Media tarde entre canciones de Sisa. Sisa me parece un genio del humor. El humor yo creo que no da risa, sino que da valor. Desaparece el miedo, cualquier forma de miedo, concreta e inconcreta. El humor corroe toda institución y toda jerarquía. En mí el humor es como una revolución interior y un trago de alcohol puro, todo junto. Pero risas, lo que se dice risas...
Con este tiempo uno no sabe si salir a la calle. A la mínima, el aguacero. Esta el tiempo un poco tropical, peligroso por momentos, aunque la lluvia no es la de invierno; los cielos, tras el agua, se abren, se limpia el aire y surgen claridades, rayos de sol, nada que ver con la oscura tiniebla de dentro de unos meses y sus cielos encapotados. Esto se puede aguantar, aunque la imprevisibilidad y violencia del agua hace que al final nos refugiemos en casa. La calidad de los cielos se percibe sobre todo fuera de la ciudad y es uno de los pocos placeres de conducir. Otro quizás sea haber podido detectar el rasgo expresivo de los conductores que incurren en el temerario exceso de velocidad. Su gesto viene a ser el propio de fruncir cejas y labios, y poner en ese fruncimiento una reserva de ira. Una expresión de resuelta ira, junto con un ribete de superioridad que se dirige hacia los demás conductores, a los que se supera sin contemplaciones con el rencor de haber salvado un obstáculo. Esta cosa del exceso de velocidad no tiene que ver tanto con la temeridad, la ligereza o la relajación como con la ira. La iracundia, que es, digamos, un pecado automovilístico.
Leído en un poema de Montale, muy al pelo de la gente con la que uno tiene que lidiar y, sobre todo, con lo que encontramos en todo medio de comunicación: noticia, opinión o anuncio: "La verdad es la sedimentación, la restañadura, no la vomitiva logorrea de los dialécticos". De este poema hay algo maravilloso que no entiendo, y esa es justo la sensación que hace de la poesía algo distinto. Nos gusta lo que no entendemos, su misterio, porque es un misterio lleno de luces, de insinuaciones, más que de oscuridades. Leído al bies, este poema parece hablar de cierta radical (radical es un adjetivo fácil que tiene ecos filosóficos y parece dar peso a lo que uno dice, aunque como ahora, uno no sepa muy bien ni lo que quiere decir ni cómo) cierta radical inmanencia. Cierta continuidad que no es sólo natural, sino lo propiamente obra del tiempo y propio del ser, de la naturaleza de cada ser, de cada cosa. Naturaleza que es siempre la misma. Pero entenderlo o no da igual, lo que importa es cómo suena, cómo suena en italiano, obviamente, la veritá é la sedimentazione, il ristagno, non la logorrea schifa dei dialettici.
En la tele, de noche, unos señores dando saltos entre la algarabía del locutor, que parece parcialmente ebrio. Profundo deseo de ser sueco.
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