martes, 14 de julio de 2009

martes, 14 de julio

Hoy me he quedado sin móvil. Sospecho que ha sido un hurto y hasta tengo presunto protagonista. Me baso en un análisis racional, deductivo, de la escena y del momento del crimen que ha realizado mi compañera V. Es escandalosa la influencia de las novelas de detectives. La mente más alocadamente irreflexiva se vuelve esquemática y lógica en estos casos. Al presunto le llamaré P. P es un menesteroso de los que abundan en el pueblo. Hace cosa de un mes adoptó la costumbre de ir todas las mañanas al ayuntamiento a solicitar un empleo. Tengo que decir que hasta trabajar aquí no he tenido yo idea de lo que es el estado asistencial y la dependencia pública del desempleado. La gente ya no va a las iglesias, la gente se apelotona en los ayuntamientos pidiendo. De hecho, llegaráel día en que el derecho administrativo no sea sino el cinturón legal que haga posible que las adminitraciones no sean saqueadas arbitrariamente por masas hiperlegitimadas de hambrientos.
P. recurrió primero al ruego, después a la exigencia, más tarde -cuando nada obtuvo- a -la indignada solicitud de explicaciones y ahora, últimamente, ha llegado el turno de las amenazas. Ha amenazado con desempolvar la escopetas -por lo que cuentan, tiene un árbol genealógico de tronados con salidas inesperadas, así que he decidido temerle-, esa escopeta que en muchos sitios de España la gente dice tener, para que luego hablen del estado de Texas -la escopeta americana es la escopeta de la seguridad, de la autodefensa; la española es la escopeta de la tronada, de la venada, del arranque homicida-; ha amenazado también con acciones judiciales, que es una amenaza más disculpable, porque ya se sabe que el español cuando se indigna se va al juzgado de guardia. P. se ganaba bien la vida y níveas adicciones le han dejado en una ruina inminente.
Como P. está todos los días en el ayuntamiento y yo paso por ser la cabeza visible de ese ente depauperado y como quiera que tengo un concepto masoquista de la ética pública, dedico cada mañana un ratito explicando al individuo las razones administrativas en virtud de las cuales otros y no él han sido seleccionados para trabajos municipales. Incluso le explico el mecanismo asistencial del Trabajador Social. Le explico hasta el concepto meedieval de autoritas. Le explico la raiz constitucional de las prerrogativas del administrado. Le saco baremaciones, esgrimo firmas de sindicatos, pero nada. Muy tarde he comprendido que no quiere expicaciones, sino euros.

Debo decir que el trabajo municipal al que aspira es integrar una recién formada brigada de peones provistos de chalecos reflectantes que se dedican a pintar las rayas del tráfico, las señales, los bordillos, las aceras, de manera que todo el pueblo parece recién pintado. Cuando salgo a almorzar lo hago dando saltos porque pienso que me voy a manchar de pintura los zapatos. Han pintado el pueblo como una puerta, viejo y gris como es, parece una puta vieja. Ya dije yo al concejal que lo mejor que podriamos hacer con esa brigada subsidiada era comprarles un objeto punzante a cada uno de ellos, subirlos en una furgoneta e invadir el pueblo de al lado. Tenemos, literalmente, un ejército pintando las calles. Y la escena me recuerda al new deal. Es un pequeño new deal de gente pintando.
También he propuesto que la brigada del titanlux pinte un mural, dado que se les están acabando las superficies.

Mis conversaciones con P tienen siempre el mismo final: la amenaza; y antes de eso el toquiteo abusivo de mi fibra sentimental. El clímax del abuso sentimental llega cuando de forma invariable P. me mira, humedece sus ojos -tiene un aspecto similar al de Kirk Douglas haciendo de Van Gogh justo antes de cortarse la oreja- sube su camiseta y me dice, con rictus patético, que lleva perdidos quince kilos. El primer día yo me quedé muy impactado, pero las últimas exhibiciones me han permitido atisbar un inicio de michelín, aunque no me atrevo a decirlo: pongo una cara de infinita aflicción. Su mujer, que a veces le acompaña y llora, sólo llora, es, sin embargo, obesa, mórbidamente obesa, y lo es en grado creciente. Engorda su mujer y llora, y él enflaquece y amenaza y pide y los dos forman una pareja extrañísima y, a su modo chantajista y trágico, entrañable.

El caso es que estoy sin móvil y llevo todo el día palpándome el bolsillo del pantalón, la americana, sintiendo su amputación. Me siento desprovisto de un apéndice, de una parte de mi sistema nervioso. No fumo porque tengo móvil. Llevo medio día sin recibir llamadas ni mensajes y me me empiezo a sentir solo de un modo edificante.

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