jueves, 28 de octubre de 2010

Thaks God for jazz. Escuchando el último disco de Snidero me doy cuenta de varias cosas: su versión de Time after time es exacta: no cae ni una vez en la sensiblería en la que se han hundido muchos de sus intérpretes, Miles incluído. Su time after time es tal y como yo la cantaría si supiese cantar. Además, es un compositor estupendo y prolífico y suena muy Paul Desmond, un Paul Desmond neobop, neoyorquino. Me lo recuerda, sobre todo, en una composición suya extraordinaria de título Tranquility. Tan desmondizado llego al curro, tan saxo alto es el timbre de lo que pienso (ay), que allí, llegado un determinado momento, busco el mítico concierto en Edmonton de Mr. Desmond. Me abismo, silbo, tarareo en el Wave, medio trajinando un expediente infecto, tecleo al ritmo de la batería, y vuelvo al Emily, ese bálsamo que es todo lirismo lúcido. Porque hubo un tiempo en que el Emily sonaba siempre. El Larkin del saxo alto. Mitad Bogart, mitad Allen. "Intentando sonar como un dry martini", ligeramente hiriente, seco, certero y prolongado. Meditativo pero expositivo; elegíaco sin tristeza; añorante pero no necesariamente nostálgico. Quisiera recordarlo todo con el generoso brillo de esas notas. La ternura justa para no caer en ningún pecado, en ningún exceso.

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Dice Esperanza Aguirre, con su incorregible liberalismo un poco repipi, que no sabe cómo el gobierno no regula lo que se hace en el dormitorio. Bueno, puede ser cuestión de tiempo. Lo muy masculino, poco consensuado y peludo puede estar en peligro. También el salto del tigre en calcetines, que es muy antiguo régimen.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Creo que Kant definía lo cómico como una expectativa frustrada que de repente se convierte en nada. A más alta expectativa y más rotunda nada, más comicidad.

Pues eso.

sábado, 23 de octubre de 2010

Hechizado por un disco de Joe Pass, del signore Passalaqua, titulado como el tema de Clifford Brown, "Joy Spring" Es un disco como solista del año 1964, en el que se hace acompañar de un trio clásico de piano, bajo y batería. El piano es Mike Wofford, al que no conocía. De entre todos los temas, me he enganchado terminalmente a su versión de SomeTime Ago. No puedo decir nada. Suena y suena y suena y no hay modo de quitarla. El fraseo de Pass es sencillamente excepcional, una mezcla insoportable de blues, melancolía y lúcida alegría. De morirse.

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Pienso en catalán las cosas que te digo, pues tantas veces te las he dicho en mi lengua. El dulce octubre, con sus intermitencias, desbarata todos los propósitos. La voluntad yerra en los cafés, absorta ante el oro sucio de una tila que hace pensar en un frenesí líquido de abejas. Pienso en los tormentos de un refinado enfermo de Mann o en los inocentes tuberculosos que urgentemente se enamoran mirando la sierra en las novelas; bellezas débiles, flores de sanatorio. El sol parece fijarnos en el instante previo a una determinación. Soñar o recordar serían, ahora mismo, actos innobles.

viernes, 22 de octubre de 2010

Efigies, de Ramón Gómez de la Serna. Conjunto de biografías ramonianas de literatos, mártires artísticos del XIX: Baudelaire, Villiers, Barbey D'Aurevilly, Ruskin y Nerval. Pese a la contención gregueriana, en este libro el ramonismo se come un poco a los biografiados. Ramón vivía y moría en estos retratos y, más allá del pormenor o la congruencia episódica, les arranca el gesto, la mueca o la impronta. Aspira a "conseguir un minuto de su vida, con su desplante y su algo de cosa improvisada" y ese minuto, ese instante, suele ser el de la agonía, el del enloquecimiento y el del final de demencia, extravío, suicidio o enfermedad y en todos ellos, recurso ramoniano, el niño naciendo del anciano, como rasgo patético, pero tambien como rescate y pervivencia de la pureza y el ideal. "Conocer la verdad dorsal" de estos personajes y trastocarlos un poco, como retratos cubistas, pero con un respeto candoroso, devoto, de estampa de santo. Y el género, esa cosa intermedia de Ramón, que no es ni una cosa ni otra, ni retrato, ni biografía, con su mucho de necrológica emocionada, fúnebre, macabra, demasiado preocupada por la postrimería. Y uno observa, mientras lee, el marcapáginas sobre la mesa, ilustrado con un autorretrato del autor y sonríe porque igualmente es patilluda y jocunda y redondamente barroca su visión de la muerte, tan quevediana, tan merodeante, tan de buscar su rastro en la vida.

El libro lo he leído en un momento agitado y las primeras páginas, las dedicadas a Baudelaire, me quedan algo lejanas. Sin embargo, quería recoger aquí cuánto de él quise ver en Ramón; su índole paradójica, antecedente de ese humor ingenuamente corrosivo de los años veinte, o el desconcertante espectáculo del conferenciante en Bélgica, en el que es imposible no reconocer el, digamos, artista performativo que fue Ramón. "Los belgas, el pueblo más bestia de la tierra", dijo Baudelaire, y en esa maravillosa boutade vemos también el humor oscuro e imprecatorio de Bernhard.

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El gris cerebral del cielo de París.

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A los artistas se les pide experiencia. Tras la intoxicación, no queremos volver a la experiencia. ¿EN qué limbos vivimos?

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Un verso de Muñoz Rojas que me gusta: "Pedazo de mi tiempo, de mi herida/ me llevas y te llevo, mar y nave". Esto ya no se estila. Tiempo, herida, muerte... por Dios. Ahora cambiar de pareja es como una operación de cirugía: unas semanas de postoperatorio y rehabilitación, quizás una cicatriz, y arreando, que es gerundio. Gilipolleces integrales de la lírica.

A todo esto, es viernes y L. lleva horas pinchando. EL viernes le hace aullar desde la hora del almuerzo. ¿Cambiamos la frágil tranquilidad de este momento por un tobogán de éxtasis e infiernos? Mejor no pinchar nada que tenga beats ni riffs ni pueda bailarse, no sea que el martes parezca yo mismo la efigie ojerosa y urgente de Barbey D'Aurevilly.

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En la televisión, imágenes en directo de la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Habla Touraine, en un perfecto español, algo momificado. Leticia le mira con su perfil afiladísimo. Las canas le dan un aire regio al príncipe. Iker Casillas, compungido como los niños en la iglesia, mira al techo del teatro. Al terminar su discurso, Touraine regresa a su lugar y en el mismo plano televisivo coincide con Marchena, que está sentado justo detrás, al lado de otros futbolistas. La coincidencia es poco usual, es casi increible, y la cercana presencia de ese terrorífico leñero que es Marchena hace que de un modo casi inconsciente uno tema por la integridad física de Bauman y Touraine.

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Suena Britten, uno de sus quartettinos. Qué elegancia del tiempo en esta música, qué brillo del aire y qué alegre melancolía, casi juguetona en su allegro. Un crescendo y luego las cuerdas severas zanjando una cuestión. Un apremiante pizzicato y luego las ondas, las mareantes ondulaciones como un recuerdo o un ensueño. Una pasión de fondo, un objeto llegando a cierto paroxismo, a punto de desfallecer y un terminante punto final, ajeno, externo, como el que impone un narrador.

The Cage de Ives. La más alta iluminación de la vida en su misterio de música y texto.

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Lo dice Veneno: "Se muere muchas veces/yo siempre muero por ti".





jueves, 21 de octubre de 2010

He visto en la tele unas imágenes de salto de trampolín. Parecía que estaban ensayando su suicidio...

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Desconozco el autor de esta cita: "La primera copa es para la sed; la segunda, para la alegría; la tercera, para la voluptuosidad; la cuarta, para la demencia.". Bien tirado.

miércoles, 20 de octubre de 2010

He leído una cosa curiosa acerca de un mal suicida propio de marineros. Es de esas cosas tan antiguas que no están en google, y no sé yo si no estando allí existió alguna vez, pero se lo he leído a Ramón y de Ramón no se duda. En Inglaterra llamaron The Honos a un furor que les entra a los marineros en invierno. A la vuelta de una travesía larga y difícil regresan a tierra y se entregan al desenfreno. De vuelta al barco, inmediatamente sienten ganas de suicidarse. Pasa de noche; no pueden conciliar el sueño, aterrados se despiertan, y gritan o se lanzan al agua, según temperamentos y desesperaciones.



¿Cómo es esa palabra irlandesa que describe la alegría de las copas, la música y la conversación? Recordarla. *craic o crac en dialecto angloirlandés.



Esas palabras de otras lenguas y otro tiempo son necesarias para describir algunas cosas. En España hay innumerables para la ebriedad alcohólica: curda, melopea, borrachera, cogorza, merluza, pedo, ciego, etc... pero esas palabras, tan parecidas, al igual que esa otra palabra, "resaca", son tan pobres para describir algunos estados...



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En este sitio sólo veo guardias civiles y gente con mullets de redneck.



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Cerca de mí, en el locutorio, un individuo sudamericano habla con su padre, que se encuentra allá en Sudamérica. De repente, su español se hace dialectal, incomprensible y su pronunciación tropezada, oscura, perezosa y mordida. Sólo se disitngue la palabra papá, apenas articulada, y un sonido como de letanía que hiela el alma. Esta gente tiene una tristeza y una dureza animal, de cobre, admirables. Son personas melancólicas sin afectación, y a la vez impertérritos, duros y aparentemente ajenos a su propia emoción.



A todo esto, ya podría hablar, dada mi experiencia en estos sitios, de una "luz de locutorio". Esa luz tras la rejilla metálica, azulada, barata, apagada, mortecina y cruda, revelando toda la roña del lugar y la soledad que, quien más quien menos, carga aquí. Hasta ese niño a mi lado del que la madre parece haberse olvidado y que ya lleva horas matando marcianos minuciosamente.





-"¡Se acabó el euro!", grita uno de ellos en su cabina y sale pitando hacia la luz amarilla de la calle.

domingo, 17 de octubre de 2010

Está bien el artículo de Adela Cortina. Se habla del Frankenstein de Mary Shelley como inicio de la neuroética, pero la autora, antes que advertir sobre los peligros de la tecnología y la búsqueda incesante de la perfectibilidad humana, de lo que habla es de soledad. Es curioso, pero... ¿no es propio de la soledad la conciencia monstruosa de uno mismo?

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Ayer, sentado en un lugar tranquilo, veía pasar de noche a la gente camino de los pubs. Reparé en un grupo de cuatro jóvenes, no muy lejos de mi edad: reían con una impúdica rotundidad, achispados, parecían glotones o lujuriosos. Había algo desagradable y degradado en sus miradas de entendimiento y me recordaron a las representaciones artísticas de las criaturas infernales y de los pecadores que se arreciman en los infiernos. Esa es la cara que nos deja la ebriedad. La pérdida de algo humano, un rostro sin virtud.

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Hay dos cosas en la representación de lo deomoníaco e infernal que conviene no olvidar. En primer lugar, las tentaciones del demonio son urgentes, perentorias. El mal no tiene paciencia. Los eremitas tentados, los san antonios, resisten si aguantan. Otro aspecto curioso es que muchos de los rostros del mal nos resultan ahora cómicos, casi divertidos. El demonio que se lleva a una monja en un detalle de la catedral de Chartres tiene un aire de máscara y payaso -además de ser clavado al periodista deportivo Corrochano-. El Baldus de Folengo es parodia dantesca y anticipo del Gargantúa de Rabelais. Parece que en algún momento lo caricaturesco, lo carnavalesco, lo inconsciente adoptara las antiguas formas del demonio. Hay en el libro de Eco una serie de representaciones del demonio, extraidas de un Diccionario Infernal del s. XIX que tienen algo divertido, caricaturesco, casi como tipos humanos moralmente deformados. Esto coincide con la evolución protestante que ve lo demoniaco en los vicios personales, que nos va trasfundiendo lo demoniaco. Sería interesante ver esto en las representaciones oníricas, en la trastienda surrealista del yo y en el carnaval, cuyas máscaras están entre lo cómico y lo terrible.

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En EP de hoy, en la separata valenciana, entrevista a Dacosta, cocinero creador. Una página entera. En España, la cuestión estética más debatida es Mourinho -al que hoy le dedicaban lindezas y esfuerzos Marías y Boyero- y los cocineros hablan de si mismos con la seriedad circunspecta de los arquitectos. Sin duda, la alta cocina es un signo de refinamiento, pero alguien, alguna vez, debería dejar claro que lo que se cocina y se come no eleva el espíritu, ni trasforma el alma, ni, por decirlo de un modo menos vago y anticuado, precisa operación intelectual alguna. La cocina acaba en una melancólica transición intestinal. No es lo mismo deconstruir un potaje y quintaesenciarlo que escribir un soneto. Pero ya da igual. Esto es, casi, casi, el acabose.

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Frase de Sartre para imprimir en una camiseta: "El dandismo es un suicidio lento".

sábado, 16 de octubre de 2010

Últimamente, todo lo que no sea Fred Astaire me parece rudo, incivilizado y demasiado moderno. Acabo siempre en esas canciones swingueantes, delicadas, con el vago ensueño de los arreglos orquestales y la tranquilidad casi irónica de su dicción perfecta.

Creo que había un artículo de Azúa sobre la oposición Kelly-Astaire. Astaire sería lo clásico. A mí, la verdad, es que esas cosas me dan un poco lo mismo, pero no sé por qué no puedo dejar de escuchar esas canciones, embeleso recurrente del que no me quiero separar.
Reencuentro con A.. Lleno de tatuajes, menos gordo y canoso. Se ha refugiado en el lambreterismo y en el aprovechamiento comercial de los mods más jóvenes de la ciudad. Peter pan absoluto, rodeado de adolescentes con flequillo parece el jefe de una secta. Tras su marichalarazo no bebe ya, ni se droga, dice, pero empalma los porros como empujado por un horror al vacío.



R. nos explicó su proyecto: un fb con gps. Nos lo dice tomando unas cervezas de fabricación casera. Empiezo a mirar el color especialmente tostado de la birra, tratando de averiguar si el lúpulo lleva alucinógenos.





X., el taxista. Lo encontré por casualidad hace unos meses. Salía de casa de A., tras una noche de vino y vinilos (perdón) y al llamar el taxi me tocó en suerte. Un tipo de cincuenta y tantos, con el bigote de Vizcaino Casas y un fuerte acento valenciano. En el coche sonaba jazz, del bueno y tuve que preguntarle. No coincidiamos en el autor del solo que sonaba. Acabó parando el coche y sacando carpetas llenas de discos. Me contó que V, el articulista, al que una vez subió, le dedicó un artículo entrañable -que no leyó, pues le importa todo un pimiento- y le prometió llamarle cada vez que quisiera coger un taxi. "Una licencia poética", dijo, porque no llamó nunca. "Yo sí, ya verás". Y en esas estamos. Cuando necesito un taxi nocturno le llamo, me regala discos charlamos y poco a poco se vislumbra algo parecido a una amistad. Amistad rara. Es taurino, está interesado en la historia de las religiones y sabe mucho de vinos. Un bon vivant, un disfrutón, temporalmente encadenado al coche. A veces, la puta coctelera del azar nos da alegrías.

viernes, 15 de octubre de 2010

Dos lapsus escuchados en las últimas horas. Impagables:

"Fulano es un pecholomo".

"Yo no soy fascista, soy neuroliberal (por neoliberal)".

Yo por los suelos, claro.
Estoy abandonando la costumbre de ver el sálvame. Ahora me pongo el concurso de Jordi Hurtado, y aunque no atiendo a las preguntas, que me dan igual, me resulta muy agradable tenerlo de fondo. Ese hombre es un caso extraordinario de continuidad. Está siempre, como la liga y quizás sea lo último que nos quede cuando ya no haya nada más. Siempre nos quedará Jordi Hurtado, podriamos decir...

Después, dejo puestos los documentales sobre muflones, lemures o hipopótamos y paso bastante del rollo de telecinco. Peor aunque estoy abandonando el seguimiento de la prensa rosa, aún me queda algo de interés. Anoche,por ejemplo, viendo las noticias, me sacaron del letargo las imágenes de la Pantoja entrando en los Juzgados. En una instantánea fija, la tonadillera parecía una virgen extática en medio de una procesión. La verdad es que ella borda esas poses de arrobamiento místico. Después de ese trance, tras sufrir que le rasgasen el vestido (el erotismo de la turbamulta) y recoger reglamentariamente su notificación, la estrella se marchó en un potente coche con su música atronando, con esa orgullosa altivez tan suya que ha pasado a la posteridad en la frase "dientes, dientes...". En la calle, las mujeres discutían y una detractora le decía a una pantojista: "Usted la defiende porque es marbellí, ¡pero yo soy marbellera! La verdad es que el gentilicio marbellí es muy gunillesco y muy pijo y se parece demasiado a la palabra rubí. Marbellera suena como caletera o pescatera, es de un popularismo un poco atroz. El caso es que en el acoso a la pantoja hay mucha barbarie y como en casi todo lo que sucede en España, es posible trazar la línea entre los unos y los otros: los favorables a la pantoja y el ejército de los indiferentes serían el bando ilustrado, civilizado; sus detractores son unos bárbaros, agentes sin tacto de la España terrible.

Vaya por delante que yo he sufrido a la Pantoja. De niño, viajaba en el coche de mis padres y el marinero de luces sonaba sin cesar. Yo creo que sólo amaral me ha hecho más daño que esa vieja cassette. Mi hermano y yo nos retorciamos afligidos en el asiento de atrás, gimiendo como perrillos enfermos. Esa música lastimosa, truculenta, solemnemente trágica, vulgar y dulzona me parecía la viva representación del terror hispano y desde entonces la vida fue huir de eso. Nuestro romanticismo era spandau ballet, no eso. La pantoja y su esposo torero representaban por entonces el matrimonio popular, la folclórica y el diestro, nada era comparable con la fuerza de ese enlace. Eran iconos de la España previa al fútbol. Con el tiempo, ella se fue blindando, llenando de secretos su vida y su personaje se fue haciendo antipático. Se sustrajo al gran público, para quedarse con sus devotos, los maricones y el andalucismo nostálgico de las grandes ciudades. Después, llegaría Belén Esteban, como culminación de la banalidad y el asedio pornográfico a la intimidad. Se trata de un personaje post-reality, un paso más. Si la Pantoja trató de reservar algo de su intimidad, anacrónica pero celosamente defensora de una esfera privada inviolable, la Esteban se inmoló en lo catódico y se dio, se ofreció entera. Se abrió en "canal". Supongo que por eso, una se convirtió en ángel y la otra en demonio y desde entonces, la Pantoja me resulta simpática. Simpática en la desventura genética de su estirpe, pues su hijo es un disparate de fealdad mientras sus hermanos, hijos del mismo padre, parecen apolos de ronda; simpática por el insobornable misterio sobre su sexualidad. Ni negó ni afirmó su erotismo, como si de una morrissey ibérica se tratase. Hubiese sido muy fácil desmentir o lo contrario, abanderar el lesbianismo como la navratilova española, y, sin embargo, ella resistió las bajezas, las chanzas, el mal gusto de un país machista, cerril y miserable manteniendo su sexualidad como un estricto asunto de dormitorio. Las imágenes de ayer, en las que una imputada -inocente aún-, era humillada ante la pasividad policial, terminan de evidenciar que, en contra de ella misma y de lo que pudiéramos intuir allá por los ochenta, cuando sus canciones nos estremecían y nos parecían la b.s.o. de la España más negra que el betún, esta señora se ha convertido en víctima del cerrilismo más nuestro. Esas señoras tremebundas que ayer la insultaban con el puño cerrado no las quisiera uno tener delante. Ellas votan, consumen y zapean. Por ellas pasa casi todo lo que nos pasa. De modo que, sí, a mis años y por llevar la contrario, me tengo que reconocer "pantojista". Un pantojismo cívico, digamos, que no el tradicional pantojismo gay que se sublimaba en la idolatría de la señora con bata de cola. Que uno es delicado, pero no tanto...

"La despedida". Luis Alberto de Cuenca.

Mientras haya ciudades, iglesias y mercados,
y traidores, y leyes injustas, y banderas;
mientras los ríos sigan vertiendo su basura
en el mar y los vientos soplen en las montañas;
mientras caiga la nieve y los pájaros vuelen,
y el sol salga y se ponga, y los hombres se maten;
mientras alguien regrese, derrotado, a su cuarto
y dibuje en el aire la V de la victoria;
mientras vivan el odio, la amistad y el asombro,
y se rompa la tierra para que crezca el trigo;
mientras tú y yo busquemos el medio de encontrarnos
y nuestro encuentro sea poco más que silencio,
yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra,
mientras mi pecho aliente, mientras mi voz alcance
la estela de tu fuga, mientras la despedida
de este amor se prolongue por las calles del tiempo.
Nuestros actos tiene consecuencias. Quizás ésta sea la ley moral fundamental, equiparable en su universalidad a una ley física, la causalidad. De la misma manera que en física uno imagina que este principio se refina y hasta debilita, en lo moral se tiende a relajarlo al introducir determinismos en la explicación de nuestros actos, a hablar de oscuras fuerzas que nos manejaron al actuar, pero los actos -hechos con autoría- son nuestra "moneda moral", nuestra divisa. A ninguna otra cosa se debe responder, pues hablan por nosotros. Las palabras, en este punto, son de una irrelevancia absoluta. Y no sólo flaqueamos al disculpar nuestros actos, envolviéndolos en vagas explicaciones exculpatorias, sino que fundamentalmente nos rebelamos contra esta ley en el momento de contemplar las consecuencias. Las dolorosas y sorprendentes consecuencias de nuestros actos nos parecen inasumibles y organizamos auténticos motines con tal de no hacerlas nuestras. Creo que esta negación, esta irresponsabilización, es una forma de locura. Supone dar la espalda a la realidad y a nuestra libertad. Negar el mundo, sus relaciones y negarnos a nosotros mismos. A menudo, esta negación supone un trastocamiento general del tiempo tal cual lo vivimos. Estas cosas nos enfrentan al pasado y al presente y, obviamente, determinan nuestro futuro. Negar las consecuencias es no vivir el presente y des-vivir el pasado, instalarse en alguna forma de involución temporal. Es una locura.

Uno, que creció pensando que con un acto de contricción podría desandar lo andado, empieza a acostumbrarse a la belleza de esta ley moral. En el fondo, tiene la terrible hermosura del tiempo y de la libertad.

jueves, 14 de octubre de 2010

"Compenetración exquisita y exquisito contraste", así describe Gil de Biedma a los Jiménez Fraud, y esas palabras, de repente, me parecen la perfecta realización de una pareja.

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Maravilloso verso de Juan Ramón sobre los peligros del sueño: ¡Despierto esclavo si me dormí dueño!

lunes, 11 de octubre de 2010

Cosas maravillosas del día:

la pinta que tiene la novela de eggers

los increibles cinco segundos en que ha sonado erik satie en el gym

joaquin leguina, el único político que soporto


julio london cantando cole porter y don byas tocando el but not for me

por estas y otras cosas y como reza churchillianamente el frigorífico de H: never, never, never give up.

lunes, 11 de octubre

Cuántas veces los ha visto así, guerreando subversivamente por detalles. Una convivencia plagada de erosiones, pero inconmovible, absolutamente invariable y determinada ya hasta la muerte. Parece el tipo de existencia que se merecen algunas casas, algunos balcones. La rutina ennegrecida que llevaba a los españoles al humor negro -variante culta y civilizada del escopetazo rural-. Hace unos días veía por televisión a una señora que defendía el veto femenino en determinados grupos o comisiones festivas de un pueblo valenciano. La buena señora, con alguna dificultad, pero con un enorme sentido común, afirmaba que el matrimonio está necesitado de estímulos, de áreas particulares, de desarrollos de cada cual que se aportan o no en la convivencia.

Piensa en el enorme fracaso sentimental del franquismo. El la experiencia de la guerra de un niño, apenas un niño, que estuvo delante de un pelotón en época de andar jugando a la peonza. Ese niño sólo recibió después la insoportable victoria y los dogmas de la fe, y seguro que su mirada se lleno de piedad y hasta miedo. Aparentando la vieja tranquilidad cívica de los españoles. El señor recto que jamás se salió de lo debido. Sin freud, sin surrealismo. Apenas un rigor.

Y piensa cuánto de esa carencia acarrea él sin saberlo. Cuánto de sus miedos, de sus estallidos en grito, de sus indecisiones y de su pánico a la tristeza inevitable no vendrán de entonces. De esa incomprensión e incapacidad heredadas.

La luz mortecina del hogar dejó de tranquilizar hace demasiado tiempo. Es imperdonable que antes del viaje ya todo parezca cansado, muerto, angosto. Recuerda las inmortales palabras sobre el fin de raza y anota en su memoria que, en su experiencia, ha sido el desastre o la elección irremediable.

Recuerda a X., con el alma vencida, pero capaz del gesto atrevido y de la mueca. Advirtiéndoles a todos en esas mañanas de sol implacable. Y no puede por menos que echarle de menos, aun sin haberlo llegado a querer.

domingo, 10 de octubre

A partir de los treinta, esto es un vietnam. Está claro. Y habrá que tomárselo a la berlanguiana manera. Sobre todo a la manera del berlanga menor. Yo, por de pronto, me he tirado todo el día con Safari Emocional en la cabeza, una canción asombrosa.
Por la mañana cinta teletransportadora, huyendo de la persecución musical de ana torroja y su último y letal single. Después me fui al fnac, donde me encontré con E., que compraba comics con cierto secretismo y con J y su panda. Me presento a J., P. y a su amiga S. Intercambié teléfonos con P, que me llevará a su peña, aunque no me disgustaba el ambiente del bar que he encontrado cerca de mi casa. Es un bar pequeño, limpio, cutre y el matrimonio que lo lleva tiene miga. Ella es una mujer muy atractiva y viva; él no, ni remotamente y parece soportar todo el cansancio del mundo. Estás allí y lanzas todo tipo de hipótesis sobre su vida conyugal. Los parroquianos son más o menos como todos los parroquianos de estos bares, hay una tapa de champiñones con perejil de, por lo menos, 1995 y, a fin de cuentas, el televisor no está demasiado alto, de modo que uno puede ver el partido sin agarrotarse el cuello, que de eso se trata.

El caso es que fui al fnac a por un artilugio informático y acabé llevándome cuatro libros. Uno de ellos es Vercoquin de Boris Vian, del que espero recibir alguna idea para aportar en el próximo corto de mis inclasificables amigos cineastas. Trataría de reflejar la absurdez kafkiana de la administración y bueno, de eso ya sabemos algo. De Vian espera uno la libertad para soltarse, una libertad casi daliniana, aunque eso sean ya palabras mayores.

A mí, de hecho, cuando era jovencito me gustaba mucho Boris Vian. Recuerdo sus novelas negras, su locura de happenings y sus críticas de jazz. Un mundo feliz, de trompetas, copas, diálogos paradójicos, derivaciones surrealistas y mujeres encantadoras. La vida misma, vamos.

Al ir a pagar me llamó la atención el cambio de iluminación, intensamente blanca, muy cruda y el estrepitoso sonar de las cajas registradoras. Si yo fuese accionista de la empresa, pediría un hilo ambiental directo en mi despacho, con el incesante rumor de la recaudación. Había algo impúdico y demasiado desnudo en eso, algo deliberado, como con un motivo oculto. E. me ha contado que en Ny estuvo en un sitio similar en el que los dependientes llevaban chapitas de morrissey; las cajas registradoras, sin embargo, eran atendidas por judíos ortodoxos entrados en años.

Por la tarde, preparativos informáticos para formatear este trasto, que parece reumático y visita a H, sabia como una Sibila y amable, muy amable, diciéndome las palabras exactas que quería escuchar. En ese punto exacto de condescendencia que merecen los niños, los ancianos, los tronados...

Por la noche me llevaron al cine, a ver Amador, un despropósito ternurista del tal Aranoa. Ese tipo que parece imitar a pat metheny y tiene siempre cara como de compungido. Un cineasta obsesionado con las nubes, como su compañera generacional, la coixet -la coixet, por cierto, que es el prototipo de tipa indie que nos tuvimos que echar a la cara los heroicos pioneros de los primeros noventa. Ese tipo de tías que se metían a indies porque ni para lesbianas valían-. Todos los personajes tenían una ingenuidad tal que el film parecía infantil. De todos modos, si la película no resultara tan sumamente lenta -se oían crujidos vertebrales en la sala, casi vacía- podría tener su cosa. Para empezar, retrata la realidad de dos gremios casi desconocidos: los vendedores callejeros de rosas -¿hay alguien que reciba mayor número de negativas en una vida?- y las cuidadoras de ancianos, esas parejas tristísimas que uno ve por las calles arrastrando solidarias su resignación. El tal Aranoa, que va de sensible por la vida y de cineasta social, cree que hace un favor a los vendedores de flores, pero la verdad es que los pone a la altura del betún: las flores las roban , las meten en un frigorífico y luego las perfuman fraudulentamente con ambipur. No es de extrañar que esas flores tengan luego esa cosa como de cementerio.

La película coge una deriva macabra y no diré más por si se diera el improbable caso de que estas palabras fueran leídas por alguien y el aún más improbable caso de que esa o esas personas tuviesen la idea, fatalmente equivocada, de perder dos horas de su tiempo viendo este desesperante bodrio.

Al salir del cine, una jamona bostezante recogía la terraza del pub opera y sin darse cuenta acababa con el domingo.

Es un poco suicida ir de safari emocional en semanas en que no juega el madrid.

domingo, 10 de octubre de 2010

camino de madrid
el sol parece un poster para flipados esotéricos,
el ojo vacío y melancólico de un perro.
este paisaje de tu infancia recuerda max max
no es la mancha, es el final de seven
un camposanto postindustrial
sembrado de molinos eólicos que más que del viento se apoderan de la luz más dulce
esa que surge al apretarse el día contra las sombras.
piensas por un momento en agarrar el móvil y echar la foto
pero es lamentable la resolución
así que aceleras furioso tu coche japonés,
el bólido maldito de pier-no-doy-una
penetrando el atardecer

sábado, 9 de octubre de 2010

no tendremos tú y yo el ruinoso momento de todas las parejas
ese en el que, pasado el tiempo, se tropiezan en el cine
sin nada que decir
con una abrumadora indiferencia
con tiempo, quizás, para preguntarse por la madre.
pronto seré para ti el anticiclón que el del tiempo señala en el levante
el 2 del valencia en la quiniela
la gota fría de todos los septiembres
ninot en falla, quizás
y después nada.

sábado, 9 de octubre

Podría excusar, con el truculento encanto que horrorizaba a Gil de Biedma, que la culpa fue de Time out of mind, pero no, la culpa fue mía. ¿Afters? Afters es lo que viene después... Me he ido por piernas del corto. Llegué ayer antes que nadie. La casa rural de puta madre, sí, pero a la tropa nos llevaron a unas cabañas cojonudas para alguna versión de viernes13 antes que una de romanos. unas cabañas tiradas en medio del campo en el que te podías encontrar un zorro o un jabalí al salir a mear. (digresión: prefiero steely dan a bach, porque bach es tan bueno que nunca se le puede escuchar, es como la puta vajilla que la madre tiene debajo del televisor que se te muere y no la has visto sacar porque se guardaba para una "ocasión especial", pues eso, bach es tan increible que al ponerlo a uno se le descompone algo a la altura del quinto espacio intercostal y no hay manera). los móviles no tenían cobertura y todos andábamos como frotándolos contra el pantalón, inquietos. Bueno, yo quizás estaba un poco más inquieto que los demás, como alguien hizo notar cuando me vio subido en una silla haciendo el discóbolo para intentar rascar una rayita. "ir a por una rayita" fue la forma en que bauticé el subir al monte a por cobertura. claro que a partir de la segunda raya de cobertura acojonaba un poco. Tal es mi estado que de madrugada estuve al canto de un duro de salir en calzoncillos a lo alto de un cerro a "buscar cober" (dicho con acento de callejeros).

mientras llegaba la compañía, los más tempraneros nos pusimos a ver la tele. se eligió el partido del fútbol, pero cuando dos amigos salieron a por bocadillos propuse a L. y F. cambiar al sálvame. Fui reprendido, pero estaba francamente interesante y digamos que yo seguía el marcador con atención. que belén perdonase a fran era para mí mucho más importante que el resultado de la selección. fran, con esa cosa estupefacta y como escayolada que tiene, se explayaba y yo glosaba sus frases: "ole", "bien dicho, así se habla, que sepa que la quieres, coño", y en una de esas me levanté y haciendo la motosierra grité "¡claro que sí! ¡claro que sí!". No sé si será perdonado, pero me vi incumbido en su papel de alguien que quiere a una mujer que jamás le perdonará. Esa tranquilidad de fran estuvo muy bien y no sé cómo acabaron porque cambiaron al fútbol. supongo que la historia tendrá un recorrido televisivo que durará meses. a mí ya no me importará. mi interés terminó anoche.

lo mejor de la compañía fue D., un cincuentón murciano teñido de rubio muy neroniano, al que nos rifábamos para que nos llevase la cabaña y Laura, la actriz principal, que se llamaba como la ciclogénesis explosiva que hoy he sufrido en la autopista.

Momento grandioso de la jornada: centro del coso romano. en el centro estamos J. y yo, como dos gladiadores metafísicos. me giro y muy serio, afligido, pero con un hilillo superviviente de retranca le pregunto: "J., ¿a ti no te resulta insoportable a veces el peso de la nada?". J. se agarra el mentón, pierde en el infinito la mirada y caviloso responde al cabo de un par de segundos: "No, la verdad es que no".

Todo lo que se aprende fuera de la escuela se aprende tarde. A veces estoy sembrao.

viernes, 8 de octubre de 2010

tirado en el colchón
veo que acabaré acolchando las paredes del cuarto.
en la radio un doctor nazi habla de fístulas
pero no puedo ni con el dial.
es tan tarde que duermen los buenos y los malos
y el gusto artístico de mi casero es un psicópata mudo.
ella le está sacando esta música al silencio.
¿te acuerdas de esos tipos que tenían la función profesional
de dar lástima en los bares de barrio?

empiezan a ser tú.

viernes, 8 de octubre

La mala fama de los excesos. El fin de semana pasado decidí subir muy alto o bajar muy abajo en pos de no sé qué parte de mí. Lo decidí en algún momento de la tarde del viernes y del laberinto salí el domingo. La resaca suele enfrenarnos siempre a algún cabo suelto, nos aguijonea con algún problema deconciencia. A mí me puso delante del fundamental problema de mi vida. Y de qué forma.

Desdeluego, la cosa estaba larvándose, pero el fogonazo -absolutamente iluminador- fue descomunal. Los excesos son malos porque sí, pero sobre todo porque hay que ser inmensamente feliz o tener las neuronas de platino iridiado para salir airoso. Te enfrentas a ti mismo, con la aberrante realidad de un espejo deformante que uno mismo se coloca ante sí: así soy, así me veo.

Los días posteriores han sido durísimos. Los peores de mi vida. Me voy a ahorrar, por eso de que el blog lo pueden leer cuatro, los pormenores de mi calvario, pero el sentimiento tiene el lamento del amor, del desamor, dela pérdida y de la culpa. Nunca dejé totalmente a M, pero ya no está. Ella no me dejó, de modo que no puedo refugiarme en el rencor o deformar su imagen a mis ojos. Y la pérdida es absoluta, física. No está en mi mundo, no la veo, y no puedo hablar con ella. Es como si me la hubieran arrancado de la vida, de mí, pero no puedo culpar a Dios o a la desgracia, a nadie, sino a mí mismo, demodo que la culpa me martiriza. Es como si hubiera desaparecido, como si estuviera muerta. El dolor que me produce eso, despertar a eso, es tal que no sé qué hacer. Debo jugar limpio con ella, respetar su espacio, su voluntad, aunque sea un espacio y un tiempo que ocupará en olvidarse completamente de mí.

Con los días empiezo a dormir, aunque sigo comiendo poco, pero voy racionalizándolo todo y me repito determinados argumentos como un mantra. Estoy instalándome en una forma de resignación esperanzada, que lo tiene casi todo de resignación y sólo una leve esperanza. Ella se ha ido de mi vida, de mi mundo y sólo un milagro la devolverá y no puedo hacer nada contra eso ni depende de mí y a nadie puedo culpar. Ese estado es el del claroscuro. La modulación de esos dos sentimientos define cada instante. La resignación es dolorosa, pero serena; la esperanza es urgente, y cálida. Y uno va buscando sin querer situaciones intermedias. Los momentos inciertos del anochecer o la amanecida, como si se fuera huyendo de algo, de la rotunda claridad del día. Los ritmos intermedios, las expectativas bajas, cortas. Siento que de alguna manera, cuando el dolor no es desesperante, esta situación afila mi mirada, mi capacidad para volver a los detalles. De alguna manera, estoy reuniendo todo lo mío disperso en torno a este horrible estado. Ganando integridad. Integrándome. Y de ahí creo que deriva la integridadmoral.

Pienso en esos versos de Rosales, que malrecuerdo: he vivido con la prudencia de un caballo de cartón en el baño, equivocándome sólo en lo importante, en lo que más quería. Y recuerdo algo orteguiano sobre mi estado: esto es irrenunciable. Mi estado actual es algo a lo que no puedo renunciar. Me impregna poco a poco, matiza mi mirada, mi semblante, mis actos, mis gestos e irá confundiéndose con ellos, definiéndome de nuevo, comoun cambio de ser, de piel. No seré jamás el que fui. Todo lo que hago, siento o pienso nace de esa fuente. De ella.

No sé si era James el que decía que el dolor corroe. No lo creo. Había tanto malo en mí que esto me vendrá bien de alguna forma.

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Hoy, para aplaudir a Vargas Llosa, todo el mundo se mete con Neruda. A mí, que nunca me ha gustado, me apetece leerlo sólo a él y nada me importan las "perfectas cartografías del poder", aunque me haya encantado el articulazo de Raul rivero en EM.

Como conduzco tanto empiezo a sacar metáforas de la autovía. Hay una situación habitual en la que uno va tras otro vehículo en un doble carril. Por desconocimiento, falta de atención o urgencia, se decide adelantar y cuando se acelera en el carril de la izquierda, de pronto, como sobrevenido, aparecen flechas que nos lo empiezan a estrechar. Nos quedamos sin carril y sólo podemos acelerar imprudentemente o dar un innoble frenazo que casi nos detiene. Se me ocurren algunas situaciones que se parecen mucho a ese trance.