miércoles, 15 de julio de 2009
miércoles, 15 de junio
Ha muerto Eduardo Chamorro. Solía leer sus cosas, aureolado como estaba para mí por ser amigo de Benet. El benetianismo es literatura moderna, alcohol, amistad, recelo de la facilidad y cierta aspereza. Le recuerdo a Chamorro una cita de Eliot: "La poesía es un ocio de rufianes". Caigo en el new yorker y medio adivino un ensayo sobre su sexualidad. Hay quien alude a una supuesta homosexualidad (Eliot travestido en el Soho), al platonismo de un joven amor o a la larga frustración provocada por su matrimonio. El autor recuerda que cada personaje de Eliot tenía una determinada inclinación, todas, quizás, encerradas en el distante poeta. Prufrock, por ejemplo, expresaba una determinada pasividad de carácter que nos emociona más que nada. Recuerdo ahora su voz, la voz de Prufrock, y creo que es de una finura imposible para el castellano. Preferiría la música de sus versos a cualquier otra música ahora mismo: Tam, tam, tam; tan, taram; porque Eliot ensayaba sus versos con un tamborcillo. El caso es que leo la necrológica de Chamorro escrita por Aguilar y pienso en Ruano, al que los muertos seguro le transmigraban: sus almas se les iban a las necrológicas, saltaban del muerto a la necrológica y allí quedaban encerradas. Aguilar logra una pieza contenida y elegante, como le hubiera gustado al muerto -considero fundamental escribir para el finado-, y no escatima puyas y chanzas. Friamente acaba convocando al tanatorio y nos emociona, porque ya nos emociona lo que no se dice. Oimos los pasos perdidos de los amigos en La Almudena. Y de los versos del Prufrock nos quedan las palpitaciones.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario