Rescato un libro de Franzen, Zona Templada, en el que dedica unas páginas a los Peanuts. "Un mundo donde la cólera es divertida y la inseguridad digna de amarse". Y me mueve a hacerlo el recuerdo de una de las tres tiras reproducidas en el libro, esa en la que Charlie acaba diciendo eso de: "Everything I do makes me feel guilty". No sé qué me gusta tanto de esos dibujos, supongo que es la firmeza de ese mundo, que me parece inquebrantable, que me sigue ofreciendo el refugio de la infancia, la seguridad sin fisuras de todo mundo imaginado de la infancia, un mundo donde brillaba la conciencia de sus habitantes: una mezcla de ingenuidad y sabiduría, algo que mezclaba la pureza infantil con la experiencia. En cada tira había un sentimiento humano y un motivo de sinceridad y creo entender, aunque la lectura de su libro me queda lejana, que con Schulz Franzen invocaba ese mundo sin daño donde cabía toda la experiencia humana, inocuo, protegido, resonante, con su honda vibración sentimental, de forma que el secreto del perdón fuera introducir nuestra vida en sus tiras. La cólera paterna, por ejemplo, tan traumática y dolorosa, se parodiaba, se inactivaba, como la cólera de uno de esos pequeños ángeles. La soledad y el amor, un asunto de niños y todo pensamiento dulce y lúcido.
Sigo leyendo a Bazell en el balcón y de repente anochece. La torre vigía del Politécnico, con su aire religioso incomprensible, parece flanquear el crepúsculo. Al este, a mi derecha, la noche que se cierra; a la izquierda, el oeste, más allá del conjunto ordenado de bloques civiles, las serpentinas moradas del poniente, la claridad huyendo, los fondos malva, el cielo herido y sin embargo tan sumamente tranquilo, embriagador, como el movimiento prolongado de una mecedora. En avión el poniente es apenas un residuo, desde abajo parece un espectáculo único que algún dios clemente nos ofreciese. Todo es fugaz y perdonable y parece que no estamos solos.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario