Día sin observación, un día perdido. Debería ser obligatorio observar algo detenidamente aunque sólo fuera por una vez al día. Restituir algo a su condición de milagro, darle entidad, sacar a las cosas de su estado utilitario, de instrumento, de accidente, y observar hasta dotar de sentido. Obervando las cosas se revelan.
Leyendo a César dos cosas. Un juicio y una costumbre: Salinas y Guillén, en su opinión, los mejores poetas del veintisiete; los miércoles, al recibir la visita de su señora madre, acostarse y dejar que ella le rasque la cabeza.
Nada hay más dulce en la vida que unas manos de mujer acariciándonos el cráneo: convocado el tacto; el ruido de sus manos, de sus huellas en el interior, en la palpitación interna de nuestra cabeza, que es como una resonancia abovedada y, además, la corriente del escalofrio espina abajo, hasta el extremo de cada una de nuestras extremidades.
Una noticia sorprendete: unos chinos matan al empresario que les anunció un ERE. La versión china del ere, claro, porque la noticia es de allí. Me la leen divertido y recuerdo una similar, española, de un trabajador despedido que asesinó a su antiguo empleador. Una nueva forma de rencor laboral, de vena asesina, que parece actualizar la vieja visceralidad de la conflicitividad social y enerva la crueldad de dos de los pueblos más sanguinarios de la historia de la humanidad. Los trabajadores ya no aspiran a la conquista del capital, el poder organizativo, sino a la estabilidad. Crimen laboral como hay crimen pasional y viollencia obrera a posteriori: desmovilizada, sin argumentos y sin pretensión política. Además de la truculencia de estas noticias, uno imagina en ellas el antecedente terrible de un recrudecimiento sindical sin corpus teórico.
Apenas me informo sobre la polémica entre el gobierno y la patronal. Parece evidente que el gobierno ha encontrado un chivo expiatorio para cacarear su rancia demagogia populista. Más allá de eso, es otro ejemplo de debilitamiento institucional, pues el diáolgo social, esa especie de caricatura del encuentro empleador-empleado en torno a una mesa, está desprestigiado por obra del propio gobierno, al que parece que sólo le vale con una institución fuerte -el consejo de misnitros, claro-. Pero dicho eso, uno echa de menos también una apelación al empresario schumpeteriano, es decir: la dignificación del verdadero empresario. En España, es empresario quien emplea, y no distinguimos al empresario del innovador, al capitalista como personaje heroico del sistema económico. No sólo quien arriesga su dinero, sino el que revoluciona alguna estructura de lo social. En lugar de eso, durante décadas el empresariado español ha sido cortoplacista e ignorante. La i+d la ha de propiciar el Estado, y el Estado ha de dar un vuelco en las condiciones sociales y laborales, pero ¿y ellos? ¿qué responsabilidad moral tienen tras años de beneficios? ¿Qué responsabilidad social tienen estos lamentables señores? El marxismo es la única ideología que se interroga sobre la naturaleza económica, moral e histórica del beneficio empresarial. Sólo por eso merece respiración asistida.
Mañana comienzo mi programa de musculación. Musculación leve, a sabiendas de que lo elegante es el hueso. Lo espitirual de nosotros, lo que somos y lo que nos sobrevive, lo que dejará nuestra alma como rúbrica, lo que nos soporta y lo que nos contiene, medular, caldo concentrado de nosotros mismos, es el hueso, la osamenta. El erotismo perfecto, la maravilla, la vida plena, resistente y la muerte entrevista están en los huesos. PArte barroca de nosotros mismos. Y sin embargo, qué triste aspiración hacia la hinchazón grotesca de las fibras musculares. Como si no contentos con haber olvidado el alma por el cuerpo, ignorásemos en él la parte espiritual, escondida, consistente. Bárbaros e inanes hacia la descalcificación total y hacia la corporeización aparente de todo. Lo aparente, lo inequívoco. El fin del misterio. Quiera el señor que pase esta moda horrible de entre nosotros lo antes posible.
Cada vez encuentro más gente con cara de criminal. Eso me pasa sobre todo conduciendo. En algunos semáforos concretos llega a ser abrumadora la sensación de estar rodeado de potenciales criminales. Soy un lombrosiano convencido: hay cabezas, cráneos, mandíbulas, formas físicas que gritan el crimen y la brutalidad que llevan dentro.
Leo el diario de César buscando noticias de los A. buscando en realidad un rastro familiar de M. entre las páginas del libro. Algo de ese tiempo de tertulias y educado catolicismo intelectual, de ese señorial sosiego, busco en M.; lo busco en su belleza altiva, el brillo inteligente de sus ojos, en su incondicional independencia o en la rapidez de su juicio y conversación. Y buscando a los A. en César y en M. un reflejo del viejo articulista, me quiero encontrar yo, descolocado, nunca suficientemente aquí y nunca suficientemente en las páginas de libro alguno.
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