Día calurosísimo hoy, y aún lo será más mañana. Esta noche me desperté sudando, irritado. Me costó volver a dormir. Desperté pronto, a las seis y pico, con la radio puesta, la cope sin Losantos, y me llegó a molestar la zafia simplicidad del locutor suplente. Al menos su voz me era familiar y eso es lo que busca uno en la radio.
En el trabajo, absentismo de F. P. me invita a los toros, y rechazo la invitación con excusas agradecido íntimamente porque con él sólo he tenido disputas y el gesto parece una señal de amistad. Algo en él me es profundamente simpático: su risa de hiena, su humor tan valenciano, incluso la desconcertante manera en que invade el espacio físico ajeno para conversar. Probablemente no haya nada de eso y sólo sea su manera de premiar mi caballerosa solicitud, que él debe pensar extraordinaria. Puede que tenga un estocolmo galopante.
B. corre demasiado, está echando cara de biafreño. Cuando ríe -a B. yo le hago reir, como a una novia- se le desencaja la cara y parece que le cuesta un enorme esfuerzo.
Estrepitosa beldad local. Mujeres terribles, con un índice elevadísimo de madres solteras. Ellas son infinitamente más inteligentes que ellos, morones, estúpidos, garañones sin carácter.
En el coche, a la vuelta, me llego a dormir por una fracción de segundo. Paso la tarde dormitando, corro y abro después los diarios de César. Interesante distinción entre la rebeldía y la sumisión. La primera genera un temperamento rupturista, romántico, patético; la segunda un cinismo acomodaticio, un clasicismo. Visto así no tengo ninguna duda de que mis ardores románticos son cosa de adolescencia, pero no puedo dejar de pensar en la fuerza conflicitiva de la convivencia pactada con lo que sólo soportamos, la soterrada protesta, el cinismo que se vuelve, no sólo contra lo ajeno, sino contra nosotros mismos. El temperamento rebelde es joven y vanidoso. El cínico me parece descreido y carente de la vanidad mínima para ir haciendo el lord byron por la vida. Este cinismo clásico se adapta al mundo y lucha contra sí. El otro, el petulante rebelde, trata de moldear nuevas formas y en ello se reafirma.
Fichaje excelente en fútbol: Granero. Una de las cosas que podemos decir de él es que juega bien lento, o al menos, a menor velocidad. La extremada rapidez de los atletas como Ronaldo me resulta artificial y poco estética. El fútbol bien jugado, si es lento muscularmente y rápido mentalmente, es mucho más gozoso. Es como en los toros o en el cante: a lo profundo se llega por lo lento.
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