastorius, que como tantos se suicidó contra un portero de discoteca, porque es como tirarse de un puente o lanzarse a una vía del tren. El misterio de Pastorius y su música es absoluto. Weather Report siempre me han sonado un poco frios, desapacibles.
Un paso más allá en el gimnasio es el del exhibicionista auditivo. Hay varias clases de público: los infelices, como es mi caso, que estamos siempre como de forma provisional, como invitados, ajenos y tímidos, a prueba; están los narcisistas antes mencionados y el paso más allá hacia el delirio es el de los escandalosos que gimen a gritos. El gimnasio tiene una cosa muy desagradable: su machismo primario. Se percibe en las formas primitivas de saludo -gruñidos, levantamientos de brazo, un cabeceo nervioso- que entre si se dispensan, y, sobre todo, en el culto a la fuerza bruta. Las actividades que se desarrollan en el gimnasio no exigen ninguna habilidad técnica, ninguna gracia. Es la pura fuerza. Somos unos Perurenas, pero sin el ancestral entorno bucólico de los caserios. Levantadores sin historia, sin cultura. Ese elemento puramente machista llega al paroxismo con los individuos que gimen a gritos. Sin ningún pudor se lanzan a representar sus orgasmos. De una manera evidente están diciendo: así follo, y estas mancuernas de aquí al lado podrían ser perfectamente las extremidades inferiores de mi señora esposa. Es desagradabilísimo.
Tan absurdamente y limitadoramente viril es el ambiente del gimnasio que las mujeres, pocas, que van, destacan por su gracia y silencio. No hablan, no se pasean, no se eternizan en la contemplación de si mismas, no se apostan en un aparato como si fuera una garita. Las ve uno pasar, estilizadas y serenas, deslizándose discretas como monjas con la mirada algo perdida, al frente, concentradas, ausentes, y resultan más delicadas, atractivas y misteriosas que nunca.
Del resto del día, quizás lo más destacado haya sido el señor con el que he hecho cola en la tienda de telefonía. Un individuo a punto de ser anciano, de media estatura, delgado, vestido con unos zapatos veraniegos de rejillas, pantalón pìtillo de algodón oscuro y camiseta negra, metida por dentro, con una leyenda en inglés. Como diría Boris, estilo bling-bling en su esclava dorada, sus anillos y el reló. Bigotillo corto, años cincuenta, leves patillas y tupé. El señor hablaba con otra señora conocida de él que también aguardaba en la antesala. El hombre, al poco de verla y saludarla, ha comenzado a hablar en voz demasiado alta. Ha dado detallas de la familia de ella, ha llamado gilipollas a no sé quién, ha lanzado condenas morales -esa manera de criticar que es única-, ha relacionado sus gastos del último mes y algunas de sus proezas económicas y se ha permitido criticar el servicio de la tienda, todo ello con un sentido prodigioso de la desfachatez. Su acento era andaluz y regresaba de Francia. Ese inconfundible acento andaluz del emigrante. Andaluz con la gracia perdida, endurecido y algo añejo. He conocido algunos emigrantes andaluces en Francia y siempre me ha llamado la atención su condición anacrónica. Parecen haberse quedado embalsamados en los años sesenta. Se llevaron su España de entonces puesta, le rindieron culto como se le rinde a una reliquia y no adoptaron ni un ademán del país vecino. Contumazmente españoles. Porque quien vive en Francia, a poco que se integre, echa cara de francés. Quien se hace francés lo deja notar en sus facciones. La educación, la "burocracia cultural" deja huella de civilización en el rostro. Muchos estos españoles del exilio económico se quedaron con el careto del desarrollismo sin un visaje de "francesidad". Son como involuntarias parodias de Manolo Escobar. Ejemplos irrepetibles de españoles, lo más parecido a esos indianos fanfarrones que volvían con la cartera repleta de billetes.
En el trabajo me siento como el secretario personal del Sultán de Brunei, si es que en Brunei hay sultán. A la vuelta en coche doy alguna cabezada. Pienso esta tarde en Jaco Pastorius, que como tantos se suicidó contra un portero de discoteca, porque es como tirarse de un puente o lanzarse a una vía del tren. El misterio de Pastorius y su música es absoluto. Weather Report siempre me han sonado un poco frios, desapacibles.
miércoles, 15 de julio de 2009
miércoles, 15 de junio
Ha muerto Eduardo Chamorro. Solía leer sus cosas, aureolado como estaba para mí por ser amigo de Benet. El benetianismo es literatura moderna, alcohol, amistad, recelo de la facilidad y cierta aspereza. Le recuerdo a Chamorro una cita de Eliot: "La poesía es un ocio de rufianes". Caigo en el new yorker y medio adivino un ensayo sobre su sexualidad. Hay quien alude a una supuesta homosexualidad (Eliot travestido en el Soho), al platonismo de un joven amor o a la larga frustración provocada por su matrimonio. El autor recuerda que cada personaje de Eliot tenía una determinada inclinación, todas, quizás, encerradas en el distante poeta. Prufrock, por ejemplo, expresaba una determinada pasividad de carácter que nos emociona más que nada. Recuerdo ahora su voz, la voz de Prufrock, y creo que es de una finura imposible para el castellano. Preferiría la música de sus versos a cualquier otra música ahora mismo: Tam, tam, tam; tan, taram; porque Eliot ensayaba sus versos con un tamborcillo. El caso es que leo la necrológica de Chamorro escrita por Aguilar y pienso en Ruano, al que los muertos seguro le transmigraban: sus almas se les iban a las necrológicas, saltaban del muerto a la necrológica y allí quedaban encerradas. Aguilar logra una pieza contenida y elegante, como le hubiera gustado al muerto -considero fundamental escribir para el finado-, y no escatima puyas y chanzas. Friamente acaba convocando al tanatorio y nos emociona, porque ya nos emociona lo que no se dice. Oimos los pasos perdidos de los amigos en La Almudena. Y de los versos del Prufrock nos quedan las palpitaciones.
martes, 14 de julio de 2009
Diario Íntimo II
Encuentro en el prólogo esta frase de César referida a Dalí: "Somos iguales, sólo que el con muchísimo más talento". Se ve claro que César no era Del Pozo. González Ruano es humor, elegancia y silencio en la metáfora. La deja respirar, la medio dice. La encuentra, pero no la estrangula.
Diario Íntimo
Como estaba cansado para nada más he empezado a leer el Diario Íntimo de González-Ruano. César, para los devotos. Es parecido al de Gide, corto, documental y minucioso. Empieza en el año cincuenta y uno contando que llevaba escolta, como Fernando Savater, pero sin compromiso cívico. César era un hombre atildado, con un atildamiento algo sórdido y en el libro hay una foto horrenda en la que aparece encamado bajo una pared repleta de cornucopias y ángeles, como en una tienda de antigüedades. César tenía un bigotito fino, ligeramente ascendente, sin el vuelo del bigote de Dalí. Si yo fuera Raúl del Pozo ahora compararía bigotes y talentos.
martes, 14 de julio
Hoy me he quedado sin móvil. Sospecho que ha sido un hurto y hasta tengo presunto protagonista. Me baso en un análisis racional, deductivo, de la escena y del momento del crimen que ha realizado mi compañera V. Es escandalosa la influencia de las novelas de detectives. La mente más alocadamente irreflexiva se vuelve esquemática y lógica en estos casos. Al presunto le llamaré P. P es un menesteroso de los que abundan en el pueblo. Hace cosa de un mes adoptó la costumbre de ir todas las mañanas al ayuntamiento a solicitar un empleo. Tengo que decir que hasta trabajar aquí no he tenido yo idea de lo que es el estado asistencial y la dependencia pública del desempleado. La gente ya no va a las iglesias, la gente se apelotona en los ayuntamientos pidiendo. De hecho, llegaráel día en que el derecho administrativo no sea sino el cinturón legal que haga posible que las adminitraciones no sean saqueadas arbitrariamente por masas hiperlegitimadas de hambrientos.
P. recurrió primero al ruego, después a la exigencia, más tarde -cuando nada obtuvo- a -la indignada solicitud de explicaciones y ahora, últimamente, ha llegado el turno de las amenazas. Ha amenazado con desempolvar la escopetas -por lo que cuentan, tiene un árbol genealógico de tronados con salidas inesperadas, así que he decidido temerle-, esa escopeta que en muchos sitios de España la gente dice tener, para que luego hablen del estado de Texas -la escopeta americana es la escopeta de la seguridad, de la autodefensa; la española es la escopeta de la tronada, de la venada, del arranque homicida-; ha amenazado también con acciones judiciales, que es una amenaza más disculpable, porque ya se sabe que el español cuando se indigna se va al juzgado de guardia. P. se ganaba bien la vida y níveas adicciones le han dejado en una ruina inminente.
Como P. está todos los días en el ayuntamiento y yo paso por ser la cabeza visible de ese ente depauperado y como quiera que tengo un concepto masoquista de la ética pública, dedico cada mañana un ratito explicando al individuo las razones administrativas en virtud de las cuales otros y no él han sido seleccionados para trabajos municipales. Incluso le explico el mecanismo asistencial del Trabajador Social. Le explico hasta el concepto meedieval de autoritas. Le explico la raiz constitucional de las prerrogativas del administrado. Le saco baremaciones, esgrimo firmas de sindicatos, pero nada. Muy tarde he comprendido que no quiere expicaciones, sino euros.
Debo decir que el trabajo municipal al que aspira es integrar una recién formada brigada de peones provistos de chalecos reflectantes que se dedican a pintar las rayas del tráfico, las señales, los bordillos, las aceras, de manera que todo el pueblo parece recién pintado. Cuando salgo a almorzar lo hago dando saltos porque pienso que me voy a manchar de pintura los zapatos. Han pintado el pueblo como una puerta, viejo y gris como es, parece una puta vieja. Ya dije yo al concejal que lo mejor que podriamos hacer con esa brigada subsidiada era comprarles un objeto punzante a cada uno de ellos, subirlos en una furgoneta e invadir el pueblo de al lado. Tenemos, literalmente, un ejército pintando las calles. Y la escena me recuerda al new deal. Es un pequeño new deal de gente pintando.
También he propuesto que la brigada del titanlux pinte un mural, dado que se les están acabando las superficies.
Mis conversaciones con P tienen siempre el mismo final: la amenaza; y antes de eso el toquiteo abusivo de mi fibra sentimental. El clímax del abuso sentimental llega cuando de forma invariable P. me mira, humedece sus ojos -tiene un aspecto similar al de Kirk Douglas haciendo de Van Gogh justo antes de cortarse la oreja- sube su camiseta y me dice, con rictus patético, que lleva perdidos quince kilos. El primer día yo me quedé muy impactado, pero las últimas exhibiciones me han permitido atisbar un inicio de michelín, aunque no me atrevo a decirlo: pongo una cara de infinita aflicción. Su mujer, que a veces le acompaña y llora, sólo llora, es, sin embargo, obesa, mórbidamente obesa, y lo es en grado creciente. Engorda su mujer y llora, y él enflaquece y amenaza y pide y los dos forman una pareja extrañísima y, a su modo chantajista y trágico, entrañable.
El caso es que estoy sin móvil y llevo todo el día palpándome el bolsillo del pantalón, la americana, sintiendo su amputación. Me siento desprovisto de un apéndice, de una parte de mi sistema nervioso. No fumo porque tengo móvil. Llevo medio día sin recibir llamadas ni mensajes y me me empiezo a sentir solo de un modo edificante.
P. recurrió primero al ruego, después a la exigencia, más tarde -cuando nada obtuvo- a -la indignada solicitud de explicaciones y ahora, últimamente, ha llegado el turno de las amenazas. Ha amenazado con desempolvar la escopetas -por lo que cuentan, tiene un árbol genealógico de tronados con salidas inesperadas, así que he decidido temerle-, esa escopeta que en muchos sitios de España la gente dice tener, para que luego hablen del estado de Texas -la escopeta americana es la escopeta de la seguridad, de la autodefensa; la española es la escopeta de la tronada, de la venada, del arranque homicida-; ha amenazado también con acciones judiciales, que es una amenaza más disculpable, porque ya se sabe que el español cuando se indigna se va al juzgado de guardia. P. se ganaba bien la vida y níveas adicciones le han dejado en una ruina inminente.
Como P. está todos los días en el ayuntamiento y yo paso por ser la cabeza visible de ese ente depauperado y como quiera que tengo un concepto masoquista de la ética pública, dedico cada mañana un ratito explicando al individuo las razones administrativas en virtud de las cuales otros y no él han sido seleccionados para trabajos municipales. Incluso le explico el mecanismo asistencial del Trabajador Social. Le explico hasta el concepto meedieval de autoritas. Le explico la raiz constitucional de las prerrogativas del administrado. Le saco baremaciones, esgrimo firmas de sindicatos, pero nada. Muy tarde he comprendido que no quiere expicaciones, sino euros.
Debo decir que el trabajo municipal al que aspira es integrar una recién formada brigada de peones provistos de chalecos reflectantes que se dedican a pintar las rayas del tráfico, las señales, los bordillos, las aceras, de manera que todo el pueblo parece recién pintado. Cuando salgo a almorzar lo hago dando saltos porque pienso que me voy a manchar de pintura los zapatos. Han pintado el pueblo como una puerta, viejo y gris como es, parece una puta vieja. Ya dije yo al concejal que lo mejor que podriamos hacer con esa brigada subsidiada era comprarles un objeto punzante a cada uno de ellos, subirlos en una furgoneta e invadir el pueblo de al lado. Tenemos, literalmente, un ejército pintando las calles. Y la escena me recuerda al new deal. Es un pequeño new deal de gente pintando.
También he propuesto que la brigada del titanlux pinte un mural, dado que se les están acabando las superficies.
Mis conversaciones con P tienen siempre el mismo final: la amenaza; y antes de eso el toquiteo abusivo de mi fibra sentimental. El clímax del abuso sentimental llega cuando de forma invariable P. me mira, humedece sus ojos -tiene un aspecto similar al de Kirk Douglas haciendo de Van Gogh justo antes de cortarse la oreja- sube su camiseta y me dice, con rictus patético, que lleva perdidos quince kilos. El primer día yo me quedé muy impactado, pero las últimas exhibiciones me han permitido atisbar un inicio de michelín, aunque no me atrevo a decirlo: pongo una cara de infinita aflicción. Su mujer, que a veces le acompaña y llora, sólo llora, es, sin embargo, obesa, mórbidamente obesa, y lo es en grado creciente. Engorda su mujer y llora, y él enflaquece y amenaza y pide y los dos forman una pareja extrañísima y, a su modo chantajista y trágico, entrañable.
El caso es que estoy sin móvil y llevo todo el día palpándome el bolsillo del pantalón, la americana, sintiendo su amputación. Me siento desprovisto de un apéndice, de una parte de mi sistema nervioso. No fumo porque tengo móvil. Llevo medio día sin recibir llamadas ni mensajes y me me empiezo a sentir solo de un modo edificante.
lunes, 13 de julio de 2009
lunes, 13 de julio
Desde hace un tiempo me he impuesto la lectura del diario. Hay placer en ello, pero también la marcada voluntad de estar "al corriente" y de sentirme unido a un mundo que parece que se me escapa. Mi entorno laboral es de una pequeñez asfixiante y en la radio y la televisión, medios fáciles, todo son querellas internas, la puñalada trapera y el escándalo amarillo. Leo los periódicos y, sin embargo, la mayoría de veces me aburren porque lo que busco, sobre todo, es la literatura del diario, el buen artículo, la mezcla feliz de ensayo, narración y verso, la columna cincelada, el ritmo justo y esa manera frívola de extraer lucidez y humor (buena literatura) de la actualidad.
Con la llegada de Cristiano Ronaldo al Madrid los periodistas -y no sólo- se han lanzado a metaforizar como posesos y, pasados unos días, quien ha ganado, quien mejor ha hablado y el que mejor ha escrito sobre todo ello ha sido, vaya por dios, Boris IZaguirre. Su página de hoy, la cuarta de ELPAIS, dedicada a Cristiano y su macarra chic es fabulosa. Está bien escrita y trasluce una portentosa agudeza y una erudición, una nueva erudición, pop, icónica, que va de Bolan a Beckham pasando por Tony Manero. Boris ha detectado la existencia de una generación, nacida en los noventa, anterior a la crisis, que adopta a Cristiano como ídolo incuestionable. Ronaldo es un genio más allá de lo que haga con el balón porque ha esculpido el canon masculino. Para quienes tenemos algún año, comprenderlo, entenderlo, nos sume en un vértigo maravilloso. La asunción de los mitos de generaciones posteriores es un logro difícil. A veces nos obliga a aceptar cosas que no comprendemos, que nos desconciertan o nos repugnan. En la suave rotundidad de su cuerpo -en la audacia del cuerpo olímpico con el delirio de la moda-, en la equívoca contestación obrera de ponerse de un modo distinto las prendas de los más ricos, hay una mezcla de todas las sexualidades y de todas las clases. Hay una bendita insolencia. Una ingenuidad asombrosa. La de quien de manera natural, sin proponérselo, expresa algo de su tiempo. Si Miguel Ángel pintase en la actualidad, ¿pintaría Cristianos? Miedo da pensarlo...
El deporte es el territorio de la elegancia corporal, de la expresión. Ronaldo lleva ese lenguaje más allá del terreno de juego. Porta consigo un sistema de signos, una expresión física novedosa, rotunda y llamativa, capaz de atraer todas las miradas y todas las marcas.
De todos los que han escrito, Boris, cocinero antes que fraile, ha sido quien mejor ha descrito el fenómeno, pues ha tenido él pujos de dandy. Es incuestionable que los gays, los gays letraheridos, al menos, tienen sobre los heterosexuales la ventaja de haber pensado la condición masculina. Seguramente en las revistas de moda ese macarra chic tendrá algún otro nombre, probablemente en inglés, pero Boris nos ha situado al muchacho portugés en una estirpe popular que tiene en común lo emergente, lo escandaloso. POdrán ponerle traje oscuro, nos dice, pero Ronaldo siempre lo abrillantará, le sacará algún matiz de oro, lo pulirá, lo ceñirá, hará moda y, a su modo, una leve e inofensiva contestación con su vestuario. Los horteras rompen sin saber, y lo hacen con las prendas caras. Si el humor es el drama descolocado, el hortera es el elegante desestructurado, desordenado, inarmónico. Los horteras suelen ser arribistas, llevan ropas que no les corresponden y hacen de ellas un uso grotesco. Cuando un hortera se hace hegemónico, poderoso, representativo, ¿no es una forma de conquista? ¿No es una pequeña revolución cuando el hortera crea tendencia?
Con la llegada de Cristiano Ronaldo al Madrid los periodistas -y no sólo- se han lanzado a metaforizar como posesos y, pasados unos días, quien ha ganado, quien mejor ha hablado y el que mejor ha escrito sobre todo ello ha sido, vaya por dios, Boris IZaguirre. Su página de hoy, la cuarta de ELPAIS, dedicada a Cristiano y su macarra chic es fabulosa. Está bien escrita y trasluce una portentosa agudeza y una erudición, una nueva erudición, pop, icónica, que va de Bolan a Beckham pasando por Tony Manero. Boris ha detectado la existencia de una generación, nacida en los noventa, anterior a la crisis, que adopta a Cristiano como ídolo incuestionable. Ronaldo es un genio más allá de lo que haga con el balón porque ha esculpido el canon masculino. Para quienes tenemos algún año, comprenderlo, entenderlo, nos sume en un vértigo maravilloso. La asunción de los mitos de generaciones posteriores es un logro difícil. A veces nos obliga a aceptar cosas que no comprendemos, que nos desconciertan o nos repugnan. En la suave rotundidad de su cuerpo -en la audacia del cuerpo olímpico con el delirio de la moda-, en la equívoca contestación obrera de ponerse de un modo distinto las prendas de los más ricos, hay una mezcla de todas las sexualidades y de todas las clases. Hay una bendita insolencia. Una ingenuidad asombrosa. La de quien de manera natural, sin proponérselo, expresa algo de su tiempo. Si Miguel Ángel pintase en la actualidad, ¿pintaría Cristianos? Miedo da pensarlo...
El deporte es el territorio de la elegancia corporal, de la expresión. Ronaldo lleva ese lenguaje más allá del terreno de juego. Porta consigo un sistema de signos, una expresión física novedosa, rotunda y llamativa, capaz de atraer todas las miradas y todas las marcas.
De todos los que han escrito, Boris, cocinero antes que fraile, ha sido quien mejor ha descrito el fenómeno, pues ha tenido él pujos de dandy. Es incuestionable que los gays, los gays letraheridos, al menos, tienen sobre los heterosexuales la ventaja de haber pensado la condición masculina. Seguramente en las revistas de moda ese macarra chic tendrá algún otro nombre, probablemente en inglés, pero Boris nos ha situado al muchacho portugés en una estirpe popular que tiene en común lo emergente, lo escandaloso. POdrán ponerle traje oscuro, nos dice, pero Ronaldo siempre lo abrillantará, le sacará algún matiz de oro, lo pulirá, lo ceñirá, hará moda y, a su modo, una leve e inofensiva contestación con su vestuario. Los horteras rompen sin saber, y lo hacen con las prendas caras. Si el humor es el drama descolocado, el hortera es el elegante desestructurado, desordenado, inarmónico. Los horteras suelen ser arribistas, llevan ropas que no les corresponden y hacen de ellas un uso grotesco. Cuando un hortera se hace hegemónico, poderoso, representativo, ¿no es una forma de conquista? ¿No es una pequeña revolución cuando el hortera crea tendencia?
domingo, 12 de julio de 2009
El parque de los ciervos. Norman Mailer.
El parque de los ciervos es un Mailer sin humor, sin la disparatada comicidad ni el egotismo de Los ejércitos de la noche, ni el cinismo divertido de Los hombres duros no bailan. Es pesimista y tiene un importante fondo moral. Es una obra ambiciosa, de una madurez llamativa.
El primer error sería pensar que la novela habla de Hollywood. El segundo, dejarse aburrir por su ausencia de trama. Mailer es un realista y, a su modo, un moralista; las tramas son el andamiaje que necesita el prosista para desarrollar su prosa. El tributo que el estilo rinde al género. El crimen o la historia de amor suelen ser los mcguffins de la novela contemporánea, antes de la exploración del azar.
El parque de los ciervos es un territorio cercano a La Meca del cine, Desert d'or, una urbanización de recreo para divas con ex-marido, periodistas frívolos, suripantas del celuloide o viejos productores de virtud cansada; un lugar de ambigüedad moral y de exilio. Un lugar de entrada y salida a Hollywood, donde sólo se ingresa a través de la renuncia íntima. Así, quienes aspiran a entrar, al éxito, viven su vicio conflictivamente,mientras que quienes salieron para siempre no interrogan sus costumbres. Allí aparecen unos personajes que construyen la novela sobre el eje de su relación con la virtud, el amor o el arte: Eitel, Sergius y Marion. Hay algo filial en las relaciones entre estos personajes. Tres Mailers. Incluso el Mailer homosexual, homoerótico de muchos de sus libros -divertido explorador de todas las fronteras de la masculinidad-. Todos. El machista, el matón, el sabio, el estudioso que ya no teme a ningún erudito, el seductor maduro experto o el garañón veinteañero del que se cansan las mujeres.
Ni Sergius ni Marion tienen padre y Eitel es un héroe, un intelectual, un director que arriesga su carrera por no delatar a conocidos comunistas, sin ser, él mismo, comunista -la filiación ideológica es una basura indigna de Mailer, del mejor Mailer, al menos-. La novela es la historia del descenso de Eitel, a través de su aceptación del entramado moral dominante de La Meca, y del ascenso, muerte del padre y reafirmación de Marion y Sergius. El primero como principe tenebroso, mártir inmoral -adelantando el personaje una de las claves del libro: la trascendencia moral, absoluta, del vicio. El vicio y la religión como mundos cercanos-; el segundo, como escritor que no llega a ser, más bien aspirante, aspirante tan solo a la condición de artista, a la suficiencia pletórica del artista. Si Eitel reniega de su arte volviendo a Hollywood, Sergius se entrega a ella, marchando a la periferia. Sergius, trasunto de Mailer, ofrece unas páginas hermosísimas sobre el arte. Con esa casi paródica virilidad de Mailer: irlandés, boxeador, novelista y hasta torero, Sergius, como antes Marion, sacrifican su proyección social en aras de una realización personal profunda. Algunos de los fragmentos más bellos del libro son aquellos en que Sergius desarrolla una forma de poética. "Las palabras son divisiones de la experiencia", nos dice, y uno piensa, sin querer, en la contienda de nuestra poesía y admirando a Carnero adivina que siendo primario, el arte de Mailer llega a lo más hondo. El culturalismo es una cárcel fria. Es retirarse sin haber vivido. Hay algo de magisterio en la manera de ligar vida y literatura en Mailer: un vitalismo profundo, fundamental, que no es casualidad ha transitado por el periodismo y la prosa realista, único respiradero no depresivo del arte de escribir. Piensa uno también en la página que dedica el autor a las notas a pie de página, como apertura al mundo todo, al orbe, que abre en el libro, en el discurso, el autor, sacrificando el orden lógico y la propia secuencia y recuerda uno melancólicamente a Foster Wallace y sus irritantes notas a pie de página. Las ventanas cibernéticas son como esas notas a pie de página, y los links una apertura al mundo. Un nuevo enciclopedismo. Un hermoso rasgo de poesía en el núcleo mismo de lo erudito.
Poco importa, en realidad, lo que de social o político tiene la novela, ese grito airado que Mailer pone en boca de Dios: "No dejes que esa gente (esa gente: admitamos ahí al impreciso destinatario de todas nuestras imprecaciones) te diga lo que tienes que hacer", la rabiosa reivindicación de la libertad personal, no es lo más hermoso del libro, pese a todo. Donde Mailer resulta conmovedor es en el estudio de la pareja. Sobre todo en la relación entre Eitel y Elena. El consumado varón de mediana edad y la joven bailarina vulgar. El narrador se esfuerza en desacreditar el amor, palabra vana, pero los personajes lo buscan. Eitel tensa su placer entre la crueldad y el sadismo, templa su pasión con celos, los celos con ternura y vive su relación como un intenso romance con su propio ego. Eitel, maduro y adiestrado, aspira al amor total, una posesión gloriosa del ser ajeno que no puede conseguir. Más que la pasión podrá la lástima. La sexualidad aparece como la brecha profunda de lo humano, e "inicio de la filosofía". La mujer es indominable, caprichosa y voluble. Al final del libro, las reflexiones del Eitel sobre su matrimonio le hacen esbozar, literalmente, una sonrisa decimonónica. y parece que remansando su prosa llega el autor a cierta comprensión serena y dolorida del amor, pero antes, en Desert d'Or, lugar fuera de lo institucional, el amor no ha sido composición o cuadro familiar, y desde luego,no ha sido fuerza física, biológica, que externamente mueva el mundo. No es el ordenador dantesco del cosmos, sino una durísima lucha interna entre todas las fuerzas descompuestas de la vanidad: el placer, la lástima, el sadismo, la suma crueldad o el veneno gozoso de los celos. El amor como aventura individual y como soliloquio.
Es un libro sobre la trascendencia del vicio y del placer. El vicioso está más cerca que nadie de la virtud. Más cerca que nadie de Dios. El vicioso impugna lo establecido (Marion, más audaz que nadie,lucha constantemente contra su propio placer y contra su voluntad: no hay mayor placer que el que causa una repugnancia vencida, nos dice. El placer como conquista, arte, maestría moral). Mailer rescata lo heroico del vicio y su cercanía a la virtud, e incluso lo acerca al martirio. Marion es el vicioso que separa cuerpo y alma y que quiere liberar ésta mancillando aquél. Qué profundamente católico puede llegar a ser Mailer...
Si la sexualidad hace imposible la estabilidad insititucional de la pareja, al menos es tiempo y destello. Nuestra vida, la vida del hombre, es un combate entre el placer y la compasión. Al final, parece no quedar más que el "pobre y extraño diálogo en la noche", o el esfuerzo de "cazar el motivo real" o "descubrir un simple hecho". La literatura, pues.
El primer error sería pensar que la novela habla de Hollywood. El segundo, dejarse aburrir por su ausencia de trama. Mailer es un realista y, a su modo, un moralista; las tramas son el andamiaje que necesita el prosista para desarrollar su prosa. El tributo que el estilo rinde al género. El crimen o la historia de amor suelen ser los mcguffins de la novela contemporánea, antes de la exploración del azar.
El parque de los ciervos es un territorio cercano a La Meca del cine, Desert d'or, una urbanización de recreo para divas con ex-marido, periodistas frívolos, suripantas del celuloide o viejos productores de virtud cansada; un lugar de ambigüedad moral y de exilio. Un lugar de entrada y salida a Hollywood, donde sólo se ingresa a través de la renuncia íntima. Así, quienes aspiran a entrar, al éxito, viven su vicio conflictivamente,mientras que quienes salieron para siempre no interrogan sus costumbres. Allí aparecen unos personajes que construyen la novela sobre el eje de su relación con la virtud, el amor o el arte: Eitel, Sergius y Marion. Hay algo filial en las relaciones entre estos personajes. Tres Mailers. Incluso el Mailer homosexual, homoerótico de muchos de sus libros -divertido explorador de todas las fronteras de la masculinidad-. Todos. El machista, el matón, el sabio, el estudioso que ya no teme a ningún erudito, el seductor maduro experto o el garañón veinteañero del que se cansan las mujeres.
Ni Sergius ni Marion tienen padre y Eitel es un héroe, un intelectual, un director que arriesga su carrera por no delatar a conocidos comunistas, sin ser, él mismo, comunista -la filiación ideológica es una basura indigna de Mailer, del mejor Mailer, al menos-. La novela es la historia del descenso de Eitel, a través de su aceptación del entramado moral dominante de La Meca, y del ascenso, muerte del padre y reafirmación de Marion y Sergius. El primero como principe tenebroso, mártir inmoral -adelantando el personaje una de las claves del libro: la trascendencia moral, absoluta, del vicio. El vicio y la religión como mundos cercanos-; el segundo, como escritor que no llega a ser, más bien aspirante, aspirante tan solo a la condición de artista, a la suficiencia pletórica del artista. Si Eitel reniega de su arte volviendo a Hollywood, Sergius se entrega a ella, marchando a la periferia. Sergius, trasunto de Mailer, ofrece unas páginas hermosísimas sobre el arte. Con esa casi paródica virilidad de Mailer: irlandés, boxeador, novelista y hasta torero, Sergius, como antes Marion, sacrifican su proyección social en aras de una realización personal profunda. Algunos de los fragmentos más bellos del libro son aquellos en que Sergius desarrolla una forma de poética. "Las palabras son divisiones de la experiencia", nos dice, y uno piensa, sin querer, en la contienda de nuestra poesía y admirando a Carnero adivina que siendo primario, el arte de Mailer llega a lo más hondo. El culturalismo es una cárcel fria. Es retirarse sin haber vivido. Hay algo de magisterio en la manera de ligar vida y literatura en Mailer: un vitalismo profundo, fundamental, que no es casualidad ha transitado por el periodismo y la prosa realista, único respiradero no depresivo del arte de escribir. Piensa uno también en la página que dedica el autor a las notas a pie de página, como apertura al mundo todo, al orbe, que abre en el libro, en el discurso, el autor, sacrificando el orden lógico y la propia secuencia y recuerda uno melancólicamente a Foster Wallace y sus irritantes notas a pie de página. Las ventanas cibernéticas son como esas notas a pie de página, y los links una apertura al mundo. Un nuevo enciclopedismo. Un hermoso rasgo de poesía en el núcleo mismo de lo erudito.
Poco importa, en realidad, lo que de social o político tiene la novela, ese grito airado que Mailer pone en boca de Dios: "No dejes que esa gente (esa gente: admitamos ahí al impreciso destinatario de todas nuestras imprecaciones) te diga lo que tienes que hacer", la rabiosa reivindicación de la libertad personal, no es lo más hermoso del libro, pese a todo. Donde Mailer resulta conmovedor es en el estudio de la pareja. Sobre todo en la relación entre Eitel y Elena. El consumado varón de mediana edad y la joven bailarina vulgar. El narrador se esfuerza en desacreditar el amor, palabra vana, pero los personajes lo buscan. Eitel tensa su placer entre la crueldad y el sadismo, templa su pasión con celos, los celos con ternura y vive su relación como un intenso romance con su propio ego. Eitel, maduro y adiestrado, aspira al amor total, una posesión gloriosa del ser ajeno que no puede conseguir. Más que la pasión podrá la lástima. La sexualidad aparece como la brecha profunda de lo humano, e "inicio de la filosofía". La mujer es indominable, caprichosa y voluble. Al final del libro, las reflexiones del Eitel sobre su matrimonio le hacen esbozar, literalmente, una sonrisa decimonónica. y parece que remansando su prosa llega el autor a cierta comprensión serena y dolorida del amor, pero antes, en Desert d'Or, lugar fuera de lo institucional, el amor no ha sido composición o cuadro familiar, y desde luego,no ha sido fuerza física, biológica, que externamente mueva el mundo. No es el ordenador dantesco del cosmos, sino una durísima lucha interna entre todas las fuerzas descompuestas de la vanidad: el placer, la lástima, el sadismo, la suma crueldad o el veneno gozoso de los celos. El amor como aventura individual y como soliloquio.
Es un libro sobre la trascendencia del vicio y del placer. El vicioso está más cerca que nadie de la virtud. Más cerca que nadie de Dios. El vicioso impugna lo establecido (Marion, más audaz que nadie,lucha constantemente contra su propio placer y contra su voluntad: no hay mayor placer que el que causa una repugnancia vencida, nos dice. El placer como conquista, arte, maestría moral). Mailer rescata lo heroico del vicio y su cercanía a la virtud, e incluso lo acerca al martirio. Marion es el vicioso que separa cuerpo y alma y que quiere liberar ésta mancillando aquél. Qué profundamente católico puede llegar a ser Mailer...
Si la sexualidad hace imposible la estabilidad insititucional de la pareja, al menos es tiempo y destello. Nuestra vida, la vida del hombre, es un combate entre el placer y la compasión. Al final, parece no quedar más que el "pobre y extraño diálogo en la noche", o el esfuerzo de "cazar el motivo real" o "descubrir un simple hecho". La literatura, pues.
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