martes, 30 de noviembre de 2010

martes, 30 de noviembre

El Pornócrates de Rops es lo que se me ocurre colgar aquí ahora que he terminado la Historia de la fealdad, de Umberto Eco. Al ver este pintura, de finales del siglo XIX, me asombró ver la actualidad de su fetichismo. Un erotismo que podría hacer mío, iniciado el siglo XXI, en el postdestape y en la abundancia ya verdaderamente hiriente de la pornografía. No recuerdo a santo de qué se coloca esta hermosura femenina en la historia de la fealdad y no puedo parar a mirarlo porque me cierra el consum, pero lo he recordado como una anécdota de mi despiste lector -o, quizás, de mi olfato de erotómano en horas bajas-.

Mientras leía este hermoso libro de Eco, inolvidable, apuntaba alguna cosa en los márgenes los días menos aciagos -y vaya si los ha habido en este pasaje por la fealdad artística, tan estimulante-. Por ejemplo, los cinocéfalos, monstruos antiguos, eran calcados a los dibujos animados de Biern en mi infancia. Las alusiones a la androginia ya se han incorporado en el tercer género, el transgénero de lo travestis. La sospecha de que lo monstruoso era en un principio materia de extramundi moral, religioso; de que pasó luego a lo exótico, a lo lejano y oriental para después incorporarse a nuestra vida. A nuestra sociedad primero, a nosotors depués. Lo monstruoso de nosotros en la enfermedad, en la vejez. Así, lo feo hoy es la necrosis celular, la muerte presentida, las pavorosas imágenes de tumoraciones He querido percibir, ingenuo descubridor del mediterráneo, una evolución en el trazado de la fealdad artística que hacía Eco. Lo feo y monstruoso era primeramente algo religioso. En el mundo clásico y en el primer cristianismo íban asociados a algo metafísico. Después, geográfico: lo exótico, lo ignoto, lo ignorado. En la Edad Media, la máscara del carnaval aparece y surge la liberación de lo grotesco con lo que reirse del orden monárquico y estamentario. La risa contra la autoridad y el temido rigor que controla el orden social. Es decir, lo feo, lo deforme como social. En el renacimiento, lo feo y monstruoso se hace cultural, rabelaisiano, personal. Se exalta el goce, lo corpóreo, el humor, la chanza, no como privilegio festivo del rural o el primer habitante urbano, sino como materia de cultura. Además, y esto creo que es el gran rasgo de la "modernidad de lo feo", se elogia la locura, incorporándose lo feo de nosotros mismos. La modernidad ha ido acercando lo feo al individuo, desde un plano religoso, después social, hasta hacerlo convivir con la propia belleza, en un desorden muy democrático y muy de San Agustín: todos somos hijos de Dios, lo bello y lo feo están animados por el mismo soplo

Me han divertido e interesado enormemente los ejemplos de la fealdad femenina que incorpora el barroco, con su continuidad estilizada en el decadentismo. Burton recoge el amor a la fealdad femenina como un rasgo de melancolía, la melancolia amorosa, dentro de su impresionante catálogo de alicaimientos.

Y si la fealdad es la pervivencia, siquiera inadvertida, oscura, presentida, de algún mal propio o indeterminado, la enorme tristeza del feo-a-su-pesar, de todas las bellas almas, parecen hablar de un mal moral que las acosa. Eso es interesante... de qué modo lo feo lleva consigo una tacha moral, un mal, una amenza. Lo feo, lo deforme, lo monstruoso puede ser digno de amor, de pasión, según nivel de heterodoxias, pero siempre, y eso creo que enseña este largo paseo, merecedor de una mirada piadosa.

Hoy en día parece haberse neutralizado moralmente lo feo, que ya no tiene una carga opuesta a lo bello. Incluso diría que lo hermoso es canónico, establecido, conservador, comercial, y lo feo inquieto, individual, rebelde, autoafirmativo, un poco a lo satanás de milton, el empuje dionisiaco, lo pujante. Lo bello cae en lo kitsch, en lo publicitario y, sin embargo, sigue habiendo algo feo, viejo, moribundo, que no se enseña y un grado de locura recluida, vergonzante. LO feo, también, puebla los panteones y los trasfondos de la psique en el contrapuntístico mundo de la sexualidad. La sexualidad opone constantemente lo bello a lo feo. El porno, creo yo, congela ese diálogo y cae en una forma de adoración de lo deforme que se olvida de lo bello. Supongo que eso son las parafilias. He de irme al consum, donde son hermosos hasta los cadavéricos pescados que miran fijamente a esas señoras que doblan celosamente el número de turno de papel. El tedio descubriendo el horror submarino.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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