jueves, 16 de julio de 2009

jueve, 16 de julio

Tedio en el gimnasio por la mañana. Si hago diez ejercicios y en cada uno ellos hay cuatro sesiones de quince, estoy haciendo 600 movimientos absurdos, puras contracciones sin más motivo que la hinchazón muscular. Estoy empezando a plantearme contar hasta seiscientos, en lugar de ir contando hasta quince cada vez. Quince parece la unidad de esfuerzo, la unidad mínima de voluntad. "A mí los esfuerzos me duran quince", se podría decir. Organice como organice mi rutina gimnástica, lo cierto es que tengo que contraer algo de mí mismo seiscientas veces, no importa cómo. Quizás el secreto esté en los espejos. Todos los gimnasios están rodeados de espejos. UN gimnasio sin espejos es como una estación sin bancos o un ministerio sin pasillos. Los espejos son fundamentales para disfrutar de esas seiscientas movilizaciones del amor propio. Los que disfrutan de eso son quienes mientras lo hacen se observan. ¡Qué caras de arrobo sorprendo yo en algunos! ¡Cómo se miran mientras se ejercitan! Ahí tengo que llegar, a darme placer visual a mí mismo. Total, llevo más de media vida dándome placer manual...
Un paso más allá en el gimnasio es el del exhibicionista auditivo. Hay varias clases de público: los infelices, como es mi caso, que estamos siempre como de forma provisional, como invitados, ajenos y tímidos, a prueba; están los narcisistas antes mencionados y el paso más allá hacia el delirio es el de los escandalosos que gimen a gritos. El gimnasio tiene una cosa muy desagradable: su machismo primario. Se percibe en las formas primitivas de saludo -gruñidos, levantamientos de brazo, un cabeceo nervioso- que entre si se dispensan, y, sobre todo, en el culto a la fuerza bruta. Las actividades que se desarrollan en el gimnasio no exigen ninguna habilidad técnica, ninguna gracia. Es la pura fuerza. Somos unos Perurenas, pero sin el ancestral entorno bucólico de los caserios. Levantadores sin historia, sin cultura. Ese elemento puramente machista llega al paroxismo con los individuos que gimen a gritos. Sin ningún pudor se lanzan a representar sus orgasmos. De una manera evidente están diciendo: así follo, y estas mancuernas de aquí al lado podrían ser perfectamente las extremidades inferiores de mi señora esposa. Es desagradabilísimo.
Tan absurdamente y limitadoramente viril es el ambiente del gimnasio que las mujeres, pocas, que van, destacan por su gracia y silencio. No hablan, no se pasean, no se eternizan en la contemplación de si mismas, no se apostan en un aparato como si fuera una garita. Las ve uno pasar, estilizadas y serenas, deslizándose discretas como monjas con la mirada algo perdida, al frente, concentradas, ausentes, y resultan más delicadas, atractivas y misteriosas que nunca.

Del resto del día, quizás lo más destacado haya sido el señor con el que he hecho cola en la tienda de telefonía. Un individuo a punto de ser anciano, de media estatura, delgado, vestido con unos zapatos veraniegos de rejillas, pantalón pìtillo de algodón oscuro y camiseta negra, metida por dentro, con una leyenda en inglés. Como diría Boris, estilo bling-bling en su esclava dorada, sus anillos y el reló. Bigotillo corto, años cincuenta, leves patillas y tupé. El señor hablaba con otra señora conocida de él que también aguardaba en la antesala. El hombre, al poco de verla y saludarla, ha comenzado a hablar en voz demasiado alta. Ha dado detallas de la familia de ella, ha llamado gilipollas a no sé quién, ha lanzado condenas morales -esa manera de criticar que es única-, ha relacionado sus gastos del último mes y algunas de sus proezas económicas y se ha permitido criticar el servicio de la tienda, todo ello con un sentido prodigioso de la desfachatez. Su acento era andaluz y regresaba de Francia. Ese inconfundible acento andaluz del emigrante. Andaluz con la gracia perdida, endurecido y algo añejo. He conocido algunos emigrantes andaluces en Francia y siempre me ha llamado la atención su condición anacrónica. Parecen haberse quedado embalsamados en los años sesenta. Se llevaron su España de entonces puesta, le rindieron culto como se le rinde a una reliquia y no adoptaron ni un ademán del país vecino. Contumazmente españoles. Porque quien vive en Francia, a poco que se integre, echa cara de francés. Quien se hace francés lo deja notar en sus facciones. La educación, la "burocracia cultural" deja huella de civilización en el rostro. Muchos estos españoles del exilio económico se quedaron con el careto del desarrollismo sin un visaje de "francesidad". Son como involuntarias parodias de Manolo Escobar. Ejemplos irrepetibles de españoles, lo más parecido a esos indianos fanfarrones que volvían con la cartera repleta de billetes.

En el trabajo me siento como el secretario personal del Sultán de Brunei, si es que en Brunei hay sultán. A la vuelta en coche doy alguna cabezada. Pienso esta tarde en Jaco Pastorius, que como tantos se suicidó contra un portero de discoteca, porque es como tirarse de un puente o lanzarse a una vía del tren. El misterio de Pastorius y su música es absoluto. Weather Report siempre me han sonado un poco frios, desapacibles.

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