"Francia es un pueblo acabado por causa de la sífilis, la absenta y la prensa libre". Esta perla es de Mussolini y era lo mejor del periódico de hoy. Otros argumentos eran una entrevista reclinatorio al ex-presidente gonzález -precursor del acento mestizo estilo alejandro sanz- y las irritaciones que entre el vulgo progresado despierta la visita del Papa. La cuestión que asombra es que toda esa gente deteste tanto lo clerical y lo cristiano y no se rebele contra lo que para mí es su peor herencia: el domingo. Si somos aconfesionales y multiculti deberíamos empezar por flexibilizar el descanso y permitir que también fueran los sábados o los viernes, según credos y costumbres No están dejando una sola tradición en pie los progresistas furiosos, pero el domingo no lo toca nadie. Quizás nuestros hijos puedan el día de mañana vivir en una sociedad moderna en la que el descanso pueda ser optativo y los domingos no sean este desierto de carritos infantiles, domingueros arrastrándose en chandal o resacas góticas. Un mundo en el que quien quiera pueda irse a trabajar un domingo, porque el descanso universal, forzado, de los domingos anonada al mundo, lo deja tieso de tedio y por poder no se puede ni gastar dinero. Es horrible. No hay telebasura, ni corte inglés, ni trabajo, ni atascos. Hay fútbol y es un consuelo y hasta es posible ver a ozil y di maria, heterodoxos, menesterosos, zurdos absolutos, con el aire aciago de los garrincha. Para compensar lo del fútbol, que ya empieza a cansar, me he visto una peli de Barbra Streisand, bonita y algo cursi como su música. El amor tiene dos caras, o las Dos caras del amor, no recuerdo, con un gran y tartamudo, muy allen, Jeff Bridges. Antes, me he tragado un western del ford crepuscular, Otoño Cheyenne, aquí traducido como El gran combate. Un éxodo algo lento de cheyenes errantes, pero, sobre todo, un film político sobre el nacimiento de la moderna nación estadounidense y el tratamiento de las minorias. Polacos, prusianos, cuáqueras nórdicas tratan de ser americanos, de cumpir y dar órdenes, pero, sobre todo, tratan de ser humanos y el estatuto de los indios, dentro y fuera de la ley, sugiere sutiles planteamientos sobre las minorias.
Además, James Stewart regala un cuarto de hora maravilloso como Wyatt Earp -alargando las secuencias con una portentosa flema- y la película tiene esa poesía de horizontes del universo ford, de su región, con un hermoso plano final en el que dos indios a caballo, sobre lo alto de una loma, aparecen recortados contra el sol poniente. Más acabados que el puma. El fin de los indios terribles, desde entonces abocados a las tristes reservas de indios con cómicos sombreros y a los más tristes casinos.
Si hay algo en el cine que prefiero son esas panorámicas fordianas llenas de emoción, incertidumbre, aventura, belleza y rigor moral. Paisajes en los que un hombre puede buscar su destino.
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