sábado, 19 de septiembre de 2009

sábado, 19 de septiembre

Abandono el libro de César, sus Diarios Íntimos. Lo hago con pesar porque abandonar la lectura de un libro comenzado es una derrota de la voluntad y porque simpatizo con el autor, pero es que ando desordenado de lecturas, que es como decir que ando desordenado en la vida y esta obra obstruía el paso hacia nuevos libros, nuevas ilusiones. Se trata de una obra antiliteraria que cuando cae, como por desliz, en la literatura se vuelve holgazana y retórica, al menos hasta su mitad, que es por donde me he quedado. Ni una palabra sobre la esposa, ni una palabra sobre política, sexualidad, ni lecturas ni creencias, ni descripciones, ni ingenio, sólo una especie de goteo cotidiano de insignificancias, el gotha del café gijón y luego un egotismo leve de escritor, esa impostación de desalientos y cansancios que son como el yo del escritor, del escritor público, pero que jamás pueden ser el de la persona. El libro se publicaba, las entradas de su diario se publicaban al poco en la prensa y jamás pudo haber demasiada sinceridad. Si no hay literatura por -creo yo- falta de tiempo y energía, ni hay sinceridad, ni hay ningún tipo epopeya biográfica que no sea la del café con leche... ¿qué queda? Los Diarios de César eran un residuo, lo que le quedaba a su día tras los artículos -escritura capital, pan de cada día- y el intento de alguna otra obra -novela, biografía, memoria-. El diario era el apunte, la migaja, la pura anotación, "calderilla" los llamaba él, hasta convertirse, en ocasiones, en una especie de registro de asistentes al Café Gijón.

En madurar esta decisión de dejar el libro he pasado medio día. Creo que tengo un problema serio.

Por la mañana fui a correr, que para eso está el deporte, para alejarle a uno de si mismo. Se va uno a correr y la gente se pensará que lo hace porque corra la sangre o se quemen los espaguetis, y no, corre uno huyendo de si mismo, de sus rarezas y de sus manías. Uno se va alejando con la esperanza de que al terminar las cosas hayan cambiado, pero eso sólo sucede temporalmente, durante unos breves minutos. Luego, tras el sofoco, el ahogo y la euforia subsiguiente, todo vuelve a su ser. Uno vuelve a si mismo.
El caso es que además de huyendo de mí, yo corro en dirección a la playa, pero habría de dejar claro que no lo hago por nada en especial, tan sólo por la facilidad y comodidad de las vías de acceso y por el hecho de que por la distancia desde mi casa, el mar, o mejor, el paseo maritimo, que es la urbanización municipal y hortera del mar, está a una distancia asumible. De modo que la playa es como una medida de distancia, mi particular máratón. Voy allí, hacia allá, pero lo hago sin la fe playera ni marítima de la mayoría de los domingueros que atestan el paseo. No es gente que vaya a la playa, al mar o la arena, no, son paseantes, caminantes del paseomarítimo que le dan un toque procesionario al mismo. Ataviados de forma deportiva, o incluso terapeútica, estas personas pasean y pasean con cara de arrobo, como si estuviesen en Los Alpes o en algún balneario de efectos mágicos. Pasean y pasean como si el suelo duro del paseo marítimo fuera muy distinto al de la calle colón.
Hoy, además de todo el tráfico salutífero había organizado un desembarco de normandía y los padres señalaban al cielo para que los niños viesen los paracaidas como globos deshinchándose en una fiesta de cumpleaños. Los niños no parecían muy entusiasmados, la verdad sea dicha, y uno se preguntaba y supongo que en eso no estaba solo, por el lugar en el que irían a caer los paracaidistas pacifistas, no fuera que le cayeran a alguien en medio del vermú.

El resto del día lo he dedicado a comer, dormir y medio sestear muy contento de pensar que nada de eso me cuesta un duro.

Volviendo al libro: no sé si es bueno o malo, supongo que malo, pero hay algo en mi lectura del libro de César que me ha llamado la atención, por ser él, precisamente él, César, el dandy, el canalla, el cosmopolita: su lectura sólo me ha generado algo, un arranque de emoción, unas ganas de hacer, algo reactivo, un temblor del ánimo, una ilusión: el deseo de visitar Cuenca. NO sé por qué, si porque se demora más en el retrato, libre un poco de las obligaciones madrileñas, o si porque la pluma de César, por contraste, brillaba siempre más entre lo provinciano, pero las páginas en que anota sus días en Cuenca son mis preferidas. Puede que yo ande sugestionado por lo recogido, el dulce gusto de lo provinciano, su lentitud. El caso es que ahora yo planeo volver a visitar Cuenca.

De modo que este libro ha sido para mí una especie de "vete a Cuenca".

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