domingo, 19 de julio de 2009

Diario íntimo

Me despierto relativamente pronto hoy. A las once estoy leyendo en el balcón. La mañana, fina, permite divisar con claridad las montañas más allá del Puig. El aire es tónico, agradable y hay un rumor animado que no sé sabe muy bien de dónde viene. Pasa una hora y no se ve un alma y ni siquiera los pájaros se escuchan. Las palomas, señoronas de la calle, he descubierto hace poco que son tórtolas africanas. Me lo dijo J., que es hombre de raros saberes. Las tórtolas africanas, cenicientas y con un buche burgúes, ya no me resultan tan antipáticas desde que sé que tienen su origen en África. Donde yo veía hegemonía, ahora veo un triste exilio y la leve repulsión que me producían ahora se ha tornado en interés. Las miro y me las imagino volando sobre desiertos, posadas en techos de blancos edificios, habitantes precarias de parajes exóticos y me pregunto la causa de su migración y admiro cómo se han hecho fuertes en este entorno de balcones, farolas y árboles municipales. Perdido en mis ensoñaciones de ignorante sumo me fijo en el edificio de la Conselleria de Sanitat, de cubos blancos y encalados y en la nueva torre que han levantado muy cerca, en la rotonda de la salida a Barcelona. Observo la torre, perplejo, sin adivinar ni remotamente las intenciones del arquitecto. Se trata de una gran columna rematada por un breve mirador acristalado. Por detrás de la columna sube un ascensor. No le veo el sentido como no sea el de servir de atalaya desde donde observar el vasto complejo universitario. Mi africanismo dominguero y la proximidad del edificio oficial, refulgente como una joya de Tánger, me permiten imaginar la inverosímil torre como un minarete civil. Zumba el sol, una leve brisa mueve las hojas y un par de tórtolas (¡africanas!) llegan como trayéndome noticias de muy lejos.

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