He visitado N. con J.C. La entrada al pueblo me ha sorprendido. Un paseo jalonado de enormes residencias señoriales, algunas de ellas con el encanto del tiempo encerrado en sus jardines. Majestuosas casas cerradas en el invierno, silenciosas, con el hermoso aire de los chalecitos urbanos. Esta localidad es, quizás, la joya residencial de la comarca. El Ayuntamiento, convenientemente endeudado, sostiene muchísimas actividades, como esforzándose en estar a la altura del lustre de sus habitantes, algunas de las más notorias familias valencianas: casa de ancianos, talleres, museos, recitales a la orilla del Palancia, a los pies de un hermoso salto de agua y por las calles hay una atmósfera de silencio, tranquilidad y bienestar. La plaza del pueblo tiene por centro un olmo -¿era un olmo?- del siglo XVII al que habían rodeado con un belén habitado por animales vivos. En cada esquina un bar con terrazas climatizadas, para quienes quieran encontrar el pasmo del pitillo en pleno invierno.
Tras el paseo, hemos entrado en el museo para disfrutar con la exposición antológica de M.R. El museo está dedicado a su figura, pues se trata de un notable e ilustre natural de la villa, un escultor con obra innumerable. No tengo el gusto educado en la escultura, pero he disfrutado de algunas cosas. Los retratos, herederos del estudio de la musculatura de Miguel Ángel, la estilización de sus figuras de los años setenta, la bíblica solemnidad de la cabeza de Vinatea, la maravillosa expresión del busto del pintor Peris Aragó, con una mirada absolutamente pictórica -el increible juego de relieves concéntricos de los ojos, logrando una luz propia de mirada de vidrio, milagro de la luz y la forma, escultura única con mirada, no la mirada de ciego de tantas obras, sino una auténtica mirada con forma y color, con luz-, la forma del toro en tensión, los estudios femeninos, esas parejas hombre-mujer con uno al pie, adorando sometido al amante -bien ella, tendida, más libre, como una sirena; bien él, dolorosamente agarrado a los pies de la amada, encadenado, sumiso, admirativo-. Había retratos de gran parte de la sociedad valenciana: toreros, cantantes, actores y un enorme conjunto dedicado al soldado iraquí que, por lo visto, adorna el centro de una plaza en Bagdad. Después, tras visitar la exposición y tomar un breve café -las inevitables charlas sobre el trabajo- y después de encontrar algún lugareño, hemos visitado la casa del artista. Nos ha abierto un hombre de barba blanca, mayor, de hablar atropellado -una dicción muy de aquí, un castellano algo abrupto, como con cierta dificualtad que pareciera, sin serlo, de valencianoparlante- y encantadoramente risueño y humilde. Nos ha enseñado su casa, de varios pisos. Vive solo, con un silencioso gato de color claro, en una casa limpia, llena de obras de arte. Sus bocetos, dibujos, moldes de sus obras y cuadros del padre deJ.C., amigo entrañable, o del enorme pintor Peris Aragó, autor de un autorretrato maravilloso, con un colorido sensacional de pelo blanco, gabardina y pipa, de enorme parecido a Eduardo Arroyo y, sobre todo, autor de un retrato de este entrañable M.R., de una encarnadura y un color ribereño, absolutamente sensacional. Un retrato saliendo de la oscuridad, no tan notable en el aspecto psicológico como en la enorme realidad de la carne y el brillo del rojo de la capa y el blanco de los papeles. Un impactante retrato emergiendo de la nada oscura, la consecíón lograda de la carne, de la materia y de la luz. ¿De dónde sale la luz de los retratos? Parece la luz de Dios sobre las cosas y los hombres. Qué fascinante juego de luces y sombras, de oscuridad y materia, de existencia y nada. Porque eso, a la vuelta, era lo que me quedaba en la cabeza, rondando con el brillo entretenido de lo que nos habla a una parte poco clara de nosotros mismos: el ejemplo de este señor, mayor, contento, obrando sin parar tallas de madera a la luz de un flexo, con el retrato de Beethoven al fondo, el cristo de Velázquez, las obras de Miguel Ángel y los retratos firmados de S.M o un Generalísimo, arrugado y flebítico. La felicidad del arte, la alegría de las formas, la hermosura de lo real, del realismo ("la realidad cuesta, pero en esa lucha esta el disfrute"), la trascendencia de la realidad observada y el sentimiento religioso. El gusto por lo sencillo y lo natural. Todo cosas que uno va perdiendo en el fárrago insoportable de lo equivocado, de lo decidicamente equivocado.
Pienso que en ese retrato del pintor valenciano o en la obra del escultor que arranca la forma ("lo que sobra") a la materia informe no sólo había una hermosura que me reconfortaba. Había algo más. El secreto de un esfuerzo conseguido. Algo titánico, trascendente, metafísico. Algo que me decía algo sobre mi vida, sobre la atribulada vida de los que quiero. Algo sobre la tristeza infinita de los que se van, sobre el sinsentido de los que nos quedamos paralizados. Algo sobre el amor. En esas obras, tan cercanas, tan de aquí, tan españolamente realistas, estaba encerrado el supremo logro de arrancarle forma y vida a la nada. La anonadante, terrible, inhumanada nada (inhumanada;feliz lapsus) de lo que no tiene forma ni color ni tiempo.
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Acabado "¡Menudo reparto!", de Jonathan Coe. Me gustó el prólogo de Kiko Amat que, sin embargo, no destacó la única belleza de la novela: la relación de Fiona y Michael y el sugerente juego de planos en la vida del protagonista, algo así como un espectador perpetuo a la espera de su propia vida. Protagonista involuntario, personaje ajeno. Esa condición, tan actual, de la vida no vivida, de la confusión imposible del espectador no protagonista. No sé, en eso la novela tiene una profundidad ligera, nada antipática, en apariencia nada ambiciosa, pero quizás sea lo más logrado de la novela. Eso, e insisto, el personaje de Fiona, que activa sentimentalmente al protagonista. La manera que tiene Michael de acercarse a Fiona es conmovedora y el desenlace de la pareja, aislado en la sátira maniquea del libro, le deja a uno petrificado. Diría que es triste. Esa dulce mujer, enferma y sola, es lo mejor de la novela. O al menos para mí, que ya voy estando harto del infantilismo y la estupidez de tanta novela de anagrama, de la frialdad sintáctica de las traducciones. Necesito leer cosas de aquí, en verdadero español y necesito, perdidamente, profundidad, misterio y consuelo. Nada de divertimentos, nada de críticas sociales. El dulce consuelo del arte, a ser posible español.
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Mientras escribo estas líneas, el hijo de mis vecinos hace sonar intermitentemente una vuvuzela.
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1 comentario:
Así es, cada vez más convincente de que esa luz no tiene forma ni tiempo ni color. Es el amor en estado puro. Vivimos en busca de esa luz, pero somos unos ignorantes, sólo el silencioso gato lo sabe...
Steiney
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