miércoles, 31 de marzo de 2010

miércoles, 31 de marzo de 2010

Parece que por fin se disipan los efectos de la juerga del viernes. La mala noticia es que el abandono de la resaca se ha encadenado con algún tipo de achaque. Me empieza a doler la garganta y he sentido calentura y mal cuerpo durante parte del día. Además, estoy cansado y soñoliento.

Hoy era mal día para enfermar, me han dedicado una emotiva despedida y eso implicaba dirigir unas palabras a la concurrencia. He intercalado sensibleramente el valenciano en mi discurso en castellano y he sido serio, responsable y enfermizamente edificante. Soy un tipo vanidoso y me gusta ir dando lecciones a la gente sin que se note. El alumno de colegio religioso que fui no me termina de abandonar. Es como si hubiese dos conciencias, dos niveles de conciencia: un yo moral y un yo íntimo, acallado casi siempre. Y siento que dejo la resaca porque aparece la vanidad. El ego se recompone después de un desastre. El ciclo de la borrachera es siempre el mismo: euforia creciente y sentirse Napoleón la primera noche; el día posterior ya no hay un emperador pero hay ironía y sorpresa, una especie de filósofo cínico que a duras penas puede hablar pero que sonrie; al siguiente llega el derrumbamiento y del ego tal como lo conociamos no queda nada. Martes, miércoles y jueves sirve para recomponer los pedazos de si, como trozos de un jarrón rato. Se trata de reunir en nuestras manos lo poco que somos, agarrarnos fuertemente hasta que la suma de todo de una imagen propia. Con un poco de suerte, a las pocas horas aparecerá la vanidad, el brillo del ser y ¿no querrá lucirse la vanidad, de nuevo conquistada, en el desfile nocturno del fin de semana?

Alucino con Erykah Badu. Ya sé lo que voy a escuchar estos días.

He hablado con S., que casi se va al otro barrio. Ha hecho un esfuerzo por estar animado al hablar, como si instantes antes hubiese hecho acopio de energías, y me ha agradecido la atención. Le han introducido casi tres litros de sangre ajena y los niveles de ácido úrico del nuevo plasma le han provocado una reacción. ¿Se adaptará ese caudal al ritmo de mi amigo o renovarán el pulso de su vida? Cómo desearía que esa sangre le diese brío, pujanza y valor.

Creo que se ha sorprendido de encontrar mensajes de aliento y llamadas mientras luchaba en la cama del hospital. Últimamente pienso en la vida como algo fugacísimo. Sé que vienen curvas y siento todo demasiado. Parezco una de esas folclóricas que van a la tele a aguantarse la lágrima en el extremo del ojo como quien sujeta una bombilla del techo. No tengo que beber, no tengo que beber...

En cuanto acabe a Orton: Don Delillo y poesía española. Ahora podré leer, solo en la montaña. Lectura y musculación. Voy a ser Mishima. Tengo cosas de recluso, mentalidad de recluso.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Generalmente las curvas suelen derivar en largas rectas, así que tampoco hay que darles demasiada importancia, salvo que sea cerradísima; y de esas hay pocas.