martes, 21 de julio de 2009

martes, 21 de junio

Hoy me han cambiado la rutina. "Le han cambiado el ritual", le ha dicho mi madre a mi hermano contándoselo. Pues sí, me han cambiado la rutina y ¡qué maravilloso sería poder hacerlo en todas las cosas de la vida! Harto de las mismas incesantes repeticiones, aspirante a cachoide -cachas no: cachoide- a la deriva, madrugador furioso, gimnasta con legañas, ex-tirillas, tímido con mancuernas, voy al gimnasio y el monitor, dueño de la sabiduría muscular, me cambia el rumbo. Si con solo pedirlo se pudiesen cambiar todas nuestras rutinas...
Es muy significativo que a la serie repetida de ejercicios se le llame, sin más, rutina. La rutina remite a la repetición maquinal de las cosas. Repetir sin pensar, sin propósito, de forma automática. Eso es, no más. Se trata de una práctica deportiva que nos vacía, en la que hay poquísima técnica, ninguna habilidad. Fantasmas madrugadores se dirigen al gimnasio al amanecer, el yo suspendido, la mente en blanco, uno, dos, tres... Es fabuloso el gimnasio, es tedioso, nihilista, filosófico, resistirlo supone tener la fuerza mental de un titán.
(Escucho a Weather Report, el bajo de Pastorius y los acordes interestelares de Zawinul son el antecedente del mundo en que vivimos: atardeceres entrando a la urbe por rondas repletas de coches, cruces infinitos de llamadas, conexiones incesantes, miles, millones de vínculos. Estamos viviendo en un estado de euforia. Es un crimen no sentirse emocionado cada vez que salimos a la calle. El resplandor de la pantalla de internet, la conectividad, la necesidad de palparnos, de sentirnos cerca. Qué triunfante manera de huir de la soledad y de la cárcel del yo. ¡Por fin! ¡Soy un moderno! El mundo es bueno, el mundo está bien hecho y vamos por buen camino).
Al entrar en el gimnasio, entre una nube tóxica de sudores y mil gemidos contrapuestos, cluster de gemidos, y aaah, oooos, uus, estertores de animalidad de los levantapesos, me he dirigido al monitor, con toda la educación de la que soy capaz, para que me configurase una nueva serie de ejercicios. Al explicarle mi situación y antecedentes, ha agarrado un folio, una plantilla, y sobre ella, en unos minutos que se me han hecho largos, ha ido apuntando, con trazo nervioso, como si soltase pinceladas en un lienzo, los ejercicios, combinando curls, poleas, aparatos, series, repeticiones... y yo diría que en ese rato el monitor estaba siendo creativo y, además, estaba haciendo alarde de ello. Como un cocinero que ante los fogones se agarrase las sienes con gesto de metafísico. Igual. Vivimos una época muy creativa.
Después he paseado por el centro. He comprado tres libros por quince euros: Bebidas y excitantes, de Braudel, para beber con conocimiento de causa, por fin. Una novela de la colección Pueyo de novelas selectas: El sino de los campanales, de Mª Teresa Sesé, que tiene pinta de ser una novela romántica de las de folletín de toda la vida. El libro está polvoriento, deshecho, y será un problema leerlo porque el papel deteriorado me da esa sensación que no sé nombrar y que es el equivalente táctil de la dentera. He de decir que leída la primera página, la prosa de la autora, sin duda recargada y propensa al sentimentalismo kitsch, no me ha disgustado. Creo que la novela me gustará. Hace tiempo que no leo nada que no tenga renombre. Me apetece leer por el puro placer de ejercitar la fantasía. ¿Y cuántas series de qué aparatos he de hacer para que la imaginación se me entumezca?
El libro más caro de la terna ha sido la Iconografía romántica del mar, de W. H. Auden. Lo he visto en el escaparate y me he lanzado en plancha a por él. No hacía falta quizás tanta vehemencia, porque el libro tenía pinta de hacer de maniquí durante un par de temporadas. Qué éxtraños los libros en los escaparates, por cierto. Unos tumbados, otros de pie, como luciendo cacha. No sé por qué me acuerdo de un bocadillo de la revista cuore en el que tras algún diseñador famoso había una fila entera de modelos idénticas, delgadísimas, como una fila de coristas de revista. Una de ellas, erguida, sonriente, esquelética, decía algo y otra compañera le contestaba: "¡Calla! Somos inanimadas". De entre las filas de libros sometidos a la humillación de la pública exposición, del reclamo vertical, me he quedado con el mencionado por un par de razones: la primera, por ser de Auden; la segunda, por está editado por la UNAM, la universidad mexicana, en su exquisita colección de poemas y ensayos. He hojeado el libro, muy brevemente, y he vuelto a encontrarme con una característica del Auden ensayista: la esquematización. Habría de leerlo antes de opinar, pero esa tendencia a la exposición ordenada de las ideas, numerando las mismas, me alarma un poco en alguien como él, "poeta de la inteligencia", que convirtió siempre su extremada inteligencia en misterio en sus poemas. Cualidad rara de transformar la claridad en sombras sugerentes, en ese claroscuro lleno de revelaciones -y para la revelación es necesario el desvelamiento-.
Contento con mi compra he caminado por el centro de Valencia, unas calles atestadas de turistas extranjeras. Demasiadas, para mi gusto. Pienso que todo ecosistema tiene sus equilibrios y si la introducción en la huerta valenciana de un cocodrilo amazónico puede socavar su armonía, su orden natural, la presencia en nuestras calles de centenares de rusas, eslavas, italianas, francesas y americanas sobrealimentadas puede suponer una crisis ecológica sin precedentes. Devuélvannos, políticos comunitarios, a nuestro viejo mundo de españolas. Jamás he creido en los efectos beneficiosos del programa Erasmus.
Caminando por allí he sentido, de forma muy relacionada con lo anterior, lo que el centro de esta ciudad, y de todas, tiene de hueco. La historia, la movilización de la inteligencia y la bohemia local, el gentío, todo parece indicar que está lleno de vida, pero no es vida, es puro tránsito. La vida está en la periferia. El centro es un queso de gruyere lleno de argentinos. Esos argentinos que se han adueñado de todos nuestros cascos antiguos abriendo inverosímiles pizzerías.
En uno de las derivaciones de mi paseo he llegado a calles más tranquilas y he visto lo que considero la flor urbana del tedio, la maravilla de todo barrio, el primer negocio del niño, la licorería de los infantes, ¡el kiosco! Qué indeciblemente tristes son los kioscos de barrio por las tardes. Sus chucherías cercanas al dueño, que no las rapiñen, sus remeros vacios de periódicos -sólo quedan los catalanes-, sus cartones de coleccionables, esos fenómenos editoriales análogos al gimnasio, el inconfundible olor a trastienda, a azúcar de las golosinas y papel. El kiosquero está en contacto con la pura vida por la mañana, después espera a los niños, glucémicos perdidos cada tarde -pregunto: los niños que follan a los trece años, ¿toman también golosinas? ¿Se toman una nube y una fresa ácida o un regaliz tras el polvo?-o al comprador de colecciones, esos coleccionistas aficionados. Triste la vida del kiosquero, a menudo anciano o cincuentón, y mejor así, porque qué desesperada la mirada del kiosquero joven. El quiosquero participa del hastío del taxista, pero ni siquiera tiene el tráfico. ¿Alguna vez ha visto alguien leer el periódico a un kiosquero? Lo bueno que tienen, su venganza, es que conocen el cariz ideológico de cada vecino.
A la vuelta un taxi:
-A la Plaza X., por favor
-Cagando leches!
Silbando me iba narrando el taxista -un viejo andaluz, cómo no- cada maniobra al volante. Increpando a los demás conductores mientras silbaba, entre improperio e improperio -fudamentalmente destinados a las mujeres- una tonadilla aclopada que a veces musitaba sin llegar a cantar. Ha disfrutado del trayecto, compitiendo con otros taxistas, jugando a superar los semáforos en ámbar -concatenar varios semáforos en verde tiene esa cosa euforizante de las tragaperras cuando tocan y debe de ser una de las pocas emociones del taxista-. El taxista apasionado me ha dejado en casa y nos hemos despedido efusivamente.

Se me hace tarde, pero he de decir que Forges es lo único que miro con ganas dle periódico. Sectario, oportunista y mil cosas más, pero su serie de blasillos peripeinados, pijos y políticos autonómicos de este verano es memorable. Su actualización de la figura del egipcio es la cosa que de mejor humor me pone en estos momentos. Esa mano hipertrofiada o saliente por la espalda es una genialidad.

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