El parque de los ciervos es un Mailer sin humor, sin la disparatada comicidad ni el egotismo de Los ejércitos de la noche, ni el cinismo divertido de Los hombres duros no bailan. Es pesimista y tiene un importante fondo moral. Es una obra ambiciosa, de una madurez llamativa.
El primer error sería pensar que la novela habla de Hollywood. El segundo, dejarse aburrir por su ausencia de trama. Mailer es un realista y, a su modo, un moralista; las tramas son el andamiaje que necesita el prosista para desarrollar su prosa. El tributo que el estilo rinde al género. El crimen o la historia de amor suelen ser los mcguffins de la novela contemporánea, antes de la exploración del azar.
El parque de los ciervos es un territorio cercano a La Meca del cine, Desert d'or, una urbanización de recreo para divas con ex-marido, periodistas frívolos, suripantas del celuloide o viejos productores de virtud cansada; un lugar de ambigüedad moral y de exilio. Un lugar de entrada y salida a Hollywood, donde sólo se ingresa a través de la renuncia íntima. Así, quienes aspiran a entrar, al éxito, viven su vicio conflictivamente,mientras que quienes salieron para siempre no interrogan sus costumbres. Allí aparecen unos personajes que construyen la novela sobre el eje de su relación con la virtud, el amor o el arte: Eitel, Sergius y Marion. Hay algo filial en las relaciones entre estos personajes. Tres Mailers. Incluso el Mailer homosexual, homoerótico de muchos de sus libros -divertido explorador de todas las fronteras de la masculinidad-. Todos. El machista, el matón, el sabio, el estudioso que ya no teme a ningún erudito, el seductor maduro experto o el garañón veinteañero del que se cansan las mujeres.
Ni Sergius ni Marion tienen padre y Eitel es un héroe, un intelectual, un director que arriesga su carrera por no delatar a conocidos comunistas, sin ser, él mismo, comunista -la filiación ideológica es una basura indigna de Mailer, del mejor Mailer, al menos-. La novela es la historia del descenso de Eitel, a través de su aceptación del entramado moral dominante de La Meca, y del ascenso, muerte del padre y reafirmación de Marion y Sergius. El primero como principe tenebroso, mártir inmoral -adelantando el personaje una de las claves del libro: la trascendencia moral, absoluta, del vicio. El vicio y la religión como mundos cercanos-; el segundo, como escritor que no llega a ser, más bien aspirante, aspirante tan solo a la condición de artista, a la suficiencia pletórica del artista. Si Eitel reniega de su arte volviendo a Hollywood, Sergius se entrega a ella, marchando a la periferia. Sergius, trasunto de Mailer, ofrece unas páginas hermosísimas sobre el arte. Con esa casi paródica virilidad de Mailer: irlandés, boxeador, novelista y hasta torero, Sergius, como antes Marion, sacrifican su proyección social en aras de una realización personal profunda. Algunos de los fragmentos más bellos del libro son aquellos en que Sergius desarrolla una forma de poética. "Las palabras son divisiones de la experiencia", nos dice, y uno piensa, sin querer, en la contienda de nuestra poesía y admirando a Carnero adivina que siendo primario, el arte de Mailer llega a lo más hondo. El culturalismo es una cárcel fria. Es retirarse sin haber vivido. Hay algo de magisterio en la manera de ligar vida y literatura en Mailer: un vitalismo profundo, fundamental, que no es casualidad ha transitado por el periodismo y la prosa realista, único respiradero no depresivo del arte de escribir. Piensa uno también en la página que dedica el autor a las notas a pie de página, como apertura al mundo todo, al orbe, que abre en el libro, en el discurso, el autor, sacrificando el orden lógico y la propia secuencia y recuerda uno melancólicamente a Foster Wallace y sus irritantes notas a pie de página. Las ventanas cibernéticas son como esas notas a pie de página, y los links una apertura al mundo. Un nuevo enciclopedismo. Un hermoso rasgo de poesía en el núcleo mismo de lo erudito.
Poco importa, en realidad, lo que de social o político tiene la novela, ese grito airado que Mailer pone en boca de Dios: "No dejes que esa gente (esa gente: admitamos ahí al impreciso destinatario de todas nuestras imprecaciones) te diga lo que tienes que hacer", la rabiosa reivindicación de la libertad personal, no es lo más hermoso del libro, pese a todo. Donde Mailer resulta conmovedor es en el estudio de la pareja. Sobre todo en la relación entre Eitel y Elena. El consumado varón de mediana edad y la joven bailarina vulgar. El narrador se esfuerza en desacreditar el amor, palabra vana, pero los personajes lo buscan. Eitel tensa su placer entre la crueldad y el sadismo, templa su pasión con celos, los celos con ternura y vive su relación como un intenso romance con su propio ego. Eitel, maduro y adiestrado, aspira al amor total, una posesión gloriosa del ser ajeno que no puede conseguir. Más que la pasión podrá la lástima. La sexualidad aparece como la brecha profunda de lo humano, e "inicio de la filosofía". La mujer es indominable, caprichosa y voluble. Al final del libro, las reflexiones del Eitel sobre su matrimonio le hacen esbozar, literalmente, una sonrisa decimonónica. y parece que remansando su prosa llega el autor a cierta comprensión serena y dolorida del amor, pero antes, en Desert d'Or, lugar fuera de lo institucional, el amor no ha sido composición o cuadro familiar, y desde luego,no ha sido fuerza física, biológica, que externamente mueva el mundo. No es el ordenador dantesco del cosmos, sino una durísima lucha interna entre todas las fuerzas descompuestas de la vanidad: el placer, la lástima, el sadismo, la suma crueldad o el veneno gozoso de los celos. El amor como aventura individual y como soliloquio.
Es un libro sobre la trascendencia del vicio y del placer. El vicioso está más cerca que nadie de la virtud. Más cerca que nadie de Dios. El vicioso impugna lo establecido (Marion, más audaz que nadie,lucha constantemente contra su propio placer y contra su voluntad: no hay mayor placer que el que causa una repugnancia vencida, nos dice. El placer como conquista, arte, maestría moral). Mailer rescata lo heroico del vicio y su cercanía a la virtud, e incluso lo acerca al martirio. Marion es el vicioso que separa cuerpo y alma y que quiere liberar ésta mancillando aquél. Qué profundamente católico puede llegar a ser Mailer...
Si la sexualidad hace imposible la estabilidad insititucional de la pareja, al menos es tiempo y destello. Nuestra vida, la vida del hombre, es un combate entre el placer y la compasión. Al final, parece no quedar más que el "pobre y extraño diálogo en la noche", o el esfuerzo de "cazar el motivo real" o "descubrir un simple hecho". La literatura, pues.
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