He empezado Las palabras de la noche, de Natalia Ginzburg y estoy encantado, literalmente encantado. El tono es suave, sutil, de una ingenuidad antigua, intemporal y al cabo de leer unas páginas uno se encuentra remansado, sereno. Una dulzura de corazón lo impregna todo.
Breve conversación con E. en el trabajo. Los pasados enconamientos parecen haber desaparecido. Creo que los ciclotímicos son incapaces de rencor. Sus estados de ánimo son torbellinos que les llevan, son temibles en la ira e incontenibles en la dicha; desbordantes hasta el punto de tener uno la sensación de tratar a personas distintas. Ante estos vaivenes, sólo tengo la tibia cortesía del trato laboral para ir protegiéndome. Hay una desagradable incomunicación en estos episodios de euforia que uno no puede compartir y una suave violencia en verse zarandeado por estas ventoleras. El eufórico no recuerda agravios... ¿o sí? Quizás sólo sean pequeñas amnistías, pasajeros olvidos.
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