domingo, 19 de julio de 2009

domingo, 19 de julio

Noche de jazz ayer en Torrente. La organización del Festival ha escogido este año el marco del Parque Trénor, un esmirriado huerto a las afueras de la ciudad. Un lugar más sugerente, desde luego, que la trasera del Auditorio Municipal, donde hasta este año venían colocando "a los del jazz". En un jardincillo han levantado el escenario -detrás, metafórico, un enorme edificio de viviendas en construcción- y han colocado la habitual barra verbenera. El jazz en España es una cosa estival, de temporada. Debiera ser de club, urbano, diario, de entresuelo -con ese aire de covacha y clandestinidad que tienen los entresuelos-, un sitio donde llegar después del trabajo, aflojarse la corbata y disfrutar de una copa escuchando la música que nos gusta. El jazz nos ha protegido tantos años de la horterada reinante que escucharlo, aunque ya nos sepamos de memoria las melodías y los solos nos sorprendan tan poco como las réplicas de una larga pareja, tiene un efecto de bálsamo, de orden, de contento con uno mismo. El jazz es un viejo amigo y un lugar de humor, sentimentalidad y nostalgia. Un refugio. Cuando es vibrante y nuevo, es además un arte subversivo, estimulante, que nos revoluciona. Nos conmina, nos exalta, nos... nos hace ir a perdir otra copa.
El interés de anoche estaba en ver a Phil Woods. Llegó el maestro con un tocado informal: gorra deportiva blanca -entre el público un señor sesentón lucía, me imagino que en homenaje, su clásica gorra negra de marinero- y una formación de quinteto: una sección rítmica europea y la compañía de Jesse Davis, saxofonista bopper de Nueva Orleans, con el que se doblaba y dialogaba constantemente. Davis parecía músico, ahijado y mozo de espadas. Le ayudaba a subir y bajar del escenario con el cuidado de un hijo, y subrayaba, pelota, cada ocurrencia del maestro. El denso y clásico sonido negro de Davis contrastaba un poco con la suavidad académica de los músicos europeos, como siempre más matizada. Personalmente, disfruté sobre todo del pianista, un francés cuyo nombre no recuerdo. Mi desinterés por las cosas es tal que ni agarré el folleto. Davis me gustó en These foolish things. En esa melodia hay un caudal de sensualidad que supo liberar en una frase de su solo: el patrimonio de una pareja, las claves de una historia de amor. Me sorprendió mucho que en ese instante, cuando tan fácil es deslizar la mano hacia la pareja -triste de mí, al que siempre le pillan solo estos momentos- un señor de la fila anterior aprovechase para acercar la silla a la de su hijo, un muchacho de flequillo irritante, y comenzase a abrazarle, acariciarle, y hacerle arrumacos. Lirismo paternofilial, supongo.
Una historia de amor es cierta cuando al sonar este tema aparece en nuestra mente. Si al sonar these foolish things no aparece en carrusel por nuestros ojos es que no es tal. Una historia de amor empieza a serlo cuando tiene un pasado a cuestas. Sus gestos, los instantes de primer entendimiento, los viajes, las atroces despedidas, la ropa revuelta, las copas charlando hasta altas horas, el descubrimiento, su mirada sorprendiéndome, las primeras lágrimas... Afortunadamente, theese foolish things sólo hubo uno, así que no fue necesario emborracharse.
La elección de temas fue, como siempre en Woods, magistral: In your own sweet way, willop weep for me, If I should lose you... Humor en la bateria, riqueza de ideas en el pianista, el sonido seco y antiguo del contrabajo y la energia a veces un poco obvia de Davis. Phil descansó en un par de temas, tocó poco y recurrió al empaste de voces con Davis. Pese a todo, dejó testimonio de su imperecedero swing y de la nobleza elegante de su sonido. Su música sigue siendo bop, pero, claro está, cerca de ser octogenario a su bop se le ha ido cayendo el hard de sus tiempos con Farrell, esa dureza un poco esquizoide. El bop es nervioso, el hard lo llena de aristas, lo hace metálico, lo endurece cuando no lo simplifica. Lo que hacen ahora supongo que debería llamarse softbop. Personalmente, no podré olvidar la primera vez que le escuché en el cuarteto con Galper. Su concierto de homenaje a Parker en no sé qué auditorio, ha sido una de las cosas más maravillosas que he escuchado. Woods toca lo que me gusta y del modo en que me gusta. Es uno de mis músicos favoritos. Sentí algo de lástima por la manera fria en que el público le despidió, porque es evidente que no volverá por aquí y podriamos haberle agradecido cincuenta años de jazz con algo más de efusividad. La timidez y el deseo de no molestar al anciano admirado me hizo evitar buscar el autógrafo o el saludo. Me fui lleno de gratitud y eso me basta. Tengo la conciencia tranquila y ya he visto su saxo alto ladeado, la ligera inclinación, la asombrosa facilidad, su sabia dicción...
Este Festival de Torrente se está pareciendo peligrosamente al Festival de cine de San Sebastián, que se especializó en homejaear viejas glorias que iban marchando al otro barrio nada mas pasar por allí. Woods se acordó, con involuntario humor, de Griffin, su gran compañero, que se despidió del jazz precisamente en Torrente. Aquí, ante este público doctoral, desapasionado y en chanclas, auditorio un poco lúgubre.

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