Desde hace un tiempo me he impuesto la lectura del diario. Hay placer en ello, pero también la marcada voluntad de estar "al corriente" y de sentirme unido a un mundo que parece que se me escapa. Mi entorno laboral es de una pequeñez asfixiante y en la radio y la televisión, medios fáciles, todo son querellas internas, la puñalada trapera y el escándalo amarillo. Leo los periódicos y, sin embargo, la mayoría de veces me aburren porque lo que busco, sobre todo, es la literatura del diario, el buen artículo, la mezcla feliz de ensayo, narración y verso, la columna cincelada, el ritmo justo y esa manera frívola de extraer lucidez y humor (buena literatura) de la actualidad.
Con la llegada de Cristiano Ronaldo al Madrid los periodistas -y no sólo- se han lanzado a metaforizar como posesos y, pasados unos días, quien ha ganado, quien mejor ha hablado y el que mejor ha escrito sobre todo ello ha sido, vaya por dios, Boris IZaguirre. Su página de hoy, la cuarta de ELPAIS, dedicada a Cristiano y su macarra chic es fabulosa. Está bien escrita y trasluce una portentosa agudeza y una erudición, una nueva erudición, pop, icónica, que va de Bolan a Beckham pasando por Tony Manero. Boris ha detectado la existencia de una generación, nacida en los noventa, anterior a la crisis, que adopta a Cristiano como ídolo incuestionable. Ronaldo es un genio más allá de lo que haga con el balón porque ha esculpido el canon masculino. Para quienes tenemos algún año, comprenderlo, entenderlo, nos sume en un vértigo maravilloso. La asunción de los mitos de generaciones posteriores es un logro difícil. A veces nos obliga a aceptar cosas que no comprendemos, que nos desconciertan o nos repugnan. En la suave rotundidad de su cuerpo -en la audacia del cuerpo olímpico con el delirio de la moda-, en la equívoca contestación obrera de ponerse de un modo distinto las prendas de los más ricos, hay una mezcla de todas las sexualidades y de todas las clases. Hay una bendita insolencia. Una ingenuidad asombrosa. La de quien de manera natural, sin proponérselo, expresa algo de su tiempo. Si Miguel Ángel pintase en la actualidad, ¿pintaría Cristianos? Miedo da pensarlo...
El deporte es el territorio de la elegancia corporal, de la expresión. Ronaldo lleva ese lenguaje más allá del terreno de juego. Porta consigo un sistema de signos, una expresión física novedosa, rotunda y llamativa, capaz de atraer todas las miradas y todas las marcas.
De todos los que han escrito, Boris, cocinero antes que fraile, ha sido quien mejor ha descrito el fenómeno, pues ha tenido él pujos de dandy. Es incuestionable que los gays, los gays letraheridos, al menos, tienen sobre los heterosexuales la ventaja de haber pensado la condición masculina. Seguramente en las revistas de moda ese macarra chic tendrá algún otro nombre, probablemente en inglés, pero Boris nos ha situado al muchacho portugés en una estirpe popular que tiene en común lo emergente, lo escandaloso. POdrán ponerle traje oscuro, nos dice, pero Ronaldo siempre lo abrillantará, le sacará algún matiz de oro, lo pulirá, lo ceñirá, hará moda y, a su modo, una leve e inofensiva contestación con su vestuario. Los horteras rompen sin saber, y lo hacen con las prendas caras. Si el humor es el drama descolocado, el hortera es el elegante desestructurado, desordenado, inarmónico. Los horteras suelen ser arribistas, llevan ropas que no les corresponden y hacen de ellas un uso grotesco. Cuando un hortera se hace hegemónico, poderoso, representativo, ¿no es una forma de conquista? ¿No es una pequeña revolución cuando el hortera crea tendencia?
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